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Domingo 5º de Cuaresma
Ciclo C

7 de abril de 2019
 

¿Amor  o castigo?

    De nuevo el evangelio pone frente a frente la mentalidad de los fariseos y la novedad del mensaje de Jesús; aquellos, ante el hecho del pecado, no entendían que pudiera haber otro camino más que el juicio, la condena y el castigo del pecador; Jesús, que condena el pecado, no viene a juzgar a las personas sino a ofrecerles amor y vida. ¿De qué lado estamos nosotros?

 




No recordéis lo de antaño


    La nostalgia es un excelente somnífero. Aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor, y dado que el pasado ya no es nada, es una clara invitación a no cambiar nada, a no hacer nada, a no buscar nada, a no esperar nada y, en definitiva, a no creer en nada ni en nadie. El pasado fue lo que fue, bueno o malo -o bueno y malo-, pero ya no se puede cambiar. Al contrario, el futuro siempre puede ser mejor o peor; eso depende de nosotros, exclusivamente de nosotros, porque, por lo que se refiere a Dios, cada una de sus intervenciones salvadoras supera con creces a la anterior.
    Así es como hay que entender la lectura del profeta Isaías: «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo». No se trata de una invitación a perder la memoria, ni a olvidarse de la historia, sino a no cegar la perspectiva y a no dar por terminada la historia: «mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?». Precisamente porque conocemos el modo de actuar de Dios, parece decir Isaías, precisamente porque conocemos el pasado, tenemos que estar abiertos a más salvación, a más liberación, a toda esperanza.



La trampa de la Ley

    La Ley de Moisés supuso un enorme avance: estableció las condiciones para que la liberación que Dios había obtenido para los esclavos de Egipto no fuera un fracaso; señaló el camino para configurar una sociedad en la que reinaran la justicia, la libertad y la paz y en la que no pudiera repetirse la situación de esclavitud que los israelitas tuvieron que soportar en Egipto. Esa Ley era un paso importante en la Historia de la Salvación pues, si la cumplía, el pueblo de Israel se convertiría gracias a ella en un ejemplo para el resto de los pueblos, preparándolos para acoger el proyecto de una humanidad nueva en la que la justicia, la libertad y la paz, no fueran patrimonio de una sola nación, sino de todos los hombres convertidos en un solo pueblo. Pero en la misma esencia de la ley se encuentra encerrada una trampa: la de su fijeza, necesaria para evitar la arbitrariedad, pero que impide avanzar y mirar hacia el futuro.
    En Israel, como suele suceder en todas partes, hubo algunos que aprovecharon esa y otras trampas que toda ley tiene e hicieron de ella un ídolo y convirtieron al Dios de la Liberación en el dios de la Ley, volviendo la espalda al futuro y cerrando la puerta a toda nueva esperanza.
    San Pablo había sido fariseo. Así se describe él mismo en la carta a los Filipenses, en el párrafo anterior al que se lee hoy en la liturgia: «circuncidado a los ocho días de nacer, israelita de nación, de la tribu de Benjamín, hebreo de pura cepa y, por lo que toca a la Ley, fariseo; si se trata de intolerancia, fui perseguidor de la Iglesia, si de la rectitud que propone la Ley, intachable». (Flp 3,5-6).    La manera de pensar de los fariseos, como veíamos el domingo pasado en el hijo mayor de la parábola,  es incompatible con el mensaje de Jesús que nos propone vivir como hijos de Dios y como hermanos de todos los hombres. Por otra parte, ellos eran los máximos responsables de que la Ley se hubiera convertido en un ídolo estático, inmóvil e inmovilizante.
     Cuando Pablo conoció a Jesús y abrazó la fe en su mensaje, descubrió que no hay límite a la esperanza y que tenemos derecho a esperar la victoria sobre la injusticia y la esclavitud y, después, sobre la muerte. Esta es la razón por la que lo que hasta ese momento había dado sentido a su vida dejó de tener valor: «cualquier cosa tengo por pérdida al lado de lo grande que es haber conocido personalmente al Mesías Jesús... Por él perdí todo aquello y lo tengo por basura con tal de ganar al Mesías». Y Pablo se siente especialmente feliz por haber cambiado «la rectitud que concede la Ley» por la «la rectitud que Dios concede como respuesta a la fe»; esta última consiste en el cambio que se produce en nosotros cuando aceptamos la oferta que el Padre nos hace por medio de Jesús: su amor que nos hace hijos, su amor que nos hace hermanos.
    Es verdad que en la Ley de Moisés también se habla de amor; pero -y este también era un “mérito” de los fariseos- amar a Dios había quedado reducido a cumplir el resto de las leyes; y así, para los fariseos, la observancia de la Ley, que era el eje de toda su vida, se limitaba, de hecho, a este esquema: el siervo, si quiere recibir la felicitación y el premio de su amo, debe obedecerle en todo; en cambio si lo desobedece, se hace merecedor de un severísimo castigo.
    Esta mentalidad se ve reflejada, en el episodio que leemos en el evangelio de hoy, en la intención de los letrados y fariseos que llevan ante Jesús a una mujer «sorprendida en flagrante adulterio». Los fariseos pretenden, por un lado, castigar a aquella mujer y, a la vez, poner a prueba a Jesús: si no apoya el castigo estará haciéndose cómplice del pecado de aquella mujer y, además, violando él mismo la Ley que mandaba «apedrear a esta clase de mujeres».



