Domingo 4º de Adviento  Ciclo A
18 de diciembre de 2016

  

 

 

 

 

 

Enmanuel: Dios entre nosotros


 

         Resulta sorprendente y al mismo tiempo revelador que la mayoría de los profesionales de lo religioso hayan dicho siempre que la mayor aspiración del hombre debe ser subir al Cielo. Porque Dios, en dirección contraria, ha estado bajando permanentemente a la Tierra. Desde sus primeros contactos con el pueblo de Israel, el Señor se caracterizó, hasta por su nombre, como un Dios que no se queda en el cielo, sino que baja y se hace presente preocupándose y ocupándose de los problemas de la humanidad. Esta presencia, esta identificación llegaron a su extremo, al colmo, con la encarnación: Dios no sólo ha querido compartir nuestros problemas desde el cielo, sino en nuestra propia carne.
         Pero..., a pesar de que celebremos cada año el nacimiento de Enmanuel, Dios-con/entre-nosotros, cada vez resulta más difícil comprender que Dios habite en este mundo.




El primer Enmanuel


            Isaías, que cuando tenía que denunciar los abusos y las infidelidades de la corte no se mordía la lengua, tenía, sin embargo, una visión positiva de la monarquía, institución que él consideraba depositaria de la promesa que Dios había hecho a David: «Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre» (2Sam 7,16); y confiaba que dicha promesa se cumpliría, aunque, eso sí, dependiendo de una importante condición, la fidelidad del pueblo a su compromiso con Dios: «Si no creéis, no subsistiréis» (Is 7,9b).
            En tiempo de Isaías, reinando en Judá un rey de nombre Acaz (736-721 a. C.). Israel, el reino del Norte, coaligado con Damasco atacó Jerusalén con la intención de destronar al rey de Judá y sustituirlo por otro rey ajeno a la dinastía de David, heredera de la promesa. Acaz, asustado, pensó en pedir ayuda a una de las grandes potencias de entonces, a Asiria, con capacidad militar más que sobrada para acabar, sin esfuerzo, con Israel. Isaías se opone a esa alianza, pues supone perder la confianza en la ayuda del Señor, Dios de Israel. En este contexto debemos entender la profecía acerca de Enmanuel.
            Los eruditos discuten si el niño del que se habla en la profecía era un hijo del mismo Isaías o un hijo del rey. Pero lo que ahora nos interesa no es eso, sino la noticia  encarnada en ese niño, el mensaje que revela su nombre: Dios sigue presente en medio de su pueblo pues su solidaridad no depende de la voluntad del rey, sino de su fidelidad al compromiso que Él asumió en el desierto -Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios-. Por eso la salvación del pueblo no vendrá nunca de la alianza con poderes humanos, siempre opresores, sino que procederá de la Alianza con el Señor de la liberación: el pueblo se salvará porque está Dios-con-nosotros.

 
¿Por qué tan cerca?

            La palabra de Dios nos ido preparando durante todo el adviento para que la Navidad no sea una fiesta vacía y sin sentido sino que, por el contrario, nos sirva para renovar nuestro encuentro y nuestro compromiso con Jesús. Por supuesto que debe ser una gran celebración pues es muy importante el acontecimiento que recordamos: Dios ha tomado, de una mujer, carne de humanidad y ahora el Dios que nunca fue un Dios lejano -aunque así lo presentaron muchas veces-, lo es mucho menos, porque es Dios con nosotros.       Así lo ha querido Él. Pero, ¿por qué Dios ha elegido este medio para darse a conocer?
            Los hombres, incluso muchos que sinceramente trataban de encontrar a Dios, lo buscaban lejos de la Tierra y, por eso, lejos de los hombres que trabajaban la tierra y, por supuesto, muy lejos de los hombres que arrastraban su vida por la tierra: pensaban que Dios debía poseer más riquezas que el más rico de los hombres, más poder que el rey más poderoso, más fuerza que el más valiente -¿o violento?- de los hombres. Así lo imaginaban y se iban a buscarlo a los templos, palacios edificados generalmente en las montañas, cuanto más elevadas, mejor. Y al buscar a Dios, se olvidaban de los hombres, de sus sufrimientos, de sus carencias, de su necesidad de amor...
            Había además otros hombres que, aunque hablaran mucho de Dios, no estaban interesados más que vivir como dioses: con más riqueza, con más poder y con más capacidad de violencia que cualquier otro hombre. Éstos, en nombre de Dios, sometían y esclavizaban a otros hombres y, en su beneficio, les obligaban a trabajar la tierra, usando la violencia para preservar el orden que a ellos les interesaba y que trataban de hacer creer que provenía del mismo Dios.
            El evangelio de este último domingo de Adviento corrige a unos  y desautoriza a los otros.
 

