Domingo 14 del Tiempo Ordinario
  3 de julio de 2016

 

 



 

 

Instrucciones para la misión
 


   El anuncio de que es posible que los hombres seamos libres y la lucha por alcanzar la libertad y profundizar en ella mediante la práctica del amor es el núcleo de la tarea que tenemos encomendada los cristianos, la médula del compromiso cristiano: ser libres y liberadores para que entre los hombres sean posibles la justicia, el amor, la fraternidad. Pero ¿es posible realizar esta tarea? ¿Se puede mantener la fidelidad a tal compromiso en medio de un mundo como éste? La misión no es fácil: no faltarán problemas y hasta puede correr la sangre
1. ¿Cómo, pues, realizar esta misión? Aquí tenemos las instrucciones.

 




La mies es mucha

   Subiendo a enfrentarse con Jerusalén, atraviesa Jesús la región de Samaría, despreciada por los judíos, que consideraban herejes a sus habitantes: los samaritanos correspondían a ese desprecio por lo que las relaciones entre las dos comunidades no eran demasiado cordiales; por eso, cuando se enteran de que Jesús va a Jerusalén, se niegan a recibirlo (Lc 9,52-53). Jesús, sin embargo, acepta nuevos discípulos, que se unen a él «mientras iban por el camino» (Lc 9,52-62); no importa que sean samaritanos, sólo es necesario que sepan que el camino que emprenden no los hará ni poderosos ni ricos -«Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Lc 9,58)-, que abandonen la herencia del mundo viejo para construir una humanidad nueva -«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar por ahí el reinado de Dios» (Lc 9,60)- y que, comprometidos con ese futuro radicalmente nuevo, no sucumban a la tentación de una nostalgia paralizadora que los incapacitaría para la misión -«El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el reino de Dios» (Lc 9,62)-, pues en adelante «lo que importa es una nueva humanidad» (segunda lectura).
   Para Mateo y Marcos, Galilea es la puerta del paganismo; para Lucas, este papel lo desempeña Samaría; si Galilea era la región que limitaba geográficamente con las naciones de los gentiles, Samaría estaba, desde el punto de vista religioso, entre Israel y el paganismo. Por otro lado, el número de los enviados a esta nueva misión, setenta, como el número de todas las naciones del mundo (véase Gn 10) indica que se trata de un anticipo de la misión entre los paganos: todo el mundo, la humanidad toda, espera que se le anuncie el mensaje liberador de Jesús.

 

Como corderos entre lobos

   Jesús no los envía solos. Van  de dos en dos, como signo de la fraternidad que anuncian. A la humanidad, rota desde el principio de su historia, se le presenta ahora una nueva posibilidad, el reinado de Dios, un orden nuevo que debe estructurarse alrededor de un hecho que se revela con una radical novedad: Dios quiere ser para todos y cada uno de los humanos no “Señor” sino “Padre” y, consecuentemente, todas las personas pueden llegar a ser hermanas. Eso es lo que deben anunciar los que Jesús envía; y de la aceptación de ese anuncio nacerá la nueva humanidad de la que Pablo habla.
   La misión de los enviados de Jesús no será fácil (ni la de los setenta ni la de los que sigan tras ellos), porque para construir el reinado de Dios es necesario descubrir y denunciar el mal, alrededor del cual se organiza el mal llamado “orden” del mundo este: decir a los pobres que Dios está de su parte y que el que ellos sean pobres no es culpa suya -ni de ellos ni de Dios- sino de los ricos; prevenir a los creyentes para que se anden con cuidado con todas las instituciones que, como Jerusalén, se empeñan en mantener a sus fieles en permanente minoría de edad y hacerles saber que Dios no necesita intermediarios para mostrar su amor a quienes Él quiere que sean sus hijos; decir que el poder no viene de Dios, sino que pertenece al diablo (Lc 4,6-7)... Todo esto va a desenmascarar a muchos lobos con piel de oveja que atacarán sin piedad a los mensajeros de la Buena Noticia de Jesús. Éstos no llevarán escolta ni armas para defenderse de ellos, porque esto sería confiar en las mismas fuerzas en las que se sustenta el mundo que hay que cambiar; tampoco deben prever nada para asegurar su sustento; la humanidad que sufre es sensible a las necesidades de los demás, y aunque sufrirán persecución y en ocasiones se verán rechazados, aunque no faltarán muestras de solidaridad: «comed y bebed de lo que tengan...»; en cualquier caso, su mensaje será siempre una propuesta de paz, que podrá ser aceptada o rechazada; pero dado que los enviados no hablarán en nombre propio sino en el nombre de Jesús («Quien os escucha a vosotros, me escucha a mí; quien os rechaza a vosotros, me rechaza a mí; y quien me rechaza a mí,  rechaza al que me ha enviado» Lc 10,16), su propuesta y su deseo serán eficaces y la paz habitará allí en donde ellos sean acogidos. Y la mano quedará tendida incluso para aquellos que los rechacen.


