Festividad de Todos lo Santos
 1 de noviembre de 2016

 

 

 

 

 

¡El milagro de ser santo!


     Trabajar en una perspectiva solidaria, mantener en la vida un horizonte utópico, creer que los hombres podemos ser hermanos y vivir como tales no parece una propuesta actual. Entre las personas religiosas es más frecuente encontrar la búsqueda de una santidad individualista -la práctica de una religiosidad sin conexión con la vida, de una fe alienada, ajena a los sufrimientos, necesidades y esperanzas de los pobres y los oprimidos- que el compromiso para hacer que nuestro mundo sea santo, más justo.
     ¿Y los santos? Más que como ejemplo de vidas comprometidas con el proyecto de Jesús, se nos presenta a los santos como expertos en milagros. Pero, como no podía ser de otro modo, la Iglesia propone el ideal evangélico de las bienaventuranzas en la en la fiesta de Todos los Santos. Esto equivale a decir queser santo consiste en poner en práctica ese ideal. ¿Y los milagros? Pues... vivir así en un mundo como el nuestro...  ¡ese es el milagro!

 




Una nueva Alianza


     Los israelitas gozaron de una experiencia inolvidable en el monte Sinaí: el Señor que los había liberado de la esclavitud y que se había comprometido a llevarlos hasta una tierra en la que pudieran vivir como hombres libres les propuso una alianza: Dios se comprometía a estar siempre presente en aquel pueblo; Israel, por su parte, debería vivir según la voluntad liberadora del Dios que los había salvado: «Moisés subió hacia el monte de Dios y el Señor lo llamó desde el monte y le dijo: Habla así... a los hijos de Israel: Vosotros habéis visto lo que hice a los egipcios, cómo os llevé en alas de águila y os traje hacia mí; por tanto, si queréis obedecerme y guardar mi alianza, entre todos los pueblos seréis mi propiedad» (Ex 19,3-5; Dt 29,12); Moisés les transmitió esta propuesta y el pueblo respondió unánimemente: «Haremos cuanto dice el Señor» (Ex 19,8). Dios expuso a continuación a Moisés sus mandamientos (Ex 20,1-21), cuyo cumplimiento debería garantizar que la liberación obtenida por Dios no quedaría desvirtuada en las relaciones internas del pueblo. Esta alianza, malograda después por la infidelidad del pueblo, era provisional, y ahora Jesús va a promulgar la definitiva.
     A un monte, como antes hizo Moisés para hablar con Dios, sube Jesús en quien Dios está ya presente -es Dios con nosotros (Mt 1,23)- y con él se acercan sus discípulos, los que han empezado a ponerse de su parte; ante ellos, él directamente va a proclamar las condiciones de la nueva y definitiva alianza.
     La presencia de Dios en Israel hacía de éste un pueblo sagrado, un pueblo santo: «seréis un pueblo sagrado, regido por sacerdotes» (Ex 19,6; véase también Dt 7,6; 14,2; 26,19; 28,9). Ahora Dios se ofrece para ser él mismo el Rey, y la consecuencia de su reinado será hacer una humanidad feliz, constituida por quienes  acepten la nueva alianza y sus exigencias; porque las exigencias de este nuevo pacto no son leyes, sino las condiciones necesarias para construir un mundo más humano y, por eso, más de acuerdo con la voluntad de Dios; son una repetida invitación a la felicidad, sin amenazas ni maldiciones (véase Dt 27-28), para aquellos que decidan personal y libremente asumir el compromiso de construir el mundo que Dios quiere.


