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Domingo 4º de Cuaresma
Ciclo C

31 de marzo 2019
 

Hijos libres; hijos y hermanos.

    El hijo menor, para ser libre, se alejó de la casa paterna; se equivocó, rectificó y pudo beneficiarse del amor de su padre; pero el mayor, al renunciar a la libertad, se cerró el paso a la experiencia del amor, no supo vivir como hijo y no quiso vivir como hermano.o.
    Si, en su relación con los hombres y tal y como lo presentaban los fariseos,  Dios anulara la libertad del hombre manteniéndolo en permanente minoría de edad, la huida del hijo pródigo habría estado justificada. Si todavía, y dentro del ámbito de influencia del cristianismo, hay quienes piensan que creer en Dios supone renunciar a la libertad, ¿no será que seguimos presentando al Dios fariseo en lugar de presentar al Padre de Jesús, y por eso muchos nada quieren saber de El?

 




Señal de libertad


    La circuncisión, práctica frecuente en pueblos primitivos, que todavía hoy se sigue realizando en diversas culturas, tiene un origen higiénico o médico o, tal vez, de iniciación sexual. En Israel, sin embargo, tuvo un significado religioso: distinguía a Israel, pueblo de Dios, pueblo de la alianza, de los pueblos vecinos (ni los filisteos ni los cananeos se circuncidaban). Las palabras con las que comienza la primera lectura se refieren a esta práctica:  recién llegados a la tierra de Canaán, tras pasar el río Jordán, todos los varones que no lo estaban se circuncidaron antes de celebrar la primera Pascua, ya en la tierra prometida: «Cuando todos acabaron de circuncidarse, se quedaron guardando reposo hasta que se curaron. Entonces el Señor dijo a Josué: -Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egipto» (Josué 5,9).
    El oprobio de Egipto es la esclavitud; la Pascua el recuerdo y la recreación de la intervención liberadora de Dios. Desde el principio, la Alianza -la religión de Israel- fue un proyecto de liberación; y la circuncisión, como signo de pertenencia al pueblo de la Alianza, debería haber sido una señal de libertad.
    Sin embargo no fue así. Poco a poco, se fue rompiendo la conexión entre la pertenencia al pueblo de Dios y la experiencia de ser un hombre libre. Porque, aunque se seguían recitando los textos que recordaban la salida de Egipto, no se vivía de acuerdo con las exigencias que implicaba aquel hecho y que podrían resumirse así: en las relaciones entre los miembros del pueblo de Dios no debería reproducirse ni la opresión, ni esclavitud de ningún tipo. Con el tiempo, la circuncisión se fue convirtiendo en un rito más, en una ceremonia de carácter estrictamente ritual, en una tradición que Israel compartía con otros pueblos, con otras religiones, pero sin el valor que tuvo cuando consagrarse al Señor equivalía -de hecho, no sólo en las palabras de una ceremonia- a ponerse en manos del Dios de la Libertad. ­
    Y la circuncisión acabó siendo signo de esclavitud; así define Pablo el intento de algunos que pretendían hacerla obligatoria para todos los paganos que se convertían al cristianismo: «...se debía la cosa a aquellos intrusos, a aquellos falsos hermanos que se infiltraron para acechar nuestra libertad -esa que tenemos gracias al Mesías Jesús-, con intención de esclavizarnos» (Gal 2,3).
    ¿Qué había sucedido, para que se produjera este vuelco?
    Sólo y nada menos que esto: que los responsables de aquella religión habían conseguido borrar de la imagen del Señor su rasgo más característico: su amor desmesurado por el ser humano, por su dignidad y por su libertad.



Una parábola, tres personajes

    «Un Padre tenía dos hijos...»
    Ese mismo Dios que hizo salir de la esclavitud a un pueblo se propone ahora, por medio de Jesús, realizar una nueva creación: un hombre nuevo que pueda volver a ser reflejo de su creador y una humanidad nueva que pueda ser ámbito apropiado para que Dios viva en medio de ella. Pero para que sea posible esa nueva creación hace falta un nuevo Dios o, mejor, que Dios recupere -o que nosotros descubramos-, de nuevo, su verdadero rostro.

   
Ese rostro se manifiesta en la parábola del evangelio de hoy. El Dios de Jesús, representado en el padre de aquellos dos muchachos, es un Dios que libera no sólo de las cadenas y de las esclavitudes que unos hombres imponen a otros. Ese Dios libera del miedo que los hombres siempre han tenido a los dioses.
    La parábola no podemos leerla superficialmente, como se ha hecho con tanta frecuencia. No se trata de una anécdota en la que un padre bonachón perdona a un hijo calavera. La parábola dice mucho más.
    Leamos con atención: «Un Padre tenía dos hijos...» Dos hijos, no dos criados. La relación con ellos es, sin duda, de afecto, de amor. Pero ninguno de los dos supo apreciar ese amor. Ninguno sabía ser hijo.

