Domingo 13 del Tiempo Ordinario
  26 de junio de 2016

 

 



 

 

Llamados a ser hijos libres y hermanos

           Dios, que hizo al hombre1 a imagen suya y que quiere que el hombre sea su hijo, no puede soportar el verlo hecho esclavo de otros hombres, de leyes perversas... o, simplemente, de leyes. Por eso envió a su Hijo: para que abriera un camino para la libertad de los humanos, aún a costa de su propia vida; y ahora nos llama a nosotros a ser libres porque Él es nuestro Padre y, porque somos sus hijos, a ser liberadores. Y así ganar a muchos hermanos y hermanas.




La vocación cristiana


            «A vosotros, hermanos, os han llamado a la libertad»; «Vuestra vocación es la libertad» Así se expresa San Pablo en la carta a los Gálatas.
            Estas afirmaciones de Pablo parece como si no se hubieran escrito nunca. Ni en la teología, durante muchos siglos -para ciertas teologías, ni siquiera en el presente- ni, sobre todo en la práctica de la vida cristiana, han tenido estas frases relevancia alguna. Podemos comprobar lo que siente la gente haciendo esta sencilla prueba: en una reunión de adolescentes -en una reunión de catequesis de confirmación, por ejemplo-, preguntemos a los asistentes quién creen ellos que goza de mayor libertad, un cristiano o un no creyente; la respuesta mayoritaria será, con toda probabilidad, la segunda alternativa.
            Y, sin embargo, la afirmación de Pablo es rotunda y categórica: la vocación cristiana es la libertad; la vocación cristiana no es una llamada a la perfección, ni es una llamada a un estado de vida especial, por ejemplo a la vida religiosa, la vocación cristiana es una llamada a ser libres, a vivir como personas libres.
            Y esto es así porque en el mensaje de Jesús ser hijo equivale a ser libre (Rm 8,15;Gal 3,23-26). Si leemos desde esta perspectiva la parábola del  hijo pródigo (Lc 15,11-32), nos será fácil darnos cuenta de que  en ella se nos propone una relación con Dios sobre la base de una plena libertad que es consecuencia de la filiación: los cristianos no somos siervos de Dios, somos sus hijos. ¿No nos hemos dado cuenta de esto todavía?

 Pero, ¿qué es libertad?

            Libertad es, en el evangelio y en los textos de Pablo la capacidad de decidir por sí mismo, la autonomía propia de un hombre adulto al que nadie tiene que decir lo que debe hacer: «...no os amoldéis al mundo este, sino id transformándoos con la nueva mentalidad  [la mentalidad evangélica] para ser vosotros capaces de distinguir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, conveniente y acabado» (Rm 12,2); la libertad supone, por tanto, no estar sometido a ninguna norma exterior, a ninguna autoridad, a ninguna ley, ni siquiera a la Ley de Dios.
            Según san Pablo, en el plan de Dios la ley es como una niñera que debe cuidar a quienes todavía no han llegado a la mayoría de edad y no son capaces de decidir por sí mismos (Gal 3,23-25); cuando llega a la madurez, cada persona debe liberarse de ella pues sólo así podrá llegar a ser hija adulta de Dios (Gál 4,4-5) por medio del Espíritu (Gál 4,6; Rom 8,15-17), que es incompatible con cualquier tipo de esclavitud o de sometimiento, pues «donde hay Espíritu del Señor hay libertad» (2 Cor 3,17).
            Esta debe ser una de las aportaciones más importantes que el cristianismo puede ofrecer a las demás religiones: el Dios de Jesús no es amo, sino Padre; el Dios de Jesús no somete, sino que libera. La persona verdaderamente religiosa no es un esclava, sino una hija y, por eso, radicalmente libre.


Libertad, ¿para qué?

