Domingo 1º de Cuaresma - Ciclo A
5 de marzo de 2017

 

Sólo un pecado, una sola tentación

     Hoy se habla poco de pecado. Para muchos esa palabra ha dejado ya de tener sentido. Para otros, sin embargo, hay muchas clases de pecados; casi todo, les resulta pecado.
     Sí hay pecado -¿alguien puede negar que el mal gobierna el mundo?- pero tal vez se trata de un solo pecado y, por tanto, de una única tentación: querer ser dioses y quererlo ser, según nuestra más que discutible manera de entender lo que es un dios.




Seréis como dioses (la primera tentación)


     La Biblia se abre con el relato acerca de la Creación, el Paraíso y el primer pecado, narración que trata de explicar el origen del mundo y las causas que lo han llevado hasta la situación en que se encuentra cuando el autor escribe. El problema que el autor trata de resolver es este: por un lado su fe le dice que el mundo, en su origen era bueno, puesto que era obra de un Dios bueno; pero por propia experiencia sabe que el mal se ha adueñado de la humanidad en la que reinan la violencia, la injusticia, la opresión, la explotación del hombre por el hombre...
     Esta contradicción, ¿tiene alguna explicación lógica?
     Sólo una: el hombre, al que el Señor quiso y quiere libre, creado con todo cariño y destinado a parecerse a un Dios que es fuente de vida y amor, ha despreciado el plan de Dios, ha rechazado el papel que el Señor le había asignado y ha intentado establecerse por su cuenta, tratando de usurpar el lugar de su Creador: «¡Nada de pena de muerte!  Lo que pasa es que sabe Dios que, en cuanto comáis de él, se os abrirán los ojos y seréis como Dios, versados en el bien y el mal».
     Pero el problema es que, volviendo la espalda a Dios, no es fácil aprender el oficio de dios; el hombre quiso ser su propio maestro y acabó haciéndose un dios a su propia imagen y... ya sabemos el resultado: a partir de ese momento el trabajo se hizo una carga pesada, pues se convirtió en ocasión e instrumento de explotación, se rompió la armonía en las relaciones de la pareja humana y el varón sometió y dominó a la mujer;  la vida -darla y llegar a ella y conservarla- se tornó en una tarea dura y fatigosa desde el primer momento. Los primeros hermanos se enfrentaron entre sí y uno de ellos acabó con la vida del otro; y del homicida nacieron otros muchos hombres violentos (Gn 3,1-4,24).
     En el origen de todo el mal que aqueja a la humanidad se encuentra ese "seréis como Dios" que la serpiente pronuncia intentando -y lográndolo- alejar y enfrentar al hombre con su Creador.
     Fue la primera tentación y el primer pecado. De este pecado se derivan todos los demás; y en esta tentación se resumen todas.


Un relato ejemplar

     El relato evangélico de las tentaciones es también un relato ejemplar, esto es, está hecho para que sirva de ejemplo a los seguidores de Jesús. El evangelista reúne en una única narración las barreras más importantes que Jesús se va a encontrar a lo largo de su actividad (las que irán levantando todos aquellos a quienes disgustará su manera de ser Mesías y el contenido de su mensaje) y la reacción de Jesús ante cada una de estas circunstancias adversas; las tentaciones, que estarán presentes a lo largo de toda su actividad pública y que se anticipan en este relato a modo de síntesis de todas ellas, son todos los intentos de desviar a Jesús del camino que le ha sido indicado por el Padre, las resistencias que encuentra el mensaje de Jesús: las que se le opusieron cuando lo proclamó por primera vez y las que encuentra cualquiera que se propone aceptarlo y vivirlo.
     El propósito del evangelista al redactar este relato y colocarlo al principio del evangelio es advertir a los que se sientan atraídos por el proyecto de Jesús que, para seguirlo, hay que romper con ciertos valores, propios de este mundo, pero totalmente incompatibles con Dios y con el mundo que él quiere. Por eso presentan a Jesús despreciando y rechazando desde el principio el atractivo que pudieran tener esos falsos valores: para que sirva de ejemplo a sus seguidores.
 

