Inmaculada Concepción
 8 de diciembre de 2016

 

 

 

 

 

Vencerá el linaje de la mujer

 

         Jesús es el primero de los hijos de Dios; el primero porque nadie lo fue antes que él; el primero porque nadie lo fue como él; el primero porque después de él muchos hemos sido invitados a serlo y a incorporarnos a la humanidad nueva que comienza con él. Por eso al recordar su nacimiento, celebramos el nuestro. En realidad no es Jesús, somos nosotros, son otros hombres nuevos quienes están o estamos a punto de nacer. Y en cada uno de esos nacimientos se irá consolidando la victoria del linaje de la mujer sobre el linaje de la serpiente.


Dos anuncios

            El evangelio de Lucas comienza con dos anuncios: el del nacimiento de Juan Bautista (1,5- 25) y el del nacimiento de Jesús (1,26- 38, el evangelio de hoy). Al empezar así, el evangelista descubre su propósito: él quiere presentar todo lo que va a contar en su libro como el cumplimiento de las promesas de Dios. Su libro no es una historia cualquiera, es «historia de salvación» (a propósito de esta palabra salvación, debemos tener bien claro que cuando los evangelios la usan no se refieren casi nunca a la salvación eterna, a la otra vida, de modo exclusivo; la salvación es la liberación de todos los peligros y de todas las situaciones negativas que el hombre padece, desde las más materiales a las más espirituales, y que culminará en la liberación definitiva de la muerte).
            Pero, ya desde el principio, Lucas quiere dejar claro que esa salvación que Dios ofrece no se va a realizar sin colaboración humana, y que para alcanzarla no valen ni la posición social, ni los títulos ni las apariencias: será necesario escuchar su palabra, fiarse de ella y actuar en consecuencia.
            Con este propósito inicia su evangelio contraponiendo dos modos distintos de recibir la palabra de Dios: el de Zacarías, padre de Juan Bautista, y el de María, la madre de Jesús.

Una religión no, una familia

            La comparación de los dos relatos nos permite descubrir todo el contenido de estos pasajes.

            Allí, en el anuncio del nacimiento de Juan Bautista (Lc 1,5- 25), el destinatario del anuncio es un sacerdote, observante de las prácticas religiosas, varón, casado, anciano, rico, instruido; aquí, en el anuncio del nacimiento de Jesús, el mensajero de Dios se dirige a una mujer sencilla, pobre, sin estudios, de cuya práctica religiosa nada se dice, novia formal de un trabajador. Allí la relación con Dios se basa en la sumisión y su presencia suscita temor y sobresalto; aquí consiste en un amor (gracia y favor) tan grande que, aunque desconcierta al principio, debe ser causa de alegría. Allí Dios responde a la oración del sacerdote, y se limita a hacer posible que aquellos ancianos engendren un hijo, que será sólo hijo de hombre; aquí la iniciativa es del mismo Dios y el que va a ser engendrado será y cuando  nazca lo llamarán... Hijo de Dios”. Allí será el padre el que le dará nombre; aquí esa función, sorprendentemente, corresponderá a la madre. La misión del hijo de Zacarías y de Isabel será poner fin a lo viejo y preparar la llegada de lo nuevo, “reconciliar a los padres con los hijos... preparando así al Señor un pueblo bien dispuesto”; el Hijo de Dios y de María representa la novedad y el futuro, pues “reinará para siempre... y su reinado no tendrá fin”.

            Allí se anuncia el final de una época, de una manera de entender las relaciones entre el hombre y Dios; aquí, el comienzo de una nueva y más íntima relación. Juan Bautista será el último de los profetas de la antigua religión judía; Jesús el Hombre nuevo con quien comienza una nueva humanidad. Por eso allí todo sucede en lugar sagrado, en el templo; aquí, sin embargo, Dios entra en la casa de una mujer de pueblo, espacio considerado profano... porque lo que va a resultar de la misión del que va a nacer no es otra religión, sino una familia.

