Domingo 6º del Tiempo Ordinario Ciclo A
12 de febrero de 2017

 Más exigente es el amor


     La ley debió haber servido al hombre, cuando el hombre era niño, para que usara adecuadamente su libertad. Contaba con capacidad más que suficiente para usarla bien, pero se sirvió de ella -de su libertad- para buscarse la ruina o para arruinar a sus semejantes. Y usó la ley como excusa o como tapadera de su dejadez o su egoísmo. Y la ley fracasó.
     Por eso ahora Jesús, donde la ley prohibía algún crimen o alguna ofensa concreta, Jesús propone un ideal ilimitado de amor.

 



Libertad y responsabilidad


     Un problema que ha inquietado siempre a los hombres religiosos es el del origen del mal. ¿Cuál es el origen del odio, del egoísmo, de la opresión, de la violencia? En muchas  culturas antiguas se responde a esta cuestión atribuyendo a un dios malvado o al perfil cruel de un dios con dos caras el origen del mal. La respuesta de la Biblia, sin embargo, es, desde los primeros capítulos del Génesis, unánime: de ningún modo se puede atribuir a Dios el origen del mal; éste procede del mal uso que el hombre hace de una cualidad -quizá su cualidad más valiosa- que Dios ha querido que éste tenga, la libertad: «El Señor creó al hombre al principio y lo entregó en poder de su albedrío» (Eco 15,14). El hombre puede elegir entre todo lo que le ofrece la naturaleza -fuego y agua- e, incluso, puede decidir por sí mismo cuál será su destino: «delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja». Ahora bien, Dios no dio al hombre esa facultad para que se arruinara, sino para que, a imagen del mismo Dios, tuviera la grandeza de hacerse a sí mismo, de ser el protagonista de su propia historia: «si quieres, guardarás sus mandatos, porque es prudencia cumplir su voluntad». Dios no sólo hizo libre al hombre, sino que también lo dotó del talento necesario -la prudencia, sabiduría práctica para ordenar su comportamiento- para hacer un uso positivo de la libertad.

Personas adultas

     Esa capacidad, sin embargo, no se usó demasiado bien, sino todo lo contrario. La prueba es que fue necesaria una nueva intervención de Dios por medio de Jesús quien, se encontró con un mundo en el que los responsables del orden, sus jefes -pasajeros, aunque ellos se crean eternos- sintieron que el mensaje que llegaba de parte de Dios por medio de Jesús resultaba extremadamente peligroso para sus intereses y decidieron acabar con el mensajero y quitarlo de en medio.
     Pablo nos habla de dos sabidurías contrapuestas: la de este mundo, la que ha dado como resultado el [des]orden actual, y un saber divino y, hasta ahora, secreto, que Pablo expone a los cristianos maduros, a los hombres hechos, que podríamos identificar con aquellos cristianos que han asumido el mensaje de Jesús y, viviendo de acuerdo con él, son capaces de hacer un uso pleno y responsable de la libertad y la prudencia que el evangelio les proporciona; son los cristianos adultos que siguen el consejo de Pablo en la carta a los Romanos: «no os amoldéis al mundo este, sino idos transformando con la nueva mentalidad, para ser vosotros capaces de distinguir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, conveniente y acabado» (Rm 12,2). Esa sabiduría no es sino el conocimiento del reino de Dios, que él «ha preparado para los que lo aman».

Un mundo de hermanos

     Ese reino de Dios podríamos condensarlo en una expresión que se repite mucho en estos comentarios: "un mundo de hermanos". Jesús pretende convencer a los hombres de que Dios quiere ser Padre de todos y que, por tanto, todos podemos vivir como hermanos. Si acertamos por fin a usar adecuadamente nuestra libertad y aceptamos su ofrecimiento, iremos venciendo al mal en el mundo y alcanzaremos la felicidad.
     Hermoso ideal, sin duda, pero, ¿cómo se lleva a cabo?
     Dios, en su primer contacto con la historia humana, dio al pueblo de Israel los mandamientos como normas que orientaran su conducta hacia una convivencia más armónica. Pero eso era sólo al principio. Los mandamientos no son suficientes. No lo fueron históricamente: los jefes de este mundo pasajero que decidieron eliminar a Jesús eran los jefes religiosos de Israel, los responsables de estimular al pueblo para que perseverara con fidelidad en el cumplimiento de los mandamientos. Pero lo que hicieron en realidad fue exactamente lo contrario: apoyándose en la misma ley, mantuvieron al pueblo en una permanente minoría de edad, impidiéndole crecer y realizarse como imagen de Dios; usurparon el lugar de Dios y organizaron la convivencia de tal modo que ellos quedaran siempre en una situación de privilegio. A costa del pueblo y en contra de la voluntad de Dios.
     Frente a la antigua ley, Jesús propone un proyecto radicalmente nuevo: la ley no sirve como guía del comportamiento humano; su lugar debe ser ocupado por un compromiso de amor sin medida que no cabe en los estrechos límites de una ley ni en cientos de ellas. Por eso a la ley antigua “os han enseñado...” Jesús contrapone su ideal: "pero yo os digo...”
     El gran ideal es ese mundo de hermanos fundado en el amor fraterno: los ideales concretos son las exigencias que cada situación plantea para realizar el amor con plenitud en cada uno de los ámbitos de la vida humana. No son leyes, sino ejercicio de la libertad soberana de los hijos de Dios que constituye la superación de la ley: de la ley antigua y de cualquier otra ley.
     Jesús no pretende reformar simplemente las antiguas instituciones; por medio de él va a nacer una nueva realidad. Lo antiguo se cumple; y al cumplirse, se acaba. Empieza una nueva era en las relaciones de Dios con la humanidad.
     Una nueva alianza y unas nuevas exigencias, las bienaventuranzas; un nuevo pueblo: todos los que acepten esas exigencias, sin privilegios de ningún tipo. Y la promesa cumplida y, una vez más, enriquecida y renovada: no aquel «Yo seré vuestro Dios», sino la invitación a ser hijos, el ofrecimiento de ser Padre.