Sólo a la mujer

    Lo que decían los letrados y fariseos era verdad, pero sólo a medias. La Ley de Moisés mandaba apedrear a quienes eran sorprendidos en adulterio: «Si uno comete adulterio con la mujer de su prójimo, los dos adúlteros son reos de muerte» (Lv 20,10); y en otro lugar:«Si sorprenden a uno acostado con la mujer de otro, han de morir los dos: el que se acostó con ella y la mujer. Así extirparás la maldad de ti» (Dt 22,22). Pero lo que dicen los fariseos es que «en la ley nos mandó Moisés apedrear a esta clase de mujeres».
    La sociedad judía del tiempo de Jesús era una sociedad machista. La mujer vivió en ella como ha vivido casi siempre en casi todas las sociedades, sometida al varón, con un papel subordinado, sin dignidad propia, siendo propiedad de su padre o de su hermano mayor o de su marido o, cuando enviudaba, de su cuñado más próximo...
    Ya en la legislación bíblica la mujer estaba inferioridad: el adulterio sólo se cometía con una mujer casada (un hombre casado no cometía adulterio si mantenía relaciones con una mujer soltera), y la sospecha de adulterio se investigaba sólo en la mujer; el hombre sólo arriesgaba una condena en el caso de ser sorprendido en flagrante adulterio.
    En la práctica, como revela el caso del evangelio, esta inferioridad se acentúa: los fariseos se acercan a Jesús con esta acusación: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio; en la ley nos mandó Moisés apedrear a esta clase de mujeres; ahora bien, ¿tú que dices?». Ellos que pretendían ser considerados por todos como los guardianes de la fidelidad a la Ley, no tienen escrúpulos en manipularla para hacer recaer todo su rigor sólo sobre la mujer.
    En realidad, la Ley, como se verá más adelante (por ejemplo Jn 9,1-38), les traía sin cuidado. Era su poder, su prestigio, su ascendiente entre la gente lo que los fariseos siempre tratan de defender; es su derecho a despreciar a los demás, a sentirse por encima de todos lo que ellos tratan de salvaguardar. Pero Jesús no está dispuesto a seguirles el juego. No les responde sí o no, sino que discute el derecho que tienen unos hombres para condenar a otras personas, en este caso a muerte y a una mujer.
    El objetivo de los fariseos era que Jesús se mostrase cruel enviando a la muerte a aquella mujer o que, por el contrario, se mostrase blando negándose a aplicar la Ley con todo su rigor. Pero Jesús les dio la respuesta que más se merecían... y que menos esperaban.



El que esté sin pecado...

    Jesús se pone a escribir en el suelo -el evangelio no dice qué era lo que escribía Jesús, pero se podría suponer-. Los letrados y fariseos insisten en obtener una respuesta, un dictamen. Y Jesús les responde obligándolos a juzgarse a sí mismos: «Aquel de vosotros que no tenga pecado sea el primero en tirarle una piedra».
    No se atreven. Jesús sigue escribiendo en el suelo (¿quizá los pecados de los acusadores?) y poco a poco los acusadores se van escabullendo..., ¡empezando por los más viejos! Así reconocen que ellos son culpables, que no están libres de pecado.
    Algunas cosas quedan claras en este episodio: una, el cinismo de aquellos santones, que, teniendo mucho de qué arrepentirse, se constituyen en jueces de los demás y deciden por su cuenta a quién hay que condenar y a quién absolver. Su comportamiento, ante el desafío que Jesús les lanza, muestra que no eran inocentes; pero, al parecer, ellos no se consideran sometidos a las leyes. En su caso... quizá habría que disculparlos por aquello de la debilidad humana, las circunstancias..., disculpas que ellos no han tenido a bien considerar en el caso de aquella mujer (seguramente sí que lo han hecho en beneficio del varón que estaba con ella). Todos se van. Ninguno de aquellos jueces está, pues, libre de culpa. Y Jesús y la mujer -a los dos los perseguían aquellos cínicos leguleyos- se quedan solos.



