Domingo 17º del Tiempo Ordinario
 30 de julio de 2017

 

 

 

 

 

 

El Padre también es «altermundista»

 

      La vida cristiana se ha presentado muchas veces como un constante ejercicio de renuncia: renunciar al dinero, renunciar a los placeres de la vida, renunciar a las comodidades, renunciar a la ambición, renunciar, renunciar, renunciar... Pero ¿por qué?, ¿para qué?, ¿a cambio de qué?

 

 

¿Camino de perfección?


      Sin que deba entenderse como una crítica a quienes buscan con sinceridad superarse y mejorar constantemente, hay que afirmar que el cristianismo no debe confundirse con lo que se llama un camino de perfección, un método para alcanzar la excelencia, para llegar a ser santos. El objetivo de Jesús no era enseñar al hombre a ser más santo, a ser más perfecto; el suyo no era un proyecto dirigido únicamente al individuo, sino orientado a la transformación de la manera de vivir de toda la humanidad
      Cuando Jesús presenta las bienaventuranzas, que constituyen el núcleo de su programa, no dice a quienes le escuchan que serán más santos si hacen todo aquello, sino que serán felices. Es la felicidad de los hombres, de todos los hombres y de cada uno de ellos en particular, lo que preocupa a Jesús, porque ésa es la principal preocupación del Padre, preocupación que revela con toda nitidez el verdadero ser de Dios: «Dios es amor» (1ª Juan 4,8).
      Debería parecernos algo lógico si es que realmente creemos que Dios es bueno, que Dios es un Padre que quiere a sus hijos. Dios, si se manifiesta al hombre y sale a su encuentro, si le habla y le dirige su Palabra no es porque desee o necesite que el hombre le dé gloria u otra cosa por el estilo; Dios lo hace todo porque es bueno, porque Él es, en esencia, amor; y, como decían los filósofos medievales el bien -el amor- tiende a difundirse, a comunicarse.
      Por eso no se puede considerar la perfección como un ideal propiamente cristiano. Este era el ideal de los fariseos y lo fue también de ciertas escuelas filosóficas de la antigüedad. El ideal cristiano es la felicidad. Y, en consecuencia, la felicidad es el objetivo que orienta la acción del cristiano: un cristiano se comporta cristianamente cuando procura que la consecuencia de su acción sea la alegría para sus semejantes y para él mismo.

 
Pero, ¿qué felicidad?

      Una felicidad solidaria. Porque también la felicidad ha sido propuesta como ideal por muchos filósofos, incluso varios siglos antes de que Jesús lo hiciera. Platón, Aristóteles, los epicúreos, consideraban que el hombre debe buscar la felicidad, aunque cada uno la entendía a su modo. En lo que todos ellos coincidían era en enfocar el problema desde un punto de vista individual. Era la felicidad del individuo lo que importaba. Alguno de estos pensadores ampliaba la perspectiva a “la ciudad”; pero fuera de ella quedaban prácticamente la mayoría de sus habitantes: los trabajadores, los esclavos, las mujeres...
      En las Bienaventuranzas, Jesús habla siempre en plural. Y a lo largo de todo el evangelio va apareciendo cada vez con mayor nitidez el carácter universal de su propuesta en la que precisamente los olvidados por todos -los pobres, los que sufren, los marginados, los excluídos, las mujeres- ocupan el primer puesto.
      La felicidad que Jesús propone es la que nace de la implantación de la justicia de Dios. El pasaje en el que Mateo explica la primera bienaventuranza (6,19-34) nos puede aclarar mucho el sentido de estas parábolas: si conseguimos que reine en el mundo la justicia de Dios, todos podrán sentirse seguros, satisfechos, tanto en sus necesidades más inmediatas como son el vestido o la comida, como en las más sublimes, como es el sentirse amados por otras personas y por un Dios que se ofrece a ser Padre de todos (6,32).
      La felicidad que Dios quiere es, en palabras de Pablo (2ª lectura), la que nace de sentirse y formar parte de una multitud de buenos hermanos en la que las normas de convivencia están todas contenidas en la exigencia del amor fraterno.


Un tesoro, una perla

      Ésta es la idea central de las dos primeras parábolas que se leen este domingo: el reino de Dios es como un tesoro escondido, como una perla de incalculable valor. Si alguien encuentra el tesoro o la perla y descubre el valor tan inmenso que tienen, hace todo lo necesario para conseguirlos. Reunirá todo el dinero que pueda, aunque tenga que vender todas sus posesiones, todo lo que tiene, y correrá a comprar la perla o el campo donde sabe que está escondido el tesoro.
      La parábola no necesita demasiadas explicaciones. Jesús ha dicho desde el principio que hay ciertas cosas que son incompatibles con el evangelio; y resulta que esas cosas son las que más se valoran entre la mayor parte de los hombres: el poder, la riqueza, los honores... ¿Por qué hay que renunciar a todo eso? ¿Para qué? ¿Es que la renuncia tiene valor en sí misma? Estas preguntas encuentran respuesta en las parábolas que comentamos.
      En primer lugar, el proyecto de Jesús, el reino de Dios, es un tesoro para el hombre, el mayor tesoro. Vivir de acuerdo con el evangelio y construir un mundo regido por los valores evangélicos vale más, tiene más valor que cualquier otro modo de vida. Más que todo el dinero del mundo, más que todos los honores, más que todo el poder. Porque es el camino más seguro para alcanzar la propia felicidad sin hipotecar la felicidad de los demás.
      Y, en segundo lugar, la elección debe llenar de alegría a quien la realiza. El dolor que pudiera causar la renuncia a algo que se ha querido hasta ese momento debe quedar anulado por el gozo que produce lo que a cambio se ha elegido: «Se parece el reino de Dios a un tesoro escondido en el campo; si un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y de la alegría va a vender todo lo que tiene y compra el campo aquel».

