Santísima Trinidad
   22 de mayo de 2016

 

 

 

 

 El misterio: un Dios cercano



         Dios es amor, dice San Juan. Amor en sí mismo, comunidad de amor totalmente autosuficiente que nada necesita para sí pero que, por ser amor, busca comunicarse gratuitamente. Y así crea al hombre -varón y mujer- en un mundo creado para él. Lo crea y lo recrea cuando el hombre casi lo destruye, se destruye; e incorpora al ser humano a su tarea creadora.
         Padre creador; Hijo que se hace creatura; y Espíritu que hace creador al hombre. Este «misterio de la Santísima Trinidad» ha sido utilizado demasiadas veces para alejar a Dios del ser humano. Pero el misterio está precisamente en lo contrario: en cómo Dios puede haberse acercado tanto a nosotros.

 

En lugar de un Dios lejano...

            Como nos lo han presentado casi siempre: un Dios que no se preocupa del hombre si no es para vigilarlo; un Dios totalmente distinto del hombre, al que es absolutamente imposible comprender: un Dios que no sufre ni siquiera ante las desgracias de sus criaturas o, en el peor de los casos, un Dios sádico que promete una felicidad futura a quienes le dan satisfacción en el presente con un sufrimiento cuanto más intenso mejor.
            Un Dios que, así entendido, ha servido -¡y aún sirve!- para legitimar los intereses de quienes, colocados en la cima de la sociedad, necesitaban justificar sin tener que dar demasiadas explicaciones sus injustos privilegios, su despreocupación por los problemas de los más pequeños, su soberbia cruel, sus abusos, sus farisaicos rencores. La mejor justificación para todos estos atropellos siempre fue desfigurar el proyecto de Dios para que pareciera que él había decidido que las cosas fueran así. Y para lograr tal propósito era necesario mantener a las mujeres y a los varones que tienen que luchar para sobrevivir, lejos del que, si lograban conocerlo tal como es, podría enseñarles el mejor modo de acabar con tanto sufrimiento.


Un Dios... creador.

            La fe en la creación nos dice que este mundo no es fruto del azar frío, sino del cálido corazón de un Dios que es amor y que es feliz; y que quiere compartir su amor para así extender su felicidad. La creación, nos dice el libro de los Proverbios, es fruto de la sabiduría divina; pero la sabiduría, en la Biblia, no es sólo conocimiento, sino un modo de vida; o, si se quiere, es sabiduría para la vida. El mensaje de la primera lectura podríamos resumirlo así: Dios, en su inmensa y eterna sabiduría ha creado al mundo y al hombre; y lo ha hecho conforme a un plan para que la vida de las personas pueda ser vivida en toda su plenitud de modo que éstas alcancen la felicidad: «Por tanto -dice la Sabiduría divina-, hijos míos, escuchadme; dichosos los que siguen mis caminos; escuchad la instrucción, no rechacéis la sabiduría: dichoso el hombre que me escucha... Quien me alcanza, alcanza la vida...» (Proverbios 8,32-35).
            La fe en la creación no es, pues, la respuesta científica a la pregunta sobre el origen del mundo. La fe no es ciencia, ni sólo conocimiento; la fe es también voluntad, adhesión libre a un proyecto que empezó a realizarse cuando el mundo surgía de la nada: que la vida sobreabunde, que el ser humano sea, a imagen de su creador, plenamente feliz. Esta es la esencia de la fe en un Dios creador.
            Dios creador. La primera verdad de nuestra credo; la primera muestra del amor de Dios, la primera razón para el agradecimiento: «¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles [a Dios, según otra posible traducción], ... le diste el mando sobre la obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies» (Salmo 8,5-6).


Un Dios... creatura
            La obra creadora se completó la mañana de resurrección, el primer día de la semana cuando volvió a la vida el hombre en el que Dios quiso ser creatura y nació el Hombre Nuevo, primogénito de una humanidad nueva en la que deberá realizarse plenamente aquel antiguo plan de la sabiduría divina.
            El hombre no había respondido a lo que Dios esperaba de él. Fue necesario que el proyecto de Dios, la sabiduría divina se hiciera carne, se hiciera creatura, para que aprendiésemos la lección, para que recuperásemos la facultad de escuchar la palabra de Dios y la capacidad de ponerla en práctica: «...rehabilitados ahora por la fe, estamos en paz con Dios por obra de nuestro Señor Jesús Mesías, pues por él tuvimos entrada a esa situación de gracia en que nos encontramos».
            Un Dios creatura. Así se frustró de una vez por todas el propósito de alejar a Dios del hombre: Él se acercó del todo, haciéndose presente en un hijo de hombre, el Hijo, Dios-con-nosotrosuno de tantos (Flp 2,7).


