Domingo 3º de Cuaresma - Ciclo A
19 de marzo de 2017

 ¿Dónde vive Dios?


     No hay espacios privilegiados para la presencia de Dios (ni  Jerusalén, ni Roma, ni La Meca); cualquier sitio es bueno para hablar con el Padre, porque para él lo menos importantes es precisamente eso, el sitio. Él no tiene dirección fija y, para encontrarlo, no es necesario viajar... sino amar. Y para eso, cualquier sitio es bueno. Además, nadie se podrá sentir extraño cuando quiera estar con Dios; porque lo podrá encontrar en su trabajo, en su casa, con su familia, con sus amigos... En cualquier sitio en que se le presente la ocasión -y la aproveche- de poner en práctica el amor y la lealtad.

 




La samaritana


     En tiempos de Jesús, la religión de los samaritanos era, después de pasar por muchas alternativas, un revoltijo formado por elementos procedentes de la Biblia y de otras religiones de los antiguos habitantes de Palestina y de los pueblos vecinos: por lo menos a cinco dioses distintos habían adorado los samaritanos (esos son los cinco maridos con los que la mujer samaritana había traicionado a su verdadero esposo, el Señor). Esa infidelidad en lo religioso era la causa o el pretexto que justificaba el que los judíos y los samaritanos no se pudieran ver y ni siquiera se hablaran. Los judíos consideraban herejes a los samaritanos y evitaban cualquier contacto con ellos, y el peor insulto que podía hacerse a un judío era decirle «samaritano».
     Los galileos, que se mantenían unidos a los judíos, cuando tenían que ir a Jerusalén -Samaría está situada entre Galilea y Judea- procuraban dar un rodeo por las tierras del otro lado del Jordán para no pasar por la región de los herejes. Pero Jesús, dice el evangelio, «tenía que pasar por Samaria»: tenía, sentía necesidad de ofrecer también a ellos su mensaje, su Espíritu, el agua viva que sacia definitivamente la sed de Dios que la persona siente.
     Y, al pasar, en un pueblo de Samaria, Jesús se encuentra con una mujer que había ido a buscar agua a un pozo. Y Jesús le pide agua. La mujer reconoce su origen y desconfía de aquel judío que se acerca a pedirle agua. Pero el evangelio de hoy no habla del agua que se bebe para calmar la sed del cuerpo, sino de la sed de Dios, de la necesidad de estar en contacto con él.


Vida que da vida

     Como ya se ha dicho, la mujer que ha sido esposa de cinco maridos y que ahora vive con alguien que no es su esposo representa a Samaria, a todos los samaritanos. Ellos, que formaron parte del pueblo elegido por Dios, lo  habían abandonado para dar culto a otros dioses. Hacía ya tiempo que se habían alejado del Dios de la liberación (sus antepasados en el desierto habían adorado un becerro de oro; ellos se hicieron dos; ver 1Re,12); por eso, todos los intentos por saciar esa sed habían resultado inútiles: «Señor, dame agua de esa; así no tendré más sed ni vendré aquí a sacarla». El agua que pide la samaritana es la vida de Dios que Jesús le acaba de brindar; pero el ofrecimiento de Jesús es mucho más generoso de lo que nadie podía esperar: no sólo ofrece agua más que suficiente para calmar la propia sed, sino que, el que la bebe, se convierte en manantial capaz de apagar la sed de muchos otros y de hacerlo definitivamente: «el que haya bebido el agua que yo voy a darle, nunca más tendrá sed; no, el agua que yo voy a darle se le convertirá dentro en un manantial de agua que salta dando vida definitiva».



Un culto nuevo...
     Jesús, enviado por un Dios que siempre ha permanecido fiel a su pueblo a pesar de las reiteradas infidelidades de éste, se acerca, pues, a Samaria para ofrecerle la definitiva reconciliación con el Señor. Y con esa propuesta   les indica el camino para superar cualquier conflicto y acabar con cualquier tipo de discriminación por razones de índole religiosa.
     Después de haber dado culto a otros dioses, los samaritanos volvieron  a dar culto al Dios de los judíos. En realidad, así era en tiempos de Jesús; pero, y esta era otra de las causas de conflicto con los judíos, los samaritanos pretendían dar culto a Dios en su tierra, sin tener que ir al templo de Jerusalén. De hecho, en el año 128 antes de Cristo los judíos habían destruido un templo que los samaritanos tenían en el monte Garizín. Por eso es lógico que, cuando la samaritana toma conciencia de que el que le habla lo hace en nombre de Dios, le pregunte acerca de aquel problema que tantos enfrentamientos había provocado: ¿Dónde debemos dar culto a Dios? ¿Aquí, en nuestra tierra, o en Jerusalén?
     La respuesta de Jesús derriba todos los muros: los muros de los templos que tratan de encerrar a Dios entre cuatro paredes; los muros de carácter religioso que separan a unos hombres de otros, a unos pueblos de otros; cualquier otro tipo de muros que impiden a los hombres encontrarse y reconocerse como hermanos, como miembros de una única raza, como hijos de un mismo y único Padre. Es verdad, dice, que la salvación de Dios «proviene de los judíos» (la salvación es el mismo Jesús, judío de raza); pero eso va a dejar -ha dejado ya-  de tener importancia, pues por medio de Jesús Dios ofrece su amistad -y algo más que su amistad- a todos los hombres, sin discriminación.


