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Domingo 32º del Tiempo Ordinario
  12 de noviembre de 2017
  Luz y sensatez: amor y compromiso

     A los cristianos se nos ha acusado de esconder el dolor que provoca la opresión y de anular la rebeldía contra la injusticia hablando de la otra vida; hoy, sin embargo, se expresan opiniones que justifican el egoísmo y la insolidaridad diciendo que hay que aprovechar la única vida que tenemos. La esperanza verdaderamente cristiana nos compromete a ser testigos de la vida y del amor, anunciando un más allá que nos lleva a vivir, aquí y ahora, comprometidos en la construcción de un mundo mejor.

 
 



Puerta entre dos vidas


     ¡A vivir, que son dos días! La frase, en sí misma, podría tener un sentido positivo: “Hay que aprovechar la vida, no se puede desperdiciar ni un solo momento de ella, hay que defenderla con toda nuestra fuerza y gozarla con toda intensidad”. Si no se trata de una propuesta egoísta, si no implica un desinterés por los problemas del mundo y la humanidad..., por supuesto que sí, ¡a vivir! Nuestro Padre es el Dios de la vida, ¿podría querer otra cosa para sus hijos?
     El problema aparece cuando en esa propuesta se esconde, como propaganda interesada del capitalismo neoliberal y como manifestación del individualismo propio de este sistema, esta otra: “Olvidaos de todo lo que no sea disfrutar de la vida -nos dicen-, la única que tenemos; olvidad los problemas que no os afecten individualmente a vosotros mismos pues, si no lo hacéis así, lo único que conseguiréis es amargaros la vida”.
     Esta segunda propuesta de un alegre vivir, sin embargo, prescinde de la vida de los demás y, a la postre, si se alcanza, se logra a su costa. En primer lugar porque lo que se nos ofrece no está al alcance de todos y, además, porque mientras con una mano se nos proporciona bienestar y comodidad, con la otra se nos tapan los ojos para que no veamos el dolor y el sufrimiento de los excluidos del sistema. Por eso, aunque se presente con una brillante apariencia de modernidad, de progresismo, de permanente juventud..., no es más que descarnado egoísmo; y en el fondo y a la larga, la más desoladora soledad. Porque la propaganda de la que hablamos no pretende hacer feliz a nadie sino aumentar los beneficios de quienes han hecho del poder que da el dinero su único dios. No nos quieren felices, sino consumidores de fiestas fugaces, de alegrías pasajeras; así será necesario renovarlas permanentemente, volverlas a comprar para volverlas a consumir y aumentar así los beneficios de sus promotores. Las vidas desperdiciadas de quienes se han dejado encandilar por esta propuesta de falsa vida, y las vidas frustradas de los que no pueden pagarse ni siquiera lo mínimo necesario para sobrevivir sin perder la dignidad, son las víctimas que tales adoradores sacrifican a su dorado dios.


Y, ¿al final?

     En este mundo dominado por el dios dinero, ¿no será de mal gusto hablar de la muerte? ¿o será tal vez una válvula de escape para evitar la rebeldía de los que han perdido la esperanza de vivir?
     La muerte es un hecho con el que todos tenemos que enfrentarnos. Y sobre este hecho los cristianos tenemos una respuesta que compartir con quienes quieran escucharnos: la muerte es una puerta entre dos vidas; y una copia de la llave que abre esa puerta está a disposición de todos los que la quieran usar.
     Pablo, dirigiéndose a los Tesalonicenses, les trasmite este mensaje: la resurrección de Jesús fundamenta la esperanza cristiana en una vida futura que trasciende esta existencia, esta historia, este mundo. Esta fe debe alejar cualquier tipo de angustia o desesperación ante el hecho de la muerte. Mateo en el evangelio, con un lenguaje simbólico, confirma y completa la enseñanza de Pablo.

