Domingo 8º del Tiempo Ordinario Ciclo A
26 de febrero de 2017

 

No podéis servir... al pueblo y al capital

     Los hechos son tozudos: en el sistema capitalista (el sistema de mercado, que dicen, para que suene mejor) cuando,  en medio de una dura crisis,       los bancos obtienen cada año enormes beneficios, cuando las grandes empresas aumentan sus ganancias, cuando la bolsa sigue generando dividendos..., alguien tiene que correr con los gastos: eso se hace a costa de aumentar el paro, de rebajar el poder adquisitivo de los salarios y de las pensiones, de recortar los servicios sociales... Cuando gana el dinero, el pueblo pierde, el pueblo sufre. Y eso es contrario al plan de Dios.

 



Dichosos los pobres


     Mateo, sabiendo la dificultad que entrañaba entender las bienaventuranzas, las va explicando en los capítulos siguientes de su evangelio. Y el párrafo que leemos hoy es la explicación de la primera de ellas: dichosos los pobres.
     En primer lugar explica qué significa ser pobre, elegir ser pobre. Ya hemos dicho en comentarios anteriores que no se trata de escoger la miseria como medio de agradar a Dios, que la pobreza no es una virtud. Se trata fundamentalmente de renunciar a la riqueza y a la posibilidad de enriquecimiento individual. Se trata de construir un mundo justo en el que todas las personas tengan lo suficiente para vivir con dignidad. Se trata de sustituir la ambición egoísta que este mundo introduce en nosotros por la práctica del compartir, como expresión del amor de hermanos, propio de los seguidores de Jesús. Se trata de poner nuestra confianza en el proyecto de Dios y no en los falsos valores de este mundo. Se trata, en un mundo dividido y desigual, de elegir de parte de quién estamos.


El rival del Dios libertador

     Sí. Se trata de elegir quién es nuestro Dios: el Dios en quién descansa nuestra seguridad, en el que  depositamos nuestra confianza.
     La frase que Mateo pone en boca de Jesús, «No podéis servir a Dios y al dinero», tiene un significado claro: ponerse al servicio del dinero equivale a dar culto a un dios falso, es una idolatría. Y, por tanto, es incompatible con el auténtico culto al verdadero Dios: «Nadie puede estar al servicio de dos amos, porque aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro».
     Queda claro que estos dos amos son incompatibles entre sí, están en permanente conflicto y que la fidelidad a uno de ellos comporta, necesariamente, la ruptura, la deslealtad, la traición al otro.
     Y es que, ahora y en tiempos de Jesús, muchos se comportan -¿nos comportamos?- ante el dinero como ante un dios (un dios falso, pues el Padre de Jesús no acepta el culto que los dioses falsos exigen). Entonces y ahora, por el dinero se hace cualquier cosa:
     • Se le dedica la propia vida (¿no es cierto que muchas personas no hacen otra cosa en su vida que correr tras el dinero, renunciando a cualquier otra satisfacción humana?).
     • Se le ofrecen sacrificios humanos (¿no se mata por dinero?).
     • Se le levantan grandes templos (como los bancos, por ejemplo).
     • Por él se esclaviza a los hombres (¿no hay en la actualidad, en el siglo XXI, situaciones que se pueden denominar en sentido estricto, como auténtica esclavitud?).
     • Por su culpa se rompe con padres y hermanos (¿cuántas familias no se han roto por conflictos de dinero?). :
     • etc, etc...

     El Dios de Jesús no quiere que le dediquemos a él nuestra propia vida, ni acepta sacrificios humanos, ni necesita grandes templos, ni consiente la esclavitud, ni se siente feliz con la ruptura de la fraternidad. Al contrario: quiere que dediquemos nuestra vida a los hermanos, sólo acepta un sacrificio cuando es exigencia del compromiso con su proyecto y manifestación del amor; él habita dentro de los que se quieren, es el Dios Liberador y quiere ser Padre de todos los que se propongan vivir como hermanos. Por eso es incompatible, absolutamente incompatible, con el dios-dinero.


