Domingo 3º del Tiempo Ordinario Ciclo A
22 de enero de 2017

 

 

 

 

 

 

¿Cuál es nuestra respuesta?



     La misión de Jesús, tal como la presenta el evangelio de hoy, consiste en abrir un camino a la liberación de los oprimidos, para que, dejando de ser injustos los unos y víctimas de la injusticia los demás, todos puedan aceptar a Dios como Padre común y llegar a ser, entre ellos, hermanos. La invitación de Jesús a los que fueron sus primeros discípulos se dirige hoy a nosotros. La tarea a la que nos invita es, en lo esencial, la misma que entonces: acabar con un mundo en el que reina la injusticia y la muerte para construir un mundo en el que reinen la justicia, el amor y, en definitiva, la vida. La
respuesta de los que fueron llamados en primer lugar se nos presenta en el evangelio como modelo. Ahora nos toca responder a nosotros.

 



Una luz les brilló


     Lo que más le ha preocupado a Dios en relación con los seres humanos no ha sido, aunque nos pueda parecer sorprendente, su salvación eterna. Cierto que los textos bíblicos y la predicación de Jesús hablan de ella; pero no es esa la inquietud que con más intensidad aparece revelada en la palabra de Dios. Dios se muestra preocupado, sobre todo, porque los hombres no son capaces de entenderse y de tratarse como “auténticos” seres humanos, creados a su imagen y semejanza.
     La historia de la humanidad parece demostrar que no es verdad lo que el primer libro de la Biblia asegura, que los hombres son imagen de Dios.
     No se parecen a Dios los hombres que arrastran su existencia por este mundo, sufriendo toda clase de necesidades, victimas de la injusticia, explotados, oprimidos, despreciados, marginados, excluidos...
     Y aún se le parecen menos los culpables de tanto sufrimiento o los que, sin ser directamente causantes de la injusticia, conviven cómodamente con ella en silenciosa complicidad (aunque estos últimos -culpables y cómplices-, se suelen presentar como los más fieles adoradores de Dios a quien ellos se han cuidado de mostrar como un dios a imagen suya: cruel y ególatra, violento y sanguinario y preocupado, sobre todo, por que sus creaturas le sean sumisas).
     Por eso, siempre que Dios se ha acercado a la humanidad, ha sido para recordarnos que lo que Él quiere es que nuestra vida refleje su rostro, que nuestra existencia sea manifestación de su gloria, que en nuestro mundo, en lugar de dominar la oscuridad de la esclavitud, de la opresión y de la injusticia, brille con fuerza el esplendor de su luz: «a los que habitaban en tinieblas y en sombra de muerte, una luz les brilló». El profeta Isaías describe así, poéticamente, una de las muchas intervenciones de Dios en la historia de Israel para ofrecer a su pueblo la luz de la liberación.


Ya llega el Reino de Dios

     El evangelio de San Mateo usa esta profecía para introducir el comienzo de la actividad de Jesús de Nazaret y el cambio de situación que anuncia el profeta (el paso de la tiniebla-opresión a la luz-liberación) lo refiere al comienzo de una nueva realidad que los evangelios llaman el Reino de Dios.     Jesús recoge el mensaje de Juan Bautista, que acaba de ser detenido, y asume la tarea de continuar y completar su proclamación: «Enmendaos, que está cerca el reinado de Dios».
     Dios vuelve a estar cerca, llega ya para reinar sobre los hombres. El significado de este reinado de Dios se irá desvelando a lo largo de la actividad de Jesús e irá sorprendiendo a quienes tenían una idea preconcebida del mismo; pero, ya desde el principio, se ponen de manifiesto algunas de sus características: el reinado de Dios no será un asunto individual ni reducido a un único pueblo, sino que será comunitario y universal. Y sin privilegios para nadie.


