Domingo 12 del Tiempo Ordinario
  19 de junio de 2016

 

 

 

 

 

El Mesías no es de... “los nuestros”



         Jesús, el Mesías, no es de los blancos, ni de los negros, ni de los rojos, ni de los azules; ni de los católicos, ni de los protestantes, ni siquiera de los cristianos. Ni de los creyentes. Pertenece a la humanidad: es «el Humano». Y si es de alguien en especial, es de todos los que tienen que soportar que su dignidad humana se vea pisoteada.




¿Quien decís que soy yo?


         Entre los israelitas se consideraba que la llegada del Mesías supondría una época de abundancia y bienestar para todos. Jesús acaba de realizar el signo del reparto de los panes que, aunque por un camino inesperado, muestra la posibilidad de esa esperada situación.
         En ese contexto, la primera pregunta de Jesús a sus discípulos resulta especialmente significativa: ¿qué efecto está teniendo entre la gente su mensaje y su actuación, sus palabras y los signos que realiza?
         Según lo que dicen los discípulos, todos colocan a Jesús en la línea de los profetas, en el flujo de la historia salvífica de liberación; pero todas las opiniones se quedan en el Antiguo Testamento, sin llegar a descubrir la novedad de esta última intervención de Dios.
         Tampoco los discípulos habían comprendido todavía qué clase de Mesías era Jesús. Pensaban, aprisionados entre el nacionalismo y el triunfalismo, que el Mesías debía ser como ellos lo esperaban: un triunfador que llevara hasta la gloria a su nación, un caudillo que derrotara y aniquilara a los enemigos de su pueblo; en definitiva, «uno de los suyos» que les ayudara a prevalecer sobre «los otros». Esa es la razón por la que Jesús les prohíbe que digan a nadie que él es el Mesías: no quiere que esa afirmación pueda entenderse equivocadamente en clave nacionalista.
         Él no es ese Mesías que ellos esperan. Lo comprobarán cuando todos los representantes del poder político, económico y religioso, las mentes más lúcidas y las almas más piadosas de la nación, lo detengan, lo juzguen y lo entreguen a los romanos para que éstos -los enemigos de su nación, los que tienen sometido a Israel a la servidumbre lo ejecuten en el más infamante de los suplicios: «El Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser rechazado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, sufrir la muerte...»




El hombre

         Jesús es el Mesías de Dios. No del Dios propiedad de Israel, sino del Padre que da y asegura la vida del Hombre Jesús. Y se llama a sí mismo «el hombre», porque él es, ya realizado, el proyecto de ser humano  que Dios propone a la humanidad. Y porque quiere presentarse como «hombre», nada más, «como uno de tantos» (Flp 2,7): sin condicionamientos y sin compromisos de raza, de género, de religión, de familia. Con un único compromiso: el de ser el hombre que Dios quiere, revelándose así como el Hijo de Dios, para que los hombres puedan -sólo porque son humanos, sólo porque están llamados a ser hijos- constituir una única familia, vivir como hermanos: «Ya no hay más judío ni griego, esclavo ni libre, varón o mujer, pues vosotros hacéis todos uno, mediante el Mesías Jesús».
         Por eso va a chocar con los que ponen su poder o su tierra, su dinero, su ciencia o sus devociones por encima de las personas. Porque si la persona se constituye en el valor más importante de este mundo, y además se dice que eso es porque Dios lo quiere así, los ricos, los sacerdotes, los juristas y los santones... van a perder sus privilegios, van a ver cómo se derrumban sus pedestales. Por eso a este Mesías, hijo del hombre, lo van a matar. Aunque como él es también el Mesías del Dios de la vida, el Padre salvará su vida de la muerte que los enemigos del hombre le causarán: «El Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser rechazado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, sufrir la muerte y, al tercer día, resucitar».


El que quiera venirse

         Por eso no presenta un programa seductor para conseguir muchos adeptos, sino un programa exigente, para los que se quieran comprometer de verdad en la realización de ese proyecto -«El que quiera venirse conmigo... que cargue cada día con su cruz»: Hay que estar dispuestos a jugárselo todo porque la historia de Jesús se volverá a repetir una y mil veces.
         Porque otros nuevos senadores, dueños del dinero y de la tierra, dirán de nuevo que su riqueza es un regalo que Dios les hace por sus virtudes, por su trabajo. Y querrán un Dios o un Mesías de ellos, que coloque su derecho de propiedad -de su riqueza- por encima de los derechos de las personas empobrecidas.
         Y aparecerán nuevos dirigentes que en nombre del poder de Dios -o en nombre de su dios, el poder- reducirán a la esclavitud a otros hombres.
         Y más sacerdotes, que, sirviéndose de Dios, pondrán el hombre a su servicio, y en nombre de los derechos que ellos dicen de Dios, despreciarán y pisotearán los derechos de los hombres sencillos.
         Y juristas, que darán la razón a senadores, gobernantes, sacerdotes... Y explicarán que Dios está con ellos, con los de arriba, y que las cosas están bien como están, porque son voluntad de Dios. Y que si los de abajo tienen hambre, que pidan limosna..., si quieren libertad, que pidan permiso..., si quieren ejercer sus derechos de personas, que, por medio de ellos, pidan perdón a Dios.
         Y a todo el que se atreva a decirles que el Dios de Jesús no les pertenece, que el Dios de Jesús se encuentra en el Hombre, lo juzgarán por revolucionario, lo condenarán por subversivo, lo excomulgarán por hereje...


Pero, ¿qué vida?

         Pero el Dios del Hombre Jesús también a ellos, los perseguidos, los injustamente sometidos, les dará la razón y les guardará la vida.
         Jesús anuncia su pasión su muerte, pero anuncia también su resurrección. Y lo mismo que nos invita a acompañarlo en el camino, que puede pasar por la persecución y muerte también en nuestro caso, nos promete que estaremos asociados a él también en el triunfo: quien esté dispuesto a jugarse la vida, que sepa que acabará ganando la partida final. Jesús, que ya completó ese camino, recorrerá con cada uno de sus seguidores el camino que ya recorrió una vez y que termina en la casa del Padre.
         Pero, además de tener asegurada la vida para siempre, la propuesta de Jesús tiene valor ya, ahora, en el momento presente. No vale la pena gastar la vida en conseguir el mundo: «porque si uno quiere poner a salvo su vida, la perderá; en cambio, el que pierda su vida por causa mía, ése la pondrá a salvo».
         Esta última frase no es un acertijo, ni un trabalenguas. No significa más que esto: que no vale la pena, que no es aprovechar la vida dedicarla a triunfar aquí y ahora, de acuerdo con los valores de este mundo. La vida vale mucho más que todas las riquezas y que todos los éxitos que puede proporcionar este mundo. Además, en este mundo injusto, vivir así significa repartir desolación y muerte. En cambio, perder la vida por causa de Jesús no es renunciar a la vida, es aprovecharla mucho mejor, es dedicarla a la construcción de la justicia, al amor, a la solidaridad, es gastarla en favor de  todos, de todo ser humano, dedicándola a la conquista solidaria de la felicidad: la más profunda, la más extensa, la que nace de la experiencia del amor compartido.

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