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Domingo 30º del Tiempo Ordinario
  29 de octubre de 2017
 

 Ama y haz lo que quieras

     Los israelitas tenían un código de más de seiscientas leyes religiosas, y entre los entendidos se discutía cuál de ellas era la más importante. Los fariseos quisieron involucrar a Jesús en la discusión. Y Jesús volvió a sorprenderles. Al unir en uno los dos mandamientos más importantes de la Ley de Moisés, Jesús anuncia que los amores de los que hablan, el amor a Dios y el amor al prójimo que algunos quisieron separar, ahora definitivamente se funden. Amor... y basta, como decía Agustín de Hipona: «ama y haz lo que quieras.»


Primero la vida, la libertad y la justicia


     En el Antiguo Testamento el valor que se propone y se exige con más insistencia en el nombre del Señor para que los miembros de su pueblo lo practiquen es, sin duda, la justicia: no puede pertenecer al pueblo elegido, no es posible que sea un hombre verdaderamente religioso, no es posible que esté bien con Dios, quien en sus relaciones con los demás no respeta las exigencias de la justicia.
     Las leyes que se contienen en la primera lectura de este domingo son un buen ejemplo de esta exigencia: «No explotarás ni vejarás al forastero... No explotará a viudas ni a huérfanos... Si prestas dinero a un pobre... no serás con él usurero, cargándole de intereses...».
     Estas leyes pertenecen a un cuerpo legal conocido como el Código de la Alianza, situado en el contexto más solemne del libro del Éxodo (20,22-24,18), inmediatamente después de la teofanía del Sinaí en la que el Señor entrega a Moisés las tablas de la Ley (19,1-20,21). En medio de una serie de prescripciones breves, referidas a distintas circunstancias, se encuentran estas de contenido social y de más amplio alcance (vv.20-26) en las que se establecen los derechos de los pobres que Dios exige que sean respetados en todo caso.
     La lectura comienza recordando, como fundamento de estas exigencias, la experiencia de servidumbre-liberación de los Israelitas en Egipto: «No oprimirás ni vejarás al forastero: porque forasteros fluisteis vosotros en Egipto». Estas leyes tratan de garantizar que las personas más débiles de la sociedad israelita no sean víctimas de los abusos de los poderosos y de la ambición de los ricos: forasteros, huérfanos y viudas, representan los tipos de personas más desfavorecidas y más indefensas de la sociedad israelita, desprotegidas ante la injusticia y la explotación. Dios no quiere que su acción liberadora se frustre y que se reproduzcan en su pueblo las relaciones de opresión de las que él lo había liberado; por eso convierte en un asunto personal la defensa del derecho, de la libertad y de la dignidad de los pobres indefensos, y amenaza con duros castigos a quienes no los respeten.
     La prohibición del interés en los préstamos -los que piden los pobres para sobrevivir- tiene como objetivo evitar que el deudor acabe, como sucedía con frecuencia, como esclavo del prestamista; por eso se prohíbe cobrar intereses: de nuevo la defensa de la libertad y la dignidad de la persona. Y, en seguida, la defensa de su vida: el que presta puede quedarse con alguna pertenencia del deudor como garantía de que el préstamo será devuelto; pero si la prenda es algo necesario para la vida del pobre, como por ejemplo su manto, necesario para resguardarse del frío durante la noche, debe serle devuelta cuanto antes, sin esperar a que devuelva el préstamo.
     Y si leemos la actualización que hacen los profetas y otros escritores bíblicos de estas exigencias, veremos con toda claridad que todo responde a una intención primordial: al liberar a su pueblo de Egipto, Dios se marcó un claro objetivo, que hubiera un pueblo en el que el orden social, la convivencia y las relaciones interpersonales tuvieran su cimiento en la práctica de la justicia y en el reconocimiento de la dignidad humana -poniendo el acento en la dignidad de los pobres- y de los derechos inherentes a esa dignidad.