Lo que de verdad importa

      No quiere esto decir que no cueste ningún esfuerzo renunciar a todo lo que es incompatible con el evangelio. Lo que quiere decir es que la razón por la que se hace tal esfuerzo no es otra que la confianza y la seguridad de que el resultado final será una felicidad mucho mayor. Y no sólo en la otra vida: ya, desde ahora, desde el momento en que se descubre el valor de lo que se ha elegido.
      La renuncia no es, en sí misma, un valor. El cristiano no tiene por qué renunciar a nada que realmente sea bueno y gratificante, salvo que eso sea un obstáculo para la fraternidad, para la implantación del reinado de Dios. El cristiano no es una persona triste y amargada, que ve como negativo, como pecaminoso, todo lo que es placentero. El cristiano busca la felicidad, el gozo y la alegría. Y el placer, ¿por qué no? Lo característico del cristiano es que todo eso lo busca solidariamente porque, como hijo de Dios que es, quiere el bien, la felicidad de sus hermanos; y cuando la encuentra descubre que la alegría es más intensa y duradera cuanto más compartida, cuanto más extendida.
      Es cierto que hay romper con una determinada escala de valores, con la ambición, el deseo de poder, el gusto por los privilegios; pero hay que romper con ellos precisamente porque son causa de dolor, sufrimiento e infelicidad para miles de millones de personas que tienen que soportar las crueles consecuencias de un mundo fundado y estructurado sobre esos valores y alrededor de ellos.
       En conclusión: lo realmente importante no es la renuncia, sino la elección; lo que realmente nos hace mejores no es lo que dejamos, sino lo que elegimos. Y la elección es consecuencia no tanto de que queremos ser mejores, más santos, mas perfectos, sino más bien de que hemos descubierto que adoptando el modelo de vida que propone el evangelio, siendo cristianos de verdad, podremos tener y ofrecer a los demás de la manera más excelente la experiencia del amor compartido, que es la esencia de la felicidad.

Otro mundo es posible

      Este lema –Otro mundo es posible- ha sido adoptado por todos los grupos que la literatura oficialista llama antisistema. En realidad, -y sin que esto suponga querer apropiarnos de nada, sino, por el contrario, tratando de mostrar nuestra solidaridad con quienes quieren sinceramente y buscan honestamente un mundo mejor- esto es lo que nos está diciendo el evangelio: según el plan de Dios, otro mundo es posible, otro mundo es necesario. Un mundo en el que todos cabemos, si no nos empeñamos en ocupar el espacio que corresponde a otros; un mundo del que todos somos dueños y, al mismo tiempo responsables; un mundo en el que a nadie le falte porque a otros les sobra.
      Cierto que, para conseguirlo hace falta renunciar al modelo de desarrollo -al sistema- vigente en los países ricos y que se trata de presentar como el único modelo viable; pero no es verdad, porque su viabilidad depende de la exclusión en el reparto de los bienes de la Tierra de cientos de millones de seres humanos, de hermanos desde la perspectiva del Padre. Frente a ese modelo de desarrollo que se funda en la convicción de que la pobreza y la miseria desaparecerán a medida que aumente la riqueza, el evangelio nos propone otro modelo cuyo fundamento es la seguridad de que pobreza y miseria  -y por tanto la desdicha y el sufrimiento- desaparecerán si aumenta la justicia y en la medida en la que ésta aumente. Ese otro mundo es el tesoro escondido, la perla preciosa por la que vale la pena renunciar a cualquier otra cosa, es decir a lo que este mundo viejo considera valioso.
     Mucho podemos aportar los cristianos para que ese otro mundo se haga realidad; y no porque seamos más listos o más “santos” que nadie. A la hora de aportar soluciones concretas el valor de nuestras propuestas dependerá de nuestro acierto, de nuestra preparación, de nuestra inteligencia y de nuestro trabajo.
     Sólo tenemos una ventaja que, por cierto, no es mérito nuestro: hemos tenido la suerte de encontrar un tesoro escondido. Pero, además, también tenemos la fortuna de saber «... que, con los que aman a Dios, con los que él ha llamado siguiendo su propósito, él coopera en todo para su bien» (2ª lectura).
    
Porque el Padre también es antisistema, también es altermundista, cree que otro mundo es posible. Y lo quiere.

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