Ascensión del Señor
   8 de mayo de 2016

 

 

 

 

 

Somos testigos

 

         Jesús fue un utópico y un revolucionario: propuso cambiar este mundo para sustituirlo por otro totalmente nuevo en el que los hombres pudiéramos vivir como hermanos. Como le ha sucedido a casi todos los revolucionarios fue considerado un delincuente; como a todos los utópicos, lo tacharon y lo siguen tachando de visionario. La ascensión que hoy celebramos significa, sin embargo, que Dios le da la razón a él, que el Padre respalda su proyecto y declara suyas su revolución y su utopía. Y nosotros somos testigos de todo esto. ¿Cuál es nuestro testimonio?




Justicia para el ajusticiadodo


         Hasta el momento de la muerte de Jesús, todo parecía correr por los cauces habituales: ni había sido el primero ni, por desgracia, sería el último; otros ya lo habían hecho antes; y después de él, iluminados por utopías irrealizables, muchos más seguirán hablando de un mundo mejor, de la posibilidad de vivir en armonía todos los hombres, de justicia, de igualdad, de liberación y de libertad... Serán tolerados durante un tiempo, serán advertidos, serán amenazados... y si no entran en razones, serán excomulgados, perseguidos, torturados, eliminados.
         La verdad es que, desde la perspectiva de los expertos de entonces, Jesús había pretendido ser  un Mesías muy particular: no había realizado ninguna de las grandes esperanzas de Israel, al menos tal y como la teología oficial de su tiempo enseñaba que se iban cumplir: no había sido un triunfador, ni había expulsado a los invasores romanos, ni había llevado a la gloria a su nación; al contrario, Jesús, a los ojos humanos, había salido totalmente derrotado y todas las personas importantes se habían puesto de acuerdo en que al pueblo -es decir, a ellos- les convenía más un Jesús muerto que un Jesús vivo. Él, en medio de una incomprensión generalizada que abarcaba con frecuencia a sus propios discípulos, de acuerdo con el plan de Dios, había mantenido su fidelidad hasta la muerte y había mostrado con su entrega cuál es el único camino de salvación que le queda a este mundo: el amor, el amor hasta la exageración, incluyendo en él hasta a los enemigos (Lc 6,27.35), el amor que llega, si es necesario, hasta la entrega de la propia vida, hasta la misma muerte.
         Dios se encargó de darle la razón, conservándole la vida. Después de su resurrección, Jesús mismo se manifestó a sus amigos en varias ocasiones y les explicó por qué las cosas habían sucedido así y cómo de este modo se había llevado a cabo el auténtico plan de Dios y se habían cumplido plenamente las promesas divinas: «Así estaba escrito: El Mesías padecerá, pero al tercer día resucitará de la muerte» (también Lc 24,13-35.36-49).

Reivindicación del fracasado

         En efecto, para los creyentes, la resurrección ilumina con una luz especial lo sucedido a Jesús y confirma sus palabras. Se esperaba un Mesías fuerte y victorioso, que eliminara la maldad y la corrupción del pueblo y de sus instituciones y que expulsara de la tierra prometida a los que en ese momento usurpaban el exclusivo derecho de Dios sobre ella. Y, sin embargo, había sido condenado por la justicia humana, rechazado por todas las autoridades: los sumos sacerdotes, letrados y senadores, Herodes y  Pilato, y hasta por el pueblo, engañado por los dirigentes. Los hechos parecían quitarle la razón: hizo lo que no estaba permitido, se rebeló contra el orden establecido, desobedeció a los jerarcas religiosos, se puso en contra de los que tienen el poder y el dinero. El que actúa así, lo acaba pagando. Y Jesús pagó con su propia vida. Fracasó.
         Pero si la historia la hacen los hombres, es Dios quien la lleva a su término; y Dios lo resucitó, le devolvió la vida y le dio la razón. De este modo,  la resurrección fue, entre otras cosas, un acto de justicia, de la justicia de Dios, que con tanta frecuencia se opone a la de los hombres.
         Y no sólo lo resucitó, sino que se lo llevó consigo, a su lado. El fracaso de Jesús se tornó así en triunfo el día en que, después de dar las últimas instrucciones a los que habían permanecido fieles a su persona, subió al cielo para instalarse definitivamente al lado del Padre.  Así el Padre hizo justicia. Y la ascensión revela ese acto de justicia como definitivo: «Desplegó esa eficacia con el Mesías, resucitándolo y sentándolo a su derecha en el cielo,  por encima de toda soberanía y autoridad, y poder y dominio, y de todo título reconocido  no sólo de esta edad, sino también en la futura».


