Domingo 4º del Tiempo Ordinario Ciclo A
29 de enero de 2017

 

   Dichosos los que luchan contra la pobreza

     El evangelio de hoy, las bienaventuranzas, resume el programa del Reino de Dios: indica cuál es la opción fundamental que deberán hacer los seguidores del Mesías, la elección solidaria por la pobreza, el rechazo de la injusta riqueza como opción de vida; muestra cuáles son los grupos que se beneficiarán especialmente con la instauración del Reino de Dios, todos los que sufren algún tipo de pobreza; y enumera los valores que en él tendrán una mayor importancia, los propios de una relación de amor y fraternidad. Con este programa se revela un Dios comprometido con la causa de los pobres e incompatible con la causa de su sufrimiento: la riqueza. Por eso, quienes quieran ser sus hijos deberán renunciar a ella para que todos puedan llegara a ser, felizmente, hermanos.




El Señor reina eternamente


     El salmo responsorial de este domingo nos explica qué significaba para los judíos la expresión Reino de Dios, o Reino de los Cielos (esta última era la frase que usaban los judíos y la prefiere Mateo porque su evangelio se dirige a círculos judíos): «El Señor hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos... libera a los cautivos... abre los ojos al ciego, ... endereza a los que ya se doblan, ... ama a los justos, ... guarda a los peregrinos... sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente...».
     El reinado de Dios consiste, pues, en un orden social nuevo caracterizado porque en él se hace justicia a los que acostumbramos a ver pisoteados, marginados u olvidados. Ese es el «reino» que Jesús anuncia desde el comienzo de su misión (evangelio del domingo pasado) y del que la comunidad cristiana debe ser realización primera, anticipo y muestra que se ofrece al mundo como modo alternativo de vivir. Un modelo de convivencia en el que lo que es importante para este mundo nuestro deja de tener importancia para que la adquiera lo que se considera sin valor en nuestro orden social: «Fijaos en vuestra asamblea, no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas: todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, la despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta...»
     Estas palabras de San Pablo, mal entendidas, podrían hacer pensar que Dios pretende que adoptemos una actitud de falsa humildad, que renunciemos a nuestra dignidad, que aceptemos el sufrimiento que produce la injusticia y que consintamos las humillaciones a las que nos sometan en este mundo con la esperanza de que ya nos premiará Él después. Pero tal lectura estaría en contradicción con todo el mensaje del Evangelio y con la mayoría de los escritos del Antiguo Testamento (como, por ejemplo, el salmo responsorial de hoy).

La pobreza no es una virtud

     No. La pobreza no es una virtud que haga a los hombres más agradables a Dios. Como tampoco lo es el sufrimiento. Dios no es un sádico que goce con el sufrimiento de los hombres. Durante demasiado tiempo se ha propuesto la resignación ante el sufrimiento injusto como una virtud cristiana. De este modo, pretendiéndolo o no, se justificaba la injusticia y se reprimía la rebeldía de quienes la soportaban.     Tampoco se puede decir -y se ha dicho- que la pobreza de los hombres es el resultado de una decisión divina, que distribuye a su antojo pobreza y riqueza: “Dios -se ha llegado a decir- hace pobres a los pobres y ricos a los ricos; pero claro, como los pobres lo pasan muy mal en esta vida, si aquí son dóciles y resignados y no se rebelan contra tal situación querida por Dios... recibirán un gran premio... ¡en la otra vida!” Es el colmo:  además de justificar la injusticia, se hace a Dios culpable de ella. Mientras tanto, los verdaderos culpables.... ¡a vivir sin que nadie los moleste! Y, además, con la conciencia tranquila. Y, naturalmente, según esta manera de explicar las cosas, la pobreza sería un signo de la predilección de Dios, contra la que casi sería blasfemo rebelarse. Por eso es conveniente, antes de leer y comentar el resto  de las demás bienaventuranzas, que dejemos que la Biblia nos aclare lo que en el evangelio de Mateo significa “pobre”.

Pobre significa pobre

     La expresión «pobres de espíritu» de la primera bienaventuranza del evangelio de Mateo ha sido muy mal interpretada, dándole el sentido de los que tienen alma de pobres, los desprendidos espiritualmente de sus bienes; y esta interpretación se ha edificado sobre la base de la evolución que -dicen- se produce en el Antiguo Testamento, en la que, de un significado puramente material y colectivo, «pobre» pasa a significar «humilde» en sus relaciones con Dios, con una connotación espiritual e individual. Esta interpretación es falsa desde el principio hasta el final. Por eso, en primer lugar, nos vamos a acercar a los textos del A. T. para después analizar el significado de la expresión de Mateo.

