Domingo 18º del Tiempo Ordinario
  31 de julio de 2016

 

 



 

 

¿Inteligentes o insensatos?



   Nuestro mundo juzga inteligente a quien es capaz de acumular mucho dinero, de amasar grandes riquezas; nuestro mundo con­sidera una vida segura la que se cimienta en una sólida cuenta corriente; el evangelio tiene un concepto muy distinto sobre lo que son la inteligencia y la seguridad de la vida.

 




El evangelio no es una teoría económica


   Muchas de las ideologías que proponen un determinado modelo de sociedad han pretendido apropiarse del evangelio; y no sólo en la Edad Media, cuando algunos identificaron la Ciudad de Dios como el gobierno de los Papas. Incluso en nuestra época, aunque quizá cada vez menos debido al carácter multicultural de nuestras sociedades, podemos encontrar grupos políticos que bien directamente se adueñan del término «cristiano» (todavía hay en Europa partidos que se denominan “Democracia cristiana”) o, indirectamente, dicen inspirarse en los valores cristianos o fundan su ideología política en lo que ellos dicen que es el humanismo cristiano. Este hecho supone, por un lado, un elemento positivo: el reconocimiento de que el evangelio tiene una indiscutible dimensión social, que muchos han intentado ocultar o disimular; pero, por otro lado, encierra un grave peligro: confundir el evangelio con una opción política más, reducir el evangelio a un opción política concreta o a una pura teoría socioeconómica. Y el evangelio no es eso.
   Vaya por delante una clara afirmación: el evangelio no es neutral, los diversos sistemas económicos y políticos no son indiferentes desde el punto de vista del evangelio. Pero tanto el orden económico como el político pertenecen a la esfera de lo que el Concilio Vaticano II llamó las realidades temporales, esfera que, según el mismo concilio, goza de autonomía: «las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir y ordenar poco a poco» (Gaudium et Spes, nº 36). La solución a los problemas sociales, económicos o políticos los debe resolver el hombre con su propio esfuerzo; la revelación no ofrece respuestas concretas a las preguntas o a los problemas que la creación o la sociedad plantean. El evangelio, pues, insisto, no es neutral ante el orden económico o social, pero no se reduce a una alternativa política o económica más; es otra cosa. Volvamos al evangelio.

   «Uno de la multitud» pretende que Jesús intervenga para decidir en un asunto de este tipo: el reparto de una herencia; pero Jesús se niega. El no tiene respuesta para ese litigio, porque, entre otras cosas, si diera una respuesta supondría que acepta el derecho de herencia o el principio de que los individuos tienen derecho a apropiarse de determinados bienes de la tierra. Pero, sobre todo, porque su mensaje no ofrece soluciones concretas a los problemas concretos de los hombres; esas respuestas, desde que Dios dijo a la primera pareja «dominad la tierra» (Gn 1,28), es el hombre el que debe buscarlas.
   El objetivo de Jesús es hacernos caer en la cuenta y corregir un grave error de perspectiva, pues los hombres, al buscar la solución a nuestros problemas, lo hacemos obsti­nadamente en una dirección equivocada: aquel hombre, segu­ro que pensaba que, si obtenía un buen pellizco de la herencia paterna, tendría el futuro asegurado, tendría asegurada la vida. Esa opinión, que la riqueza es seguridad para la vida, es lo que desautoriza Jesús en su respuesta.

