Domingo 5º del Tiempo Ordinario
7 de febrero de 2016

  

 

 

 

 

Juntemos todas las manos
                                              

         Hace más de dos mil años, Jesús invitó a un grupo de pescadores a cambiar su actividad por esta otra: construir un mundo nuevo en el que fuera posible que todos los hombres pudieran vivir, pero vivir de verdad. La tarea todavía no está terminada; su llamada se dirige hoy a nosotros, Dios nos invita hoy a trabajar en la construcción de un mundo en el que los hombres vivan como hermanos, en que Él sea el Padre de todos. Si no nos gusta el mundo en el que vivimos, si hemos tomado conciencia de los muchos peligros que amenazan a la vida de los hombres, respondamos como lo hicieron Simón y los que estaban en su barca. Y, puesto que este trabajo es imposible para uno solo, juntemos todas las manos que estén dispuestas a colaborar, sabiendo que las primeras manos dispuestas son la de Jesús y la del Padre.

 




Noche de dura brega


            Situados ante cualquier manifestación de la  formidable fuerza de la naturaleza o ante el ataque de un insignificante microbio, no somos nada: con nuestra vida puede acabar tanto la una como el otro. Y no sólo desde el punto de vista de la biología, de la vida y de la muerte; también en lo moral somos un desastre. Basta para convencerse de lo imperfectos que somos con mirar, con ojo al menos ligeramente crítico, el emundo que hemos organizado: el orden que lo gobierna mata diariamente de hambre y miseria a decenas de miles de personas. Y si miramos dentro de nosotros, a nivel personal, cualquiera descubre sus límites cuando se examina con un mínimo de sinceridad.
            Por eso, la existencia del hombre siempre ha estado amenazada por la muerte. Y no sólo, insisto, porque el hombre sea mortal por naturaleza, como mortal es un árbol o un pájaro, sino porque en este asunto el hombre ha ayudado generosamente a la naturaleza. Hagamos un recuento superficial de las muertes que los hombres nos hemos ido inventando, día tras día, siglo tras siglo: la esclavitud, la guerra, la tortura, la explotación de los débiles, el imperialismo, el miedo a la crueldad de tantos dioses crueles, la pena de muerte, el hambre, las armas blancas, las armas de fuego, las armas convencionales, las armas nucleares, las armas químicas... Se calcula, (según resumen en español del
informe anual del SIPRI 2015 en su página 14 ) durante el año 2014 se gastaron en armamento 1,776.000.000.000 $, cerca de los dos billones de dólares, cifra que representa el 2,3% del producto interior bruto mundial, o 245 dólares por persona; y con sólo una pequeña parte de esa cantidad habría suficiente para acabar con el hambre en el mundo Cerca de mil millones de personas, según datos del Banco Mundiall, viven con menos de 1,9 dólares al día) ... Tantos recursos  gastados en algo que ¡ojalá sea inútil!
            La muerte una y otra vez repetida; la muerte... siempre sentida como cercana amenaza.
            La vida humana queda así reducida a una larga noche de dura brega, luchando contra el viento y las olas de un mar adverso, y al final, cuando se hace el recuento..., ¡nada!
            Este estado de cosas no responde a la voluntad de Dios, a pesar de que siempre se ha metido a Dios en estos asuntos de muerte: diciendo que estaba del lado de los fuertes -los violentos-, colocándolo siempre como aliado de los vencedores -los que han matado con más eficacia- o atribuyéndole el origen de todos los males los cuales tienen en esta Tierra. Y eso pasaba incluso en el pueblo de Dios, en la nación que nació gracias a la intervención liberadora del Señor.
            Por eso Dios decide intervenir una y otra vez, para defender la vida del hombre y, así, revelar en qué consiste su propia dignidad, su gloria.