    Según los fariseos, Jesús andaba con malas compañías: recaudadores, descreídos, mujeres de mala fama... Y ellos, que eran gente decente, lo criticaban, le echaban en cara que se sentara a la misma mesa con sujetos tan poco recomendables (Lc 15,1). Jesús responde a estas críticas con tres parábolas en las que explica, especialmente a los fariseos, cómo Dios no tiene corazón de juez, sino de Padre. Y cómo, sin abandonar el ámbito de su amor, hay que tener la osadía de vivir no como siervos, sino como hijos. Esta es la última y la más rica de las tres parábolas.



El hijo pródigo

    «Un hombre tenía dos hijos...», y uno, el menor de ellos, quiso de pronto ser mayor; y decide vivir por su cuenta, tratando, sin duda, de reafirmar su libertad. Seguramente veía a su hermano mayor, aburrido, obedeciendo siempre, sin iniciativa de ninguna clase... y quiso hacerse hombre, adulto y libre, lejos de su padre. Y se plantó delante de él y le dijo: «Padre, dame la parte de la fortuna que me toca». No hubo problemas: «El padre les repartió los bienes». Y se marchó. Y se dedicó a vivir a lo grande, como si vivir fuera igual que disfrutar desmesurada, individualista e insolidariamente.
    Pero muy pronto pudo comprobar qué poco duran la felicidad que se compra y la alegría que hay que pagar: rápidamente se le acabó todo el capital que había recibido, y empezó a sentir necesidad. Se puso a trabajar. Pero en aquel país, lejos de su padre, no habitaba la justicia: por su trabajo no recibía ni siquiera lo necesario para satisfacer las necesidades más elementales. Y se dio cuenta de que en el país de la injusticia, cuando se acaba el dinero, desaparece la libertad. Y la experiencia de sentirse explotado y víctima de la opresión le abrió los ojos y se dio cuenta de que en la casa de su padre nadie carecía de nada: «Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre». Había renunciado a ser hijo marchándose en busca de libertad lejos de la casa de su padre y se había convertido en esclavo de gentes extrañas.
    La experiencia de la esclavitud le hizo desear la libertad perdida, aunque no se atrevió a pedirla toda: «Voy a volver a casa de mi padre y le voy a decir: Padre, he ofendido a Dios y te he ofendido a ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros». A pesar de su mala cabeza siempre se había sentido hijo; por eso, cuando pensó en volver y cuando se encontró de nuevo con quien le había dado la vida, la primera palabra que vino a su pensamiento y le brotó de los labios fue «¡PADRE!»: a pesar de sus miserias, no había cortado la comunicación con la fuente de su vida.




Ser hijo no es ser siervo

    El mayor no es un buen hijo. En todo caso se podría decir que es un siervo fiel y leal; pero no sabe vivir como hijo. Él representa a los fariseos y su manera de entender las relaciones del hombre con Dios. Es significativo que la mentalidad de los fariseos sea la ideología contra la que con más frecuencia y energía habla Jesús. Los fariseos entienden las relaciones de Dios con el hombre religioso como las de un amo: severo con los que lo irritan pero bondadoso con sus buenos criados; éstos deben estarle sometidos en todo, cumpliendo con toda fidelidad sus órdenes  y, a cambio, el señor habrá de premiar su lealtad teniendo algún detalle  con ellos; así lo entiende el hijo mayor: «A mí, en tantos años como te sirvo sin saltarme nunca un mandato tuyo, jamás me has dado un cabrito para hacer fiesta con mis amigos».
    Este hombre -aunque dijera que esta situación la había asumido libremente-, no es libre y, por tanto, no es del todo hombre; en él no se ha realizado plenamente el propósito de Dios manifestado ya en el Antiguo Testamento: que el hombre -varón y mujer- llegue a ser imagen de Dios: «Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer lo creó.» (Gn 1,27). Por eso, está radicalmente incapacitado para dar el paso siguiente, paso con el que culmina el plan de Dios: que el hombre -varón y mujer- llegue a ser hijo de Dios.
    No es necesario pensar que tenía mala voluntad; al contrario: podemos suponer que él quiere querer a su padre pero, porque no lo conoce de verdad, sólo sabe servirlo; ha renunciado a la libertad quizá porque creía que esa era una condición indispensable para estar bien con su padre, para seguir viviendo en su casa; pero sólo quien es verdaderamente libre, está capacitado para amar en plenitud. No se había atrevido a pedir a su padre nada porque el siervo no pide, espera lo que  la generosidad de su amo le quiera dar; pero hay algo más grave: no es capaz de dar nada y, por eso, no sabe lo que significa vivir como hermano y no puede hacerlo. Es harto elocuente que lo que provoca su protesta no sea su falta de libertad, sino la generosidad -el amor- de su padre que perdona y hace fiesta por el hijo recuperado. Y es que no hay nada más lejos de la mentalidad servil, que la absoluta libertad de quien, sabiéndose ofendido, perdona porque ama.



