Domingo 6º de Pascua
   1 de mayo de 2016

 

 

 

 

 

Y el Cielo empezará en la Tierra

 

     Si lo que a Dios le preocupa es la Tierra, ¿por qué nosotros estamos tan obsesionados por el cielo? Las lecturas de hoy nos hablan del deseo y de la promesa de Dios de hacerse presente en nuestro mundo. Y si Dios viene a la Tierra, ¡esta Tierra será ya el Cielo!
     Esta será una religión sin necesidad de templos, una relación con Dios sin necesidad de intermediarios, o quizá si, con un único intermediario: el prójimo. Y el amor.




La circuncisión


         Entre los primeros cristianos había muchos que procedían del judaísmo y que no aceptaban que la Buena Noticia de Jesús de Nazaret instaurara una nueva etapa en las relaciones de Dios con su pueblo. Entendían ellos el mensaje de Jesús como una reforma del judaísmo, una continuación de la antigua religión purificada, reformada, mejorada. Por eso trataban de mantener todo el conjunto de prácticas, normas y costumbres religiosas del Antiguo Testamento.
          La circuncisión era una de esas costumbres que algunos de los judíos que se habían hecho cristianos pretendían mantener. Pero, además de que (como decíamos en el comentario del cuarto domingo de cuaresma) la circuncisión comenzó siendo signo de libertad y acabó siéndolo de esclavitud, esta pretensión tenía otros peligros que suponían un serio obstáculo para la realización del mensaje de Jesús.
          La circuncisión, más allá de su significado religioso, acabó siendo una señal de identidad nacionalista, de un nacionalismo excluyente, causa y origen de desprecio, de odio y de guerras. La misma palabra, “incircunciso” expresaba en tiempos de Jesús desprecio y rechazo y sonaba como un durísimo insulto. Y, en segundo lugar, refleja el carácter marcadamente machista de una cultura, la herencia de una historia en la que las mujeres ni siquiera se contaban cuando se censaba un grupo.
          En resumen, la circuncisión, símbolo de una etapa -fundamental, sin duda, pero provisional- de la Historia de la Salvación, cuando llegó la etapa definitiva, se convirtió en un obstáculo para que dicha historia continuara avanzando porque era un impedimento para que todos los seres humanos, por encima de su sexo, raza o nación, pudieran llegar a ser hermanos.

 

Templo no ví ninguno

          La nueva Jerusalén constituye, descrita con el lenguaje simbólico peculiar del libro del Apocalipsis, una síntesis de toda la historia de la salvación, de toda la historia de los compromisos de Dios con la liberación y la felicidad de los hombres: las doce tribus (Israel), los doce apóstoles (la comunidad cristiana), los cuatro puntos cardinales (el Universo entero. En un párrafo que no se leerá en la celebración se da cuenta de las dimensiones de la ciudad: es una ciudad enorme, llamada a acoger innumerables habitantes, a toda la humanidad).
          La descripción de la ciudad se inspira en el profeta Ezequiel pero hay una destacada novedad: no hay templo; no hay, por tanto, distinción entre lugar sagrado y profano; no hay ningún sitio privilegiado en el que Dios esté presente de una manera especial. La presencia de Dios lo llena todo; en toda la ciudad brilla su luz; toda la ciudad está llena de su gloria, es decir, de su amor: «Templo no vi ninguno, su templo es el Señor Dios, soberano de todo, y el Cordero».
          Dios no quiere espacios reservados para Él sino que el mundo entero sea su casa y que su presencia cambie el aspecto de esta tierra; nosotros, sin embargo, hemos vuelto a encerrar a Dios entre cuatro paredes y hemos seguido separando el espacio dedicado a Dios (espacio sagrado) del que dedicamos a otras actividades (profano). ¿Qué ha pasado para que esto suceda?  Quizá la primera equivocación fue pensar que la misión de Jesús era organizar una nueva religión -como los primeros cristianos que procedían del judaísmo y que pretendían que los que se convertían al cristianismo se hicieran primero de religión judía-. Lo esencial, según nos decían los que provocaron esta corrupción de la fe cristiana, seguía siendo lo mismo: la Ley de Moisés; lo nuevo, seguían diciendo, eran consejos para los que aspiraran a la perfección. Cambiaban los ropajes de los dirigentes, pero lo que no cambiaba era la obligación de obedecerlos; cambiaban algunos símbolos religiosos, pero seguía siendo necesario acudir al templo para encontrarse con Dios; se perfeccionaba algo la doctrina, pero seguía habiendo un cuerpo de especialistas para decir al pueblo llano qué era lo que debía creer.
          Luego, más adelante -en el «más allá»-, cuando llegáramos al cielo, tendríamos todos la oportunidad de gozar de la presencia inmediata de Dios -la visión beatífica, que decían-, seríamos entonces iluminados por la fuerza de su luz, y deslumbrados por el esplendor de su gloria. Pero, ¿cómo es que había que esperar al más allá, cuado la ciudad santa había bajado al «más acá»: «En visión profética me transportó a la cima de una montaña alta y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo de junto a Dios»
          Otra equivocación, consecuencia de la anterior, fue creer que el evangelio debería cambiar a los hombres interiormente, pero que poco tenía que decir acerca de la ciudad, de la organización de la convivencia ciudadana, de la política, en el sentido más noble de la palabra...