 

Guardaos de toda codicia

   Jesús, para ilustrar su afirmación, propone a las multitudes -lo que indica que la opción por la pobreza es una exigencia evangélica para todos y no un consejo para los que quieren ser más perfec­tos- una parábola: un terrateniente, feliz porque ha obtenido una excelente cosecha, decide construir graneros más grandes, y se dice a sí mismo: «Amigo, tienes muchas provisiones en reserva para muchos años: descansa, come, bebe y date a la buena vida»; pero su vida ha llegado ya a su término y no podrá disfrutar de su riqueza un solo día: «Pero Dios dijo: Insensato, esta misma noche te van a reclamar la vida. Lo que tienes preparado, ¿para quién va a ser?»
   El sentido de la parábola es muy claro: la vida está en manos de Dios y sólo él puede asegurarla, sólo él puede garantizarla por encima incluso de las limitaciones propias de la naturaleza humana, ante las cuales nada pueden hacer unos almacenes repletos de provi­siones; es una insensatez pensar que la vida puede ser buena por el simple hecho de tener las despensas llenas, es una necedad pensar que una buena manera de vivir, de llenar, de dar plenitud a una vida es... la buena vida, descansar, comer y beber. La vida humana no se reduce a lo puramente biológico; los placeres -que no son malos, salvo que sean la expresión del egoísmo o la insolidaridad o se logren mediante el abuso o la falta de respeto hacia otras personas- no bastan para dar sentido  a la vida.


Dos -o más- veces necios

   Hoy siguen muchos pensando como aquel rico y conside­ran que la felicidad puede llegar por medio de la riqueza de acuerdo con esta proporción: a más riqueza, más felicidad. Por eso muchos ni siquiera se dan a la buena vida sino que, como el rico de la parábola, dedican todo su tiempo a acumular más y más riquezas, consagran su existencia a dar culto al dios dinero: por él se sacrifican y a él ofrecen incluso sacrificios humanos (¿no se pueden considerar victimas ofrecidas a este dios los millones de seres humanos que mueren cada año a causa del hambre y la miseria? ¿o los que mueren como consecuencia de unas condiciones de trabajo infrahumanas?) Y así son dos o tres veces necios: la primera, porque pretenden asegurar su vida con el dinero; la segunda, porque muchos ni siquiera disfrutan de lo que se puede conseguir con el dinero, y la tercera, porque siendo causa del sufrimiento de muchos inocentes, se cierran la puerta a otra vida mucho más buena, a una felicidad de otra clase muy superior, la que sólo se alcanza en la expe­riencia del amor compartido.
   Por eso dice Pablo (primera lectura) que los cristianos deben extirpar «todo lo que hay de terreno»  en ellos y, en especial, «la codicia, que es una idolatría». Los seguidores de Jesús han de poner su seguridad, y también la seguridad de que no va a faltar ese mínimo necesario para una vida digna, en la realización del reino de Dios (Lc 12,31-32), en la solida­ridad y en el «amor mutuo, que es el cinturón perfecto» (Col 3,14).
   Decíamos antes que el evangelio no es un sistema económico, pero que no es neutral respecto a la economía. Y aquí se manifiesta la orientación del evangelio: estará siempre en contra de una economía que tenga como motor la codicia y en favor de los sistemas que tengan como cimiento la solidaridad.