Seréis como vuestro Padre Dios

     La alternativa a la tentación de los primeros miembros del género humano -seréis como dioses-, es la propuesta de Jesús: “seréis como vuestro Padre Dios”.
     Jesús viene a enseñarnos a ser como Dios; no a competir con Él, sino a parecernos a Él, a ser hijos suyos. El pasado día 19 de febrero,
domingo séptimo del tiempo ordinario, pudimos leer lo siguiente: «Amad a vuestros enemigos ... para ser hijos de vuestro Padre del cielo ... sed buenos del todo, como es bueno vuestro Padre del cielo» (Mt 5,43-48). Para ser como Dios no hay más que un camino: amar sin medida, sin excluir a nadie, absolutamente a nadie, de nuestro amor. ¡Y el hombre había intentado serlo por un camino totalmente opuesto a este! El hombre quiso parecerse al Todopoderoso sin darse cuenta de que el poder de Dios no es otro que su inmenso e ilimitado amor.
      El relato del evangelio de hoy -las tentaciones del desierto- nos muestra cuáles han sido los disparates más solemnes que los hombres han cometido intentando hacer de dioses y cómo se deben vencer estas tentaciones para no repetir semejantes aberraciones.
 

Una sola tentación...

     Todas las tentaciones comienzan con la misma frase: «Si eres Hijo de Dios...». Esto indica que todas consisten en intentar que Jesús elija un camino equivocado y adopte una manera incorrecta de ser Hijo de Dios.

     En la primera tentación -«di que esas piedras se conviertan en panes»- se propone a Jesús que ponga sus poderes de hijo de Dios al servicio exclusivo de su egoísmo, que la energía que él posee para realizar su misión -es decir, para convertir este mundo en un mundo de hermanos-, la emplee sólo para saciar su hambre, olvidándose del hambre de otros muchos, y olvidándose de la Palabra de Dios que enseña que el hambre se saciará definitivamente cuando el pan se comparta, cuando entre los hombres se practique la solidaridad (Mt 14,13-22; 15,32-39)
     La respuesta de Jesús -«No sólo de pan vive el hombre, sino también de todo lo que Dios vaya diciendo» (Dt 8,3)- revela todavía mejor en qué consiste la tentación: en endiosarse por medio de la riqueza. El libro del Deuteronomio, al que pertenecen estas palabras con las que Jesús responde a la tentación,  enseña que el bienestar material es uno de los objetivos que Dios se propuso cuando salvó de la esclavitud a Israel y le dio una tierra buena. Pero la prosperidad encierra un grave peligro: creerse el señor de la creación sólo por poseer riquezas y olvidarse del Señor de la Liberación: «Guárdate de olvidar al Señor tu Dios, ... no sea que cuando ... aumenten tu plata y tu oro, ...  te vuelvas engreído y te olvides del Señor tu Dios, que te sacó de Egipto de la esclavitud». Y después de estas palabras, advierte del peligro de las demás idolatrías pues la riqueza, que consiste en hacerse dueño de lo que sólo pertenece a Dios, conduce a ponerse en manos de dioses falsos, mucho menos exigentes en cuestiones relacionadas con la solidaridad y la justicia. (Dt 8,11-20).

     Las segunda tentación -«tírate abajo; porque está escrito: "A sus ángeles ha dado órdenes para que cuiden de ti"; y también "te llevarán en volandas para que tu pie no tropiece con piedras"»- descubre otra manera de intentar hacer el papel de dioses: manipulando al mismo Dios, poniéndolo a prueba, jugando con él, sometiéndolo a nuestro caprichoso servicio, para que haga milagritos tan espectaculares como inútiles, como si de un prestidigitador se tratara. Y, de este modo, presentarlo como alguien a quien le interesa más su prestigio, su éxito, que la felicidad de sus criaturas y, por eso, un Dios al que se puede manejar, al que se le puede obligar a realizar hechos portentosos porque sí, aunque éstos no tengan nada que ver con su plan de liberación.
     La respuesta de Jesús es tajante: con el Señor no se juega, «no tentarás al Señor tu Dios». El Dios de la liberación no se deja manipular.