Después, el amor

     Primero, pues, la justicia. Eso estaba ya más que claro en el Antiguo Testamento: Dios había entregado la ley a los israelitas para que la liberación que Él les había conseguido no se pervirtiera; los mandamientos eran la garantía de que las relaciones entre los miembros de su pueblo se fundarían siempre en el respeto a los derechos y a la dignidad de la persona humana. La fidelidad al Señor, que demostró ser el único Dios al sacar al pueblo de la esclavitud (¿Se ha atrevido algún Dios a venir a sacar para sí un pueblo de en medio de otro pueblo... como hizo el Señor Dios con vosotros en Egipto, ante vuestros mismos ojos?» Dt 4,34), suponía el cumplimiento de los mandamientos que regulaban las relaciones con los demás; el amor a Dios contenía la exigencia de amor al prójimo; y éste expresaba la fidelidad al Señor: «Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al señor tu Dios con todo el corazón... Cuando el día de mañana te pregunte tu hijo "¿qué son esas normas, esos mandatos, y decretos, que os mandó el Señor vuestro Dios?", le responderás a tu hijo: "Éramos esclavos del Faraón de Egipto y el Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte... Y nos mandó cumplir todos estos mandatos...» (Dt. 6,4,-5,20-21,24). «Amarás a tu prójimo como a ti mismo, Yo soy el Señor... Yo soy el Señor vuestro Dios, que os sacó de Egipto. Cumplid todas mis leyes y mandatos poniéndolos por obra». (Lv 19, 18b, 36b-37). Como muestra el contexto en el que está contenida la primera lectura, estos dos mandamientos principales del A. T. reciben su fuerza, su autoridad, su legitimidad, podríamos decir, del hecho de la liberación de la esclavitud de Egipto; su objetivo, por tanto, no puede ser otro más que la consolidación de la libertad de los miembros del pueblo.
     Pero los letrados fariseos parece que se habían olvidado de que los mandamientos servían para ese fin. Y se habían dedicado a complicar los deberes religiosos de los israelitas para que se percibiera como necesario su papel en la sociedad: si hacer lo que Dios quiere era una cosa muy complicada, entonces era indispensable que hubiera un grupo de especialistas que se dedicaran a explicar lo que un buen israelita debía hacer en cada momento. Así aseguraban su propio prestigio y su papel dominante en la sociedad israelita. Y después de haber complicado al máximo la vida religiosa (habían conseguido hacer una lista de 613 mandamientos: 365 que indicaban otras tantas prohibiciones; 248 que se referían a obligaciones), se dedicaban a discutir entre ellos cuál de los 613 mandamientos era el más importante.
     La mayoría consideraba que el mandamiento principal, el más importante de todos -y para muchos, más importante que todos juntos-, era no trabajar los sábados, de modo que quien lo cumplía realizaba a la perfección sus deberes religiosos que, según ellos, concretaban y traducían a la práctica el mandamiento primero, el del amor a Dios.
 

Sólo el amor

     Cuando Jesús comienza a responder a la pregunta que le habían planteado los fariseos, -«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?»- da la impresión que se va a alinear con los que decían que el mandamiento principal es el amor a Dios. Pero vuelve a sorprender a todos poniendo a su mismo nivel el mandamiento del amor al prójimo. En estos dos mandamientos (Dt 6,5; Lv 19,18), dice Jesús, se encierra todo el proyecto de Dios para el pueblo de Israel: «De estos dos mandamientos penden la Ley entera y los Profetas».
     Tres cuestiones hay que destacar de la respuesta de Jesús:
     Primero la conexión que establece entre el amor a Dios y el amor al prójimo. En realidad, en cuanto al contenido, Jesús no añade nada nuevo en su respuesta; estos dos mandamientos estaban ya en los libros del Pentateuco, que se leían semanalmente en las sinagogas y que nunca se deberían haber practicado independientemente uno del otro. Pero, al ponerlos unos junto al otro, Jesús nos dice que la traducción práctica del mandamiento del amor a Dios no es el cumplimiento de los deberes religiosos -el sábado-, sino el amor al prójimo.
     Ademas de esta conexión entre ellos, destaca en la respuesta de Jesús la relación que establece entre estos dos mandamientos y el resto de la Ley:   «De estos dos mandamientos penden la Ley entera y los Profetas». Lo que importa en la Ley entera y los Profetas es el amor. Amor a Dios y amor al prójimo. Los dos, juntos e inseparables. Los dos, totalmente imprescindibles, pues si se prescinde de cualquiera de ellos, los otros 612 mandamientos pierden todo su sentido; y si estos dos se ponen en práctica, los que de los 612 sean verdaderamente válidos, quedarán cumplidos.
     Finalmente, y quizá sea esto lo más sorprendente para la mentalidad farisea, Jesús dice que el segundo mandamiento, el del amor al prójimo es «no menos importante», «semejante» en importancia al primero. Jesús pone en el mismo plano el amor a Dios y el amor al prójimo, que tantas veces se han presentado y se presentan como haciéndose la competencia. Pues no. El primer y el segundo mandamiento son en realidad uno solo, pues no puede amar a Dios quien no practica la justicia y el amor con su prójimo: «...buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces, venid y litigaremos -dice el Señor-. Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve...» (Is 1,17-18).

Y ahora...