El auténtico Enmanuel

            Mateo usa la profecía de Isaías (según la traducción griega, que dice virgen donde el hebreo decía joven), para aplicarla a Jesús. De este modo nos dice que no son ni el hijo de Isaías ni el de Acaz quienes deben llamarse con toda propiedad Dios-con-nosotros, sino Jesús.
            Al afirmar que Jesús nació de una virgen nos está diciendo, con otras palabras, lo mismo que dice San Pablo en la segunda lectura: «Esta buena noticia, prometida ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a su Hijo que, por línea carnal, nació de la estirpe de David, y por línea del Espíritu santificador, fue constituido Hijo de Dios en plena fuerza a partir de su resurrección de la muerte: Jesús, Mesías, Señor nuestro». Esta revelación de Jesús como Hijo de Dios, que para Pablo adquiere su plena fuerza en la resurrección, Mateo la anuncia mediante el relato de su nacimiento de una virgen, apoyándose en la profecía de Isaías, para trasmitirnos esta noticia: Jesús, desde su nacimiento, es Dios-con-nosotros.
            Mateo nos revela así que Jesús es Hijo de Dios, hombre totalmente nuevo; su carne es plenamente humana, pero su mensaje no depende de ninguna tradición terrena, ni está viciado por los errores en los que a lo largo de la historia ha ido cayendo la humanidad. El relato de la concepción virginal de Jesús no supone, por tanto, un desprecio de nada de lo que es verdaderamente humano: muestra que Dios tiene el corazón cerca de los hombres, pero que no está de acuerdo con el orden que se han dado, que no está con ellos cuando se explotan y se desprecian unos a otros.
            En la cultura judía era el padre el que insertaba al hijo en el pueblo, el que le trasmitía el conjunto de creencias y valores tradicionales. Por eso, si Mateo nos dice que María quedó embarazada antes de que ella y José vivieran juntos, eso significa que el mensaje -tan profundamente humano- y la misión de Jesús vienen directamente de Dios.
            Él va a hacer presente a Dios en el mundo, no como algunos hombres esperan o como a otros les interesa, sino como Dios quiere ser encontrado: pequeño, pobre y humilde y, sobre todo, solidario. Y puesto que Dios ha querido tomar carne humana del cuerpo de una mujer, en adelante, nadie va a encontrar a Dios lejos de los hombres, sencillos y pobres como María, aquella joven de Nazaret. Dios decidió acercarse antes que a nadie a una mujer de pueblo, y después a su esposo, un trabajador. Desde entonces, si se quiere encontrar a Dios, ya no hay más remedio que buscarlo al lado de los de abajo. Algunos dirán que José y María eran de estirpe real, de la casa de David; pero lo eran de la rama pobre. La señal tiene todavía más valor, si cabe; porque  no se aferró, -como dice Pablo- ni a su categoría de Dios (Flp 2,6), ni a su linaje humano: se hizo pequeño con los empequeñecidos, pobre con los empobrecidos, débil con los sometidos. Solidario, con todos ellos.

«Dios-con-nosotros»

            Dios ya ha bajado. Pero Él no violenta nunca la libertad de quienes él quiso que fueran libres; por eso sólo se queda allí donde lo dejan estar, esto es, allí donde lo importante es: el hombre y no el poder, el valor de la persona frente al valor del dinero, compartir en lugar de acumular, construir la fraternidad en vez del deseo de subir y escalar puestos para estar por encima de los demás; allí, donde se dan estas condiciones, está Dios-entre-nosotros, allí se prolonga cada día la Navidad, y volverán a realizarse las palabras del profeta: «Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá de nombre Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”». Dios solidario que acompaña a los que se hacen solidarios a su imagen y semejanza.
            ¿Dios-con-nosotros? ¿Aquí abajo?
            De nosotros depende. Tenemos que hacerle sitio. No olvidemos que tuvo que nacer en una cueva, en un establo, entre animales... porque nadie le ofreció un techo bajo el que cobijarse.