            Libertad, por tanto, es libertad. Capacidad de elegir lo que se quiere hacer y para realizar lo que se ha elegido. Pero, porque son muchas las circunstancias que condicionan la toma de decisiones de cualquier ser humano y porque tomar decisiones supone asumir responsabilidades, el ejercicio de la libertad con frecuencia resulta arriesgado y casi siempre difícil. Para superar esta dificultad, dice Pablo, los seguidores de Jesús cuentan con la fuerza del Espíritu que hace hijos libres a los seres humanos y les da valor para que se atrevan a serlo; por eso la libertad supone también no estar sometido a la esclavitud de «los bajos instintos», (1 Co 3,3) esto es, todo lo que supone una falta de respeto a la dignidad de los demás, los instintos de muerte, el egoísmo, la codicia... (Gal 5,19-20), porque el Espíritu también es incompatible con estas tendencias.
            Ser libre no es ser caprichoso. Ser libre no equivale a carecer de principios o de una escala de valores. Por eso Pablo advierte que la libertad supone también ser capaz de actuar sin estar determinado por esos condicionantes que nos llevan a romper la solidaridad y la posibilidad de convivencia armónica (1Co 3,3; Gal 5,15). Y es que, en toda la teoría de Pablo sobre la libertad cristiana, subyace una convicción de sentido común: la libertad es una facultad que las personas deben usar para realizarse, no para destruirse. Y la armonía con los demás es absolutamente necesaria para la realización, el crecimiento y la maduración de las personas.
            Consecuentemente, Pablo no se limita a resaltar los obstáculos para la libertad, sino que señala su meta, en donde se encuentra su plena realización: porque nos permite elegir lo que queramos, la libertad nos permite elegir lo mejor, el amor: «que el amor os tenga al servicio de los demás, porque la Ley entera queda cumplida con un solo mandamiento: "amarás a tu prójimo como a ti mismo"».
            La propaganda de los que están interesados en mantener las cosas como están nos hace creer que ser libres consiste en elegir lo que a ellos les interesa; más aún, si nos fijamos con atención y con un mínimo de espíritu crítico en lo que dicen, veremos claramente que para ellos no hay más libertad que del dinero: la libertad, la democracia, consiste en que se pueda mover el dinero sin trabas, en que nada limite la capacidad de decidir de los negociantes; en muchos casos libertad se identifica con el egoísmo, con la ambición, con el deseo de poder... No es así, dice San Pablo: aunque la libertad nos permita elegir mal, seremos más libres si elegimos bien.



Libertad y servicio

            Puede resultar paradójica la frase que hemos citado antes: ¿libres para servir? ¿pues no es la servidumbre la negación de la libertad?  Por supuesto que sí. La servidumbre es la negación de la libertad. Por eso Jesús no llama “siervos” a los suyos, a sus seguidores, sino que los llama amigos (Jn 15.15). Pero no es de servidumbre de lo que habla Pablo, sino de servicio, de una actitud que podríamos definir como disponibilidad para buscar y contribuir al bien de los demás. Y eso no es ni más ni menos que una de las posibles definiciones del amor cristiano que no sólo es plenitud de libertad, sino fuerza de liberación: «Soy libre, cierto, nadie es mi amo; sin embargo, me he puesto al servicio de todos, para ganar a los más posibles... Y todo lo hago por el evangelio... (1Co 9,19-23).
            En nuestro mundo, son muchos los que luchan por salir de múltiples servidumbres; y hay quienes son conscientes de que la libertad individual tiene sentido y es realizable sólo en un contexto de libertad general y se va alcanzando en el compromiso con la liberación de todos los oprimidos de la Tierra. A pesar de todo, quizá sean más los que, dominados por la ideología del sistema, creen que serán más libres si someten a otros bajo su dominio.
            Pablo nos propone otro camino: busquemos la libertad; sepamos que el Espíritu nos hace hijos y que el Padre nos quiere libres; orientemos esa libertad hacia el amor fraterno, al estilo de Jesús; y, por amor, pongámonos al servicio de la libertad y la felicidad de nuestros hermanos y de la humanidad entera: nuestra libertad se convertirá entonces en energía, en fuerza liberadora.
            Esta es nuestra aportación a los movimientos de liberación, esta es nuestra perspectiva, específicamente cristiana: el servicio que nace del amor es doblemente liberador porque, sin convertir al que sirve en esclavo, convierte al que es servido en señor y a ambos en hermanos.