     La tercera -«Te daré todo eso [todos los reinos del mundo con su gloria] si te postras y me rindes homenaje»- representa la manera más clara de endiosamiento. Es, además, la más atrevida y la más grave: lo que el diablo propone a Jesús es que utilice el poder -«le mostró todos los reinos del mundo con su esplendor... te daré todo eso...»- como medio para instaurar y propagar el reinado de Dios. Le propone que en lugar del camino del servicio hasta el don de la propia vida, escoja el del triunfo; en lugar de la fraternidad, el dominio; en lugar de la solidaridad con los pobres, la riqueza, en lugar del amor, la egolatría y la soberbia. Otra vez el «seréis como dioses» (Gn 3,5).
     La respuesta de Jesús revela -¿resulta quizá una sorpresa este descubrimiento, después de dos mil años de cristianismo?-  que el poder no procede de Dios sino del diablo y que, por tanto, el poder no sirve para extender el reinado de Dios, sino para todo lo contrario. Y que el señor de los señores de este mundo no es el Padre de Jesús sino el diablo, adversario suyo y enemigo del hombre, al que hay que estar dispuesto a rendir culto si se quiere poseer el poder: «Te daré todo eso si te postras y me rindes homenaje».
     Y es que -deberíamos tenerlo claro desde que tomó par­tido en favor de un pueblo de esclavos- Dios no está con los señores, sino con el servicio.
     Por eso, para construir un mundo más justo y más fraterno, para levantar el reinado de Dios... «Al Señor tu Dios rendirás homenaje y sólo a él darás culto». Y dar culto a Dios sólo es posible si, previamente, se practica la justicia (Is 1,10-18).

...presente hasta hoy

     La historia de la humanidad nos ofrece pruebas sobradas de la presencia permanente de esta tentación, de este -en términos teológicos- pecado. Y esto lo podemos ver tanto en el ámbito político -absolutismo, dictaduras, falsas democracias- como en el ámbito social y personal -explotación de los trabajadores, machismo, con la terrible manifestación de la violencia machista, racismo y xenofobia, desprecio y marginación de los diferentes...
     De esta perspectiva, la historia de la humanidad puede leerse como la lucha de los pueblos por liberarse del dominio y la opresión de los que permanentemente han pretendido actuar como sus dioses -como sus amos, sus soberanos, sus señores...
     El avance de los movimientos de carácter neofacista en el mundo civilizado, y la aparición de líderes que se consideran con derecho a violar cuando les plazca los derechos humanos -hace poco el nuevo presidente de los EE.UU. de América del Norte, entre otros dislates, juzgaba lícita la tortura puesto que es un método eficaz de interrogatorio- en las consideradas democracias consolidadas es una prueba de que esa tentación sigue presente.
     Compromiso de los cristianos debe ser romper con ese modo de entenderse a sí mismos, de plasmar las relaciones humanas y las relaciones con Dios; misión de los cristianos y de la Iglesia es denunciar ese pecado y oponerse con toda la energía que ofrece el Espíritu de Jesús -con métodos pacíficos, por supuesto- a los que  quieren consolidar un mundo organizado de acuerdo con el modo de vida y de los intereses de quienes no han rechazado sino que, al contrario, han caído en la tentación de ser como dioses. Será el único modo de despejar el camino para que vaya avanzando lo que en la predicación de Jesús se llama Reino de Dios expresión que en estos comentarios traducimos como “un mundo de hermanos”.

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