Navidad
25 de diciembre de 2016

 

 

 

 

 

Guerrero y pacífico, utópico... y pobre

 


   Lo más excepcional de la Navidad cristiana no es sólo que Dios se hace hombre, sino que, además, nace pobre entre los pobres. Esto que a la mayoría le podría resultar sorprendente e inesperado, respondía a la esperanza de aquel resto pobre y humilde que encarnaba lo más fiel y lo auténtico de la tradición de Israel: el Señor siempre estuvo en medio de los hombres y del lado de los pobres. Por eso la Navidad debe ser, en primer lugar para ellos, Buena Noticia; solo así será, tal y como el Padre lo quiere, nochebuena para todos.

 



Dios guerrero... de otras guerras


      Dios guerrero. Sí; su guerra, sin embargo, es otra guerra.
      Puede que casi nos suene a blasfemia el usar la expresión n Dios de la guerra. Pero la usa la Biblia y la podemos leer esta noche en la primera lectura: de un niño que va a nacer -y cuyo nacimiento será signo de la presencia liberadora del Señor-, dice Isaías que se le llamará Dios guerrero; pero si seguimos leyendo veremos que su guerra es otra guerra.
      Los hombres hacen las guerras para aumentar su poder o su riqueza, o las dos cosas, que, al fin y al cabo, son la misma. Las guerras de los hombres siempre favorecen y perjudican a los mismos: ganan los fuertes; y pierden, siempre salen perjudicados, los pobres. No importa que estén en el bando de los vencedores o que pertenezcan al de los vencidos. El fruto de las guerras de los hombres es siempre más injusticia porque, a la larga, siempre vencen -¿puede ser de otro modo en ese tipo de guerras?- los violentos.
      Las guerras de Dios persiguen otro objetivo muy distinto: van buscando siempre restablecer la justicia quebrantada, defender el derecho pisoteado de los más débiles y cortar el río de la sangre siempre injustamente derramada: «...la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro los quebrantaste... Porque la bota que pisa con estrépito y la túnica empapada de sangre serán combustible, pasto del fuego».
      Y, además -esto lo sabemos sobre todo por Jesús de Nazaret, aunque ya lo anunciaba el profeta Isaías; véanse al respecto las lecturas de los dos primeros domingos de adviento-, son guerras en las que la fuerza que puede conducir a la victoria nunca es la violencia.
 

Dios utópico: por la justicia a la paz

      En medio del sufrimiento que tuvo que padecer Israel, pequeña nación rodeada de imperios, los profetas supieron hacer crecer una magnífica ilusión, expresión de todo aquello que más echaban en falta: una paz perpetua, sin límites en el tiempo o en el espacio, cimentada en la práctica de la justicia: su origen no será la victoria en una guerra violenta, sino que serán  la justicia y el derecho serán el fundamento firme y la garantía de estabilidad y permanencia de esa paz. La profecía de Isaías, -¡qué espléndida combinación de poesía y fe!- anuncia el nacimiento de un niño que va a ser el encargado de hacer realidad la esperanza: «Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva al hombro el principado y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre Perpetuo, Príncipe de la paz. Para dilatar el principado, con una paz sin límites, sobre el trono de David y sobre su reino. Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho, desde ahora y por siempre». Se trata de una utopía, sin duda, pero es la utopía del mismo Dios: «El celo del Señor lo realizará».
      A qué niño se refería Isaías en su época, si es que se refería a alguien concreto, carece de importancia para nosotros en este momento.
      Hoy, día de Navidad, nosotros celebramos que todos estos títulos pertenecen -¡otra vez el Señor que nos sorprende!- a un niño, sí, pero cuyo nacimiento, a los ojos humanos, nada tiene de maravilloso, nada de principesco.

Dios pobre... de baja cuna

      Por encima del sentimentalismo fácil y de acuerdo con el relato que nos hace el evangelio de Lucas, las circunstancias externas que acompañaron el nacimiento de Jesús no consti­tuyen nada bello ni agradable y, desde un punto de vista humano, no anunciaban grandes éxitos: nace en un establo y su primera cuna es el pesebre donde comían los animales..., «porque no había sitio para ellos en la posada». Jesús nace como un hombre, como el más pobre de los hombres y, a pesar de que gracias a José forma parte de una dinastía real, no es de reyes su cuna -¿quién podrá presumir desde ahora de alta cuna?-. Y aunque la fecha de su nacimiento se nos indica de acuerdo con la historia de los poderosos, él va a compartir desde su mismo nacimiento la historia de los pobres.
      El Mesías nace pobre, lejos de su casa y fuera de las casas de los hombres: hoy diríamos que es un marginado, un excluido.
      Nace en la ciudad de David, sí; pero en Belén, donde David fue pastor (1 Sm 16,11), no en Jerusalén, donde fue rey (2 Sm 5,7.9). Y son un grupo de pastores, pobres y marginados, los primeros que reciben la noticia de su nacimiento.