A enfrentarse con Jerusalén

            La parte central y más larga del evangelio de Lucas (casi diez capítulos: 9,51-19,46) trata de la subida de Jesús a Jerusalén. En ella se narran los acontecimientos que sucedieron a Jesús desde el momento en que decidió ir a Jerusalén (el evangelio de hoy) hasta la expulsión de los mercaderes del templo. No es un acercamiento apacible sino polémico: Jesús va a enfrentarse, «a encararse», con las instituciones judías, en especial con la institución religiosa.
            Cabe preguntarse por qué los evangelistas dedican tanto espacio a contarnos los conflictos de Jesús con los dirigentes de Israel. ¿A qué se debe este afán de Jesús por entrar en conflicto con las instituciones religiosas judías? ¿Cómo es posible que la ciudad que los salmos dicen que fundó el mismo Dios (Sal 187) y que los profetas anunciaron que sería el centro de atracción para todos los pueblos, sea ahora el centro de todas las acusaciones de Jesús? ¿Qué ha pasado desde entonces? ¿Qué representa ahora Jerusalén?
            Las razones de este enfrentamiento las expone Lucas a través de la narración de los acontecimientos que se van sucediendo y de los temas que Jesús trata en su enseñanza a lo largo de este camino. El centro del viaje está ocupado por el lamento-denuncia que Jesús dirige a Jerusalén cuando unos fariseos le sugieren que se vuelva, pues Herodes quiere matarlo: «Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían!» (Lc 13,34); esta denuncia está incluida entre dos sectores del evangelio que tratan acerca de la relación entre la Ley de Moisés y el reino de Dios (13, 10-17; 14, 1-6), y al mismo tiempo, todo el viaje está incluido en otras dos secciones en las que también se trata el tema de la ley: la parábola del buen samaritano (10,25-37), que muestra cómo los cumplidores de la ley no se sienten obligados a amar al prójimo y el episodio del rico observante (10,18-30), que muestra cómo es posible cumplir toda la ley y ser adorador del dinero y, por eso, negarse a seguir a Jesús. Este es el motivo principal del enfrentamiento de Jesús con la religión judía; esto es lo que significa Jerusalén: un modo de entender la relación del hombre con Dios que lo mantiene en una permanente minoría de edad (carente, por tanto de autonomía y libertad) y hace que una persona tenga para otra persona menos importancia que un burro o un buey (Lc 13,15-16).



Volver la vista atrás

            Todos sabemos cómo terminó este enfrentamiento: con la muerte de Jesús.
            Seguir a Jesús significa asumir su misma causa, ponerse a su lado en el compromiso por la liberación. Y estar dispuesto a correr su misma suerte (Lc 9, 23-27). La seriedad de las exigencias de Jesús se refieren precisamente a eso, no a otros estados de vida que siempre deben ser absolutamente libres entre los cristianos. Renunciar a la libertad, dice San Pablo, supone inutilizar la muerte de Jesús; y no perdamos de vista que cuando Pablo habla de esclavitud se está refiriendo al sometimiento a la mismísima Ley de Moisés: «Yo no inutilizo el favor de Dios; y si la rehabilitación se consiguiera por la Ley, entonces en balde murió el Mesías» (Gal 2,21).
            Pero conquistar la libertad no es una tarea fácil. Para conseguírnosla, Jesús tuvo que enfrentarse con Jerusalén.
            Jerusalén era el centro religioso de Israel. Allí residían los más altos jerarcas de la religión y allí estaba el único templo del país, al que subían en peregrinación una o varias veces al año los israelitas adultos. Y Jerusalén era también el centro político de Palestina: allí estuvo, y esperaban que volviera a estar cuando se restaurara su reino, la corte del rey de Israel; y allí estaba la residencia del gobernador del Imperio de Roma y la sede del Gran Consejo de Gobierno judío.
            Jerusalén representa todo lo que Jesús viene a sustituir:
            - una religión corrupta y homicida que esclaviza al pueblo con la mentira y el miedo;
            - el sometimiento de un pueblo pequeño por un imperio opresor, la opresión de los débiles y los pequeños por los fuertes y poderosos mediante la más descarnada violencia;
            - y la complicidad de quienes aceptaban tal estado de cosas y prestaban su colaboración para sostenerlo a cambio conservar unos pocos privilegios.
            A esa Jerusalén decide subir Jesús, pero no como peregrino piadoso, sino para enfrentarse a ella: "Cuando iba llegando el tiempo de que se lo llevaran a lo alto, también él resolvió ponerse en camino para encararse con Jerusalén".
            El enfrentamiento lo llevó a la muerte porque los poderosos de este mundo no permiten que se les discuta su engañoso concepto de libertad. No volvamos la mirada hacia atrás, mantengamos nuestro compromiso con la liberación, no renunciemos a la libertad, no dejemos baldía la muerte del Mesías.