Limitados

            Pero el mundo que Dios quiere no se realizará si no es con la colaboración de los hombres; por eso, cada vez que Dios decide intervenir llama a algunos para que sean sus más directos colaboradores. Y es entonces cuando la experiencia de nuestra natural limitación se percibe con la máxima intensidad,  cuando el creyente se sitúa ante el Señor, el Dios de la vida. Así le sucede al profeta Isaías y al apóstol Pablo. Cuando por primera vez siente que Dios está cerca de él, Isaías se llena de un respetuoso temor: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos». Pablo, por su parte, se considera «el menor de los apóstoles». Sin embargo, ambos son elegidos por Dios para realizar una importante misión y aceptan la tarea que se les encomienda porque son conscientes de que jamás se van a sentir solos ni desatendidos; y porque tienen confianza en la eficacia de su trabajo: «por la gracia de Dios soy lo que soy y esa gracia suya no ha sido en balde», dice Pablo.
            Pedro también es consciente de su pequeñez ante la persona de Jesús, en quien él descubre la presencia de Dios; como Isaías, también él siente que no es digno de estar cerca del que primero llamó «jefe», y después descubrió que era «señor». Pero en ningún sitio está dicho que la elección tenga que recaer en los superhombres; por eso Jesús llama a Pedro y, con él, a todos sus compañeros de trabajo (y sabemos por los evangelios que tanto Pedro, como Santiago y Juan, tenían  algunos defectos importantes).

Esfuerzo inútil

            Simón y sus compañeros debían haber oído hablar de Jesús. Por eso le prestaron la barca para que, desde ella, enseñara a las multitudes. Y seguro que escucharon atentos las palabras de Jesús y que éstas les resultaron convincentes porque, aunque no lo entendieron demasiado bien  -lo llaman jefe, una expresión que, de ser adecuada, lo identificaría con un tradicional maestro de la ley-, le hacen caso cuando les dice que vuelvan a coger las redes, que se adentren de nuevo en el lago y que intenten otra vez lo que durante toda la noche -¿de dónde pudieron sacar las fuerzas, después de toda una noche de dura brega? ¿Qué nivel de confianza les inspiraba aquel nazareno?- habían pretendido inútilmente conseguir.
            Trabajaban de noche. A nadie le extrañará este dato, porque así se sigue haciendo todavía, al menos en donde se sigue pescando de manera tradicional. Pero en el evangelio la expresión va mucho más allá: la noche, la tiniebla es el reino de la injusticia; representa al orden de opresión y muerte que parece ser el único que los hombres somos capaces de darnos a nosotros mismos. Víctimas de esa sombra de muerte (Lc 1,79), malviven muchos hombres y, en su lucha por sobrevivir, casi nunca consiguen los medios adecuados para que su existencia pueda realmente considerarse vida: «Jefe, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada».

Invitación personal

            La llamada no se hace a la multitud, dentro de la cual quedaría disuelta la responsabilidad individual; a la multitud Jesús le presenta su enseñanza: «Subió a una de las barcas, que pertenecía a Simón, y le rogó que la sacase un poco de tierra. Se sentó, y desde la barca, se puso a enseñar a las multitudes». Pero la invitación es personal: «...desde ahora pescarás...» Tiene que ser así: cada uno debe asumir la responsabilidad de responder personalmente, aceptando las condiciones y asumiendo los objetivos que Jesús propone. Por eso Jesús no llama a unos hombres cualesquiera.
            La llamada de Jesús se dirige a unos hombres cansados por el trabajo y frustrados por la inutilidad de su esfuerzo: toda la noche en el lago y, al final... «...nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada...»
            La noche ya hemos dicho qué es lo que representa; el trabajo significa el esfuerzo por salir de aquella situación, la lucha por la liberación; esfuerzo y lucha que se hacen a oscuras, sin una luz que alumbre el camino y descubra la meta; por eso el resultado es nulo. No obstante, es a aquellos pescadores y no a las personas influyentes a quienes se dirige Jesús (las personas influyentes jamás quieren que algo cambie; si lo quisieran, lo cambiarían -tienen influencia-; por eso son responsables de la situación). Jesús busca a quienes, aunque estén desorientados, necesitan y quieren que las cosas cambien, a los que se esfuerzan por salir de la noche con algunos peces que empiecen a saciar su hambre de pan y de justicia. La luz que les falta se la ofrecerá él con su palabra.