  Lo de arriba y lo de abajo

   Pablo, usa en su carta a los cristianos de Colosas la distinción entre arriba y abajo para referirse a dos escalas de valores que sería necesario no confundir: se refiere a los valores del evangelio frente a los valores que le son contrarios.
   No se puede aceptar la oposición (que durante siglos se ha mantenido como cristiana, aunque tiene su origen en Platón, un filósofo griego) entre lo celestial y lo terrenal como si todo lo que es humano fuera malo; si leemos con atención los textos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento  nos encontramos con dos escalas de valores opuestas y que se corresponden con el mundo que Dios quiere -y por el cual Jesús el Mesías dio la vida- y con el mundo que quieren los que le quitaron la vida a Jesús. A esta última escala se refiere Pablo cuando invita a los colosenses a extirpar lo que hay de terreno en ellos: un mundo ordenado de acuerdo con una escala de valores egoísta, insolidaria, en la que la persona -su vida, su dignidad- no vale nada y en la que el lugar del Padre de Jesús, Dios de la vida y la libertad, lo ocupa el dinero, ídolo de muerte y opresión.
   Precisamente en la escala de valores que se caracteriza como «lo de arriba», el valor supremo es la persona, lo humano, frente a cualquier otra peculiaridad; según dice Pablo, ya no cuenta ni la raza, ni la religión, ni el origen social, ni el género (ver Gál 3,28); lo realmente importante es lo humano, lo que a todos nos iguala, lo que nos permite ser imagen y reflejo del mismo Dios en este mundo: «...os despojasteis del hombre que erais antes y de su manera de obrar y os vestisteis de ese hombre nuevo que por el conocimiento se va renovando a imagen de su Creador; y aquí no hay más griego ni judío, circunciso ni incircunciso, extranjero, bárbaro, esclavo ni libre: no, lo es todo y en todos Cristo».
   Durante muchos siglos esta distinción -lo de arriba frente a lo de abajo- sirvió para oponer, cuando no para enfrentar lo humano (terrenal, carnal) y lo divino (celestial, espiritual), apoyándose en ciertas expresiones del Antiguo Testamento, alguna de ellas, sin duda, mal interpretadas.
   Si leemos con atención no nos será difícil darnos cuenta que arriba y abajo no oponen el cielo y la tierra, no distinguen entre Dios y la humanidad; al contrario, se trata de dos categorías sociales: los poderosos y los pobres, los ricos y los oprimidos. Y Dios, el Señor, se encuentra siempre al lado de los de abajo; y a ellos ofrece su ayuda, su protección, su seguridad. Junto a los señores de la tierra, aparecen -¡quién lo diría!- los dioses falsos; mientras que la seguridad de los hombres, la confianza de los pobres reside siempre en el Dios de la liberación.
    Veamos algunos ejemplos:
    Salmo 15(16),1: «Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor; “Tú eres mi bien”. Los dioses y señores de la tierra, no me satisfacen»: El salmista encuentra su protección en el Señor frente a los dioses y señores de la tierra. Pueden verse también Is 31,1; Sal 146,3.
   Quizá uno de los textos más significativos para el tema que trata el evangelio de hoy lo encontramos en el Sal 61[62],10-11. Después de exhortar a poner toda la confianza en Dios, el salmista revela el error de quienes ponen su confianza en los poderosos: el poder se levanta siempre sobre la opresión, la grandeza que se funda en la riqueza es falsa, porque la riqueza nace de la opresión y el robo:

Los hombres no son más que un soplo,
   los nobles son apariencia:
todos juntos en la balanza subirán
   más leves que un soplo.
No confiéis en la opresión,
no pongáis ilusiones en el robo;
y aunque crezcan vuestras riquezas,
   no les deis el corazón.

         Esa dialéctica que opone lo de arriba a lo de abajo se clarifica plenamente en el Salmo 81(82):

1  Dios se levanta en la asamblea divina,
         rodeado de dioses juzga:
2 «¿Hasta cuándo daréis sentencias injustas
         poniéndoos de parte del culpable?».
3  «Proteged al desvalido y al huérfano,
         haced justicia al humilde y al necesitado,
4 defended al pobre y al indigente,
         sacándolos de las manos del culpable».
5 No saben, no entienden, caminan a oscuras
         y tiemblan los cimientos del orbe.
6 Yo declaro: «Aunque seáis dioses e hijos del Altísimo todos,
7 moriréis como cualquier hombre,
         caeréis como cualquier príncipe».
8  ¡Levántate, oh Dios, y juzga la tierra,
         porque tú eres el dueño de todos los pueblos!

         Dios que somete a juicio a los dioses o ángeles de cada uno de los pueblos, acusandolos  precisamente de no estar con los de abajo -el pobre y el indigente-, sino con los de arriba -los culpables-.

         Se nos revela de este modo una cuarta causa de necedad: los que confían en la opresión y ponen su ilusión en el robo, los que al ver crecer sus riquezas les dan su corazón, nunca se encontrarán con el Dios de la libertad y la vida, porque ese Dios siempre se posiciona al lado de sus víctimas.