El neoliberalismo no es libertad

            El neoliberalismo es la doctrina económica hegemónica en el mundo actual tras la caída del Muro de Berlín, una concepción radical del capitalismo que convierte al mercado -y, por tanto, al negocio y al deseo de riqueza- en el medio, el método, la norma  y el fin de todo comportamiento humano. Y, aunque se presenta como un saber científico, en realidad estamos ante una especie de religión laica, ante una ideología  que se presenta a sí misma como la única posible, fuera de la cual no hay salvación.
            Los resultados están claros, y basta consultar cualquiera de los últimos informes anuales del  Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) para comprobarlo: un (des)orden económico que está dando como resultado un mundo completamente injusto, en el que el 20% de la población, es decir, aquellos que vivimos en los países ricos, poseemos el 83% de la riqueza del planeta, mientras el 20% más pobre no llega en su conjunto al 1,5% de riqueza total; un mundo en el que centenares de millones de personas padecen desnutrición severa.
            Y este desorden se está imponiendo y se está consiguiendo hacerse aceptar gracias a una gran mentira: el neocapitalismo se presenta siempre como defensor de la libertad. Pero la realidad es que, en este sistema, el sujeto de la libertad no es la persona humana, sino el dinero; el sujeto de los derechos que llaman humanos y que dicen defender los gobiernos de los países ricos es el dinero; la libertad que están dispuestos a proteger con uñas y dientes es la libertad del dinero: el poder hacer lo que al dinero le conviene; el poder hacer con mi dinero lo que más me convenga, eso es, según la ideología neoliberal, lo que me hace libre. Y si esta libertad está a salvo, poco importa la injusticia, la marginación y la exclusión de millones de personas, poco importa la destrucción del medio ambiente... ¡Cuánta razón tiene Pedo Casaldáliga cuando afirma que el neoliberalismo es muerte! Muerte e injusticia; muerte y esclavitud.
            Rechacemos, pues, la propaganda del sistema que nos dice que no hay más libertad que la del dinero, que es hay libertad en aquel régimen político que permite hacer con tu dinero (si lo tienes) lo que te venga en gana; esa no es libertad para los hombres, esa no es la libertad que Dios quiere para sus hijos, porque, el dinero convierte al hombre en esclavo y en cruel traficante de esclavos. Ese es el uso de la libertad objeto de la advertencia de Pablo: «Cuidado, que si os seguís mordiendo y devorando unos a otros, os vais a destrozar mutuamente».
            Recordémoslo otra vez: aunque porque somos libres tengamos el poder de elegir mal, seremos más libres si elegimos bien, especialmente si el amor que nace de nuestra libertad, nos lleva a convertirnos en liberadores.
            Y una vez abrazado este programa de libertad, este compromiso con la liberación, no volvamos la vista atrás; no lo hagamos, aunque nos resulten muy seductores los cantos de sirena del neoliberalismo: Sería traicionar a Jesús que nos liberó dando su vida «para que seamos libres» y para que esa libertad nos sirva «para que el amor
nos tenga al servicio de los demás».

 


 

1.Vuelvo a recordar el carácter inclusivo que doy al término “hombre”. Creo que el machismo en el lenguaje alcanza su punto más alto en la apropiación por parte de los varones de un término que se refiere a la especie humana en su conjunto y no al género masculino. Por eso pienso que el machismo en el lenguaje habrá quedado plenamente superado cuando usemos indistintamente los términos “hombre” y “persona”; y para la distinción de género usemos “varón” y “mujer”, como se hace en algunos países latinoamericanos.

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