Domingo de Ramos - Ciclo A
9 de abril 2017
 

Pacífico, justo y humilde y victorioso.

     No es lícito decir que la muerte de Jesús fue una exigencia de Dios para expiar los pecados de la humanidad. No fue de Dios; fueron los poderosos de este mundo quienes quisieron tal sacrificio. Jesús, por su parte, asumió su muerte como consecuencia de su compromiso solidario con sus hermanos los humanos y con la justicia y la paz. La paz de los hombres con Dios y, de manera indisoluble con ésta, la paz de los hombres entre sí. Pero mientras los hombres fundan su paz en el miedo a las armas del enemigo, Jesús la cimentó en el don de su propia vida, en la aceptación de su muerte, que Dios aceptó no en cuanto muerte, sino como manifestación plena de su fidelidad y de su amor. Y este fue su modo de ser rey: servidor, constructor de la paz, y defensor de la justicia. Pacífico, justo y humilde. Y también -y por todo ello- rey victorioso.



Dios no es un sádico


     No. Dios no es un sádico a quien le guste el sufrimiento de los hombres. No. La pasión y muerte de Jesús no es la satisfacción que Dios exige para conceder el perdón a la humanidad pecadora. La muerte de Jesús no es el castigo que se merecía la humanidad y que Jesús sufre en nombre de todos los hombres, sus hermanos, para reconciliarlos con Dios. No. Dios no necesita ni exige que nadie sufra para perdonar, el perdón le sale de dentro, le brota de su corazón de padre. Dios perdona gratuitamente, no porque nosotros nos lo merezcamos ni porque haya tenido que merecérnoslo nadie. Dios perdona porque él es bueno, porque es Padre, porque es amor, porque nos quiere y desea nuestra felicidad. Y eso es precisamente lo que manifiesta en la cruz de Jesús: el amor de Dios en el amor de Jesús, su hijo, quien, al enseñarnos a amar, se dejó la piel, dio la vida en el empeño.


Y por eso lo mataron

«Es que sabía que se lo habían entregado por envidia».

     ¿Cuál fue, entonces, la causa de la muerte de Jesús?
     Está claro, desde el principio del evangelio, que Jesús no es del gusto de determinados grupos de la sociedad judía ni agrada a los representantes de ciertas instituciones.
     El gobierno autónomo judío, el Gran Sanedrín, estaba formado por tres grupos, con los que repetidamente se había enfrentado Jesús: los sumos sacerdotes, responsables últimos del aparato religioso; los senadores, miembros de las grandes familias de terratenientes de Palestina, y los letrados, los teólogos oficiales del régimen, casi todos del partido fariseo.
     Jesús había denunciado los abusos de todos estos grupos diciéndoles cosas como éstas: que habían convertido -los sumos sacerdotes- la religión en un negocio y que ellos eran unos bandidos (Mt 21,13); que era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja que un rico entrara en el reino de Dios (Mt 19,23-24); que eran -los fariseos- unos hipócritas que, con el pretexto de la religiosidad, se aprovechaban de la gente (Mt 23,1-36)... Y no se lo perdonaron.

«Este es Jesús, el rey de los judíos»
     En el juicio que le hicieron los dirigentes judíos (26,57ss), en el sanedrín, lo acusaron de delitos religiosos. Para ellos tenían más importancia y, además, en su predicación Jesús había arremetido con fuerza contra aquella religión opresora en que habían convertido la fe de Israel. Pero como ellos no podían matarlo, lo acusaron ante el gobernador romano de delitos políticos: que pretendía hacerse rey, lo que, tal como ellos lo entendían, no era verdad. Pero, con esta acusación, consiguieron que el representante del imperio lo condenara a muerte.
     A Jesús lo mataron porque estorbaba: estorbaba a los dirigentes religiosos, que se habían apropiado de Dios, y Jesús se lo devolvió al pueblo; a los ricos, que agradecían a Dios sus riquezas, cuando en realidad Dios, según la predicación de Jesús, estaba de parte de los pobres, víctimas de la injusticia de la riqueza; a los teólogos oficiales, que hablaban de un Dios amo, dueño, mientras que Jesús mostró que Dios es Padre y Liberador; a los poderosos que, también ellos, ponían a Dios en el origen de su poder y Jesús, en cambio, decía que era el diablo el que disponía de todos los reinos y todo su esplendor... y quien los y ofrecía y adjudicaba a quien quería, con la condición de que, quien los recibía, postrado ante él, le rindiera homenaje (Mt 4,8-9).
     Les estorbaba. Y por eso lo mataron.


Y por eso se dejo matar

     Jesús supo muy pronto que todos los que hemos citado antes le tenían ganas. Pero no se echó para atrás. El había asumido un compromiso de lealtad para con Dios y de solidaridad con la humanidad y estaba dispuesto a llevarlo hasta el final, hasta la muerte si era preciso (ése es el significado de la escena del bautismo de Jesús Mt 3,13-17).
     Porque su enfrentamiento con los ricos y poderosos de este mundo no se debía a que él ambicionara los puestos que ellos ocupaban, ni los privilegios de los que ellos disfrutaban, como casi siempre ocurre, sino, muy al contrario, a su propósito de ofrecer a los hombres un modo alternativo de vivir, un modo de organizar la sociedad humana en el que no tienen sitio ni la injusticia, ni la explotación de los pobres, ni la opresión de los humildes, ni la alienación de los sencillos. Él venía a revelar el verdadero rostro de Dios: dador de vida y amor, Padre que no puede soportar el sufrimiento de sus hijos y que quiere que los hombres sean verdaderamente libres, que sean dichosos y que construyan su felicidad compartiendo el amor y viviendo como hermanos.
     Jesús tenía que enseñar a los hombres que lo que puede salvar su mundo no es ni el poder, ni el dinero, ni la violencia, ni la sabiduría que, vendida al poder, justifica todo esto; que lo único que puede salvar a la humanidad es el amor.
     Y por eso se dejó matar: por amor. Para ser fiel a su compromiso de amor y para enseñarnos cómo es posible amar hasta la muerte.


