Domingo 31º del Tiempo Ordinario
  30 de octubre de 2016

 

 

 

 

 

Otra pequeña parcela de cielo

 

     Zaqueo era, objetivamente, un sinvergüenza. Pero supo darse cuenta a tiempo. Y tuvo la valiente humildad, como el recaudador del domingo pasado, de reconocerlo. Y supo también buscar -en Jesús- el remedio. Le costó mucho dinero; pero todo el dinero del mundo no le habría valido de nada si no hubiera permitido que el amor de Dios, eficaz por medio de Jesús, venciera su egoísmo, su ambición y sus injusticias y cambiara su corazón. Y, entonces, la salvación, -el cielo, es decir Dios- ocupó otra pequeña parcela de esta Tierra.

 





Amor omnipotente


     Recaudador era el último personaje del evangelio del domingo pasado; y recaudador, jefe de recaudadores, el que nos presenta el de hoy.
     Los recaudadores estaban mal considerados y con razón. Recaudaban los impuestos para los romanos, trabajaban al servicio de la potencia que ocupaba la tierra de Israel. Y para un israelita fiel, la ocupación su tierra era, además de la injusta opresión de un pueblo pequeño por un gran imperio, un sacrilegio, pues aquella tierra era sagrada ya que el Señor la había entregado a su pueblo: tierra predilecta  de Dios, elegida por él «para que ... acogiera la digna colonia de los hijos de Dios» (Sab 12,7). Por eso, a los recaudadores se les consideraba no solo colaboracionistas con el opresor, sino también excluidos de la comunidad religiosa de Israel. Y, para colmo, los recaudadores cobraban más de lo establecido; exprimían dos veces al pueblo, en favor de los romanos y en beneficio propio.
     El recaudador de la parábola del domingo pasado, cuando sube al templo, no se acerca demasiado al santuario: «se quedó a distancia y no se atrevía a levantar los ojos al cielo». Era un hombre, al contrario que el fariseo, con la capacidad de ver y el valor de reconocer sus límites, su injusticia; y con la humildad necesaria para buscar ayuda y pedir perdón. Es decir, aún era capaz de abrirse al amor, pues el perdón es siempre fruto y manifestación del amor.
     Entre el fariseo y el recaudador hay, pues, una diferencia importante: el primero, endiosado, no siente necesidad del amor de Dios -ni del de nadie-; en todo caso, reclama que se le haga justicia, -entendida ésta a su modo y manera-, mientras el recaudador, consciente de su pequeñez, sabe que sólo el amor de Dios puede romper sus límites y ayudarle a superarlos. Tiene fe en la auténtica omnipotencia de Dios: su amor: «te compadeces de todos, porque todo lo puedes... Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que has hecho... a todos perdonas, por que son tuyos, Señor, amigo de la vida». Poder omnipotente, compasión infinita, vida desbordante. A ese poder, el verdadero poder de Dios, se abrió el publicano y se cerró el fariseo -«Os digo que este bajó a su casa bien con Dios y aquel no» (Lucas 18,14).


Religión que no es salvación

     Entre la parábola del fariseo y el publicano y el evangelio de este domingo encontramos el relato referido a aquel hombre rico que se acercó a Jesús y le preguntó qué tenía que hacer para entrar en la vida eterna (Lucas 18,18-29). Jesús le respondió recordándole los mandamientos que se referían al comportamiento con el prójimo, y puesto que los había cumplido todos desde su juventud -el camino hacia la vida eterna estaba, pues, libre-, Jesús lo invitó a preocuparse de este mundo y de esta vida uniéndose a él; pero para ello tenía que cumplir una condición: «...vende todo lo que tienes y repártelo a los pobres, que tendrás en Dios tu riqueza, y anda, sigueme a mí» (Lc 18,22).
     Aquel era un hombre religioso y cumplidor de la ley, como correspondía a un dirigente del pueblo (Lucas dice que era un magistrado), pero no aceptó la invitación de Jesús: su interés se centraba en la otra vida, y Jesús lo invitaba a colaborar en la transformación de esta vida contribuyendo a la felicidad de todos los hombres. Pero él parece ser que no necesitaba que nada cambiara «porque era riquísimo» (Lc 18,23).
     Fue entonces cuando Jesús dijo, con una claridad que todavía hoy escandaliza a algunos, que la riqueza era un obstáculo prácticamente insalvable para entrar en el reino de Dios: «¡Con qué dificultad entran en el reino de Dios los que tienen el dinero. Porque es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el reino de Dios» (Lc 18,24-25).



