Domingo 19º del Tiempo Ordinario - Ciclo A
10 de agosto de 2014

 

 

 

 

El rostro humano de Dios

 

 

          Desde el punto de vista de las creencias, se considera «cristiano» a quien acepta que Jesús es Hijo de Dios. Por el contrario, a quien no cree en Jesús, o lo acepta sólo como un hombre bueno, o un profeta que propuso un interesante modo de vida, no se le considera cristiano.
          Pero ¿se puede considerar cristiano al que, en teoría o de hecho, no acepta que Jesús es hombre? ¿Y al que no acepta que él mismo puede llegar a ser -de verdad- hijo de Dios?

 

Texto y breve comentario
Primera lectura: 1Reyes 19,9a.11-13a
    Salmo responsorial: 84,9-14
       Segunda lectura: Romanos 9,1-5
            Evangelio: Mateo 14,22-33

 

Aún hay resistencias

 
            La lección contenida en el evangelio del domingo pasado no fue asimilada por todos los discípulos. Jesús, que los conoce bastante bien, teme que se produzcan reacciones no deseables: alguno podría aprovechar el entusiasmo del momento para intentar desviarlo en la dirección del mesianismo triunfalista. Cuando el hambre está presente, es fácil cambiar un poco de pan por una adhesión inquebrantable... por el momento.  Por eso, mientras él despide a las multitudes, obliga a sus discípulos a alejarse de la gente enviándolos en barca a la otra orilla del lago. Jesús, por su parte, se marcha, solo, a orar.
            Nada se dice del contenido de su oración. Pero si la ponemos en relación con los acontecimientos inmediatos, podemos pensar que Jesús, por un lado, continúa la acción de gracias que precedió al reparto de los panes y de los peces, al tiempo que reafirma su compromiso con el plan del Padre a quien, por otro lado, se dirige para pedirle por su grupo, para que también ellos, los discípulos, sean capaces de comprender que el mundo no tiene arreglo desde el poder, puesto que sólo los que se tratan como iguales pueden vivir como hermanos y para que, una vez que lo comprendan y lo asuman, estén dispuestos a afrontar las dificultades -el conflicto, las persecuciones- inherentes a un proyecto que pone en cuestión la situación de privilegio de los que más poder y más capacidad de violencia tienen en el mundo.
            Son estas resistencias -estas tentaciones, la del poder y la del nacionalismo excluyente-, que aún no han sido vencidas por sus discípulos y que Jesús sabe que no son fáciles de superar, el objeto de la oración de Jesús.
 
           

Viento contrario

           
            La tentación del nacionalismo excluyente se manifiesta en el transcurso de la travesía. Jesús ha enviado a sus discípulos a la otra orilla, a tierra de paganos. La experiencia que acaban de gozar no se la pueden reservar para ellos. Ni siquiera para su pueblo. Esa experiencia deben compartirla, como el pan, con toda la humanidad. La misión de Jesús no está limitada por ningún tipo de frontera, sea ésta geográfica, cultural o religiosa. Él ha dejado ya bien explicada esta cuestión; la última vez con las parábolas de «el grano de mostaza» y «la levadura en la masa» (Mt 13,31-33; véase comentario en el domingo decimosexto); pero los discípulos no lo ven claro todavía. Por un lado, les debe parecer mucho más fácil triunfar entre aquellos que acaban de ver lo que ha hecho Jesús, les tiene que resultar mucho más sencillo hablar del éxodo, anunciar una nueva liberación a quienes ya sabían que el Señor es un Dios liberador; por otro lado, les debía resultar inaceptable e incomprensible el considerar que los paganos eran iguales que ellos, que las fronteras deberían desaparecer, que Israel no sería en adelante la exclusiva propiedad del Señor, sino que Dios quería ser Padre de todos los hombres... y todo esto después de ser herederos de una tradición y de haber estado toda una vida maldiciendo a los paganos en nombre de Dios.
            Ese es el viento contrario: su miedo al fracaso y su miedo a perder privilegios; miedo a ser aceptados y miedo a aceptar a los otros; miedo en definitiva a mirar a los demás y a dejarse mirar por ellos en un plano de igualdad, con una mirada de sincera fraternidad. La barca no puede avanzar con este viento, la comunidad no puede llevar a cabo el encargo de Jesús si, por un lado, sigue manteniendo o simplemente «creyendo» en la utilidad del poder y, por otro, no es capaz de vencer el miedo a encontrarse con «los otros»: los de otra cultura, los de otra raza, los de otra opinión, los de otra tradición religiosa.
 