...para un trabajo en equipo

            La invitación de Jesús es personal, pero el trabajo a realizar es un trabajo colectivo, como anticipa la “pesca milagrosa”: ...echad vuestras redes para pescar...  Hicieron señas a los socios de la otra barca para que fueran a echarles una mano. Fueron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían". No hay límites, a partir de ahora, en la ambición de Dios: quiere que todos caigan en sus redes: "...capturaron tal cantidad de peces que reventaban las redes"; y este es un trabajo que no se puede hacer individualmente; es necesario el trabajo en grupo, la solidaridad en la labor.
            Pero atención, que el ejemplo de la pesca no lo explica todo: ni los que entren a formar parte del Reino de Dios lo van a hacer engañados, ni el fruto de la pesca será una multitud de pescados muertos; al contrario, el resultado de la tarea a la que Jesús invita es la vida del hombre: "desde ahora pescarás hombres vivos".

Pescar hombres vivos

            El éxito de la pesca, siguiendo las indicaciones de Jesús, significa que, si acogemos su palabra -«pero, fiado en tu palabra, echaré las redes»-, podremos encontrar solución a los problemas de los que trabajan de noche (de noche trabajaban también los pastores, los primeros que escucharon el anuncio del nacimiento de Jesús).
            El resultado positivo de la pesca milagrosa prepara a Simón y a sus compañeros para acoger favorablemente de Jesús una sorprendente propuesta: «No temas; desde ahora pescarás hombres vivos».
            La expresión pescar hombres vivos, a la luz de algunos textos del antiguo Testamento, significa librar a alguien de alguna amenaza seria, del peligro de muerte, sobre todo. A esta tarea invita Jesús a los que estaban en la barca.
            Jesús viene a proponer a toda la humanidad un modo alternativo de vivir; él no es un jefe de la vieja religión y su misión no consiste en asegurar la continuidad de la viejas instituciones; ni siquiera en sustituirlas por otras semejantes, porque lo que a él le preocupa de verdad no son las instituciones sino el hombre, la persona humana a la que él viene a ofrecer un modo de existencia que pueda llamarse en su plena integridad, vida. Ser pescadores de hombres supone, por tanto, un compromiso con la vida humana, un compromiso de lucha y trabajo para que la vida de todo ser humano se desarrolle de acuerdo con su dignidad.


Dejandolo todo

            La llamada de Jesús resulta muy exigente: «Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron». Para la nueva tarea, no sirven ya las viejas artes de pesca. El dejarlo todo no es sólo un signo de austeridad, o de desprendimiento, entendido como una virtud individual. Es un gesto profético que expresa la ruptura con un mundo viejo que va a ser sustituido por un hombre y una humanidad nuevos.
            Todo. Hay que estar dispuesto a dejar todo lo que estorba para ponerse a pescar hombres vivos; pero sería una grave contradicción tener que renunciar para ello a vivir la vida.
            Lo que hay que dejar es todo lo que obstaculiza la tarea que queremos emprender, todo lo que es contrario al mundo que queremos construir: hay que romper con la injusticia, la ambición, el egoísmo, el ansia de poder, la complicidad con los sistemas y los poderes opresores... Hay que abandonar también los instrumentos que, como la vieja religión, se han manifestado o resultan ya inútiles para el inmenso trabajo que hay que realizar. Hay que dejar atrás igualmente cualquier cosa que suponga la renuncia a la propia dignidad, cualquier realidad que constituya una esclavitud: las ideologías dogmáticas, la intolerancia, los exclusivismos... Y, por supuesto, hay que renunciar a las ventajas que se puedan obtener como consecuencia de cualquiera de estas situaciones.
            Y a veces habrá que abandonar alguna de las cosas buenas que nos ofrece la vida; las circunstancias irán indicando si, en cada caso, es necesaria una mayor renuncia. Pero, ¡atención!, esto ya no sería una exigencia de Dios, sino la manifestación de lo mal organizado que está este mundo. Porque Jesús nos pide que estemos dispuestos a dejarlo todo -¡hasta la vida!-, pero no para perderlo todo, sino para que todos puedan gozar en plenitud de todo lo que es bueno.

            La tiniebla es muy fuerte, y todavía domina el mundo. Son muchas las personas que necesitan ser salvadas de vivir bajo la sombra de la miseria, de la injusticia, de la violencia, del odio y de la muerte. La palabra de Jesús, de la que nosotros seguimos fiándonos, continúa mostrándonos el camino que nos permitirá salir de esa situación. Y a todos se nos vuelve a formular la misma llamada, la misma invitación: “pescar hombres vivos”, ser desde ahora agentes de liberación anunciando y construyendo un mundo justo y fraterno en el que tenga sentido el llamar a Dios Padre.