     Pobre significa pobre. Pobre, en los textos del Antiguo Testamento es el necesitado, el que, en el reparto de las riquezas, recibe menos de lo que en equidad le debería corresponder. Como ejemplo nos puede servir esta cruda descripción del libro de Job:

          «Como asnos salvajes salen a su tarea,  madrugan para hacer presa,  el páramo ofrece alimento a sus crías; se procuran forraje en descam­pado o rebuscan en el huerto del rico; pasan la noche desnudos, sin ropa con que taparse del frío, los cala el aguacero de los montes y, a falta de refugio, se pegan a las rocas» (Job 24,5-8).


Las causas de la pobreza

     El Antiguo Testamento no se limita a describir la pobreza; analiza cuáles son las causas que la producen: la pobreza es la consecuencia de la explotación de los poderosos; es su insaciable ambición lo que produce la miseria de los más débiles. Dejemos hablar a los textos mismos:

          «Los malvados mueven los linderos, roban rebaños y pastores, se llevan el asno del huérfano y toman en prenda el buey de la viuda, echan del camino a los pobres y los miserables tienen que esconderse» (Job 24,2)

          «El Señor viene a entablar un pleito con los jefes y príncipes de su pueblo:
          Vosotros devastabais las viñas, tenéis en casa lo robado al po­bre. ¿Qué es eso? ¿Trituráis a mi pueblo, moléis el rostro de los desvalidos?
» (Is 3,14-15).

          «¡Ay de los que añaden casas a casas y juntan campos con campos, hasta no dejar sitio y vivir ellos solos en medio del país!» (Is 5,8).

          «Los terratenientes cometían atropellos y robos, explotaban al desgraciado y al pobre y atropellaban inicuamente al emigrante. Busqué entre ellos uno que levantara una cerca, que por amor a la tierra aguantara en la brecha junto a mí para que yo no lo destruyera, pero no lo encontré» (Ez 22,29-30).
          «Sé bien vuestros muchos crímenes e innumerables pecados: estru­jáis al inocente, aceptáis sobornos, atropelláis a los pobres en el tribunal» (Am 5,12).

          «Hay quien tiene navajas por dientes, cuchillos por mandíbulas para extirpar de la tierra a los humildes y del país a los pobres» (Prov  30,14).

          «La soberbia del malvado oprime al infeliz... El malvado dice con insolencia: “No hay Dios que me pida cuentas”... Su boca está llena de engaños y fraudes, su lengua esconde maldad y opresión; en el corral se agazapa para matar a escondidas al inocente; sus ojos espían al pobre, acecha en su escondrijo como león en su guarida, acecha al desgraciado para secuestrarlo, secuestra al desgraciado, lo arrastra en su red» (Sal 10,2.4.7-10).

Pobre es el empobrecido. Pobre es el humillado

     Pobre es, por tanto, el explotado, el que ha sido empobre­cido por la insaciable ambición de los ricos y poderosos. Pobre es el oprimido, aquel a quien se le pisotean sus derechos y su dignidad. Pobre es el que ha sido humillado.
     El pobre es siempre la víctima de la injusticia. Y eso está tan claro en el Antiguo Testamento que se considera juez justo no al que es imparcial, sino al que, porque sabe que el poderoso tiene recursos suficientes para defenderse a sí mis­mo, se pone de parte del pobre para que se igualen las fuerzas:

          «Dios se levanta en la asamblea divina, rodeado de dioses juzga:
          - ¿Hasta cuándo daréis sentencias injustas poniéndoos de parte del culpable? Proteged al desvalido y al huérfano, haced justicia al humilde y al necesitado, defended al pobre y al indigente sacándolos de las manos del culpable»
(Sal 82,1-4).

     Este texto nos puede ilustrar la relación idolatría-injusticia: lo que caracteriza a los dioses falsos y a sus representantes en la tierra es dar sentencias injustas, poniéndose de parte del culpable. Es importante también destacar el paralelismo antitético entre pobre y culpable

     «Abre tu boca y da sentencia justa defendiendo al pobre y al desgraciado»  (Prov 31,9).