La sierva del Señor

            Hay un contraste más, entre ambos relatos. La primera reacción del anciano sacerdote es de desconfianza: «Qué garantía me das de eso? Porque yo soy ya viejo y mi mujer de edad avanzada». La respuesta de María, después de pedir algunas aclaraciones -lo que revela que actúa con libertad y conscientemente:  «Cómo sucederá esto, si no vivo con un hombre?»-  es de plena aceptación de la voluntad de Dios: «Aquí está la sierva del señor; cúmplase en mí lo que has dicho».
            Los profetas, cuando repasan la historia del pueblo de Israel, cuando hacen recuento de los muchos desastres que tuvo que sufrir a lo largo de su existencia, señalan que esa historia de calamidades ha tenido una causa fundamental: el pueblo se había alejado de su Dios. Sin embargo el Señor no se olvidará jamás de su pueblo por dos razones: la primera porque Él es fiel y mantiene su palabra a pesar de las infidelidades de los hombres; en segundo lugar porque en el pueblo ha quedado un pequeño resto  que ha mantenido siempre su fidelidad a Dios y que será «semilla santa» (Is 6,13). A este resto, al Israel fiel también le llaman los profetas siervo del Señor, y afirman que de este resto nacerá la salvación: «Dejaré en ti un pueblo pobre y humilde, un resto de Israel que se acogerá al Señor...No temas, Sión no te acobardes; el Señor tu Dios... goza y se alegra contigo, renovando su amor» (Sof 3,13.16.17).
            Ese pueblo «pobre y humilde» - en los profetas la oposición fidelidad/infidelidad equivale con frecuencia a la antítesis riqueza/pobreza- es, en el evangelio de Lucas, María, pobre, humilde y fiel. Sin embargo, en el relato del anuncio a Zacarías, el pueblo queda al margen de todo, fuera del santuario, «aguardando a Zacarías, extrañado de que tardase tanto en el santuario»;  y aunque la gente intuye que el anciano sacerdote ha tenido una experiencia extraordinaria, éste se ve imposibilitado de contarles la visión que ha tenido pues, «él les hacía gestos, pero permanecía mudo».

El primer Hijo

            Dios va a dar pleno cumplimiento a su promesa; pero, al hacerlo, quiere cambiar sus relaciones con la humanidad. Herido por sus muchas infidelidades, pero lleno de amor por ella, le va a dar un hijo en el que no habrá nada de ese mundo que se ha hecho viejo como consecuencia de su falta de amor. Será, como todos los hombres, un hijo de mujer; pero nada lo unirá con la historia de traiciones y de mentiras en que los hombres convirtieron la convivencia entre ellos y sus relaciones con Dios: el que va a nacer será fruto de la acción del Espíritu, la fuerza creadora de Dios; y se hará carne en una porción de la humanidad que jamás ha sido infiel al amor de Dios (una virgen: según la cultura israelí, el padre era quien insertaba a los hijos en las costumbres y tradiciones culturales y religiosas del pueblo. En este sentido, Jesús es, como lo fue el primer hombre, creado directamente por Dios, un hombre sin tradiciones, sin raíces; el que nace es Hijo de Dios - «lo llamarán Hijo del Altísimo»-  y, por tanto, no está condicionado por la larga tradición de injusticias y opresiones que empiezan ya a configurar el modo de ser de los hombres desde el mismo momento de su nacimiento; este es el significado teológico de la virginidad de María y de que, según Lucas, sea ella la que deba imponer el nombre a su hijo cuando éste nazca). Ese Hijo nos revelará quién es su Padre y nos ensenará a hablar con El. Y en ese hijo de Dios y, al mismo tiempo, hijo -linaje- de la mujer, empezará a cumplirse la profecía del Génesis, con él comenzará la victoria de la humanidad sobre el mal.


Otros muchos hijos

            Él será el primero, pero no el último. Con él nace una nueva humanidad a la que se incorporarán todos los que acojan la fuerza de amor y de vida que a través de él se irá ofreciendo, todos los que acepten a Dios como
Padre, no como amo, todos los que quieran ser hermanos y no señores de los hijos de Dios, todos aquellos que quieran que en ellos se realice lo que según el Apóstol Pablo formaba ya parte del designio de Dios antes de crear el mundo.
            Por eso al recordar el nacimiento del primer Hijo de Dios, debemos renovar el nuestro. Somos nosotros los que estamos a punto de nacer o de renacer; y es para nuestro nacimiento para lo que nos estamos preparando en el Adviento. Y para reafirmar nuestro compromiso con esta siempre nueva manera de relacionarnos con Dios no como fieles, ni como siervos, sino como hijos, miembros de su familia.
            Ahora debemos ser nosotros ese pedazo de humanidad en el que aún es posible que dé fruto el amor de Dios: la Iglesia, - la comunidad cristiana de quien María es figura- , ha de ser esa casa de Nazaret en la que se escucha confiadamente la palabra de Dios, debe ser esa porción de humanidad que, fecundada por el Amor, da siempre frutos de vida, de libertad y de alegría, debemos ser ese linaje de la mujer que pisa la cabeza de la serpiente, que lucha contra el mal -contra todo lo que daña la vida y la felicidad de los hijos de Eva la “Viviente”, renacidos ahora como hijos de María.
            Estamos a punto de asistir no a la repetición del parto que tuvo lugar hace casi dos mil años; no es María la que va a dar a luz; es de nuestra fidelidad de donde pueden llegar a nacer otros muchos hombres nuevos que continúen su lucha contra el mal hasta la victoria definitiva.