Asunción de María
  15 de agosto de 2016

 

 

 



 

Espiritualidad de liberación


   Palabras que pronunciara la madre de Jesús, conservamos pocas. El fragmento más largo que los evangelios ponen en boca de María es el himno que conocemos por la palabra con la que comienza su traducción latina, “Magnificat”. Se trata de un himno de acción de gracias por el cumplimiento de las promesas y la realización de la justicia de Dios.
   En todo este pasaje está presente la fuerza del Espíritu del Señor. Por eso debería servirnos para entender cual es la verdadera espiritualidad cristiana: la conciencia de la presencia de Dios y la experiencia de la fuerza de su Espíritu en el compromiso y en la lucha por la liberación.




Una gran frustración

    Dios había elegido a Israel para realizar con él un experimento: situándolo aparte (Nm 23,9) de todas las naciones, les propuso un modo de vida que debería servir de ejemplo al resto de los pueblos de la tierra: «Al final de los días estará firme el Monte de la casa del Señor, en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos. Dirán: Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob: Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén la palabra del Señor» (Is 2,2-3). Israel, dice el profeta, es el centro de atención de todos los pueblos gracias al modo de vida (sus caminos) que propone la palabra del Señor. No se trata de Sión sólo como centro religioso, porque la verdadera religiosidad en Israel está subordinada a la práctica de la justicia, que es lo que hace al hombre digno de relacionarse con Dios (Is 1,10-18).
    Esta elección que tenía, pues, como objetivo el realizar una misión,  vivir de acuerdo con el plan de Dios para, de este modo, servir de testimonio ante el resto de los pueblos, fue entendida -prácticamente a lo largo de toda la historia de Israel- de manera equivocada como un motivo de orgullo, como causa de privilegio y de supremacía étnica, política y religiosa sobre el resto de las naciones. De este modo, al confundir los objetivos de la elección, Israel dejó de cumplir los compromisos que había asumido en el momento de la Alianza del Sinaí y reprodujo en sus estructuras relaciones de opresión semejantes a las que habían sufrido en Egipto y de las que Dios los había liberado y olvidó cuál era su misión ante el resto de los pueblos. Uno de los pasajes del Antiguo Testamento que con más claridad expone este fracaso es el magnífico poema de la viña de Isaías: «La viña del Señor de los Ejércitos es la casa de Israel; ... esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos.» (Is 5,1-7): un enorme fracaso, una gran frustración.

 
La esperanza de un pequeño resto
 
    Los desastres que sufre el pueblo a lo largo de su historia se presentan en los profetas como consecuencia de su infidelidad al proyecto de Dios (véase, por ejemplo Am 2,6-16; 3,1-2; Miq 5,9-14); pero, a pesar de esa infidelidad Dios no abandona al pueblo y se reserva, en expresión de los profetas, un resto (Is1,9) que se convierte en el depositario de las promesas de salvación (Jer 23,3). Ese resto, que se mantiene fiel al designio del Señor, será también signo de esperanza para todas las naciones (Miq 8,6; Zac 8,11-23).         En el tiempo de Jesús, las promesas de los profetas habían perdido credibilidad ante muchos israelitas. Eran muchos los que no estaban interesados en que se cumplieran: unos, porque se beneficiaban de la injusticia; otros porque eran los culpables de la misma y, por tanto, eran la causa del fracaso del proyecto de Dios; algunos se habían cansado de esperar en Dios y habían puesto su confianza en la violencia o, simplemente, vivían desesperados. Sólo unos pocos, ese resto pobre y fiel al que nos hemos referido antes, mantenía su esperanza en las promesas del Señor y esperaba con firmeza una intervención de Dios que haría justicia a los pobres de su pueblo y les devolvería la paz.
            En el capítulo primero del evangelio de Lucas, los primeros, los instalados en una situación de injusticia, están representados por Zacarías, el esposo de Isabel, anciano, sumo sacerdote, que no dio crédito al mensajero de Dios cuando éste le anunció la buena noticia de que iba a ser padre y le comunicó que su hijo sería el encargado de preparar al pueblo para la nueva y ya cercana intervención liberadora de Dios  (Lc 1,5-25). Los últimos, el pequeño resto fiel, están representados por María, joven mujer de pueblo que, en medio de un mar de dudas, hizo prevalecer la firmeza de su fe en un Dios que siempre había demostrado estar del lado de los buscan la justicia, la libertad y la paz.

