Domingo 19º del Tiempo Ordinario
  7 de agosto de 2016

 

 



 

 

Confiados... ¡y comprometidos!

 

         Cuando el evangelio dice que no debemos confiar en las riquezas y que toda nuestra seguridad debemos ponerla en Dios, no quiere decir que debamos sentarnos a esperar a que la solución de nuestros problemas baje, sin más, del cielo; del cielo bajará, pero siempre que no esperemos sentados, sino activos, confiados en que Dios no permitirá que se frustren nuestro esfuerzo y nuestro compromiso.

 



En las manos de Dios


            Jesús, después de la parábola del rico necio, se dirige a sus discípulos para insistir en la necesidad de tener una confianza absoluta en el amor del Padre: «No andéis preocupados por la vida pensando qué vais a comer; ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir... Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿cuánto más hará por vosotros, gente de poca fe?» (Lc 12,22-28). Estas y otras palabras semejantes, sacadas de contexto y hábil e interesadamente interpretadas, han hecho pensar a algunos que no había que preocuparse por la solución de los problemas de la Tierra. Según esta interpretación que carece de todo fundamento, el Mundo está como está porque Dios así lo ha decidido, porque ése es el designio de Dios; ya se encargará él de compensar los sufrimientos de aquellos a los que en este Mundo les ha tocado en suerte una mala vida; además, si alguien sufre... ¡por algo será!, se lo tendrá merecido, pues el evangelio asegura que si Dios se preocupa de los pájaros y de las hierbas del campo, ¡cómo no se va a preocupar de sus fieles devotos!
            ¿Los que sufren? ¿Los que pasan hambre? ¡Algo habrán hecho, algún pecado grave habrán cometido para que Dios les haya vuelto la espalda!


¿También la injusticia?

            ¿Todo, pues, está en las manos de Dios? Según esta manera de pensar, el hambre, las enfermedades, los desastres naturales... son o castigos de Dios por los pecados de la humanidad, o pruebas para que los hombres demuestren su fidelidad en las peores situaciones. El bienestar, la salud, la riqueza son los premios que Dios otorga a los méritos de los que le son fieles... y se los neiega a quienes se portan mal o a quienes quiere poner a prueba.
            Entender las cosas así supone en convertir el evangelio en ideología legitimadora de la injusta situación presente y en opio adormecedor de la conciencia de los pobres: si Dios se preocupa de los suyos, los que están bien serán los que reciben más atención de parte de Dios, y los que están mal deben resignarse y no rebelarse contra la mala suerte que la vida les adjudica, pues sería rebelarse contra el designio divino.
            Pero esta interpretación olvida las palabras centrales de este párrafo: «No andéis preocupados por... Por el contrario: buscad que él reine, y eso se os dará por añadidura. No temas, rebaño pequeño, que es decisión de vuestro Padre reinar de hecho entre vosotros»


¿Dónde está Reino?

            Una de las causas de la mala interpretación de estas recomendaciones de Jesús ha sido la obstinación en reducir el reino de Dios a su dimensión trascendente, sacándolo así de esta historia presente y de este mundo y relegándolo a la otra vida. El reino de Dios no es ni el Cielo ni la Tierra; son las personas sobre las que Dios reina, las personas que se esfuerzan en vivir como Dios quiere y que se comprometen y trabajan buscando la solución a los problemas de este mundo en la dirección que el evangelio señala: la solidaridad y el amor; en la medida en que los hombres acepten vivir así y se comprometan seriamente con el proyecto de convertir este mundo en un mundo de hermanos, en la medida en la que todos asuman seriamente su tarea de servir y prestar ayuda a los demás como los buenos administradores del evangelio, en esa medida, más lo mucho que añada la inconmensurable generosidad del Padre, se irán resolviendo los problemas del hambre, del vestido, de la casa... y los de la soledad y la tristeza, problemas estos que no se pueden solucionar con el dinero de las bolsas que se estropean, que corrompen a quien las venera y que tanto gustan a los ladrones.
            El reino de Dios, está allí donde se lucha por la implantación de la justicia en el mundo, dónde se lucha contra la pobreza y se trabaja en favor de la igualdad y la dignidad de todas las seres personas. Por eso, si el Padre y Dios de Jesús reina, el comer o el vestirse ya no serán causa de preocupación para nadie; para nadie en absoluto.


¿Méritos para el cielo?

            Así adquieren pleno significado las palabras del evangelio: renunciar a la riqueza no es un método para hacer méritos para el cielo, sino para ser coherentes con el proyecto del evangelio, para estar más libres a la hora de comprometernos en preparar este mundo para que Dios pueda llevar a cabo su decisión -que no la realizará si nosotros libremente no la vamos aceptando- de reinar entre nosotros.
            La exigencia de renunciar a la riqueza parte de una convicción muy arraigada en los escritos proféticos y en el Nuevo Testamento que considera que en el origen de la riqueza siempre está la injusticia y, por eso, la riqueza aleja al hombre de Dios (Lc 16,8.11.13); constituiría una patente contradicción el comprometerse en la construcción de un orden justo, de acuerdo con la justicia que Dios quiere, sin renunciar a disfrutar de las ventajas de la injusticia. Este es el sentido profundo de la primera bienaventuranza; sin esta dimensión revolucionariaa la pobreza queda reducida, en el mejor de los casos, a una virtud individual, que puede ser muy plausible y muy meritoria, pero que no es la pobreza que propone el evangelio que tiene como objetivo el contribuir a la realización del proyecto de Jesús.
            En realidad lo que propone el evangelio es que luchemos contra la pobreza y que consideremos como nuestra riqueza la realización de la justicia, es decir, la implantación del reinado de Dios; y así pondremos todo nuestro corazón en la ejecución de ese proyecto.


No temas, pequeño rebaño

            ¿Y la salvación eterna? ¿Ya no hablamos más de eso? ¿No se ha dicho siempre que ese es el asunto más importante para el hombre?
            Pues, por lo que dice el evangelio, si nos comprometemos y dedicamos nuestro esfuerzo a la construcción de un mundo justo y fraterno aquí y ahora, el encuentro último con el Señor no debe ser causa de preocupación y menos de miedo. No hay razón para el temor. Nadie debe asustarse: no nos amenaza ningún peligro. Él no viene a condenar.
            Como la primera vez, que sólo vino a salvar, así será cuando muchas otras veces vuelva para salir al encuentro de los que, entre los suyos, se vayan dejando la piel por ser fieles a su proyecto. La piel, que no la vida, que está segura en las manos del Padre.
            Esa será la última cosecha de cada uno. Los frutos ya definitivos, los del amor manifestado en la lucha por la libertad y la justicia, por la fraternidad, la paz, la felicidad..., en la lucha por el reinado de Dios.
            El Padre de Jesús es quien garantiza que esa cosecha no se perderá. Por eso no debe haber lugar para el miedo: hay que estar preparados, sí, pero no asustados ni angustiados. Porque esa última cosecha forma parte esencial de la «añadidura» que promete Jesús a los que luchan para que reine la justicia de Dios.