Tampoco yo te condeno

    No hacía falta esperar a que Jesús propusiera la doctrina contenida en la parábola del hijo pródigo para saber que lo que Dios quiere es que el hombre acoja su amistad y, con ella, su vida: «¿Acaso quiero yo la muerte del malvado -oráculo del Señor- y no que se convierta de su conducta y que viva?» (Ezequiel 18,23). Para los fariseos el castigo era una exigencia de la justicia. Según ellos, Dios, porque es justo, debe castigar a los pecadores.
    Cierto que el pecado aleja al hombre de Dios, en quien está el origen la vida; su conversión lo acerca a Dios y le asegura la vida. Pero mientras que en el Antiguo Testamento parece que el castigo es un instrumento útil para mover a la conversión, Jesús nos revela que lo que realmente salva y hace cambiar a las personas es el amor: «Porque así demostró Dios su amor al mundo, llegando a dar a su hijo único, para que todo el que le presta su adhesión tenga vida definitiva y ninguno perezca. Porque no envió Dios el Hijo al mundo para que dé sentencia contra el mundo, sino para que el mundo por él se salve» (Jn 3,16-17): a lo que Jesús nos invita es a que acojamos el amor que Dios nos ofrece, amor que contiene ya el perdón y la vida.
    Los acusadores de aquella mujer, que probablemente acabaron viendo sus pecados escritos en la tierra, como no entendían más que de castigo, no supieron acoger el amor y el perdón de Dios y se fueron alejando de él -de Jesús, del perdón- «uno a uno, empezando por los más viejos»; para la mujer se abrió un nuevo horizonte que ella, libremente habría de acoger: «Tampoco yo te condeno. Vete y, desde ahora, ya no peques». Jesús no condena; Jesús, al contrario que los fariseos, que condenan según la carne, no da sentencia contra nadie (Jn 8,15).



La primera piedra

    Frente a la hipocresía de letrados y fariseos, se pone de relieve el modo de actuar de Dios en la actuación de Jesús. El breve diálogo que mantiene con aquella mujer muestra una nueva manera de afrontar el hecho de la infidelidad de los hombres entre sí y de éstos con Dios. Y, sobre todo, la manera de tratar a la persona que comete un error: sin condenas, sin muerte; sólo una recomendación y, seguramente, una mirada de respeto, de cariño y de solidaridad.
    Finalmente, si comparamos este episodio con las polémicas de Jesús con los dirigentes judíos, vemos qué es lo que realmente juzga y condena Jesús con dureza: la infidelidad de éstos a su compromiso con el Dios liberador de Israel y con el pueblo que Él liberó. Para nosotros, en cambio, determinados comportamientos, especialmente todo lo relacionado con el sexo, siguen siendo causa de juicio sumarísimo, de condena y de marginación dentro de la comunidad cristiana, al menos en ciertos ambientes eclesiales.
    Reconociendo el cambio de sensibilidad representado por el Papa Francisco -que, por cierto, se ve obstaculizado por resistencias internas en la misma Iglesia-, tenemos que reconocer que, todavía, la doctrina moral de la Iglesia católica sigue siendo muy dura en su juicios acerca de determinados comportamientos relacionados con el sexo, especialmente con situaciones como la de los divorciados que vuelven a contraer matrimonio, la homosexualidad, el uso de preservativos u otros medios para evitar el embarazo, formulando inapelables y universales condenas.
    Al mismo tiempo se han descubierto innumerables casos de corrupción y de abusos a menores, practicados, consentidos u ocultados por miembros del clero y de la misma jerarquía eclesiástica...
    Cualquiera de nosotros tiene, quizá, pronta una sentencia para condenar a otras personas...
    ¿Qué nos dice, al respecto, el pasaje del evangelio de hoy?
    ¿A quiénes diría hoy Jesús «Aquel de vosotros que no tenga pecado sea el primero en tirarle una piedra?».
    Y una última pregunta: si Jesús nunca se interesó por la moral sexual, si nunca condenó a nadie por sus prácticas sexuales... ¿por qué este asunto es el más frecuente en las preocupaciones de ciertos eclesiásticos?

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