Domingo 13º del Tiempo Ordinario
 2 de julio de 2017

 

 

 

 

 

¡Paz, paz! Pero, ¿qué paz?

     El profeta Jeremías denuncia con energía a los dirigentes del pueblo porque, dice, «pretenden curar por encima la fractura de mi pueblo diciendo: Paz, paz. ¡Y no hay paz!» (Jer 6,14). Nuestros días no son, por cierto, días de paz. Se cuentan por decenas los conflictos armados que hay en este momento en el planeta...Y, ¡en nombre de la paz! -de su paz- se justifican guerras de agresión contra los pueblos más pobres del planeta y se incrementa el gasto militar hasta niveles jamás alcanzados hasta el presente. Para conseguir la paz, su paz, para vencer al terror... con su terror.
     Pero, aunque no hubiera conflictos bélicos, ¿están en paz los estómagos de los hambrientos? ¿y las noches de los sin techo? ¿y la vida de los excluidos? ¿Qué paz es la que nos quieren imponer? ¿La de los cementerios? ¿Es el silencio de los cementerios -allí nadie protesta ya- lo que quieren?
     Pero hay otra paz; aunque para lograrla es necesario asumir el riesgo de que no nos dejen en paz.

 




La resignación... ¿cristiana?


     Durante mucho tiempo le hemos estado echando a Dios la culpa de todos los males del mundo. Se decía que la pobreza y la riqueza eran situaciones en las que los hombres se encon­traban porque ése era el designio de Dios, designio que -se decía- era inescrutable, esto es, incomprensible para la men­te humana. Y se decía que si los pobres eran buenos y no se rebelaban contra este insondable designio, Dios los premiaría en la otra vida. Eso sí, como Dios es infinitamente misericor­dioso, pues también los ricos verían perdonados sus pecadillos y así, ya en la otra vida, pues ¡todos contentos! Lo que -seguían diciendo- Dios no estaba dispuesto a tolerar es que nadie, en un acto de satánica sober­bia, se rebelara contra el orden que Él, en su infinita sabiduría, había establecido.
     El párrafo anterior puede resultar exagerado al presentar un modo de pensar excesivamente fundamentalista; pero así se ha presentado el evangelio en una etapa no demasiado lejana de nuestra historia. O, por lo menos, así lo han entendido los pobres porque así se ha permitido que los pobres lo entendie­ran. Y presentar o permitir que se entienda así a Dios es ofen­derle gravemente; porque es hacerlo responsable de todas las injusticias, pasadas y presentes, cometidas por los poderosos de este mundo, cuya responsabilidad quedaba crímenes oculta tras interesada imagen de ese falso dios.

No paz, sino espadas

     Presentar así a Dios es un tremendo error que, además, es difícilmente justificable. Porque si hay algo que no se puede decir de Jesús es que fue un conformista; y si algo está claro que no practicó ni predicó es lo que después se ha llamado «resignación cristiana». Valga como prueba el párrafo con el que empieza el evangelio que comentamos: «No penséis que he venido a sembrar paz en la tierra; no he venido a sembrar paz, sino es­padas» (Mt 10,34).
     Son muchos los que encuentran de difícil digestión estas palabras que el evangelista pone en boca de Jesús. Tan difíci­les resultan de entender que en el libro oficial de lecturas de la misa de los domingos se ha suprimido ese párrafo del evan­gelio; y el fragmento que se lee ha perdido su pleno y auténtico sentido.     Cierto que, desde la perspectiva en la que se sitúa la doctrina de la resignación de la que hablábamos antes, eso de que Jesús ha venido a sembrar espa­das en lugar de paz, es imposible de entender, de explicar... y de aceptar.
     Pero ahí están esas palabras de Jesús, que hay que aceptar y explicar dentro del contexto del evangelio y, por tanto, de acuerdo con la bienaventuranza «dichosos los que trabajan por la paz» (Mt 5,9).

