Domingo 11º del Tiempo Ordinario
  12 de junio de 2016

 

 

 

 

 

Que su muerte no sea en balde
 
   No traicionemos nuestra vocación cristiana. No inutilicemos el favor de Dios. No renunciemos a la libertad y, con ella, a la capacidad, de amar, de sentir ternura, de mostrar agradecimiento por el amor gratuito que Dios nos regala. No permitamos que la sangre de Jesús se haya derramado en balde.



No rehabilita la ley

    Pablo había sido fariseo. Y mientras lo fue, su mayor preocupación había sido cumplir la ley. Creía, como todos los fariseos, que el hombre es bueno y está a bien con Dios si cumple la ley; es malo y enemigo de Dios si viola sus preceptos. Todo estaba claro. Pero... la frialdad de la ley les endureció el corazón y olvidaron que en las relaciones de Dios con los hombres y en las de éstos entre sí hay otros valores más importantes: la confianza, la lealtad, el agradecimiento, el amor. Por haber olvidado estos valores, las relaciones con Dios quedaron reducidas a una especie de trueque: yo me porto bien, obedezco tus leyes y tú, Señor, me das el premio que yo me he merecido.
    Cuando Pablo se encontró con Jesús sintió el vacío que la ley había creado en su interior y empezó a ver las cosas de otra manera. Descubrió que el sometimiento a la ley le había arrebatado la libertad, y con ella todos los valores que ahora echaba de menos. Y formuló esta experiencia de liberación con total claridad: «A vosotros, hermanos, os han llamado a la libertad» (Gal 5,13a) y «para que seamos libres nos liberó el Mesías» (Gal 5,1), Según Pablo, la vocación cristiana consiste en ser libres para que la experiencia de la libertad haga posible la práctica del amor (Gal 5,13b). Pablo ya había comprendido que Dios regala su amistad a los que se fían de él y deciden responder a la llamada de Jesús, a esta vocación a la libertad; por eso, buscar la amistad con Dios por otros caminos equivaldría a despreciar la entrega de Jesús: «Si la rehabilitación se consiguiera por la ley, entonces en balde murió el Mesías» (segunda lectura). En balde habría muerto el que dio la vida por la libertad de los seres humanos si sus seguidores volvieran a someterse a la esclavitud de la ley. En balde habría muerto el que reveló con su entrega la infinitud del amor de Dios si ahora pretendiéramos fundar nuestra relación con Dios en algo distinto a un amor que responde a su amor (Jn 1,16)

Este no es un profeta

    Simón, el fariseo, había invitado a Jesús a compartir su mesa. La invitación resulta extraña, pues Jesús no cuidaba demasiado sus compañías (Lc 7,34), y eso los fariseos no lo perdonaban: el que, como Jesús, trataba con gente impura quedaba impuro y contaminaba de impureza los lugares y las personas con que se relacionaba. Es posible que este fariseo y los que lo acompañaban a la mesa fuera de un grupo de fariseos progres, gente de buena voluntad que, sin poner en cuestión el sistema, pretendían introducir algunas reformas en el mismo; tal vez le habían interesado algunas enseñanzas de Jesús que, quizá, consideraba compatibles con sus ideas; puede que pensara que podría ser útil para reformar las instituciones religiosas, pues le habrían llegado rumores de que se comportaba como un profeta. Por todo ello, quizá Simón tenía interés en examinar a Jesús de cerca. Y un hecho inesperado hace que Jesús obtenga un claro suspenso: mientras están recostados en los divanes, alrededor de la mesa, se les cuela una indeseable, una prostituta, una pecadora... y se dirige a Jesús: «... llegó..., se colocó detrás de él, junto a sus pies, llorando, y empezó a regarle los pies con sus lágrimas; se los secaba con el pelo, se los besaba y se los ungía con perfume».
    Y Simón el fariseo pronuncia su sentencia: «Este, si fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo está tocando y qué clase de mujer es: una pecadora». No, no puede ser un profeta, éste no puede hablar en nombre de Dios, éste no es más que un farsante, pues... ¡se deja acariciar los pies por una prostituta! ¿Cómo puede hablar en nombre de Dios alguien que se permite estas libertades?


La fe, el amor y el perdón

    La reacción de Jesús deja aún más desconcertados a sus compañeros de mesa: pone a aquella mujer como ejemplo para ellos, que se creían tan santos. Y además, declara que sus muchos pecados han quedado perdonados, que Dios la quiere y la perdona y que ella corresponde agradecida al amor de Dios.
    Ella, dice Jesús, ha obtenido el perdón gracias a la fe: «Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado; vete en paz». Se ha fiado de Jesús, ha visto en él -que iba con gente de mala nota como ella, como aquella tal Magdalena, de la que habían salido siete demonios (Lc 8,2)- al único que ofrece una respuesta clara a sus ansias de vida, a su necesidad de sentirse persona respetada, valorada, querida, amada y no poseída, utilizada, despreciada, marginada. Ella, al escuchar y aceptar la llamada de Jesús a la libertad y al amor, ha encontrado la paz interior y la amistad con Dios. Porque Dios le ha regalado su perdón y su amistad. Por la fe alcanzó el perdón, el amor de Dios. Y esa fe, enriquecida con la experiencia liberadora de la paz con Dios, se desborda en una inmensa capacidad de amor y de ternura que se manifiesta en las lágrimas que fluyen abundantes, en un llanto sereno y alegre que nace en lo profundo de un corazón agradecido.
    Los fariseos estaban cerrados a esa experiencia. Cumplían con exactitud la ley, pero habían renunciado a la libertad y al amor. Además, creían que podían merecer la amistad con Dios por sí mismos, que Dios, porque habían renunciado a ser libres -decían que por Él-, estaba obligado a ser amigo de ellos. Eran perfectos, puros, santos..., pero tenían el corazón de piedra, como las Tablas de la Ley, y se resistían a permitir que Jesús se lo cambiara por un corazón de carne como el suyo.


No nos la dejemos arrebatar

    Los evangelios hablan mucho de los fariseos, contra los fariseos. Pero no porque los evangelistas tengan mucho interés en decirnos lo malos que eran, sino porque el fariseismo era un peligro que acosaba a sus comunidades. No miraban al pasado, sino al futuro; no querían condenar, sino prevenir.
    Miremos nosotros al presente. ¿Es realmente el amor liberador de Dios -el Espíritu, con otras palabras- lo que gobierna la vida de las comunidades cristianas, la vida de la iglesia? ¿Qué hubieran hecho los servicios de orden de las procesiones del día Corpus, recientemente celebradas, si una prostituta se hubiera abalanzado llorando sobre la custodia -custodiada por las jerarquías políticas y religiosas, debidamente trajeadas-?
    En nuestra Iglesia la Ley sigue gobernando. Tenemos más leyes que los fariseos y algunas son más inhumanas que las de aquellos. Pero el amor no cabe en ningún código legal: todos ellos- y más cuanto más extensos son- lo limitan o lo hacen imposible.
    No permitamos que un corazón de piedra se instale de nuevo en donde Dios quiso que hubiera un corazón humano. Asumamos el riesgo de la libertad y no nos la dejemos arrebatar. Y dejemos que nuestro corazón exprese libremente su agradecimiento por el amor gratuitamente recibido y por la liberación que nos alcanzó el Mesías.

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