La nueva casa de Dios

          Entre los primeros cristianos había algunos que creían que las antiguas normas debían seguir vigentes; pero los cristianos sólo tenemos una norma moral, un único mandamiento, el que el evangelio recordaba el domingo pasado. Ese es el único mandamiento que tiene vigencia para el cristiano. Los demás, o están incluidos en éste, o ya no sirven (¡Cuánto bien le haría a la Iglesia que algunos se dieran cuenta de que es moralmente bueno todo lo que es expresión de un amor sincero! ¡Cómo se aclararían algunas obtusas mentes que piensan que bien moral equivale a la pura represión de los instintos de vida! ¡Cuanto sufrimiento se ahorraría! ¡Y cuantos privilegios se vendrían abajo!). Un mandamiento de Dios que se refiere al ser humano de tal modo que el amor a Dios se identifica con el amor al prójimo, amor al padre que se manifiesta y se concreta en amor al hermano.
          Dios, según el mensaje de Jesús, no quiere adueñarse -ser dueño- del hombre, sino que desea que el hombre acepte libremente su amor y, como si fuera fuego, lo propague comunicándolo a otros hombres. El es un Padre que quiere que los hombres vivamos como hijos suyos, y como cualquier padre, desea que sus hijos se parezcan lo más posible a El. Y el es amor. Por eso amar a Dios consiste en amar al prójimo con el mismo amor con que Dios nos ama, identificarse con su amor. Porque hay otra manera de amar -buscar el bien para la persona o personas que son objeto del amor- que difícilmente se puede practicar con Dios: ¿no resulta demasiado presuntuoso pensar que Dios puede necesitar algún bien de nosotros?
          La respuesta a esta pregunta ya la dieron los profetas siglos antes de Jesús, dejando claro que Dios no necesitaba tanta ceremonia y tanto rito y que lo que realmente echaba en falta era la práctica de la justicia y la solidaridad con los más débiles (véanse, por ejemplo, Is 1,10-18; 58,1-12; 66,1-3; Jr 7,1-11; Am 5,4-6.14-15.18-25; Miq 6,6-9; Zac 7,1-10; Sal 50; Edo 34,18-22; 35,14-21). Ahora Jesús, con toda radicalidad, expresa esta exigencia con el mandamiento nuevo que explica lo que había dicho en otra ocasión: que el Padre quiere que se le rinda culto practicando el amor y la lealtad (Jn 4,23-24).
          Este nuevo culto supone una verdadera revolución en la manera de entender las relaciones del hombre con Dios. En la antigua religión el hombre tenía que salir del mundo profano y entrar en recintos sagrados para encontrarse con Dios. A partir de ahora todo será distinto. En la Nueva Jerusalén no hay templo, ya no es necesario, porque Dios ha elegido para vivir una residencia nueva: el ser humano, la persona que elige el amor como forma de vida, el grupo en el que se ha establecido el amor como única norma de convivencia.
          Dios ya no habita en casas construidas por manos humanas. Dios está presente en aquellos que han aceptado el mensaje de Jesús y ponen en práctica su el mandamiento: «Uno que me ama cumplirá mi mensaje y mi Padre le mostrará su amor: vendremos a él y nos quedaremos a vivir con él.»