Liberación, no venganza

     El pueblo de Israel había sufrido en repetidas ocasiones, a lo largo de su historia, la opresión de los imperios extranjeros; y repetidas veces había conseguido liberarse de ellos. En la alegría de la liberación, aquel pueblo experimentó la acción del Señor de Israel; pero el sentimiento de gozo estuvo siempre mezclado con un amargo rencor y con deseos de una venganza que esperaban también de Dios (véanse, p. ej., Sal 3,8-9: «Levántate, Señor; sálvame, Dios mío; tú abofeteaste a mis enemigos, rompiste los dientes de los malvados. De ti, Señor, viene la salvación y la bendición para tu pueblo»; Sal 137,8-9: «¡Capital de Babilonia, criminal! ¡Quién pudiera pagarte los males que nos has hecho! ¡Quién pudiera agarrar y estrellar tus niños contra las piedras!»).
     En el momento en que Jesús empieza su predicación, Israel estaba colonizado por el Imperio romano. Había en toda Palestina, pero especialmente en Galilea, la región en la que Jesús pasó la mayoría de sus años, movimientos de resistencia a los invasores; y se extendía la esperanza en una nueva intervención liberadora de Dios. Según la mentalidad israelí -o mejor habría que decir, según la ideología dominante en la época de Jesús- aquella liberación beneficiaría exclusivamente a Israel, \sect softlinequedarían excluidos todos los pueblos paganos y constituiría un severo castigo para los romanos...
     El escenario que elige Jesús para iniciar su anuncio -«¡País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos! »- indica que el reino de Dios que Jesús anuncia no se limita a las fronteras del reino de David, sino que constituye una invitación para toda la humanidad, superando así una de las causas de la opresión de unos pueblos sobre otros: si Dios es aceptado como Padre común de todos los hombres y Señor de todos los pueblos ninguno de ellos podrá atribuirse el derecho de convertirse en señor de los demás. Esto no quiere decir que Dios sea «neutral» ante la injusticia, ante la dominación de unos pueblos sobre otros; no, él está de parte de las víctimas y en contra de la injusticia; pero la propuesta que hace a través de Jesús va dirigida no a vengar, sino a superar la injusticia y la opresión, a acabar definitivamente con ellas.

Hermanos

     Lo primero que hace Jesús tras su primera proclama es invitar a dos parejas de hermanos a unirse a él para formar un grupo en el que Dios empiece a reinar. Los primeros que son convocados a esta tarea son israelitas. A través de ellos la llamada se dirige a todo Israel. La insistencia en resaltar que se trata de hermanos parece aludir a un texto de Ezequiel en el que, al hablar del reparto de la tierra, se dice que todos deberán recibir partes iguales, «cada uno igual que su hermano»Galilea de los paganos;; y que lo hace junto al mar, revelando así que lo que está a punto de comenzar es un nuevo éxodo, hacia una nueva tierra prometida, que esta vez saldrá de la tierra de Israel para dirigirse a la humanidad entera. Israel es así llamado a completar su vocación, a dar cumplimiento a su primera elección: ser semilla de fraternidad para toda la humanidad.
     La tarea para la que son invitados -ser pescadores de hombres-, revela también la universalidad de la misión: hombres, seres humanos, independientemente de la raza o la religión y de cualquier otra diferencia que pueda servir de pretexto para dividir y separar a los que Dios quiso que fueran el reflejo de su ser.


Lo dejaron todo

     Los que son llamados acogen la llamada y responden a ella sin dilaciones y con toda generosidad: lo abandonan todo, los dos últimos dejan incluso a su padre. Esta respuesta personal, decidida y generosa es lo que los incorpora al grupo de Jesús. Pero no es sólo un gesto de generosidad lo que quiere destacar el evangelista. Es la expresión una propuesta de mucho más calado: la relación fundamental entre los hombres es la fraternidad, la hermandad. Los padres, las madres, los hijos... deberán pasar a ser hermanos, hijos de un Padre común, para que lleguen a ser hermanos nuestros los que, en virtud de la sangre, no son ni siquiera nuestros parientes. La libertad es el campo abonado en el que puede fructificar el amor, que es lo que Dios quiere para los hombres. Y eso se consigue aceptando que Dios sea el Padre único de todos y su correlato: que todos los seres humanos podemos y debemos llegar a ser hermanos, hermanas. Ya, aquí en la tierra: y, por supuesto, después en el cielo. Pero la tierra es lo que nos compete a nosotros: del cielo ya se ocupa nuestro Padre, Dios.


Los achaques del pueblo

     Según la predicación farisea, que tenía mucha aceptación en los tiempos de Jesús, todo era cuestión de que cada uno, individualmente, se comportase de acuerdo con la voluntad de Dios tal y como ellos la entendían; eso haría, según ellos, acelerar la intervención liberadora y la presencia de Dios en medio de su pueblo. La presentación que hace el evangelio de Mateo de los primeros pasos de la actividad de Jesús contradice esta idea: en un primer momento, él se dedica a sanar «todo achaque y enfermedad del pueblo»». Sin duda que su acción curativa y vivificadora afecta a los individuos personalmente; pero sus padecimientos personales están causados por la falta de salud de la colectividad, por el pecado del mundo del que hablábamos el domingo pasado; por eso es al pueblo a quien se dirige primero la atención de Jesús.
     Los síntomas de esa enfermedad del pueblo se pueden descubrir en los sufrimientos individuales; pero no se pueden desligar de la injusticia históricamente establecida en el mundo de los hombres. El orden nuevo que debe nacer, la fraternidad universal que Jesús propone pretende erradicar esa injusticia y hacer posible un hombre nuevo en una nueva y fraterna humanidad.
     Esta fue una de las primeras tareas que afrontó Jesús; y sigue siendo una de nuestras principales tareas. Para incorporarlos a ese quehacer llamó a Andrés y Pedro, a Santiago y a Juan. Hoy la llamada se dirige a nosotros. ¿Cuál es nuestra respuesta?