 
 
Portadora del Espíritu
 
    María dijo que sí a la propuesta del Señor con toda docilidad y con toda libertad. Al anuncio del ángel que le hizo saber que Dios estaba interesado en que ella fuera la madre del Mesías, María respondió, después de pedir que se le explicaran con claridad algunas circunstancias, aceptando el encargo: «Aquí está la sierva del Señor; cúmplase en mí lo que has dicho» (Lc 1,26-38).
    Con la misma libertad se dirige ahora a casa de su pariente rica, a la capital, a Jerusalén, a saludar la alegría del embarazo de su prima Isabel. La actitud de María expresa, al mismo tiempo, espíritu de servicio y deseo de compartir el gozo de saberse implicada en el más maravilloso de los proyectos: la realización de la justicia de Dios. Las dos mujeres están dentro de ese proyecto, aunque de distinta manera: María por decisión propia, por haber aceptado voluntariamente la propuesta de Dios; Isabel, como esposa de Zacarías, sumo sacerdote de oficio y hombre de no demasiada fe. María va a ser la madre del Mesías; Isabel la del encargado de preparar a la gente para su encuentro con el hijo de María. Con Isabel, con su hijo, termina la antigua alianza, se cierra un modelo de relación de los hombres con Dios que no había dado mucho resultado; con el hijo de María da comienzo una nueva etapa, la nueva y definitiva alianza de Dios, ahora con toda humanidad. Por todo eso el Espíritu de Dios no está con Isabel, no está en la casa del sumo sacerdote, sino que entra allí con María y llena a Isabel cuando llega a sus oídos su saludo: «Al oír Isabel el saludo de María, la criatura dio un salto en su vientre e Isabel se llenó de Espíritu Santo».
                          
 
Una fe consciente y lúcida
 
    A  Zacarías -varón, sumo sacerdote, profesional de la religión, rico, culto- se le había anunciado de parte de Dios que él y su mujer, a pesar de su avanzada edad, tendrían un hijo al que Dios le encargaría la misión de preparar el camino al Mesías. Pero no se lo creyó hasta que no vio a su mujer encinta.
    María -una muchacha sencilla de un pueblo perdido en las montañas de Galilea, en el extremo norte del país, marginada en la sociedad civil y en el ámbito religioso por ser mujer, pobre, sin preparación cultural alguna- escuchó también un mensaje de Dios: ella iba a ser la madre del Mesías. Y creyó.
    Preguntó y pidió aclaraciones. Su fe no tenía por qué ser una fe ciega, infantil e irreflexiva, sino consciente, adulta y lúcida. Así creyó.
    Su fe no fue sólo teórica: se adhirió al proyecto de Dios y aceptó el papel que le encomendaba llevar a cabo en el proceso de liberación que estaba a punto de iniciarse en su ya inminente intervención salvadora.           De acuerdo con el relato del evangelio, cuando llegó a casa de Isabel, pariente suya, ya estaba sintiendo dentro de sí el cumplimiento de lo que se le había dicho, y su presencia, decíamos, llenó de Espíritu Santo a la mujer de Zacarías, en quien la palabra de Dios también se había hecho realidad. Esa fe es la que Isabel alaba cuando saluda a María con estas palabras: «¡Y dichosa tú por haber creído que llegará a cumplirse lo que te han dicho de parte del Señor!»
 
 
Lo que María creyó
 
    Si comparamos este pasaje con otros datos de los evangelios, debemos aceptar que lo que hace aquí San Lucas es anticipar el final de lo que será un largo proceso de maduración en la fe, que María deberá completar. Teniendo en cuenta esto, podemos comentar este pasaje de acuerdo con su literalidad.
    María creyó, por supuesto, que ella iba a ser la madre del Mesías; María creyó en lo extraordinario de ese nacimiento y que el hijo que iba a nacer de ella era un don que llegaba directamente de Dios a la humanidad. María se fió de Dios cuando aceptó jugar un papel tan decisivo en la historia de la salvación. Pero María creyó en todo eso porque su fe tenía raíces hondas y creía y esperaba, -como el resto fiel de Israel que ella representa- que se cumplieran las promesas que Dios había hecho a su pueblo. Toda esa fe que Isabel alaba en su saludo la proclama María de manera solemne en su respuesta: el canto que conocemos con el nombre de «Magnificat». Se trata del párrafo más largo que los evangelios ponen en boca de María y constituye la profesión de fe, el credo, de María y del resto fiel de Israel.
    En la primera parte del himno, María da gracias a Dios por haberse fijado en ella, pequeña y humilde, y porque, a través de ella, se manifiesta el amor de Dios, «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». En la última parte vuelve a agradecer la acción de Dios por medio del Mesías, sentida también ahora como la manifestación de la misericordia de Dios que cumple las promesas hechas «en favor de Abrahán y su descendencia».
    Al menos en teoría, en estas cuestiones Zacarías se habría mostrado de acuerdo con María. No cuesta ningún trabajo creer que Dios está con nosotros, cuando las cosas nos van bien, o cuando somos nosotros los que decimos que representamos a Dios. Pero la fe María no es tan teórica; para ella -como para el resto fiel que ella representa en este relato- la presencia de Dios en medio de su pueblo debe revelarse en la presencia de la justicia en las relaciones humanas. Y así concreta ella la realización de esa justicia divina: «Su brazo ha intervenido con fuerza, ha desbaratado los planes de los arrogantes, derriba del trono a los poderosos y encumbra a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide de vacío».
    Lo que María espera que se cumpla, lo que su himno anuncia es esto: Dios, por medio de su enviado, va a demostrar de parte de quién está. Él no está con los poderosos, ni con los ricos, ni siquiera con los religiosos, que han perdido la esperanza y se la han hecho perder a los pobres. Dios está de parte de los pobres y de los humildes, o mejor, los humillados, los empobrecidos, los marginados, los despreciados.
    María sabe que Dios está preocupado por los problemas de los hombres y que él no se conforma con  la práctica religiosa y la celebración de ceremonias vacías; al contrario, las rechaza, le producen nauseas cuando no van acompañadas por la práctica de la solidaridad y de la justicia (Is 1,10-15). María sabe que Dios va a intervenir en la historia de los hombres para hacer posible una sociedad en la que no tienen sitio ni los arrogantes, ni los poderosos, ni los ricos (o mejor: en la que no tienen lugar ni la arrogancia que humilla, ni el poder que somete y esclaviza, ni la riqueza, que es causa de la pobreza). Porque María sabe que los profetas que en el pasado han hablado en nombre de Dios, han dejado claro que el sufrimiento de los pobres y de los débiles no es un castigo de Dios por sus pecados sino la consecuencia de los pecados de los que están sentados en los tronos y tienen los estómagos hartos (Am 8,4ss; Is 3,14-15; 5,8; Ez 22,29-30).
    Es verdad que en este himno de María habrá que matizar algunas cosas cuando Jesús proclame plenamente su mensaje: el amor de Dios no se dirige sólo a su pueblo; y los ricos, si ellos quieren, no tendrán que marcharse de vacío: bastará con que renuncien a su deseo de dominio, a su ambición y a su arrogancia, bastará con que pongan sus bienes al servicio de la comunidad y se incorporen a la tarea de convertir este mundo en un mundo de hermanos. Entonces también ellos podrán alcanzar la plena y verdadera hartura.