Fiesta de bodas

     En tiempos de Jesús una boda, cuya celebración se prolongaba durante varios días, comenzaba al anochecer con una especie de procesión festiva en la que el novio, con sus invitados, iba a buscar a la novia a casa de sus padres; después volvían todos hasta la casa del novio, en donde se celebraba un gran banquete. Era habitual que un grupo de muchachas solteras acompañaran al novio con lámparas de aceite encendidas para iluminar el camino.
     El evangelista escoge el instante en el que se produce el encuentro de estas muchachas con el novio para representar el momento del encuentro definitivo de cada uno de nosotros con Jesús, el momento, pues, de nuestra muerte. Según esto, esta es una circunstancia que, a los ojos de la fe, no hay por qué vivir con angustia, sino con esperanza, pues se trata del comienzo de una fiesta. 
     No es una tragedia, por tanto, el morir. Pero esto no quiere decir que los cristianos hayamos quedado insensibilizados ante el dolor por la muerte de un ser querido (Jesús lloró ante la tumba de un amigo muerto: Jn 11,35). Y mucho menos que los cristianos dejemos de valorar esta vida, confiados en que la que esperamos será mucho mejor. Al contrario, el evangelio de este domingo nos dice que la muerte podría ser una tragedia sólo si hemos despreciado y desperdiciado esta vida presente.

 
Luz y oscuridad, sensatez y necedad

     Mateo enseña que la muerte no es causa de desesperación puesto que no es sino la continuación de lo que ha sido la vida. La muerte está llamada a ser, por un lado, el encuentro definitivo con Jesús, simbolizado en la fiesta de bodas; y, por otro lado, la culminación de una vida comprometida con la tarea de hacer que este mundo vaya siendo una fiesta para todos; es decir, será la continuación y la culminación de ese encuentro anticipado ya en la decisión de asumir su mensaje y de tener fe en su persona; y dará continuidad a la relación personal con Jesús iniciada y realizada ya en el amor a los hermanos. Esta relación entre la vida y la muerte la explica Mateo usando dos imágenes, la de la luz y la de la sensatez/necedad que ya había usado antes.
     Al terminar la proclamación de las bienaventuranzas, Jesús dice a sus discípulos que ellos son la luz del mundo: «Vosotros sois la luz del mundo, ... Empiece así a brillar vuestra luz ante los hombres; que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre del cielo» (Mt 5,14-16). Jesús continúa explicando las bienaventuranzas: sus exigencias superan a la antigua ley de Moisés en la misma medida en que el amor supera a la pura legalidad; les propone el «padrenuestro» como modelo de oración; critica la falsa religiosidad de los fariseos; aclara cuál es el fundamento de la primera bienaventuranza, indicando que la vida del hombre no puede girar, al mismo tiempo, alrededor de un Dios que es amor -el Padre- y alrededor de un dios falso, que es causa de sufrimiento y esclavitud, -el dinero; advierte que sólo a Dios compete el juzgar a las personas y anima a confiar plenamente en Él. Vivir de esa manera, eso es ser luz del mundo. Y enseguida, después de exhortarlos a aceptar las dificultades que lleva consigo el vivir de acuerdo con el evangelio y a convertir en vida lo que expresamos con palabras en la oración, añade: «Todo aquel que escucha estas palabras mías y las pone por obra se parece al hombre sensato que edificó su casa sobre roca... Y todo aquel que escucha estas palabras mías y no las pone por obra se parece al necio que edificó su casa sobre arena...» (Mt 7,24-27). Con esta comparación quiere resumir Jesús su enseñanza sobre la necesidad de que la adhesión a su mensaje, la fe, no se quede en teorías o en palabras, sino que se traduzca en acciones, que se convierta en vida; que no se trate de un entusiasmo superficial y más o menos pasajero, sino de un compromiso fuertemente asentado en una decisión sincera y firme de seguir a Jesús hasta donde sea necesario.


