Domingo 4º de Cuaresma - Ciclo A
26 de marzo de 2017
 

Hoy nosotros tenemos que ser su barro


     El barro con el que Jesús unta los ojos del ciego de nacimiento simboliza su proyecto de hombre, imagen e hijo de Dios, hermano y solidario de los demás seres humanos. Responsabilidad de los cristianos es presentar al resto de la humanidad ese proyecto, de tal modo que el ver vivir a los cristianos debería ser una experiencia iluminadora y liberadora. Así haríamos caso a Pablo, el fariseo fanático y esclavo de la ley que, al encontrarse con Jesús, vio caer de sus ojos las escamas que le impedían ver la luz de la liberación: «Caminad como hijos de la luz -toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz-» (Ef 5,8-9).

 


Milagros


     Los sufrimientos del hombre no son un castigo de Dios. Pensar de esta manera -como establecían los dogmas de los fariseos- supone ocultar la verdadera raíz de los problemas y, sobre todo, evadirse a la hora de buscarles solución, porque... si el sufrimiento es consecuencia de una decisión de Dios que castiga duramente a los pecadores... ¿qué podemos hacer? ¿Rezar? ¿Esperar que Dios se apiade de los que sufren? Y mientras encontramos respuesta a estas preguntas..., los que sufren siguen sufriendo.
     Los relatos de milagros en los que se nos cuentan curaciones y otras acciones prodigiosas nos enseñan que las promesas de Dios se cumplen plenamente en Jesús de Nazaret, sirven para explicar que la presencia de Jesús produce vida abundante, salud, alegría, justicia, libertad. En concreto, la curación que nos cuenta este evangelio es una lección que Jesús da a sus seguidores para enseñarles en qué consiste su actividad, la que él ya está desarrollando, que es la misma que tendrán que continuar ellos, sus discípulos: «Mientras es de día, nosotros debemos trabajar realizando las obras del que me mandó». Esa tarea consiste en ofrecer al hombre la posibilidad de tomar conciencia de cuál es su auténtica condición, su dignidad y, por tanto, de saber cuáles son sus verdaderas posibilidades.
     Toda la narración es simbólica, y así hay que interpretar los gestos que en ella se describen.

Ciego de nacimiento

     El ciego de este evangelio es figura de una parte del pueblo de Israel: de todos aquellos que, habiendo nacido en una situación de opresión, jamás han sido conscientes de su dignidad de personas, nunca han sabido que fueron creados a imagen de Dios y que están llamados a ser sus hijos. Su oscuridad es consecuencia de la injusticia establecida en la sociedad israelita, injusticia de la que es responsable una religión basada en ceremonias vacías que hacen al hombre esclavo, no ya de Dios, sino de los que se dicen sus representantes.
     Hoy, bien entrados ya en el segundo mileno -es decir, más de dos mil años después de que Jesús abriese los ojos al ciego del evangelio-, hay en nuestro mundo muchos que, nunca, desde que nacieron, han podido experimentar lo que significa ser persona, que jamás han podido gozar de la experiencia de ver reconocida su dignidad de seres humanos. A ellos -excluidos de los beneficios de esta sociedad opulenta, que malviven mendigando, ciegos resignados, sentados al borde del camino- podemos verlos también representados por el personaje del ciego de nacimiento que protagoniza el relato del evangelio de este domingo.
 

Otros ciegos

     Pero, además de esos ciegos, otra inmensa masa, compuesta por seres humanos también, desconoce esta situación, y vive ignorando la humillación de millones de oprimidos, el sufrimiento de cientos de millones de hambrientos, el dolor de todos -tantos- los excluidos del reparto de la riqueza de nuestro mundo. Unos son ciegos porque no saben que es posible otro modo de vivir sin egoísmo y sin pobreza, sin odio y sin violencia, sin soberbia y con respeto a la dignidad de todos; otros porque, aunque se den más o menos cuenta de cuál es la situación porque son víctimas de ella, prefieren dejar las cosas como están, sentarse al borde del camino de la vida y vivir de la pequeña o gran limosna que le puedan dar los triunfadores que pasan junto a él.
     Ciegos, por tanto, porque no pueden o porque no quieren ver. A los primeros -los que no ven, ni han visto nunca, los que no saben qué pueden llegar a ser porque se les esconde lo que son- representa el ciego del evangelio; pero a todos puede servir la medicina que a éste se le ofrece para curar su ceguera.