Pisar serpientes y escorpiones

   Los setenta enviados debieron seguir fielmente estas instrucciones, pues tuvieron mucho éxito: «Los setenta regresaron muy contentos y le dijeron: Señor, hasta los demonios se nos someten por tu nombre». Los hombres se iban liberando no sólo por fuera, sino también por dentro, descubriendo la mentira de aquellas ideologías que les hacían creer que las cosas eran como eran porque Dios así lo había decidido, que la injusticia y la desigualdad -y por tanto el sufrimiento de los pobres- eran el resultado de la realización del designio divino,  que el mundo estaba bien y que nada había que cambiar, que a lo sumo alguna pequeña reforma..., las ideologías que justificaban el enfrentamiento de los hombres y que, haciéndolos competidores e insolidarios, hacían imposible la fraternidad... Todo eso está representado en el rayo que cae del cielo, Satanás, todo lo que es contrario al verdadero interés del ser humano; sólo que esta vez cae no para destruir, sino para destruirse.
   Lo que Jesús garantiza a los suyos es que se mantendrán inmunes frente a los ataques de las ideas que seducen a los hombres y los someten al (des-)orden establecido: serpientes, escorpiones...; en cualquier caso, ni el éxito de su misión, ni siquiera esa inmunidad ante estas ideas son el principal valor con que cuentan los seguidores de Jesús, sino el ser y el saberse amados por el Padre Dios: «sea vuestra alegría que vuestros nombres están escritos en el cielo».

La instrucciones son para nosotros

   Los setenta no parece que arrastraran masas; se limitaron a despabilar conciencias, como siguen haciendo hoy tantos y tantos cristianos que, corderos en medio de lobos, descubren a los hombres que pueden llegar a ser libres y, siendo libres, a hacerse hijos de Dios viviendo como hermanos. Esta es nuestra tarea; tarea de toda la comunidad cristiana, no sólo de algunos de sus miembros. Y las instrucciones, las mismas que recibieron aquellos setenta enviados. No nos vendría mal hacer una revisión para ver cómo las cumplimos y si los resultados se corresponden con los que ellos obtuvieron.
   Porque, ¿se sienten realmente amenazados los poderes de este mundo por el mensaje de la Iglesia de Jesús? La vida de los cristianos, ¿supone un peligro importante para el orden del mal -el neocapitalismo- y su ideología, -el neoliberalismo- que impera en nuestro mundo?
   ¿No fue un enorme contrasentido que allí en donde se intentó liberar a los que sufrían las consecuencias  más negativas de este desorden -pobreza, miseria, droga, marginación-, que allí en donde se denunció con más fuerza el orden de mal y mentira que nos gobierna y se anunció con más claridad el mensaje de liberación del evangelio se desencadenara la persecución... de parte de la jerarquía de la Iglesia?
   ¿No es una triste paradoja que se haya mandara callar a los que anunciaban de parte de Jesús la Buena Noticia de la liberación?
   Hoy asistimos con esperanza a la aparición de nuevos vientos de intensidad creciente que soplan en nuestra Iglesia; esperanza de que sean el primer indicador de que vamos recobrando la sintonía con el auténtico mensaje evangélico.
  


 

1. Hoy, por ejemplo, se cumplen 36 años del asesinato de Faustino Villanueva -sacerdote español, navarro, por más señas, incansable luchador contra la injusticia-, que un atardecer del 10 de julio de 1980 fue tiroteado en su despacho parroquial por dos sicarios que le dispararon a la cabeza.

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