Domingo 10º del Tiempo Ordinario
   5 de junio de 2016

 

 

 

 

 

¡Hay que vivir! ¡Ya!


    Esta vida tiene toda su importancia. Aunque tengamos la esperanza y luchemos por que llegue a ser mucho mejor, esta vida es un regalo de Dios, y si nosotros lo queremos, puede ser ya -hoy mismo- el definitivo don de Dios.

 



No habrá llanto, ni luto...

   Según el Nuevo Testamento, con Jesús empieza la escatología. Esta palabra se refiere a la última etapa de la historia de las relaciones de Dios con la humanidad, etapa que estamos viviendo y que ya no acabará. Es pues, el presente y el futuro y el inmediato pasado. Esa etapa, a su vez, puede dividirse en dos sectores. En el primero -el tiempo histórico-, la incorporación al reino de Dios puede ser decidida o rechazada por el hombre, y la vida de los que han optado por incorporarse a ese reino discurrirá en medio de conflictos y de persecuciones. El segundo momento será el de la paz definitiva, cuando "ya no habrá más muerte ni luto, ni llanto ni dolor, pues lo de antes ha pasado", según la descripción que hace el Apocalipsis (21,4), que añade en seguida: "Escribe, que estas palabras son fidedignas y verídicas... Ya son un hecho" (21,5-6). Esto es lo que da unidad a esos dos momentos: que, por lo que se refiere a Dios, todo es ya definitivo.
   Este es el significado de estos relatos de milagros en los que Jesús resucita a los muertos: la vida ya ha comenzado a vencer a la muerte, la esperanza en una vida definitiva ha dejado de ser esperanza para convertirse en realidad presente; la escatología no es una simple promesa: para el que quiera, puede ser un hecho.
   Además,  el relato de este domingo incluye también una dura crítica al sistema religioso del tiempo y del país de Jesús. Ese sistema es el responsable de anticipar la muerte del pueblo, separándolo de Dios, origen de su libertad y de su vida.

 

La viuda, el hijo... y la vida

   El relato inmediatamente anterior (Lc 7,1-10) es el de la curación del siervo de un centurión romano. En él se advierte del peligro de muerte de los pueblos paganos a los que se les ofrece la vida que contiene el mensaje de Jesús. Este relato centra su atención en Israel.
   La viuda es Israel representa a la religión y la nación israelí que, habiendo tenido marido, Dios, ahora ya no lo tiene (véase Jr 51,5); pero el que ha muerto no es su marido, sino su hijo. El hijo muerto es el pueblo, que camina hacia la tumba en la que su muerte se hará definitiva. Y en ese camino el encuentro con Jesús evita, al menos por el momento, el desastre.
  
«Acercándose, tocó el ataúd... y dijo:
   -¡Joven, a ti te hablo, levántate!
   El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre.»

   La muerte de aquel hijo no había sido accidental. El haber abandonado a su Dios era lo que había alejado a aquel pueblo de la vida. Pero Jesús no viene a condenar, sino a ofrecer una nueva oportunidad. Por encima de las normas religiosas que habían llevado a la muerte a aquel pueblo (estaba prohibido tocar un ataúd; el que lo hacía quedaba impuro y no podía participar de la vida social y religiosa con los demás), Jesús actúa y lo devuelve a la vida... y a su madre, que si libremente lo quiere, podrá dejar de ser viuda:
«Dios ha visitado a su pueblo.» (Lc 1,68).

Nadie nos arrebate el presente

   Lo que hace definitiva la historia humana, en lo que a las relaciones con Dios se refiere, no es la muerte, sino la vida. Y la vida está garantizada por la presencia de Dios. En el momento en que un grupo de personas decide aceptar que Dios sea su Padre y esas personas empiezan a vivir como hijos y hermanos, en ese mismo momento se hace firme la oferta de Dios y les comunica su propia vida, que por ser suya es indestructible, eterna, definitiva. Cuando un grupo de personas decide adoptar el amor al estilo de Jesús como única norma de comportamiento, en ese mismo momento Dios se viene a vivir con ellas. Y para esas personas, hombres o mujeres, ya ha empezado la escatología. Y asumen el compromiso y adquieren el derecho de luchar -en el nombre de Jesús y en beneficio del pueblo- porque en el mundo presente vayan desapareciendo la muerte, el luto, el llanto, el dolor..., anticipando, adelantando la participación plena en la ya definitiva victoria de la vida sobre la muerte.
   Nadie tiene derecho a arrebatar a hombres y a mujeres esta posibilidad. Nadie tiene derecho a hacer creer a quienes sufren, a tantos que atraviesan la existencia como un permanente y angustioso esfuerzo por sobrevivir, por escapar a la muerte, al luto, al llanto y al dolor..., que es voluntad de Dios el que tengan que esperar a morirse para poder vivir, para poder encontrarse con Él... y con la justicia, el amor, la alegría, la felicidad... Nadie tiene derecho. Y quien lo haga estará, como hizo Israel, alejando a Dios de su lado. Y llevando a los hombres a una muerte que, si Dios no lo remedia, será definitiva.
   Quien esté sufriendo o quien esté percibiendo  las consecuencias de una muerte que se resiste a dejarse vencer, que escuche hoy las palabras del Jesús: "¡Joven, a ti te hablo, levántate!"
   No desperdiciemos la ocasión. ¡Hay que vivir!
   Y hay que hacer vivir. Esa es ahora misión nuestra. Y también nuestro derecho.