     Hacer justicia, dar sentencia justa, es ponerse de la parte del pobre. Pero pocos jueces de ese tipo habría en Israel, cuando Dios mismo tiene que tomar sobre sí, como tarea propia, la defensa de los pobres:

          «Escuchadlo los que oprimís a los pobres y elimináis a los misera­bles; pensáis: «¿Cuándo pasará la luna nueva para vender el trigo o el sábado para ofrecer el grano y hasta el salvado del trigo? Para encoger la medida y aumentar el precio, para comprar por dinero al desvalido y al pobre por un par de sandalias.» ¡Jura el Señor por la gloria de Jacob que no olvidará jamás lo que habéis hecho» (Am 8,4).

          «Corte el Señor los labios lisonjeros y la lengua fanfarrona de los que dicen: «La lengua es nuestra valentía, nuestros labios nos defien­den, ¿quién será nuestro amo?» El Señor responde: «Por la opresión del humilde, por el lamento del pobre, ahora me levanto y pongo a salvo al que lo anhela.» (Sal 12,4-6).

     Lo que todos estos textos nos están diciendo es que nadie puede decir que habla en nombre de Dios, que representa a Dios o que actúa en su nombre si su palabra y sus acciones no van dirigidos a realizar la justicia; y que aquellos que dicen que representan a Dios o que hablan en su nombre y no defienden de palabra y de obra la justicia y la libertad y se callan ante la injusticia y la opresión son simplemente, unos embaucadores, unos embusteros.

          «Señor, ¿quién como tú, que defiende al débil del poderoso, al débil y pobre del explotador?» (Sal 35,10; véase también Sal 72; Job 36,6).
     Y así nace, en la última época del Antiguo Testamento, la figura de los «pobres del Señor»: no son simplemente los humildes delante de Dios; son los que, perdida toda su con­fianza en que les pueda venir cualquier tipo de liberación de los hombres, han puesto toda su confianza en Dios. Los «po­bres de Yahwéh», los «po­bres del Señor» son, por tanto, los que están totalmente de­cepcionados de la organización de la sociedad que nos hemos dado los hombres y han depositado toda su confianza en una nueva organización social de acuerdo con la voluntad de Dios, un nuevo orden que responde al proyecto de humanidad contenido en la palabra de Dios. (Sal 69,30-37; 70,2-6).


Los que eligen ser pobres

     Toda esta tradición la recoge Mateo cuando proclama «dichosos los pobres». Pero Mateo no dice sólo «dichosos los pobres», sino «dichosos los pobres de espíritu». ¿Será, por tanto, cierto que para Mateo son dichosos no los pobres de verdad, sino los que tienen «alma de pobre»?
     En lugar de andar haciendo elucubraciones por nuestra cuenta, busquemos la respuesta en el mismo evangelio de Mateo:

          «Dejaos de amontonar riquezas en la tierra, donde la carcoma y la polilla las echan a perder, donde los ladrones abren boquetes y roban. En cambio, amontonaos riquezas en el cielo... Porque donde tengas tu riqueza, tendrás tu corazón» (Mt 6,19-21).

     Pobres de espíritu son los que no amontonan riquezas en la tierra, esto es, los que siendo pobres renuncian a hacerse ricos (no tienen que renunciar, por supuesto, a una vida digna para todos) o los que, siendo ricos, se hacen pobres.
     «Pobre de espíritu» es aquel que por decisión de su espíritu (el espíritu no es el lugar donde residen los sentimientos, sino que siempre indica una fuerza, un impulso vital orientado a la decisión y a la acción) se hace pobre; «pobres de espíritu» son «los que eligen ser po­bres».
     Al añadir la expresión «de espíritu» (Lucas 6,20 dice simple­mente «dichosos los pobres»), Mateo hace aún más radical la exigencia que plantea esta bienaventuranza: Mateo exige que la pobreza sea real y, además, que sea el resultado de una opción personal; según la redacción de este evangelio, en la primera bienaventuranza se promete la felicidad a los que, además de ser pobres de hecho, acogen, aceptan libremente la pobreza o, más exactamente, renuncian a la riqueza.