¿Castigo por el pecado?

     Al ver al ciego de nacimiento sentado al borde del camino, los discípulos dan por descontado que la ceguera es un castigo de Dios por los pecados de alguien: «Maestro, ¿quién había pecado, él o sus padres, para que naciera ciego?» Era la ideología dominante. Los males de la sociedad no se podían achacar directamente a Dios, pero se le atribuían indirectamente: alguien que había pecado individuamente había provocado contra sí mismo o contra sus descendientes la ira divina. Así no había que preocuparse demasiado por los sufrimientos de los demás: el sufrimiento siempre se consideraba efecto de algún oscuro pecado, consecuencia de una culpa.
     No, las cosas no son así. Aquel hombre -como los ciegos de nuestros días- debía su ceguera no a Dios, sino a una sociedad que, diciendo incluso que hablaba en nombre de Dios, le había impedido conocerlo y conocer su proyecto sobre el hombre, le había impedido conocerse a sí mismo.
 

Con su propio barro

     Dios hizo al hombre del barro de la tierra. El barro que hace Jesús, luz del mundo, para ponerlo en los ojos del ciego representa su propia humanidad, el modelo de hombre que, en nombre de Dios, Jesús propone; ese modelo, por un lado, es Jesús mismo (el barro está hecho con su propia saliva); y, en segundo lugar, es modelo para todo hombre (el barro está hecho con la misma tierra con la que Dios formó al hombre primero).
     Hecha, pues, de su propio barro, Jesús pone en los ojos del ciego la imagen del hombre nuevo, el hombre que vive preocupándose, por amor, de la dignidad y la felicidad de sus semejantes.
     Pero la acción de Jesús no le devuelve la vista de inmediato. Jesús pone le su proyecto -su saliva, su barro-, en los ojos para que él lo descubra y lo acepte libremente. Sin adoctrinarlo, sino facilitándole una experiencia,  lo manda a lavarse en la piscina de «El Enviado»: pero la decisión última la tendrá que tomar, libre y responsablemente, él mismo: «Fue, se lavó...».
     Al aceptar y ejecutar la propuesta de Jesús, el que había sido ciego percibe la luz por primera vez y ve, se ve a sí mismo, se conoce, se reconoce: «Fue, se lavó, y volvió con vista. Los vecinos... preguntaban: ¿No es ése el que estaba sentado y mendigaba?... El afirmaba: Soy yo». Ya se reconoce a sí mismo; y ya no va a dejar que la tiniebla le venza de nuevo, aunque la tiniebla lo va a intentar.

Contra los hechos, ¡dogmas!

     La tiniebla, que se había disfrazado de luz, no tardó en atacar.
     La vista recobrada se convierte en denuncia de los culpables de su ceguera: «eso es lo raro, que vosotros no sepáis de donde procede cuando me ha abierto los ojos... si este no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada». Pero estos, los fariseos, los ideólogos del sistema, trataron de defenderse. Ellos, que se adoraban a sí mismos y al dinero, se habían constituido en representantes del Dios de Israel. Por eso en su ataque usaron los más serios argumentos de carácter teológico: ¿Cómo es posible que un hombre que no cumple las leyes religiosas actúe en nombre de Dios? ¿Cómo es posible que un hombre que hace barro en día de sábado (día en el que estaba expresamente prohibido hacer barro y cualquier otro trabajo) dé vista a los ciegos, tarea que los profetas habían anunciado que realizaría el Mesías?
     Pero los hechos, la vista recién adquirida, los ponía al descubierto; y no tuvieron ningún reparo en negar la evidencia, convirtiendo su ataque en irracional y violento: primero intentan negar el hecho, a pesar de estar clarísimo: «Los dirigentes judíos no creyeron que aquél había sido ciego y había llegado a ver...»; después pretenden que aquel hombre afirme, también en contra de la evidencia de los hechos, que quien lo había curado era un pecador y que, por tanto, no actuaba en nombre de Dios: «Llamaron entonces por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: Reconócelo tú ante Dios. A nosotros nos consta que ese hombre es un pecador». Y como el hombre se resiste, lo excomulgan, lo excluyen del pueblo de Dios: «Empecatado naciste tú de arriba abajo... Y lo echaron fuera».
     Al no someterse, lo marginan. En nombre de Dios, naturalmente: de un Dios que, según sus dogmas, exige sometimiento y obediencia y al que parece que le molestan la libertad y la felicidad del ser humano. A pesar de que los hechos de su propia historia de pueblo lo demostraban, no les cabía en la cabeza un Dios comprometido en la lucha por la dignidad y la libertad del hombre. Y no les cabía en la cabeza porque era incompatible con sus intereses, con sus privilegios... ¡y con su soberbia!