Tampoco para Zaqueo


     Zaqueo no podía decir que había cumplido todos los mandamientos desde su juventud; como él mismo reconoce, era un ladrón, había extorsionado a la gente. Pero no debía de estar demasiado contento consigo mismo, a pesar de que era rico y tenía una ocupación, «jefe de recaudadores», que le aseguraba que su riqueza no iba a dejar de crecer.
     Su interés por conocer a Jesús parece que era sincero, porque en seguida empieza a dar los pasos necesarios para superar esos obstáculos. Lo primero que hace es salirse de en medio de la masa, quedándose solo ante su decisión. Conocer a Jesús y, sobre todo, seguirlo, debe ser consecuencia de una opción realizada con plena responsabilidad: «Si uno quiere venirse conmigo...» (Lc 14,26), había dicho Jesús a las «grandes multitudes» que lo acompañaban camino de Jerusalén.
     Para superar el problema de su estatura, Zaqueo se sube a un árbol. Quiere apoyarse en la institución religiosa para superar su pequeñez; pero ese no era el camino. Por eso Jesús le manda bajar, porque para ir con él nunca fue un problema el ser pequeño; y ni la religiosidad del fariseo de la parábola ni la observancia del rico del episodio anterior habían servido para nada. Y se va a comer a casa de aquel ladrón, con gran escándalo de todos, incluso de sus propios discípulos: «¡Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador!», decían.


Amor que salva

     Zaqueo era un ladrón. Y su comportamiento no merece justificación alguna. Era un perdido para la causa del Reino de Dios. Pero Jesús, el Hombre, «ha venido a buscar lo que estaba perdido y a salvarlo». Y aprovecha cualquier oportunidad que se le presenta para dar eficacia al amor de Dios que fluye a través de él.
     Zaqueo no había cumplido los mandamientos desde su juventud; al menos robar, robaba ¡y mucho! Pero acogió la llamada de Jesús, y le abrió la puerta de su casa y la de su corazón; y permitió que lo inundara el amor de Dios y su justicia: «Zaqueo se puso en pie y dirigiéndose al Señor le dijo: - La mitad de los bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si a alguien he extorsionado dinero, se lo restituiré cuatro veces». Y la inversión -una ruina, para los que aman el dinero- le produjo inmediatos beneficios: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa». La salvación, -el cielo, es decir Dios- ocupó otra pequeña parcela de esta tierra cuando al amor de Dios Zaqueo respondió haciendo justicia y ofreciendo amor a los que, en adelante habrían de ser sus hermanos.


Y ¿por qué ahora...?

     Parece que las cosas han cambiado. Da la impresión de que, con excepción quizá de algunos exagerados, extremistas radicales, a nadie le resulta incompatible la riqueza y el seguimiento de Jesús. Hoy parece que la más estricta ortodoxia se inclina a preocuparse preferentemente por la vida eterna. ¿Y ahora...?
     Parece que algunas cosas van cambiando en la Iglesia pero, a pesar de ello, siguen teniendo una difícil respuesta algunas preguntas:
     ¿Cómo es que hay ricos que dicen que son seguidores de Jesús sin dejar de ser ricos, inmensamente ricos?
     ¿Cómo es que a nadie le extraña que los injustos se encuentren con Jesús -en la Eucaristía, por ejemplo- y sigan siendo injustos?
     Y si Jesús llamó salvación a la práctica del amor y de la justicia, ¿por qué hoy, cuando se dice «salvación», se entiende siempre y solamente «vida eterna»?

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