La paz de Cristo

     Jesús quiere la paz, ¡claro que sí! Y la quiere más que todos los que a lo largo de la historia se han llenado la boca de paz mientras hacían o fomentaban -mientras siguen haciendo y fomentando- la guerra y negociaban, llenándose los bolsillos, con ella.
     Jesús quiere la paz, ¡por supuesto!, pero quiere que la paz sea para todos. Una paz que debe comenzar por algo tan simple como que todos tengan en paz el estómago, y que se logrará plenamente cuando todos puedan desarrollarse como personas libres y relacionarse como hermanos.
     Jesús quiere la paz, pero una paz auténtica: la que nace de la justicia y no la que se intenta simular al esconder los abusos de los pode­rosos y obligando al silencio a los oprimidos.
     Jesús quiere la paz: y la quiere ya, en este mundo, sin tener que es­perar a la paz de los cementerios.
     Pero la simple pretensión de construir esa paz, el más pe­queño intento de hacerla realidad, levanta la más violenta opo­sición de parte de aquellos que llenan sus platos gracias al hambre de los pobres y asientan sus palacios sobre la resigna­ción de los humillados de la tierra. Por eso, para construir la paz será necesario luchar por ella. Para eso son las espadas que Jesús vino a sembrar.

Conflicto inevitable

     Las espadas de las que habla Jesús no tienen nada que ver con las que mataron en las cruzadas ni en ninguna otra guerra hecha en el nombre de Dios -¿llegará el día en el que no haya ningún jerarca de iglesia cristiana alguna que bendiga espadas, cañones o bombas?-, ni el conflicto que él anuncia es el que nace de la intolerancia o de la falta de respeto a la libertad de conciencia de los hombres. El propósito de Jesús es superar definitivamente las causas que provocan conflictos: las guerras -también las religiosas-, cualquier otro tipo de violencia, la injusticia, la explotación del hombre por el hombre, la violación de la dignidad de la persona..., esos son los principales conflictos que padece la humanidad.
     Sería verdaderamente insensato pensar que esos problemas nos llegan de fuera de este mundo. Eso equivaldría a disculpar a los verdaderos culpables para culpar a Dios. El origen de la situación a la que nos referimos debemos buscarlo de tejas para abajo, entre los hombres mismos: en el gran pecado -o el único pecado-, el de la egolatría, el creerse dioses, el creer que hay algo en nosotros que nos autoriza a someter a los demás, el pensar que podemos poner la vida de los demás al servicio de nuestra gran vida. Por eso, cuando se intentan superar esos problemas, no hay modo de evitar el conflicto con quienes son su verdadera causa, con los hombres o con los grupos humanos que los producen o con quienes, por comodidad egoísta o por miedo, conviven con la injusticia y no se atreven a enfrentarse con quienes la provocan.
     Jesús viene, pues, a hacer la guerra a una paz de mentira que nos han acostumbrado a llamar y a creer paz verdadera: la que se funda en la injusticia, en el crimen, en el sometimiento de los débiles, la paz que se ha hecho compatible con el hambre y la miseria, la paz que esconde la degradación humana y la marginación, la paz que no se asienta en el espíritu de las bienaventuranzas..., esa paz, esas paces no nos interesan, porque no son verdadera paz. Y hay que declararles la guerra para que sea posible la auténtica paz: la paz de las bienaventuranzas, inseparable de la opción por los pobres y los pequeños y del compromiso con un orden en el que a éstos se les haga justicia; la paz evangélica no se puede separar de la solidaridad con los que ocupan los estratos inferiores de la sociedad. Por eso, para llegar a la paz, hay que empezar por la rebeldía, por la denuncia y el desenmascaramiento de una paz que no es paz.