No fue una huida

         Si necesitaba alguna prueba más para saber de parte de quién estaba Dios... «Después los condujo fuera hasta las inmediaciones de Betania y, levantando las manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y se lo llevaron al cielo». Jesús pasa a ocupar un lugar al lado del Padre. Su triunfo es ya definitivo, aunque no ha sido fácil. Es el final de un camino largo, la culminación de una dura tarea, la consecuencia de la fidelidad mantenida incluso en las circunstancias más difíciles. Ha subido al cielo, pero después de que el polvo de esta tierra se hiciera barro con su sudor y con su sangre.
         No se trata de una huida. Ni de un abandono. Jesús no va a desentenderse de los problemas de los hombres. Por eso, según cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles (primera lectura), a los discípulos que se quedan plantados mirando al cielo unos mensajeros del Padre les hacen volver los ojos al suelo y les anuncian que Jesús volverá de nuevo: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que se han llevado a lo alto de entre vosotros vendrá tal como lo habéis visto marcharse al cielo». Volverá para estar con los que viven practicando el mandamiento del amor, para hacerse presente en medio de los suyos cuando dos o tres estén reunidos en su nombre (Mt 18,20), o cuando se reúnan para partir el pan y celebrar la acción de gracias, y volverá para llevarse consigo a los que vayan completando su mismo camino.
         Su victoria es anuncio de nuestra victoria, su presencia en la casa del Padre anuncia la nuestra, pues él es el primero de los nuestros -el primer humano- que se establece para siempre en ella; pero lo que nunca podrá ser es una excusa para que, mirando al cielo, nos escapemos de los problemas de cada día. Al contrario, es necesario iluminar estos problemas con el testimonio de la victoria de Jesús.


Vosotros seréis testigos

         Para que lo hagan así, Jesús, en sus últimas palabras, hace un último encargo  a los que habían tenido la posibilidad de experimentar la realidad de su victoria sobre la muerte: que no se callen nada de lo que saben, que lo anuncien al mundo entero, empezando por la ciudad en la que habían intentado acabar con su vida: «Empezando por Jerusalén, vosotros seréis testigos de todo esto». Esta es también nuestra tarea: ser testigos y serlo de todo.
         Ser testigo supone haber conocido a Jesús. Los discípulos lo conocieron personalmente; los que vinimos después debemos haberlo conocido por otros medios: por el testimonio de quienes nos precedieron en la fe y por una doble experiencia, la de su presencia allí donde se vive de acuerdo con su palabra y se practica su mensaje, y la de haber sido transformados en hombres nuevos que forman parte de una humanidad fraterna.
         Ser testigo exige tener la valentía de anunciar su mensaje, todo su mensaje; y para ello hace falta tener el valor necesario para enfrentarse a los sumos sacerdotes, letrados y senadores, al representante del emperador y a cualquier reyezuelo y para denunciar a quien quiera que intente -en nombre de Dios, de cualesquiera intereses o simplemente en nombre de su cobarde egoísmo- esclavizar, explotar o despreciar al hombre.
         Ser testigo no es sólo hablar, sino también hacer lo que esté en nuestras manos para que se haga verdad lo que creemos y lo que anunciamos que tiene que suceder aquí en la Tierra; y hacerlo jugándose lo que se haya de jugar y esperando el cielo.
         Ser testigos nos exige ser fieles a la tierra -que no nos tengan que decir desde el Cielo, como a los apóstoles: «¿qué hacéis ahí plantados, mirando al cielo?»-, realizando la esperanza de una Tierra nueva y anunciando y esperando la realidad de un cielo nuevo en el que ya ha entrado el Hombre.
         Esa es nuestra tarea. Si creemos que Jesús subió al Cielo y está junto al Padre, que sea nuestro testimonio el que dé pleno sentido a nuestra fe.


Jerusalén, Jerusalén


         Los discípulos de Jesús no cumplieron de inmediato el encargo de Jesús: «Mientras los bendecía, se separó de ellos y se lo llevaron al cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén llenos de alegría. Y estaban continuamente en el templo bendiciendo a Dios». Todavía no habían logrado vencer definitivamente el miedo. Se llenaron de alegría, pero se la quedaron para ellos. No la comunican a los pobres y oprimidos de aquella ciudad -la ciudad, Jerusalén, representa aquí al sistema religioso- que había vuelto la espalda a Dios porque se había puesto enfrente -o encima- de los desgraciados y de los débiles.
         Se atreven a salir y van a Jerusalén; pero se refugian en su pasado. No van a dar testimonio de la resurrección de Jesús, sino a cobijarse en el templo que los jerarcas habían convertido en cueva de bandidos (Lc 19,45). No son capaces de decir ante aquellos bandidos que Dios ya no estaba allí, sino que se había manifestado en aquel Hombre que ellos habían asesinado fuera de la ciudad y que, en adelante, sólo estaría allí donde otros hombres intentaran seguir los pasos del injustamente ajusticiado. Por eso, en lugar de dedicarse a la tarea que Jesús les había encomendado, se evaden con el pretexto de interminables oraciones de alabanza. Sólo empezarán a mirar con valor hacia adelante cuando Jesús envíe sobre ellos el Espíritu, la Promesa de su Padre.

         ¿No estaremos nosotros demasiado tiempo en el templo? ¿No pasamos demasiadas horas mirando al cielo? ¿No tendremos demasiado miedo de afrontar el reto de dar testimonio de una victoria incómoda para los intereses de este mundo??
         ¿Somos creyentes? ¿Creemos en Jesús resucitado? ¿Creemos que Jesús vive junto al Padre?
         Entonces, ¿cual es nuestro testimonio?

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