Pobres para que no haya pobres

     Dios tiene un proyecto para la humanidad, lo que llama­mos el reino de Dios y que consiste, esquemáticamente, en esto: Dios quiere que los hombres nos organicemos según su voluntad, que lo aceptemos a él como Padre común y que nos comprometamos a vivir como hijos suyos (Mt 6,9; 23,9) y, en consecuencia, como hermanos unos de otros (Mt 23,8). Dios quiere un mundo en el que todos seamos iguales y en el que, en vez de que unos pocos exploten a la mayoría, todos nos sirvamos mutuamente por amor (Mt 20,25-28). Eso es el reino de Dios (o, en expresión de Mateo, «reino de los cielos»).
     El peor enemigo de ese proyecto de Dios para la humanidad es la ambición, el poder del dinero. Porque, por causa de la ambición, los hombres nos convertimos en competidores y en enemigos unos de otros y, de esa manera, jamás podremos llegar a ser hermanos. Por eso, el mismo evangelio de Mateo dice: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24), lo que significa: para organizar el mundo no podéis serviros, al mis­mo tiempo, de las leyes de Dios y de las leyes del dinero. [Y puesto que el capitalismo neoliberal es hoy la religión del dinero, el dios al que se adora y da culto y al que se ofrecen diariamente miles de sacrificios humanos, hoy podríamos decir, como han dicho algunos obispos cristianos (Pedro Casaldáliga, Miguel Esteban Hesayne), que no se puede ser cristiano y neoliberal, no se puede ser cristiano y defender el capitalismo].
     La promesa que completa la primera bienaventuranza, «porque ésos tienen a Dios por rey», aporta un último elemen­to para entender el significado de «pobre de espíritu»: se trata de hacerse pobre para liberarse del dominio del dinero y no someterse a ningún otro Señor, a ningún otro Rey, no poner la confianza en nadie más que en el Dios que quiere la libertad y defiende la justicia de los pobres y, poniendo en práctica su voluntad, construir la igualdad entre los hombres y hacer posible que su justicia reine en este mundo:

          «Conque no andéis preocupados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Son los paganos quienes ponen su afán en esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero que reine su justicia y todo eso se os dará por añadidura» (Mt 6,31-33).

     Hacerse pobre, esto es, renunciar a hacerse rico para poder trabajar por que reine la justicia de Dios, hacerse pobre para luchar contra la pobreza, para que no haya pobres: eso es ser «pobre de espíritu».


Ahora, en este tiempo

     La promesa de felicidad, por tanto, no es para el otro mundo; no es un premio de consolación para los que aquí han soportado resignadamente la injusticia; se trata de una promesa de felicidad que Dios quiere que experimentemos en esta vida, y eso sucederá cuando «los que eligen ser pobres» sientan la profunda libertad que comporta no tener otro Rey que Dios, cuando se den cuenta de que, gracias a su esfuerzo y a la ayuda del Padre, en el mundo reina la justicia de Dios, se ha hecho presente su reino, ha bajado a la tierra el «reino de los cielos», recibiendo respuesta la petición del padrenues­tro: «venga a nosotros tu reino», «llegue tu reinado, realícese en la tierra tu designio del cielo» (Mt 6,10).
     Y, además, esa felicidad continuará y llegará a su plenitud en la otra vida, ¡por supuesto! El evangelio de Marcos expresa esto de forma clara y concluyente, en palabras de Jesús a sus discípulos, al final del relato del hombre rico:

           «Os lo aseguro: No hay ninguno que deje casa, hermanos o hermanas, madre o padre, hijos o tierras, por causa mía y por causa de la buena noticia, que no reciba cien veces más: ahora, en este tiempo, casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y tierras -entre persecuciones- y, en la edad futura, vida definitiva» (Mc 10,29-30; véase Mt 19,29, texto paralelo a éste, aunque en él no están tan claramente marcadas las dos etapas).


Seréis dichosos (a modo de resumen)