Divina Providencia

     Pero el dinero, todos lo sabemos, es necesario incluso para hacer el bien. ¿Tendremos que convertirnos los cristianos en mendigos y conformarnos con lo estrictamente necesario para sobrevivir? ¿Tendremos que renunciar a la realización de cualquier proyecto que exija una importante cantidad de dinero? Dios es nuestro Padre; nuestra vida está en sus manos y sabemos que él nos quiere. Debemos, pues, confiar de verdad en Dios, en nuestro Padre-Dios. Él cuida de nosotros, él se preocupa de nosotros y procurará que no nos falte lo necesario para nuestra supervivencia. Ni la comida ni el vestido nos habrán de faltar. Él nos lo garantiza.
     Por supuesto que esto supone confiar plenamente en la fidelidad de Dios a su palabra, fidelidad que venía siendo proclamada desde los tiempo de los antiguos profetas: la primera lectura, en la que Isaías compara el amor de Dios a la humanidad con el amor de una madre, amor fiel que queda superado por la fidelidad amorosa de Dios.
     Es posible que los párrafos anteriores hayan hecho saltar las alarmas contra lo que ha sido durante mucho tiempo una invitación a la pasividad: una particular interpretación de la divina providencia que consistía en esperar que la solución de todos nuestros problemas y necesidades bajara del cielo, casi por arte de birlibirloque, sin necesidad de esfuerzo ninguno por nuestra parte. Pero ésa no es la providencia de Dios nuestro Padre.


Que reine su justicia

     Nuestros problemas y nuestras necesidades se resolverán, con la ayuda de Dios, sólo si nos ponemos, manos a la obra, a buscar que reine su justicia; esto es: si dedicamos todos nuestros esfuerzos a conseguir que se haga realidad el proyecto que Dios tiene para la humanidad (resumido por Jesús en las bienaventuranzas y en el resto del sermón del monte), si todas nuestras energías las orientamos a luchar contra la injusticia y a trabajar para conseguir que este mundo se convierta en un mundo de hermanos, entonces todo lo demás (el vestido, el alimento, todo lo que hace que la vida del hombre sea una vida digna) vendrá por añadidura: «Conque no andéis preocupados pensando en qué vais a comer, o qué vais a beber o con qué os vais a vestir... Buscad primero que reine su justicia, y todo eso se os dará por añadidura».
     Por supuesto que los cristianos tenemos que trabajar y generar riqueza. Pero al mismo tiempo -y con mucha más intensidad- debemos luchar para que la riqueza que entre todos producimos se reparta con justicia -de acuerdo a la justicia de Dios, que la de los hombres está hecha al servicio de los ricos, de los fuertes y poderosos- y, de este modo, redunde en beneficio de todos, incluso de los que no producen porque no saben, no pueden ¡y hasta de los que no quieren! trabajar.
     Porque nosotros, los cristianos, debemos luchar por una sociedad en la que lo principal no sea el dinero, sino la persona humana. Y es que el dinero acaba siendo el rival de Dios por una razón muy sencilla: porque el dinero acumulado y mal repartido -el capital- acaba convirtiéndose en un sujeto autónomo, independiente, ambicioso e insaciable y, como tal, se hace enemigo del pueblo, enemigo del hombre. Y esto la historia, también la historia reciente, la historia actual, la que está produciéndose día a día, lo demuestra claramente.
     No. No es posible servir a Dios y al dinero porque no es posible servir, al mismo tiempo, al capital y al pueblo, al becerro de oro y a la humanidad. No es posible servir al mismo tiempo al Padre y al enemigo de sus hijos.
     En realidad, en eso consiste la primera bienaventuranza: en un compromiso radical contra la pobreza; en un compromiso radical con lo que el evangelio llama el Reino de Dios, en el que «ya no habrá más muerte ni luto ni llanto ni dolor...»
(Ap 21,4). ¿Y hay algo que genere más dolor que la pobreza, algo que haga llorar  más que la miseria, algo que provoque más muerte que la injusticia?
     Por eso, buscad que reine la justicia de Dios
y todo lo demás... desde el pan de cada día a la solidaridad y al amor... se os dará como fruto de esa justicia.

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