La decisión fundamental: contra la pobreza

     La primera bienaventuranza ("Dichosos los que eligen ser pobres,) y la última ("Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad"), se refieren a la decisión fundamental que deben tomar los seguidores de Jesús: la pobreza. Para seguir a Jesús hay que elegir la pobreza; pero no porque, en sí misma, sea un valor, sino porque supone romper con el deseo de riqueza, causa de la injusticia y, por tanto, causa de la mayoría de los sufrimientos de los hombres. En realidad la primera bienaventuranza es una opción contra la pobreza: contra ese hecho racionalmente absurdo y éticamente insoportable que es la pobreza que existe en un mundo en el que hay recursos más que suficientes para satisfacer las necesidades de todos.
     La ambición nos lleva a endiosar al dinero y, como lo consideramos un dios, con tal de tenerlo con nosotros nos atrevemos a hacer cualquier cosa, especialmente somos capaces de empobrecer a muchos apropiándonos de lo que ellos necesitan, para poseer lo que no necesitamos. Así nos sentimos super-dioses, dueños de una gran parte del dios en el que creemos: el dinero.
     Pero Dios, el verdadero, el Padre, no quiere que a nadie le falte lo necesario para vivir. El mismo evangelio de Mateo explica esta bienaventuranza poco después: se trata de elegir entre un mundo organizado por Dios o un mundo en el que gobiernan las leyes del dinero. Porque la primera y principal condición para que se pueda considerar que Dios es rey de alguien es que éste no sea servidor del más empecinado competidor del Señor: «Nadie puede estar al servicio de dos señores, porque aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24). Esta es la explicación que ofrece el mismo evangelista de la primera bienaventuranza: el dominio de los corazones de los hombres se lo disputan dos señores, Dios y el dinero; los ricos son los que han entregado su corazón y su alma a este último; y muchos pobres aspiran a darle culto cuanto antes. Las consecuencias se ven con sólo mirar al mundo que tenemos: hambre, miseria, injusticia, violencia, guerras. Antes y ahora, ¿no es el dinero la causa de tanto sufrimiento? ¿No nace tanta desgracia de la ambición insaciable de poseerlo y del hecho de subordinar todos los valores, incluidos la dignidad y la vida humana, a la posesión de la riqueza?
     Dios no quiere la pobreza; pero no la quiere para nadie. Y puesto que la causa de la pobreza de la mayoría es la riqueza de unos pocos (véanse, por ejemplo: Job 24,2-4; Is 3,14-15; 5,8; Ez 22,29-30; Am 5,12; 8,4; Prov 30,14; 31,9; Sal 10,2.4.7-10; 12,4-6; 35,10), Dios propone a los hombres que, por decisión propia (eso significa «de espíritu», impulsados por su propia voluntad)  abandonen al dios dinero y se vuelvan a Él; que elijan ser pobres, que renuncien a ser ricos... para que la pobreza desaparezca del mundo.


Los riesgos

     Hay, pues, que elegir porque no hay posibilidad de poner de acuerdo el amor del Padre Dios y la crueldad homicida del capital. El Padre quiere que elijamos ser pobres no porque quiera ver a sus hijos pasando necesidad, sino porque no quiere verlos haciendo sufrir a otros hermanos, quitándoles de la boca el pan que necesitan para saciar su hambre.
     Pero "el dinero" no se va a dejar arrebatar por las buenas su influencia en el mundo; y a los que discutan su divinidad, a los que decidan que no vale la pena vivir para buscar la riqueza, a los que descubran ante todos que la ambición es una tendencia embustera y homicida, a ésos los perseguirá sin piedad con todos los medios a su alcance. Por eso elegir la pobreza supone aceptar el riesgo de ser perseguido por mantenerse fiel a esa elección. Por eso el conflicto con el “orden este” será inevitable.
     A éstos, a los que realicen la primera opción por la pobreza y la mantengan en medio de las persecuciones, Jesús les promete que Dios será su Rey, es decir, que vivirán de tal manera que la preocupación por el comer y el vestir desaparecerá: «...no andéis preocupados por la vida pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Son los paganos quienes ponen su afán en esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero que reine su justicia, y todo eso se os dará por añadidura» (Mt 6,31-33). Buscar que reine la justicia de Dios es comprometerse en la tarea de impulsar el reinado de Dios, en organizar nuestro mundo según el modelo contenido en el proyecto de Jesús y trabajar para que muchos otros se convenzan de que dejarse gobernar por tal rey significa vivir -todos- como príncipes, como hijos de un rey.

 

Lo que hay que cambiar...

     Las bienaventuranzas segunda, tercera y cuarta señalan qué hay que cambiar y qué cambiará si Dios reina sobre los hombres: los que sufren (porque son pobres, porque están marginados, porque les falta el cariño de otros hombres...) van a recibir el consuelo al saber que no son huérfanos, sino que tienen un Padre que los quiere y que muchos otros hijos de ese Padre son sus hermanos; su sufrimiento desaparecerá porque, sin llegar a ser ricos, se alejarán de la miseria, y el amor de los hermanos los integrará en un círculo de solidaridad y amor en el que serán dichosos. Los sometidos, al incorporarse a un grupo en el que nadie actúa como señor ni como padre, pues todos tratan de vivir como hermanos, se sentirán liberados y, en un mundo sin amos, todos serán señores de la creación, tal y como Dios lo planeó desde el principio (Gn 1,28) y así también ellos, serán dichosos. Los que se dan cuenta de que los bocados que da el hambre no son consecuencia solamente de la falta de pan, sino que tienen su origen en la falta de justicia, sentirán la alegría de ser gobernados por el único rey verdaderamente justo; y, saciadas sus hambres de pan y de justicia, serán dichosos.