Sus exigencias...

     No se trata de promulgar nuevos preceptos para sustituir a los antiguos. La cuestión no es cambiar unas leyes por otras más o menos exigentes, sino enseñarnos a cambiar la ley por el Espíritu de amor que, en adelante, deberá ser la energía que mueva a sus seguidores. Lo importante para los hombres hechos no es lo que está mandado, la letra de la ley; lo importante es abrirse a la acción del Espíritu y con él aprender a querer lo que Dios quiere: el bien del hombre, el respeto de la dignidad y la libertad del ser humano, antes imagen y ahora, además, llamado a ser hijo de Dios.         
     Por eso el seguidor de Jesús, que sabe que su felicidad la encontrará construyendo la paz, no puede conformarse con no matar; debe arrancar de su corazón el odio y sus expresiones externas: la ira, el insulto, el juicio de condena... «Os han enseñado que se mandó a los antiguos: “No matarás (Ex 20, 13), y si uno mata será condenado por el tribunal”. Pues yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será condenado por el tribunal...» Y no podrá pretender estar a bien con Dios si no está en paz con los hermanos.
     Y aquellos que saben que es posible la felicidad para los hombres si éstos actúan con limpieza y honradez, no se podrán dar por satisfechos evitando el adulterio; deberán abstenerse de considerar a la mujer un simple objeto de placer y respetarla hasta con el pensamiento: «...todo el que mira a una mujer casada excitando su deseo por ella, ya ha cometido adulterio con ella en su interior».
     Y los que sienten hambre y sed de justicia no podrán practicar la injusticia de repudiar a la esposa, despidiéndola sin ningún derecho (y sin que ella tuviera el derecho de hacer lo mismo con el marido): «Pues yo os digo: todo el que repudia a su mujer, fuera del caso de unión ilegal, la empuja al adulterio, y el que se case con la repudiada, comete adulterio».
     Y los que hacen gala de limpieza de corazón no tendrán necesidad de jurar, pues la sinceridad, la limpieza de corazón, ha de ser la única actitud posible entre los que trabajan para construir un mundo de hermanos: «Pues yo os digo que no juréis en absoluto... Que vuestro sí sea un sí y vuestro no un no...»


... y nuestra fidelidad

     Este es el objeto primario de nuestra fidelidad: tenemos que ser fieles a Jesús y a su proyecto, instaurar el reino de Dios, convertir este mundo en un mundo de hermanos.
     Los fariseos eran hombres de una fidelidad exagerada a la Ley y a las leyes; todo lo cumplían al pie de la letra. Pero tanta ley encadenó su libertad, los convirtió en esclavos y dejó seco su corazón. Para Jesús y para sus seguidores la Ley se queda pequeña. Y Jesús la declara cumplida, caducada. A partir de ahora el ejercicio adulto de nuestra libertad se deberá traducir antes que nada en una primera fidelidad: al Espíritu de Jesús que sólo está donde hay libertad («donde hay Espíritu del Señor, hay libertad» 2Cor 3,17) para que sea posible el Amor: «A vosotros, hermanos, os han llamado a la libertad; solamente que esa libertad no dé pie a los bajos instintos. Al contrario; que el amor os tenga al servicio de los demás, porque la Ley entera por la acción del Espíritu, queda cumplida con un solo mandamiento, el de
“amarás a tu prójimo como a ti mismo”» (Gál 5,13-14).
     ¿Las demás fidelidades? Todas... siempre que no escondan o estorben a la que es principal.