     El evangelio de hoy resume el programa del Reino de Dios: se enumeran en él la opción fundamental que deberán hacer los seguidores del Mesías, los grupos que se beneficiarán especialmente con la instauración del Reino de Dios, y los valores que en él tendrán una mayor importancia.
     El cimiento de ese orden nuevo es la opción solidaria por la pobreza, o, dicho de otro modo, la renuncia a la injusta riqueza cuyo objetivo final constituye una decidida e irrenunciable opción por los pobres. En la Biblia se considera que la causa principal de todos los males que sufren los hombres es la ambición: el deseo de hacerse ricos para ser más poderosos. Un ejemplo de esta manera de pensar la tenemos en el salmo de hoy en el que se contraponen dos grupos de hombres: los pobres -los oprimidos, los hambrientos, los cautivos, los ciegos, los que ya se doblan, los justos, los forasteros, el huérfano la viuda-, en favor de los cuales reina Dios, y los malvados -los que no están en la lista anterior y tienen la culpa de que esa lista sea realidad- para quienes el establecimiento del reinado de Dios supone ver trastornados sus caminos.
     Esto no significa que la pobreza sea una virtud con cuya práctica se consiguen méritos para ir al cielo; la pobreza evangélica es una pobreza revolucionaria y solidaria. Revolucionaria porque quiere transformar y sustituir el orden social que padecemos; y solidaria porque busca un mundo en el que no haya pobres, ni marginados, ni nadie que sufra a causa de la injusticia establecida como eje estructurante del orden social.
     Por eso en el mundo nuevo que propone Jesús en las bienaventuranzas, mundo que nace con su persona y en los que vayan respondiendo afirmativamente a su llamada, los principales beneficiarios serán, los pobres, esto es, los que sufren y los que lloran y, sobre todo, los que tienen hambre y sed de esta justicia, los que conscientes de la maldad de la falsa justicia de este mundo envejecido, han puesto su esperanza en la justicia del Dios liberador de Israel, del Padre de Jesús Mesías de quien nacerá un mundo nuevo en el que los valores fundamentales serán la solidaridad -los misericordiosos-, la honradez, la honestidad -los limpios de corazón- y la acción no violenta en favor de la armonía de todos los hombres -los que trabajan por la paz-.
     La primera bienaventuranza no es, por tanto, una invitación a la resignación. Al contrario, es una llamada, una vocación, a la lucha contra la pobreza de los hombres y de los pueblos.
     En efecto: «Dichosos los que eligen ser pobres, porque ésos tienen a Dios por rey», es una invitación a hacerse pobres realmente, expresa la más radical  exigencia evangélica: renunciar, sin trampas, a la riqueza. Pero no para quedarse en la pobreza, sino para construir un mundo en el que no haya pobres. Es una llamada a romper con la ambición y con el deseo de tener cada vez más, es una propuesta de solidaridad -la solidaridad con los más débiles es la expresión social del auténtico amor cristiano- con los pobres.
     Y todo ello para ser dichosos, para que la felicidad para todos sea posible y se vaya haciendo realidad.
     Terminemos ya con esa resignación falsamente cristiana que es cómplice de la injusticia establecida; acabemos de una vez con esa mal llamada caridad cristiana, que no es otra cosa que un tranquilizante para las conciencias de los culpables de la pobreza. Destruyamos la miseria, el hambre, la incultura..., porque aunque la pobreza fuera el camino más corto para ir al cielo, es, sin duda, el primero de los obstáculos para que el cielo baje a la tierra. Y este -que el cielo baje a la tierra- es el proyecto que Dios nos propone a través de Jesús.

     Dios ama a los pobres. Por eso odia la pobreza. Por eso no quiere pobres; y, por eso, Jesús promete y asegura la felicidad a los que eligen ser pobres para poder dedicarse a construir un mundo en el que no haya pobres. En ese mundo Dios será el Rey.

Al hilo de la actualidad

     Dichosos los que trabajan por la paz. Mañana, 30 de enero, se cumplen 69 años de la muerte de Mahatma Gandhi. De él se dice que pasaba horas estudiando la Biblia y la vida de Jesús de Nazaret. En particular le gustaba la doctrina expuesta en el Sermón del Monte. Tenía muchos amigos cristianos. Al preguntársele por qué no se convertía al cristianismo, respondió: «Cuando usted me convenza de que los cristianos viven conforme a las enseñanzas de Cristo, seré el primero en convertirme».
     La lucha contra la pobreza es el primer paso, ineludible y absolutamente necesario para que en el mundo haya paz, al menos la clase de paz que propone Jesús en las bienaventuranzas.
     En estos momentos en los que, con el pretexto de la crisis económica se están arrebatando a la clase trabajadora los derechos que ha conquistado en dura lucha a lo largo de siglos y se está expulsando del reparto de la riqueza a muchos colectivos -hablando claro: en estos momentos en los que los ricos trabajan para hacerse más ricos haciendo más pobres a los pobres y haciendo que haya más pobres- es necesario que se escuche la voz de los cristianos y se vea su modo de vida. Ambas realidades, palabra y vida, deben convertirse una vez más en denuncia de un orden injusto y en anuncio de un orden nuevo, nuevo todavía, pero que es el orden que Dios quiso cuando, por amor, creó a la humanidad.

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