Dios Hijo y hermanoo

            Y ese hijo nos dijo que el dolor que tanto abunda en la tierra no es fruto del designio de Dios, sino que, por el contrario, su proyecto es que los hombres seamos dichosos: «Os dejo dicho esto para que llevéis dentro mi propia alegría y así vuestra alegría llegue a su colmo» otra vida, sino que debe realizarse en esta historia. Y que Dios mismo quiere y va a poner su casa en medio de aquellos que decidan ponerse a trabajar para conseguir ese objetivo (Jn 14,23). Añadió que lo que no le agrada lo más mínimo es que nos crucemos de brazos ante la injusticia y el dolor, aunque algunos llamen a eso resignación cristiana..
            Eso no gustó nada a los que, bien instalados, se apoyaban tan firmemente en aquel dios falso que ellos con tanta habilidad manejaban. Y así, los grandes, los poderosos, los santos, todos los que estaban por encima de los vulgares hombres y mujeres del pueblo, sintiéndose amenazados por lo mucho que se había abajado Dios, levantaron a aquel hombre colgándolo en una cruz. Y aquel hijo de hombre se reveló como Hijo de Dios, como Hombre-Dios, al aceptar, por amor, el riesgo de ser víctima de los opresores. Dios Hijo, hermano que comparte con nosotros la condición de creatura: pequeño con los pequeños, pobre con los más pobres, víctima con los injustamente oprimidos.


Un Dios Padre

            Y por el Hijo conocimos al Padre, el que por amor da la vida. El que defiende la vida de sus hijos.
            Ya sabíamos algunas cosas de él. Pero el Hijo nos lo explicó con detalle: aquel Dios que él llamaba Padre era el mismo que desde siempre quiso acercarse al hombre, el mismo que salió a su encuentro en muchas ocasiones, la primera de ellas para prestar su colaboración en el proceso de liberación de un grupo de esclavos. Y nos dijo también que desde entonces jamás dejó de preocuparse de los más pequeños, de los más débiles, de los más necesitados de vida, de felicidad y de amor.
            También nos dijo que ese Dios quiere ser Padre no sólo de él, sino de todos los que quieran tenerlo como tal, también de nosotros, si libremente aceptamos que sea su vida la que nos hace vivir (Jn 1,12). Y que, como los buenos padres, quiere que seamos dichosos, sin poner más que un límite a nuestra felicidad: que no la busquemos a costa de la felicidad de otros, estorbando o desentendiéndonos de la necesidad de conseguir la alegría de todos, porque a todos los ha llamado Él a la vida.


Y vida de los pobress

            El plan del Padre lo encarnó plenamente el Hijo. Pero el proyecto de Dios no está definitivamente cerrado: ahora, en el tiempo del Espíritu, otros muchos habrán de ir realizándose como hijos de ese Padre.
            Para que no nos olvidáramos de que estamos llamados y podemos llegar a ser hijos, el Hijo prometió y envió su Espíritu, la vida del Padre que él poseía en plenitud. Ese Espíritu -al que un antiguo himno cristiano llama padre amoroso del pobre-, se encargará de no permitir que caiga en el olvido el mensaje de libertad, de vida, de amor y de alegría que el Hijo predicó; y su presencia y su acción garantizarán que el anuncio de un Dios bueno y cercano a los hombres -especialmente cercano a los hombres pobres- no va a ser distorsionado; se ocupará también de iluminar la historia para que los problemas nuevos puedan afrontarse siempre a la luz del único proyecto de un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu de amor. Amor que nos hará capaces de ir forjando la unidad de toda la humanidad para que, así, el mundo de los hombres pueda ser el cielo, es decir, la casa de Dios.
            Los que reciban ese Espíritu deberán darlo todo para conseguir que los hombres del mundo que él demostró amar hasta la muerte aprendan, viéndolos vivir a ellos, a preferir en todo caso la vida. Para que sepan -de nuevo la sabiduría de Dios, ahora mucho mejor explicada- hacerlo contarán con la asistencia del Espíritu: él ayudará a los seguidores de Jesús a interpretar la realidad histórica -«lo que vaya viniendo»- a la luz del mensaje de Jesús: «Cuando llegue él, el Espíritu de la verdad, os irá guiando en la verdad toda ... y os interpretará lo que vaya viniendo». El criterio de interpretación será uno solo: el proyecto de Dios para la humanidad explicado y realizado por Jesús, la gloria de Jesús, que el Espíritu nos hará descubrir en el amor que él manifestó en su entrega en la cruz, en lo que el mundo -es decir, el [des]orden de este mundo nuestro) consideró un fracaso, una vergüenza: «Él manifestará mi gloria, porque, para daros la interpretación, tomará de lo mío. Todo lo que tiene el Padre es mío...»

            Así, dejándonos llevar por el impulso de este Espíritu -que en ningún caso violentará nuestra autonomía ni anulará nuestra libertad (2 Co 3,17)-, realizaremos el misterio de un Dios aún más cercano a este mundo, a este momento histórico, a la humanidad toda y cada uno de los seres humanos.

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