Rey sencillo...

     Este propósito de Jesús se ilumina si desentrañamos el sentido del evangelio de la procesión de los ramos, que presenta a Jesús cumpliendo una de las últimas profecías del Antiguo Testamento: «Mira a tu rey que llega, sencillo, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila». (Zac 9,9).
     Reyes justos y victoriosos podemos encontrarlos en la Biblia; pero ninguno aparece caracterizado como humilde y cabalgando un asno. La cabalgadura de los reyes era la mula; el asno era la propia de los campesinos (en los tiempos más antiguos de Israel aparecen también algunos jefes a lomos de borricos). Ratifica así Jesús lo que acababa de enseñar a sus discípulos acerca del poder: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan y que los grandes les imponen su autoridad. No será así entre vosotros...»  Y lo seguirá ratificando, pues muy pronto cumplirá plenamente el compromiso que asumía al proclamar esa doctrina: «Igual que el Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida por la liberación de todos» (Mateo 20,25-28).


...pacífico...

     Sigue Zacarías diciendo que la primera tarea que realizará ese rey será disolver su propio ejército y destruir sus armas de guerra: «Destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén, romperá los arcos guerreros, ... » (Zac 9,10).
     Sin ejército se va a encontrar Jesús poco después, cuando vayan a detenerlo; el modelo de convivencia que él propone no puede fundarse en la violencia que él rechazará incluso para defenderse de la injusta persecución a la que va a ser sometido: «Vuelve el machete a su sitio, que el que a hierro mata a hierro muere. ¿Piensas que no puedo acudir a mi Padre? Él pondría a mi lado ahora mismo más de doce legiones de ángeles» (Mt 26,52-54).
     Sin embargo cambiarán su vida por la de un violento, quizá un revolucionario con un objetivo justo, quizá, pero con las manos manchadas de sangre; quizá un hombre de buena voluntad, pero equivocado en sus métodos (métodos que, además, resultan ineficaces, porque los grandes de este mundo siempre tienen más capacidad de violencia que quienes son oprimidos por ellos). La liberación que Jesús ofrece frente al poder de los fuertes, debe conseguirse con un instrumento más fuerte que la violencia: el amor y la entrega de sí mismo: «Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de mandarlo azotar, lo entregó para que lo crucificaran».


Rey, al fin y al cabo

     Al final de su vida; al cabo de su entrega. La expresión de Zacarías. «Mira a tu rey», adquiere un significado totalmente nuevo al leer el rótulo de la acusación colocado por encima de su cabeza: «ÉSTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS». Jesús muere por querer ser rey de aquella manera tan particular. Aunque estaba escrita desde hacía al menos tres o cuatro siglos, la profecía de Zacarías no había calado en la esperanza del pueblo que, manipulado por sus dirigentes, seguía estimando que la violencia era eficaz y el orgullo valioso, y no entendía que el don de sí, el amor de quien se entrega por todos pudiera ser el mejor modo reinar y el servicio que libremente nace del amor, el único medio para conseguir una liberación definitiva. Por eso lo rechazaron como rey, pidieron su muerte y permitieron que los jefes entregaran al liberador en manos de sus propios opresores; y quedaron ciegos para ver lo que descubrieron -¡que paradoja!- unos paganos, miembros del ejército de ocupación, encargados de la ejecución, que estaban allí "mandados" pero que se dejaron atrapar por el testimonio de aquella muerte en la que se les reveló la presencia de Dios: «Verdaderamente éste era Hijo de Dios». Así se comenzó a cumplir también otro de los anuncios de Zacarías: «dictará la paz a las naciones» (Zac 9,10).
     Y quedó anunciado el cumplimiento total de la profecía: aquel rey sería también un rey victorioso.


«... y exhaló el espíritu»

     Jesús, al exhalar su último suspiro, entregó su Espíritu -el Espíritu de Dios, que él poseía en plenitud-, como el último y definitivo acto de su compromiso de amor con sus hermanos. Era parte esencial de su misión: tenía que ofrecer el Espíritu a los hombres para que, con la fuerza de ese Espíritu, fueran capaces de amar a los demás más que a sí mismos y así, amando de ese modo, fueran haciéndose hijos de Dios y hermanos unos de otros. Gracias a ese amor suyo, llevado hasta la exageración en la cruz, se abrió la posibilidad para cada hombre de llegar a ser hijo de Dios y de vivir como hermano de todo ser humano.
     Así, lo que parecía su derrota se convirtió en su victoria, en la manifestación de su gloria y de la gloria del Padre Dios.
     Y así se restableció para todos la posibilidad de vivir con la vida que comunica ese Espíritu y que, como revela la confesión del centurión y de los soldados está ya abierta definitivamente para la humanidad entera.

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