Compromisos

     El hombre aquel asumió su nueva realidad con libertad y decisión y se mantuvo firme tras ser expulsado de su religión. Y es ese preciso momento el que elige Jesús para salir a buscarlo, provocar con él un encuentro y darse a conocer. Sólo entonces le propone que le dé su adhesión, que acepte su fe: «Se enteró Jesús de que lo habían echado fuera, fue a buscarlo, y le dijo: ¿Das tu adhesión al Hombre?» Esa fe le incluía la exigencia de ponerse, manos a la obra, a devolver la vista a todos los ciegos que encontrara en su camino. Y el que había sido ciego, ahora que ve claro, acepta: «Te doy mi adhesión, Señor».
     Y a nosotros hoy, la Palabra de Dios también nos señala nuestros compromisos, nos indica cual es nuestra tarea como cristianos.
     Primero, mostrar al mundo el modelo de hombre encarnado en Jesús de Nazaret: hoy nosotros somos -debemos ser- su mismo barro, en nosotros se debe realizar -con nuestras limitaciones, sin duda- ese proyecto de persona; luego, tratar de que los ciegos -los pobres, los oprimidos, los explotados, los marginados- tomen conciencia de su situación y descubran la luz que brilló en Jesús de Nazaret y que debe seguir brillando en nosotros; y finalmente -quizá debamos empezar por aquí-, denunciar la tiniebla en nuestro mundo. Y esto último, no para condenar a nadie, sino para que los culpables de la tiniebla puedan también ellos abrir sus ojos a la luz, como dice san Pablo: «En vez de asociaros a las acciones improductivas de las tinieblas, denunciadlas, ... todo eso, cuando la luz lo denuncia, queda al descubierto y todo lo que está al descubierto recibe el influjo de la luz». Y para que, así, las víctimas de la tiniebla, de la injusticia estabelcida como norma, se vean libres de la misma y recobren y vean reconocida su dignidad.
     La enseñanza que nos ofrece este pasaje del evangelio está todavía hoy de plena actualidad. Por un lado, ya lo hemos dicho antes, muchos son los ciegos, incapaces de reconocerse a sí mismos como imagen de Dios, porque este mundo pisotea sistemáticamente su dignidad. También hoy resulta difícil a muchos aceptar que Dios, el Dios de Jesús, el Dios de los cristianos, es un Dios liberador. Y les resulta peligroso que se afirme que creer en Dios exige trabajar por la igualdad, la justicia y la liberación de los hombres y de los pueblos marginados, excluidos, empobrecidos. Y todavía quedan relativamente cercanos los tiempos en los que se llegó a utilizar la coacción moral y la amenaza de expulsión contra los que afirmaban que la ciencia de Dios tiene que ser, si cuando decimos Dios nos referimos al Padre de Jesús, ciencia de la liberación. Y -este parece ser de nuevo el miedo que algunos hoy experimentan con más intensidad- se disimula o se condena un hecho que nadie puede negar con el evangelio en la mano: que en Jesús Dios dignificó nuestro barro porque quiso ser barro de nuestro barro.