Una fuerza muy especial

          Aunque en el Apocalipsis la Nueva Jerusalén se ve bajar sola del cielo, en realidad, tendremos que ir haciéndola bajar nosotros. La empresa no es fácil. Serán muchas las dificultades; el compromiso con la justicia y la práctica del amor al estilo de Jesús suscitarán oposición y acarrearán conflictos que, como le sucedió a Jesús, podrán llegar a tener consecuencias fatales. Y será necesaria una energía más grande que la que cualquier humano naturalmente posee.
         Esa fuerza es el Espíritu que Jesús promete, el Espíritu del Padre que él posee en plenitud y que ahora anuncia a sus discípulos que será su valedor en todo momento y, especialmente, cuando los ataques arrecien o las fuerzas disminuyan. Su papel será recordar, desde dentro del hombre mismo, el mensaje de Jesús, que es el mensaje del Padre, recordar el mandamiento nuevo, el proyecto de convertir este mundo en un mundo de hermanos, y proporcionar la fuerza necesaria para actuar en consecuencia: «Os dejo dichas estas cosas mientras estoy con vosotros. Ese valedor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre por mi medio, él os lo irá enseñando todo, recordándoos todo lo que yo os he expuesto.»


Una paz definitiva

          El objetivo final, será la paz; pero no la paz que nos ofrecen los que imponen su “orden”. No la paz de los cementerios, ni el silencio de los muertos. Eso no es paz. Paz es el conjunto de todos los bienes a los que, en el ámbito de la justicia (Is 60,17; Sal 72,3.7; 85,11), puede aspirar el hombre; paz es la satisfacción de todas las necesidades verdaderamente humanas. Paz es la consecuencia del reconocimiento efectivo de los derechos humanos para todas las personas. Paz es la felicidad que se logra mediante la experiencia del amor compartido; paz es el resultado de convertir este mundo en un mundo de hermanos.
          La paz estaba siempre incluida en las promesas y en la esperanza que se referían a los tiempos en los que Dios establecería definitivamente su reinado por medio del Mesías (Os 2,20; Is 2,4; 9,5; 11,6-9; Miq 5,1-3), y el Mesías Jesús desea ahora a los suyos que sean capaces de construir una ciudad en la que habite la paz: «Paz es mi despedida: paz os deseo, la mía...»
          La Paz de Jesús, la que nace precisamente del amor; y no esa falsa paz que proclaman los poderosos de este mundo y que ellos dicen que buscan mientras crean y trafican con armas, instrumentos de horror y muerte. Porque mientras Jesús propone una paz basada en la liberación de todos los oprimidos, este mundo pretende llamar paz a la sumisión de los que sufren la injusticia, a la resignación de los débiles, al silencio de los marginados, a la falsa paciencia de todos los que sufren sus abusos...
         La paz de Jesús es la que nace de la justicia y va mucho más allá de ella, hasta lograr que los hombres se sientan y vivan como hermanos. Y así, cuando no haya leyes que otorguen privilegios a unos pocos contra el derecho de muchos, cuando no haya fronteras que sólo el dinero puede traspasar, cuando no haya banderas ni sacerdotes que las bendigan, cuando en el hombre mande sólo su corazón dispuesto a amar..., en una palabra,  cuando aceptemos a Dios como  Padre y decidamos vivir como hermanos;  entonces Dios se vendrá a vivir con nosotros y llegará el hombre a su plenitud; entonces se alcanzará la paz.  Una paz completa, pues se incorpora a ella el mismo Dios, no ya como Señor y Dueño de los hombres, sino como Padre de los que luchan por vivir como hermanos. Y el Cielo empezará en la Tierra.

          Esa es la ciudad nueva que debemos estar intentando construir los cristianos. La ciudad en la que no hará falta edificar templos de fría piedra, porque Dios ya ha escogido otra habitación más cálida: el corazón humano acostumbrado a amar. No cabe mayor paz.
          A los cristianos se nos ha acusado frecuentemente -y muchas veces con razón- de ser infieles a la tierra, de olvidarnos de los problemas de los hombres, de encerrarnos en la iglesias y olvidarnos de lo que viven y mueren en las calles... pero de eso, ¡no le echaremos la culpa a Dios!, ¿verdad?

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