Domingo 27º del Tiempo Ordinario
  2 de octubre de 2016

 

 

 

 
 

¿Hijos o «pobres siervos»?



      Precisamente porque Jesús sabía que no sería cosa fácil, las recomendaciones a romper con lo viejo abundan a lo largo del evangelio. La morera que se hunde en el mar y desaparece representa esa ruptura. Sin embargo, todavía, entre los que nos llamamos seguidores de Jesús siguen presentes muchos de los viejos valores; y brillan por su ausencia otros que deberían ser característicos de nuestro estilo de vida, como  la igualdad, la solidaridad, la comprensión, el perdón... Y, sobre todo, se echa de menos el servicio a los hermanos que no nos hace siervos, sino hijos.




Fe y valentía frente a arrogancia


      Una interpretación superficial de las lecturas de este domingo podría confundirnos y hacernos ver como contradictorios los contenidos de la segunda lectura por un lado y la primera y el evangelio por otro: frente a la afirmación de la 2ª carta a Timoteo «Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino un espíritu de valentía...» nos encontramos con que el profeta Habacuc nos dice que «El arrogante tiene el alma torcida...»; y en el evangelio nos encontramos con esta otra y sorprendente frase: «cuando hayáis hecho todo lo que os han mandado, decid: "Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer"». Pero la contradicción es sólo aparente.

      El hombre se ha creído muchas veces Señor -con mayúscula- de la creación y ha pensado que podía organizar el mundo en competencia con Dios; es el modelo descrito en el libro del Génesis en los relatos del pecado original (Gn 2-3) y de la torre de Babel (Gn 11,1-9), a los que hacíamos alusión en alguno de los comentarios de los últimos domingos. En ambos casos la pretensión del hombre -ser como Dios- tiene consecuencias muy negativas para las relaciones entre los miembros del género humano: ruptura de la armonía en la primera pareja, dolor en la transmisión de la vida y asociación entre trabajo y sufrimiento (pecado original) e imposibilidad de entendimiento entre los  que hasta ese momento habían constituido una sola familia (Babel).
      El profeta Habacuc identifica al injusto, al malvado, con el arrogante (alma hinchada), con el poderoso que «dispuesto a la violencia... junta prisioneros como la arena. Se burla de reyes... hace escarnio de las plazas fuertes, apisona tierra y las conquista. Después toma aliento y continúa implacable. Su fuerza es su dios» (Ha 1,9-11).
      Y para que no quepa ninguna duda, Habacuc, tras condenar la arrogancia, sigue explicando cómo la entiende: «Aunque saquee riquezas, el hombre soberbio no triunfará. ... se apodera de todos los pueblos ... Pero todos ellos entonarán contra él una canción...: ¡Ay del que acumula bien ajeno! ... ¡Ay del que reúne en casa ganancias injustas! ... ¡Ay del que construye con sangre la ciudad! ¡Ay del que embriaga a su prójimo... para contemplar su desnudez! ... ¡Ay del que dice a un leño: ... "Dime un oráculo"!» (Ha 2,5-20)
      El arrogante es, según el profeta, el que se sitúa por encima de sus semejantes, les roba el fruto de su trabajo, viola sus derechos, comete injusticias contra ellos, derrama su sangre, desprecia su dignidad y, al final, ¡acaba adorando un trozo de madera o una piedra! Claro que, así está seguro de que “su dios” no le pedirá cuenta de sus acciones.
      Frente a esa arrogancia que acaba convirtiéndose en egolatría (adorarse a sí mismo), el profeta propone la fe que consiste en fiarse de Dios, en confiar en él: «El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por la fe». No se trata de que el hombre renuncie a su capacidad de razonar y la sustituya por una fe ciega; el profeta habla de una fe que nace de -o que se identifica con- la confianza que, a su vez, encuentra su firmeza en la experiencia de un Dios liberador.
      La vida y la palabra del justo se convierten, en este contexto, en denuncia de la arrogancia, es decir, en testimonio de cargo contra la injusticia; el conflicto, una vez más, será inevitable; y para enfrentarse con quienes las gastan de tal modo hace falta ser muy valiente.
      Con mayor razón, pues la buena noticia es aún mas exigente, para anunciar el mensaje de Jesús será necesario contar con un gran espíritu de valentía, un Espíritu que nos haga capaces de fundar nuestra vida y nuestro comportamiento, no sólo en la justicia, sino, además, en el amor al estilo de Jesús, un Espíritu de dominio propio, es decir, que nos haga dueños de nosotros mismos, capaces en todo momento de «dar testimonio de nuestro Señor».