El Hombre-Dios

           

            «Él solo ... camina sobre el dorso del mar», dice Job hablando de Dios (Job 9,8). Y sobre el dorso del mar se presenta Jesús, en medio de la tempestad, ante sus discípulos. Pero no lo reconocen, sienten miedo, piensan que es un fantasma.
            Al principio del evangelio de Mateo, Jesús es presentado como «Dios con nosotros» (Mt 1,23). Pero también esto resulta difícil para los discípulos. Eso de que un hombre pretenda ser Dios..., eso de que Dios pueda haberse hecho presente como hombre en el mundo de los hombres... Que también esa frontera, la que separa a Dios de la humanidad, pueda llegar a desaparecer... ¡es demasiado! Es menos complicado pensar que se trata de una alucinación, de un fantasma.
            Pedro, al escuchar las palabras de ánimo de Jesús, se arriesga a creer («Señor, si eres tú, mándame llegar hasta ti andando sobre el agua»); pero vuelve a dejarse vencer por el miedo: ¡él andando sobre las aguas, él participando de una cualidad divina...!
            Jesús saca a flote a Pedro, que se hundía por culpa de ese miedo, y juntos suben a la barca. Y, con él a bordo, el viento se calma. Y los presentes lo reconocen como Hijo de Dios.
 
 

Verdaderamente

                                                                                                                                            
            La confesión de los discípulos -«Verdaderamente eres Hijo de Dios»- se volverá a repetir en este evangelio  exactamente igual (sólo cambia el verbo, en pasado y en tercera persona) en boca de paganos: «El centurión y los soldados que con él custodiaban a Jesús, viendo el terremoto y todo lo que pasaba, dijeron aterrados: Verdaderamente éste era Hijo de Dios.» (Mt 27,54): el centurión romano y los soldados que vigilaban reaccionan de este modo ante el hecho de muerte de Jesús, en el instante en que el rostro humano de Dios se descubre ante todos los hombres, ante todas las naciones. No es un prodigio que muestra el dominio sobre las leyes de la naturaleza, como es andar sobre el agua, sino otro acontecimiento no menos prodigioso: la fidelidad hasta la muerte a un compromiso de amor del que no están excluidos ni siquiera los enemigos. Dios se manifiesta a toda la humanidad en el amor del Hombre.
            Todavía hoy, al menos en ciertos ambientes, resulta difícil aceptar que Jesús, el rostro que nosotros podemos ver de Dios, es un hombre. Un hombre cualquiera, uno de tantos (Flp 2,7). Quizá sea relativamente  fácil representárselo andando por encima de las aguas del mar; lo que resulta más difícil es imaginarlo empapado de sudor por los caminos de Palestina, o participando de la alegría de una fiesta de bodas, o apasionado en la defensa de la justicia y en la denuncia de los abusos de los poderosos y del cinismo de los sumos sacerdotes; firme y enérgico en ocasiones, débil y tierno en otras, sintiendo miedo ante la muerte y dando un paso adelante y, pisando su miedo, consiguiendo que venciera la fuerza del amor; o mordiéndose los labios para no gritar, o quizá gritando de dolor, cuando lo clavaron en la cruz, y, en seguida, perdonando a los que lo habían clavado...
           

En el hombre sigue presente

           
            Pero ése es el aspecto que Dios ha querido que conozcamos de él. Y sigue dándose a conocer en aquellos que, de la mano del Hijo, siguen sudando y amando, llorando y gozando, viviendo y muriendo para que este mundo pueda un día ser un mundo de hermanos, y de esta manera, pueda ser un ámbito adecuado para que se revele plenamente el ser del Padre.
            A los discípulos, que podían tocar al que como ellos era un hombre, les costó trabajo aceptar en él la presencia de Dios. Algunos, a quienes tal vez les gustaría ocupar el puesto de Dios, procuran disimular que se hizo presente en el Hombre. Pues en el hombre -y todavía más cuanto más humano se hace el hombre- Dios sigue presente.
            Por eso resulta cuando menos extraño el miedo que tienen las jerarquías católicas a que se investigue y se resalte la humanidad de Jesús. Dios quiso acercarse tanto a la humanidad que quiso revelarse a sí mismo en un hombre, en un verdadero hombre. Por eso, cuanto mejor conozcamos la humanidad de Jesús, tanto mejor conoceremos el rostro de Dios, el único rostro con el que él ha querido manifestarse.

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