Dios con y para los pobres

      En Palestina, en el tiempo en que nació Jesús, los pastores eran considerados personas de las que no había que fiarse demasiado. No gozaban de buena reputación: la gente pensa­ba que eran tramposos y ladrones y los acusaban de entrar con los animales y destrozar los campos ajenos, de quedarse con parte de los productos (lana, leche, cabritos) de los reba­ños que no eran de su propiedad. Por otro lado, las personas religiosas les echaban en cara que no cumplían los manda­mientos de Moisés, como, por ejemplo, el descanso del sába­do. En realidad eran gente de clase social humilde que, quizá sólo por la comida o por muy poco más, tenían que guardar, día y noche, los rebaños de los terratenientes; hasta los sábados -el sábado era el día de descanso religioso- tenían ellos que ir a trabajar... mientras los dueños de los rebaños rezaban en la sinagoga, cumpliendo con sus deberes religiosos.
      A ellos les manda Dios, antes que a nadie, el recado del nacimiento del Mesías: «Os traigo una buena noticia, una gran alegría que lo será para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador, que es el Mesías Señor.» Ellos, despreciados por los buenos, oprimidos por los poderosos, explotados por los ricos y marginados por la mayoría de la sociedad, son los elegidos por Dios para conocer antes que nadie que ha nacido el Mesías; a ellos, antes que al resto del pueblo, se les comunica la buena noticia que, más para ellos que para cualesquiera otros, convierte aquella noche en nochebuena.
      Los pastores, precisamente porque no tenían nada, porque no contaban con nada y porque nada esperaba nadie de ellos, precisamente porque eran pobres y marginados, pudieron, mejor que nadie, recibir esa noticia como buena noticia. Ellos son, en el evan­gelio, símbolo de todos los que caminaban en las tinieblas de la opresión y sentían sobre sus hombros el yugo de su carga; ellos representan a cuantos necesitaban que se estableciera la justicia y el derecho y que la vara del opresor fuera destrozada (véase Is 9,1.3). Por eso, para ellos, el anuncio del nacimiento del liberador fue la luz que iluminó la terrible oscuridad de su existencia; y pudieron sentir con más profundidad que nadie la alegría de saberse amados por Dios, quizá el único que los quería y de cuyo cariño ¡hasta ahora no se habían enterado!

El Mesías, el Señor

      Porque ese niño es «el Mesías Señor». Dios hecho hombre pero, además, nacido pobre. Y débil. Y marginado.
      Si al escucharlas tratáramos de colocarnos en la situación que describe el evangelio, nos debería conmover la lectura de estas palabras del evangelio: «No temáis, mirad que os traigo una buena noticia, una gran alegría que lo será para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador, que es el Mesías Señor. Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre».
      Después de celebrarlo durante casi dos mil años, nos parece lo más natural del mundo... y quizá lo sea. Sobre todo si por natural se entiende aquello que responde a lo que Dios quiere para el mundo de los hombres. Lo que entonces no se entiende es que sigamos sin considerar antinatural que los que se enriquecen con la miseria de los pobres, los fuertes, los señores de la guerra y tantos otros que siguen mandando a los pobres a nacer y a vivir en una cuadra, en un establo, también celebren la Navidad sin que se les revuelvan las entrañas -ni a ellos ni a muchos que los miran con envidia- y sin que se les conmuevan las conciencias.

¿Para quien es noche buena?

      Y ahora, ¿para quién será buena la Nochebuena? ¿Pode­mos decir que esta noche es noche buena a los que tienen el estómago vacío? ¿A los que no tienen casa ni trabajo? ¿A los que esta hipócrita sociedad considera despreciables: delin­cuentes, toxicómanos, prostitutas...? ¿A los inmigrantes, que las sociedades opulentas toleran cuando los necesitan, pero a los que siempre desprecian y niegan los derechos más elementales? ¿A los parados que se quedan sin ningún ingreso porque se les va a pasar a ellos la factura de la crisis que provocaron los bancos y los especuladores? ¿O a los que, huyendo de la muerte, se han encontrado las puertas de la muy cristiana Europa cerradas a cal y canto? La respuesta a estas pre­guntas depende de nosotros, del contenido con que llenemos esta celebración. Porque podemos hacer que la celebración de la Nochebuena, de la Navidad, esté  lle­na de “sentido religioso”, pero resulte alienante para los pobres y tran­quilizante para los empobrecedores; podemos llenar la noche­buena de alegría, pero sólo para unos pocos, para los que se la pueden pagar; podemos ilumi­nar esplendorosamente nuestras ciudades y, al mismo tiempo, dejar en tinieblas la vida de los pobres y marginados.
      Y podemos hacerla buena para los dueños de los rebaños y de los campos, para los buenos fariseos, para los poderosos violentos o para los ambiciosos especuladores que, en esta noche, pero sólo en esta noche, se acercarán a sus sirvientes y a sus víctimas para darles... ¡buenos consejos! y, vestidos con pieles de oveja, expresarán, aunque sólo con la boca, magníficos deseos de paz.
      O, por el contrario, podemos hacer que la Navidad, la Nochebuena, sea otra vez buena noticia para los pobres y oprimidos de esta Tierra si la vivimos y la presentamos, como fue la primera vez, como anuncio de liberación, y si, coherentes con la noticia que anunciamos, aprovechamos esta noche para reafirmar nuestro compromiso con la justicia, con la libertad, con la solidaridad, con la fraternidad y con la paz que de ellas nacen.

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