Fe para superar el escándalo

      Después del evangelio del domingo pasado (el rico y Lázaro), Jesús se dirige a sus discípulos con estas palabras: «Es inevitable que sucedan esos escándalos, pero ¡ay del que los provoca! Más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar, antes que escandalizar a uno de estos pequeños» (Lc 17,1-2).
      “Escándalo”  significa tropiezo; ser causa de escándalo consiste en ser el responsable de que alguien abandone su opción en favor de Jesús y del evangelio. Los pequeños son los seguidores de Jesús que han asumido plenamente como modo de vida la exigencia evangélica del amor, que se manifiesta mediante el servicio ofrecido libremente. El escándalo al que se refiere este evangelio consiste en provocar que estos pequeños abandonen ese estilo de vida para vivir como los grandes, buscando el ser servidos en lugar de servir. Jesús dirige este aviso a sus discípulos, en especial a los de origen judío, quienes, dominados durante mucho tiempo por las doctrinas fariseas, eran más propensos a tolerar que las mismas influyeran en su manera de pensar, actuar y hablar.
      La causa del escándalo es, en este evangelio, el conjunto de valores que defienden los fariseos, amigos del dinero y de los honores, aficionados al poder y defensores de la desigualdad, actitudes todas ellas incompatibles con el espíritu de servicio. Si se conservan estos valores, será una tarea imposible el convertir la humanidad en un mundo de hermanos o, dicho en términos teológicos, será imposible implantar en el mundo el Reino de Dios. Por eso la fe en Jesús tiene que edificarse sobre el solar que han dejado el apego al dinero, a los honores y al poder, el gusto por la desigualdad y la actitud de rencor vengativo y de condena implacable, característica también del estilo fariseo: «Si tu hermano te ofende... siete veces al día y vuelve siete veces a decirte 'lo siento', lo perdonarás», recomienda Jesús a los suyos (Lc 1,3-4).
 


Fe: una opción personal

      Los discípulos de Jesús, conscientes de lo difícil que era para ellos romper con aquellos valores, pidieron a Jesús que les aumentara la confianza en su proyecto: «Los apóstoles le pidieron al Señor: Auméntanos la fe». Pero la fe -que es un regalo porque no podríamos alcanzarla con sólo nuestras fuerzas-, es una opción absolutamente personal -es necesario que sea aceptada libre y responsablemente- y nadie puede sustituir al interesado en el acto de asumirla, nadie puede dar en lugar de otro el paso que lo coloca del lado de Jesús.
      A esta petición Jesús responde diciéndoles que la decisión de seguirlo a él supone una ruptura radical con el antiguo sistema de valores propio de la religiosidad farisea, pues la incompatibilidad entre estos valores y la fe en su palabra es total: no hay modo de armonizar el mundo nuevo que él predica y el antiguo, del que dice Jesús que (simbolizado en un árbol, una morera) debe desaparecer por completo: «Si tuvierais una fe como un grano de mostaza, le diríais a esa morera: 'quítate de ahí y tírate al mar', y os obedecería». La morera es el viejo sistema, los valores fariseos que, si los discípulos tuvieran una pequeña cantidad de fe, como un grano de mostaza, ya los habrían hecho desaparecer del todo de ellos.
      A los discípulos les resultaba difícil aceptar con confianza la posibilidad de que el mundo pudiera cambiar y de que pudiera ser desarraigada la injusticia de la sociedad humana, les costaba trabajo creer que la fuerza del amor era capaz de acabar de raíz con el sufrimiento del pobre Lázaro; era más fácil esperar a la otra vida... Por eso, al escuchar la parábola, le piden a Jesús: «Auméntanos la fe». Pero Jesús no se la podía aumentar: eran ellos los que debían dar los pasos necesarios para llegar a ella. Su fe no era ni siquiera «como un grano de mostaza» porque aún no habían puesto la condición previa a la fe, no habían roto con sus antiguas ideas sobre Dios y sobre el mundo, todavía no se habían atrevido a aceptar que Dios es Padre y no amo. Estaban todavía en la tierra de la esclavitud y tenían miedo de ponerse en camino en busca de la tierra prometida. Como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo (Lc 11,15.32), no se atrevían a ser hijos, no se atrevían a ser libres... Así no podían ser agentes de liberación.


¿Pobres siervos?

      En el evangelio de hoy Jesús pone ante sus discípulos el modelo fariseo de relación con Dios al tiempo que les indica cuales son sus consecuencias.
      Este modelo consiste en el puro sometimiento a la voluntad de Dios, anulando la propia voluntad, renunciando a la dignidad y libertad características del ser humano, que Dios quiso que fuera señor de toda su obra.
      Y las consecuencias de la puesta en práctica de esta religiosidad son estas: si la relación con Dios se reduce al sometimiento, a la obediencia, al mero cumplimiento de la Ley, entonces no pasaremos de ser unos pobres siervos.
      Y Dios no quiere que los hombres sean pobres siervos (el servicio cristiano no nos convierte en siervos sino en hijos y hermanos, pues ese servicio es una muestra libremente otorgada del amor); el modelo cristiano de relación con Dios conecta con la confianza de la que hablaba el profeta Habacuc, ahora reforzada por la Buena Noticia que nos asegura que somos hijos de Dios. La Ley ya no es un instrumento válido para los cristianos («Sabemos que la Ley es cosa buena siempre que se tome como ley, sabiendo esto: que no ha sido instituida para la gente honrada; está para los criminales e insubordinados, para los impíos y pecadores...» 1ª Timoteo 1,8-11), llamados a vivir como hijos gracias al don del Espíritu, que no es «un espíritu de cobardía, sino un espíritu de valentía, amor y dominio propio», y que al darnos la dignidad de hijos de Dios nos hace libres (Romanos 8,15-17).
      Lo que Jesús está diciendo a sus discípulos es esto: ante ellos -ante nosotros, por tanto- se abren dos posibilidades; atreverse a ser hijos libres, acogiendo el Espíritu y asumiendo sin limitaciones el proyecto de Jesús y rompiendo definitivamente con todo lo que impide ese proyecto o, por el contrario, mantenerse como siervos sumisos, lejos de la verdadera vida de Dios, practicando una religiosidad tradicional, mirando a Dios con miedo y cerrándose a su pleno amor. Si no se deciden a mirar a Dios como Padre y a sentirse delante de él como hijos, no tendrán más remedio que seguir considerándose unos pobres siervos.