     Para los cristianos, Jesús lo resumió todo en el mandamiento del amor fraterno -que no es igual que ninguno de los anteriores-, el mandamiento nuevo que, asumiéndolos y superándolos, actualiza y deja anticuados a todos los demás. El horizonte, sin embargo, sigue siendo el mismo: el amor.
     Por eso es muy importante que hagamos una lectura actualizada de estas exigencias.
     El forastero, el inmigrante, el extranjero, el que llama a nuestra puerta en busca de refugio, para salvar su vida. El problema de la emigración de los países pobres a los países ricos -cristianos la mayoría de estos-, está llegando a límites insostenibles. Los coyotes (así les llaman en algunos países de América a los que se dedican a introducir inmigrantes de manera ilegal en los países desarrollados), las mafias que trafican con el hambre de los pobres conduciéndolos en condiciones infrahumanas a un paraíso que no lo será tanto, si logran llegar a él. Vivirán siempre con el miedo de que los detengan y los expulsen; callarán cuando sean víctimas de la explotación de quienes les dan trabajo, y tendrán que soportar, también callados, las agresiones de los grupos, cada vez más numerosos, de orientación xenófoba y racista. La política en relación con quienes buscan refugio es, en la Unión Europea una verdadera vergüenza. La leyes de extranjería de los países ricos -que se han demostrado gravemente perjudiciales para la dignidad e incluso para la vida y la salud de los pobres- tratan de evitar que se cuelen en sus sociedades opulentas los hambrientos que llegan de los países que la propia codicia de esos países ricos empobreció. En el libro de Éxodo se recuerda a los israelitas que ellos fueron forasteros, que ellos fueron emigrantes... Y a nosotros, ¿quién nos lo recuerda? ¿Hay alguna sociedad que no haya sido alguna vez origen de emigración o que no sea resultado de ella?
     Lo que está sucediendo en el norte de África es absolutamente bochornoso para el pueblo español y para toda la Unión Europea. Venimos escuchando desde hace unos años que jerarcas eclesiásticos o dirigentes de partidos conservadores proclaman una y otra vez que el cristianismo es uno de los elementos esenciales de la cultura europea. Y, al mismo tiempo, estos políticos defienden las políticas más reaccionarias y más inhumanas -y por tanto, las más alejadas del mensaje evangélico- en materia de inmigración y de acogida de refugiados.
     Las viudas y los huérfanos eran en las sociedades antiguas las personas más desprotegidas, especialmente si no formaban parte de una familia rica o poderosa que los amparara. ¿Qué tenemos que decir, a la luz de la palabra de Dios, sobre los niños explotados en el trabajo o en la prostitución? ¿Y sobre la mujeres -viudas o no- y los hombres -parados o empleados con contratos que se acercan cada vez más a la esclavitud- abandonados por la fortuna -o, mejor, víctimas de los amigos de la fortuna- a los que se les está negando cualquier tipo de protección de parte de la sociedad?
     ¿Y qué decir de los pobres a los que, en esta sociedad que adora el dinero, ya nadie carga con intereses porque nadie les da ni les presta nada? ¿Y de los excluidos de todo, en esta sociedad en la que el ser explotado es para muchos un auténtico privilegio?
     ¿Y los desahuciados? El libro del éxodo exige devolver al atardecer el manto tomado como garantía de un préstamo. Y los muy cristianos gobiernos de ciertos países europeos, y los bancos cuyos dirigentes se proclaman cristianos y hacen públicas y propagandísticas donaciones a las iglesias están permitiendo que centenares de miles de personas se queden en la calle, no ya sin abrigo para el frío de la noche, sino sin techo, sin casa; porque la crisis -la gran estafa que han llamado crisis-  los ha dejado sin recursos para devolver el préstamo hipotecario; y todo ello con un casi absoluto silencio de las jerarquías religiosas.
     A nosotros nos toca hoy practicar la justicia con todos ellos; así mostraremos que nos creemos eso de que el amor al prójimo es un mandamiento «no menos importante» que el amor a Dios.
     Los cristianos no deberíamos olvidarnos de esto, no sea que nos sorprendamos cualquier día al descubrir que estamos discutiendo de nuevo cuál es el más importante de los ¡1.752! mandamientos de la Iglesia.

     El mandamiento nuevo, el que revela toda la novedad del mensaje y de las exigencias de la fe cristiana, contiene en sí todo lo bueno de todas las leyes anteriores; pero, ¿a qué distancia nos encontramos nosotros? ¿Cuál es el nivel alcanzado por nuestra iglesia y por nuestro mundo “cristiano” en relación con el mandamiento de Jesús?

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