...al Padre...

     En primer lugar, Dios ha decidido cambiar de nombre: ya no se llamará «el Señor», -Yavé-, el nombre que lo identificaba como el Dios de un pueblo, sino se llamará Padre, porque quiere ser padre de todos los hombres, independientemente del color de su piel, de su cultura e, incluso, de sus tradiciones religiosas. Y, en segundo lugar, el Padre no está, porque no cabe, en ningún templo. El punto de encuentro del hombre con Dios no lo podemos limitar por cuatro paredes, porque Él va a estar siempre allí donde haya Espíritu, es decir, allí en donde haya una persona que haya acogido el amor de Dios y lo practique con sus semejantes: "pero se acerca la hora, o, mejor dicho, ha llegado, en que los que dan culto verdadero adorarán al Padre con espíritu y lealtad".
     La segunda lectura nos ayuda a comprender mejor este evangelio: Dios nos ha mostrado la calidad y la cantidad de su amor entregándonos a su hijo cuando éramos aún sus enemigos; ese amor "inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha dado", y debe convertirse en manantial de amor y vida, de vida y liberación para toda la humanidad. A Dios se le encuentra donde y cuando a su amor leal se responde con lealtad y con amor; pero un amor que no vuelve -al menos directa y exclusivamente- a él, como no vuelve a su origen el agua de un manantial, sino que se comunica a otros, a todos los que quieran aceptarlo, a todos los que, sedientos de vida y amor, lo acepten a él como Padre, fuente y origen del amor y la vida. En otro de sus escritos nos lo explica el mismo Juan:
«El que no ama no tiene idea de Dios, porque Dios es amor. De este modo se manifestó entre nosotros el amor de Dios: enviando al mundo a su Hijo único para que tuviésemos vida por su medio. Esto define a ese amor: no el haber nosotros amado antes a Dios, sino el habernos él demostrado su amor enviando a su Hijo para que expiase nuestros pecados. Amigos míos, si Dios nos ha amado así, es deber nuestro amarnos unos a otros. A la divinidad nadie la ha visto nunca; si nos amamos mutuamente, Dios habita en nosotros y su amor queda realizado en nosotros. Ésta es la señal de que habitamos en él y él en nosotros, que nos ha hecho participar de su Espíritu.» (1Jn 4:8-13). Por eso, a partir de ahora, lo sagrado ya no es el templo, sino el amor de los que eventualmente lo visitan; y, si Dios está presente en los templos, no es porque sean templos, sino porque quienes los frecuentan se quieren.


... con espíritu y lealtad

     Hasta ahora, el culto a Dios dividía a los hombres y a los pueblos porque estaba limitado por las paredes de un edificio situado en un lugar concreto adonde había que acudir, por unos mediadores con los que había que contar, por unas ceremonias que había que realizar, por unas tradiciones que había que observar. A partir de ahora todo eso no será causa de división porque Jesús va a revelar el verdadero ser de Dios: «Dios es Espíritu, y los que lo adoran han de dar culto con espíritu y lealtad».
     Dios es Espíritu, es decir: «Dios es amor» (1ª Jn 4,8). Dios es dinamismo, fuerza de amor que tiende a comunicarse en forma de vida y de más amor. Por eso Dios, ya se ha dicho, se llamará en adelante Padre, el que, por amor, da la vida. No es un Dios distante al que hay que buscar en los lugares sagrados; ni un Dios terrible al que haya que estar adulando constantemente para conseguir aplacar su ira; ni un Dios lejano que necesite intermediarios para que los hombres se entiendan con él. Es el Padre (el único al que se debe llamar así: Mt 23,9) y se le encuentra cuando se acepta ser y comportarse como un hijo suyo. Y si, como dice el evangelio de Juan en otro lugar, el Padre «demostró su amor al mundo llegando a dar a su Hijo... para que el mundo por él se salve» (3,16-17), los que acepten ser hijos de Dios deberán corresponder a su amor contribuyendo a la felicidad de todos los hombres, que es lo que el Padre quiere. Ese es el culto que Dios quiere: la práctica del amor leal; amar con el mismo amor de Dios, con la fuerza de su Espíritu, a los hermanos a toda la humanidad.
     Y esta es la respuesta a la pregunta que se hicieron los israelitas en un momento de duda, cuando experimentaron la dureza del camino hacia la libertad: «¿Está el Señor entre nosotros?». Eso no depende de Dios. Eso depende de nosotros:
«...si nos amamos mutuamente, Dios habita en nosotros ...»
     Pero, ¡atención! Allí en donde sea excluido un ser humano -salvo que él mismo se excluya conscientemente-,  será excluido el Dios y Padre de Jesús de Nazaret; allí donde quepa y sea acogido cualquier ser humano como hermano el Padre se reservará un lugar.