 
Espiritualidad de liberación

    Proclamar la posibilidad y dedicar y entregar su vida para que ese mundo de hermanos sea posible fue la tarea que realizó Jesús, el hijo de María. Ese mundo de hermanos, a medida que se va realizando, va manifestando el amor -la misericordia- de Dios a la humanidad y realizando sus promesas.
    La fe de María tenía como eje central su confianza firme en el carácter liberador del Señor, Dios de Israel. María seguía creyendo en la necesidad y en la posibilidad de liberación. Y porque creía en todo lo que Dios había prometido a su pueblo, creyó que se cumpliría lo que se le había dicho a ella de parte del Señor.
    Se dice que nuestra tierra -España, América Latina- es especialmente devota de María, la madre de Jesús. Pero a veces expresamos esa devoción de manera ciertamente equivocada. No parece que los tronos y las coronas, los mantos de reina -en algún caso regalo de un banquero-, las insignias y condecoraciones militares -concedidas, en ocasiones, por regímenes tiránicos- , los vestidos lujosos, el oro y las joyas... estén muy de acuerdo con la fe de María y con su experiencia de Dios. Pero, sin embargo, ¿no es ésta la manera más frecuente de honrarla y de manifestarle nuestro cariño? Pues, si somos sinceros y a la luz del mensaje evangélico, todo eso es incompatible con la fe de María y con su compromiso personal, aceptando llevar a cabo la tarea que a ella le fue encomendada dentro del proyecto liberador de Dios.
    Parece como si alguien quisiera encumbrarla en los tronos de los poderosos, o llenarla con las riquezas de los ricos para neutralizar así la fuerza de su grito que agradecía y anunciaba la intervención de Dios en favor de la liberación de los pobres y humillados de su pueblo. No estaría de más que revisáramos la autenticidad de nuestras manifestaciones religiosas. Y que actuáramos en consecuencia.
    La verdadera espiritualidad mariana no puede ser otra que compartir con ella el Espíritu que llenó a Isabel cuando María llegó a su casa y que se expresó en el canto del magnificat. La verdadera espiritualidad cristiana podrá adoptar muchas manifestaciones; pero a ninguna de ellas, si es verdaderamente cristiana, podrá  faltarle esta característica: la experiencia, mejor cuanto más honda y profunda, de que el Dios y Padre de Jesús, el mismo Jesús y su Espíritu están presentes en la persona que lucha por un mundo más justo y fraterno, la conciencia de que el mismo Espíritu que inspiró su canto a María acompaña e impulsa la lucha por la justicia y la liberación hasta el punto que, allí donde no hay libertad no se encuentra el Espíritu de Jesús (2 Co 3,17), no se da, por tanto, una espiritualidad auténticamente cristiana.
    De acuerdo con todo esto, la verdadera devoción  a María debería consistir en compartir con ella su experiencia de Dios y, por tanto, en abrir los ojos, conocer la realidad y tomar conciencia de que en nuestro mundo, en contra del designio divino, siguen gobernando la ambición de los ricos y la arrogancia de los poderosos; y, en segundo lugar, trabajar y luchar para que el mundo sea tal y como ella proclamó, sumándole las esenciales mejoras que su hijo introdujo en el proyecto: un mundo de hombres libres y hermanos, realización del proyecto del hijo de María, en el que esté presente el Espíritu y en el que brillen la justicia y la misericordia de un común Padre Dios.