Necias y sensatas

          La luz es, según lo dicho, el testimonio de una vida que apuesta por la solidaridad, la justicia el diálogo y la paz contra el egoísmo, la ambición, la intolerancia y la violencia; es el brillo de la vida de cada uno de los que han decidido vivir como hermanos y, como tales, hacen que se reconozca y aprecie la inmensa fuerza del amor -la gloria- del Padre común.  Una vez descubierto ese modelo de vida, la sensatez consiste en la capacidad de abrazarlo y ponerlo en práctica (Mt 7,24-25); y será una necedad, conocer e incluso entusiasmarse con la Buena Noticia de Jesús y no pasar del entusiasmo a la acción, del conocimiento a la vida (Mt 7,26-27).
     Las muchachas necias podrían representar a todos aquellos que creen que Jesús de Nazaret es el Mesías, enviado de Dios, salvador de la humanidad; a los que creen sinceramente que Dios es Padre y que todos los hombres somos hermanos; y creen también en la Iglesia y en su doctrina, creen lo que dicen el credo y los artículos de la fe... Y esperan; quizá sobre todo esperan, como las muchachas, el encuentro con el Señor; y su esperanza, quizá muy fuerte y muy firme, no tiene otra perspectiva que el más allá, la otra vida, el otro mundo...
     Pero, a pesar de que conocen, creen y esperan, no aman. Y eso que les falta es precisamente lo que caracteriza a la práctica cristiana: el amor, el amor a la humanidad al estilo de Jesús. Esperan, sí, el Reinado de Dios, pero se olvidan de, poniendo en práctica las bienaventuranzas, hacerlo realidad ya, ahora, en esta Tierra, en esta historia.
     Las sensatas, no hace falta explicarlo demasiado, simbolizan a quienes viven aquello que creen, a quienes hacen lo posible por anticipar la felicidad que esperan, a quienes procuran que su fe en un Dios que es Padre se manifieste en la práctica del amor a los hermanos, amor que se concreta en compromiso con la justicia, con la libertad y la paz.
     Así se entiende que las sensatas no compartan el aceite con las necias. No se trata de individualismo egoista: el compromiso con el evangelio es un asunto personal e intransferible; yo no puedo comprometerme en nombre de otra persona ni mi compromiso puede implicar a quien no se compromete personalmente. Por eso no se trata de egoísmo: es que resulta imposible amar en nombre de otra persona o considerar propias las acciones que otro ha realizado.


La evasión es necedad

     Si no tenemos en cuenta todo el evangelio, al leer la parábola de la muchachas sensatas y necias se podría pensar que llevan razón los que dicen que lo importante es prepararse a bien morir, que esta vida no tiene importancia, que nada vale en comparación con toda la eternidad; y estaría siempre justificada la acusación que se nos ha hecho muchas veces a los cristianos: que pensando en la otra vida nos olvidamos de los problemas de ésta y no luchamos para eliminar los sufrimientos de los pobres, de los marginados, de las víctimas de la injusticia.
     Pero lo que dice el evangelio es todo lo contrario: la mayor necedad consiste en evadirse de los problemas de este mundo, en sentarse a esperar la otra vida sin comprometerse con esta; porque, si asumimos el compromiso de hacer que este mundo y que esta vida presente sean como Dios quiere estamos anticipando ya el mundo venidero y la vida futura. Y dejar para después la fiesta que puede empezar ya hoy es una verdadera necedad porque, además, la entrada para la gran fiesta es aquí y ahora donde y cuando se puede conseguir, porque el boleto de entrada es el compromiso fiel en la tarea de convertir este Mundo en un mundo de hermanos.
     Desde esta perspectiva, el saber que tenemos que morir ya no nos puede amargar la vida: primero porque desde el mismo momento en que asumimos dicho compromiso, se hace sentir cerca el Padre y Dios de la vida, lo que excluye el miedo a la muerte; y, en segundo lugar, tampoco renunciaremos a esta vida esperando la otra; sabemos que esa vida que esperamos es una fiesta y debemos procurar que esta vida presente se le parezca, para todos, pero también para nosotros, lo más posible. Una única limitación: la alegría de vivir no la debemos buscar sacrificando la solidaridad en el amor; al contrario, la encontraremos en el amor y la solidaridad, que harán que sea cada vez más pequeña la distancia entre la felicidad que esperamos y la que vivimos.

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