 

... y lo que cambiará

     Las tres restantes señalan los valores que han de ser las columnas sobre las que se sostenga el mundo nuevo en el que Dios reine: la solidaridad, la honradez a carta cabal y el compromiso con la paz: la felicidad de éstos nacerá al experimentar que Dios les ayuda, al sentirlo presente entre ellos y al verlo reflejado en ellos mismos puesto que, como todos los hijos, reproducirán los rasgos más característicos de su Padre. Y serán felices. Estos son los valores de los hombres nuevos; en ellos la felicidad no es ya ausencia de desgracias, sino plenitud de amor de un Padre que es Dios y de sus hijos que viven como hermanos.
     En resumen: cuando grupos de mujeres y hombres vayan aceptando que Dios sea su rey, el mundo empezará a cambiar, y los que hasta entonces fueron desdichados empezarán a ser dichosos, la tierra será patrimonio de todos, incluso los que han estado sometidos a la opresión y a la esclavitud, los que tienen hambre y sed de un mundo más justo, encontrarán hartura, habrá sinceridad entre los hombres y muchos trabajarán para conquistar y construir la paz acompañados por el Dios que ha decidido hacerlos hijos suyos y que hará sentir con fuerza su presencia, ayudándoles a soportar las persecuciones que sufrirán si mantienen con fidelidad su opción contra la pobreza y el compromiso de romper con el dios-dinero.

 

¿Es actual esta propuesta?

     Es posible que, en el momento presente, suene todo esto a una hermosa ilusión, a una ilusa quimera. ¿Renunciar a la riqueza, ser honesto y transparente, trabajar por la paz en el mundo en que vivimos?
     El dinero manda en el mundo y, por eso, la violencia domina nuestra Tierra.
     Los poderosos, el imperio, quieren aumentar más y más su poder y, para conseguirlo, no dudan en utilizar la violencia. Hablan de paz, pero la suya es la paz de los cementerios. Aunque, en realidad, ya no hablan de paz. Han comenzado a quitarse parcialmente la careta: hoy hablan de lucha contra el terrorismo, de guerra preventiva, de acciones anticipatorias...
     El capital financiero y las grandes multinacionales imponen sus reglas a los gobiernos de todos los  países y con mucho más rigor a los menos desarrollados y, mientras protegen su agricultura y su comercio ante los productos de los países más pobres les exigen  al mismo tiempo que se desprotejan ante sus productos.
     Los pobres, los oprimidos por el poder imperial, los que luchan por su liberación, no logran encontrar un camino pacífico para alcanzar la libertad y la justicia.
     Y muchos, quizá la mayoría, aunque lamenten la violencia cuando les afecta más o menos cerca, confían en ella como medio para resolver los conflictos personales o colectivos.
     Y mientras tanto, aprovechan la situación los negociantes de la muerte, los fabricantes y los traficantes de armas, que no podrían “vivir” si la violencia desapareciera, a los que les conviene que la violencia siga sido rentable.     ¿Es hoy posible una alternativa a esa situación? Sí que es posible y, además, absolutamente necesaria.
     Hace unos años, Pedro Casaldáliga recogía la pregunta que flotaba en muchos ambientes, incluso eclesiásticos: ¿que queda de la opción por los pobres?
     La respuesta era contundente y, por supuesto, la única que puede dar un auténtico creyente en Jesús de Nazaret:
 «Quedan los pobres y Dios». (Para documentarse sobre la situación de pobreza y desigualdad en nuestro mundo, se puede consultar el reciente informe de la O.N.G. Intermon-Oxfam “Una economía al servicio del 1%”).
     Quedan los pobres. Hay más y los hay más pobres que hace unos años. La respuesta de Pedro Casaldáliga, al menos para nosotros, debe seguir siendo válida:  «De la opción por los pobres, pues, quedan los pobres y queda el Dios liberador de los pobres.»
     Y nos queda la tarea de luchar por la eliminación de la pobreza.

     Volviendo a lo que decíamos al principio: el hecho de leer este evangelio en la fiesta de Todos los Santos nos está diciendo que los que han vivido de acuerdo con el proyecto que en él se propone son los que deben servirnos de ejemplo: ellos son los santos; estén o no estén oficialmente en los altares. Los santos no son especialistas en milagros. O quizá sí, en un milagro: ser felices trabajando por convertir este mundo en un mundo de hermanos, ¡ése es el verdadero milagro! Muchos otros milagros... ¡también los puede hacer el dinero!