El amor más importante

     El seguimiento de Jesús supone, por tanto, un conflicto ineludible al que no puede substraerse ni la misma familia: «porque he venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con la suegra; así que los enemigos de uno serán los de su casa».
     Las palabras de Jesús no suponen un ataque a la institución familiar; pero sí que la subordinan a esa otra familia de la que todos estamos llamados a formar parte y que tiene a Dios como único Padre; pero el conflicto del que habla el evangelio alcanzará a la institución familiar si alguno de sus miembros está de parte de los responsables de todo aquello contra lo que Jesús luchó y contra lo que sus seguidores debemos luchar.
     Seguir a Jesús será siempre una decisión personal; no se llega a ser seguidor de Jesús por pertenecer a una familia, o por haber nacido en una determinada región del planeta, sino por haberlo decidido libre y voluntariamente. Y en el uso de su libertad puede darse -se da de hecho- , que los miembros de una familia estén unos del lado de Jesús y otros en otro lado. El conflicto, entonces, atravesará la familia.
     Si leyéramos fuera de una iglesia -o incluso dentro- algunos párrafos del evangelio de hoy, ¿qué reacciones obtendríamos? Por ejemplo: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí». Seguro que muchos al menos se extrañarían.
     Sin embargo, no nos resulta extraño que alguien tenga que romper con su familia por amor a otra  persona, porque alguno de sus familiares se oponen a ese amor. Y a nadie le resulta extraño, incluso ciertos casos generan una fuerte corriente de simpatía hacia los amantes.
     Jesús de Nazaret viene a predicar el amor; un amor que es mucho más que un sentimiento, mucho más que una relación estrictamente personal: es un amor que quiere abarcar a la humanidad entera. El amor que Jesús predica es, sí, una pasión: pasión por la justicia, por la dignidad del los seres humanos, por la igualdad y la solidaridad; y es un sentimiento, por supuesto, pero lleno de compromiso, dispuesto a entregarse por entero para conseguir que ese amor triunfe; por eso, no ya la familia, sino hasta la propia fama y la misma vida quedan subordinadas a ese amor: «y el que no coge su cruz y me sigue, no es digno de mí».


La cruz de los que trabajan por la paz

     Y en esa lucha, llevada a cabo con las armas del amor, pero también las del rigor, la firmeza y la radicalidad (hay que ir a la raíz de los problemas y dejarse de paños calientes), en esa lucha habrá quienes no sólo se podrán ver enfrentados a miembros de su misma familia,  (eso ya lo había anunciado el profeta  Miqueas 7,6), sino incluso con la mayoría de la sociedad; y serán considerados herejes o criminales subversivos, peligrosos terroristas, violentos antisistema... en cualquier caso, dignos de la muerte en una cruz, o en la hoguera, o en la hor­ca, o en el garrote vil, o en la silla eléctrica... dignos de una muerte, si no siempre física, sí social o política y, por supuesto, económica.
     Pues hay que estar dispuestos a cargar con esa cruz. Hay que estar dispuestos a poner en el punto más elevado de nuestra escala de valores, los valores del evangelio, la paz que nace de la justicia, el amor que realiza la plena libertad. Y hay que asumir los riesgos que esas opciones comportan.
     Sí. Porque la cruz que Jesús nos invita a soportar con amor (la rebeldía libre de odio es la única resignación verdaderamente cristiana) es aque­lla que es consecuencia de nuestra lucha por la paz, aquella lucha que es consecuencia de haber colocado nuestra lealtad al proyecto de Jesús -convertir este mundo en un mundo de buenos her­manos- por encima de todas las lealtades y de todos nuestros intereses: de nuestra familia, de nuestra buena fama, de nues­tra propia vida. Y, además -ya lo decíamos el domingo pa­sado-, sin miedo a la muerte, pues «el que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará». Y con la confianza de saber que, en medio de la lucha, estaremos aproximándonos a  la más verdadera fuente de vida y de paz: Jesús nos garantiza la cercanía del Padre que al hacernos sus hijos, a  todos nos hace hermanos: «El que os recibe a vosotros, me recibe a mi, y el que me recibe a mi, recibe al que me ha enviado». Y- esto debe quedar meridianamente claro- sabiendo que el objetivo no es el martirio, la cruz, el sufrimiento o la muerte; no, el objetivo será siempre un mundo justo y una humanidad fraterna, la paz que nace de la justicia y del amor.