Corazón de padre

    Cuando el menor retornó, el padre, que siempre había deseado su vuelta para que pudiera vivir como hijo, no dejó que terminara su disculpa: lo calló con un abrazo -entonces aquel hijo alcanzó el perdón y recobró la libertad-, lo vistió de fiesta y organizó un banquete y un baile para celebrar su regreso.
    El padre no aguardó a que llegara, ni lo dejó que terminara con las explicaciones que traía preparadas. Lo esperaba y sale a su encuentro. Y lo perdona -estaba deseando hacerlo-. Y hace fiesta. Porque lo quiere y lo quiere vivo y feliz. Porque lo ha recuperado y le basta con que haya decidido volver a su casa, de la que nunca debió salir. Él, el padre, no era una amenaza para la libertad de sus hijos. Cuando el más joven decidió alejarse de su lado respetó su decisión, aunque sabía que iba a sufrir y a poner en peligro su vida. Tampoco es un padre rencoroso: ahora que vuelve lo perdona sin más, sólo porque ha decidido volver. El muchacho no había sido un buen hijo; pero él sí que era un padre bueno. Y en su corazón de padre sólo cabe el amor y, cuando es necesario, el perdón.
    El Padre es el auténtico protagonista de esta parábola: su corazón es tan grande que sólo le sirve para querer; no guarda rencor, sabe que al mal sólo se le vence con el amor y el perdón, y no reniega de su hijo por muy mal hijo que sea.



Ser padre no es ser amo

    Cuando el hijo mayor llegó a casa, ya lo hemos visto, se enfadó: ¡una fiesta para el sinvergüenza de su hermano...! Y se negó a aceptar las explicaciones de su padre: «A mí, en tantos años como te sirvo sin saltarme nunca un mandato tuyo, jamás me has dado un cabrito para hacer fiesta con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, matas para él el ternero cebado».
    La verdad es que, si la vida en la casa de su padre era así... llevaba razón el muchacho. Si el padre lo manejaba todo sin dejar que el mejor de sus hijos pudiera disponer de un cabrito para compartirlo con sus amigos... ¡Hasta el comportamiento del hijo menor parece entenderse ahora! Pero ni uno ni otro conocían de verdad a su padre: «Hijo, ¡si tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo! Además, había que hacer fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a vivir, andaba perdido y se le ha encontrado».
    Ni el menor necesitaba marcharse de su casa para vivir la vida, ni el mayor tenía que pedir nada a su padre. Porque era su padre, no su amo; porque ese Padre todo lo que tiene, hasta su mismo Espíritu, está dispuesto a compartirlo con sus hijos. Y porque es así, porque donde hay Espíritu del Señor hay libertad (2Co 3,17; ver también Rm 8,15; Gal 4,6s), nadie tiene necesidad de alejarse de Él para buscar la libertad como el hijo menor, ni nadie debe renunciar a su libertad, como el mayor, para quedarse junto a Él.




¡Y que este Dios aún resulte nuevo!!

    Todavía hay quien no se ha enterado que Dios quiere que el hombre sea libre; todavía hay quien  siente miedo de hablar de libertad en el nombre de Dios o en el nombre de Jesús; o quienes hablan de la libertad como un peligro, como algo a lo que hay que renunciar para estar bien con Dios y, en última instancia, para evitar el infierno, el castigo del fuego eterno. ¿Es ese dios compatible con el que presenta Jesús en la parábola del hijo pródigo? ¿No será que aún no hemos aprendido a ser hijos? ¿No será que aún no hemos enterrado la vieja mentalidad y no dejamos brotar a la humanidad nueva? Porque en el mensaje de Jesús todo es nuevo, hasta la imagen de Dios. Pero a veces parece que, en el fondo, no nos lo creemos.

 

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