Domingo 3º del Tiempo Ordinario
24 de Enero de 2016

  

 

 

 

 
Libres para ser hermanos

 
 
         
Jesús, al aplicarse a sí mismo la profecía en la que Isaías anuncia la intervención de Dios por medio de un enviado suyo para establecer la justicia, está describiendo cuáles son los cimientos de su proyecto: derrotar al pecado, es decir, a la injusticia establecida que niega a los hombres su dignidad. La Carta de Pablo a los Corintios nos señala el techo que hay que alcanzar en esta dirección: la igualdad -privilegiando a los más débiles- de los que viven de la misma vida y aman con el mismo amor y así logran, con la fuerza del mismo Espíritu, vivir como hermanos.

 

 

 

Ungido

 
          Mesías es una palabra que significa «ungido» y que hace referencia a una costumbre existente en Israel y en algunos pueblos de su entorno que consistía en ungir con perfume a determinados personajes el día en que se les encomendaba una determinada tarea, como, por ejemplo, al rey el día de su coronación, al sumo sacerdote el día que asumía su función, etc. La unción era una ceremonia que daba carácter público y oficial a una misión. En tiempos de Jesús, la palabra Mesías había concretado su significado y se refería a un enviado de Dios que todo el pueblo estaba esperando para que resolviera de manera definitiva todos los problemas que hacían sufrir a la nación y al pueblo israelita.
          Jesús, declarado Mesías el día de su bautismo, fue entonces ungido; pero no con perfume, sino con el Espíritu mismo del Padre, Dios, para que llevara a cabo la tarea que le había sido encomendada y el compromiso que él, en el mismo bautismo, había asumido y aceptado (Lc 3,21-22).
          Para presentarse a sí mismo y a su mensaje, Jesús se dirigía siempre -especialmente al principio de su misión- a donde la gente se encontraba, a las sinagogas, en donde se reunían los judíos cada sábado a escuchar la lectura de la Ley y los Profetas y a recitar salmos y oraciones. Y cuando llega a Nazaret, su pueblo, adonde seguramente había llegado la fama de sus predicaciones (Lc , lo invitan a hacer y comentar la lectura del día. Le dan un volumen, y Jesús, con suma libertad, mezcla dos párrafos del profeta Isaías (61,1-2 y 58,6) y corta uno de ellos por donde le parece que el texto del profeta no refleja adecuadamente el ser de Dios. Y al terminar afirma que aquellas palabras se están cumpliendo en ese momento, delante de quienes lo están escuchando. Así se declara el Mesías -ungido- enviado por Dios: «Hoy ha quedado cumplido este pasaje ante vosotros que lo habéis escuchado».

 
 

Un pueblo oprimido

 
          Israel era un pueblo humillado y oprimido. Su situación era semejante a la de muchos otros pueblos de aquel tiempo, pero, entre las naciones que estaban sometidas al imperio romano, tenía la fama de ser especialmente rebelde. Y de todos sus habitantes, los Galileos estaban considerados como los más levantiscos de todos. Las montañas de Galilea sirvieron muchas veces de refugio a los que se alzaban en armas contra los romanos; y la población de aquella región sufrió, precisamente por esto, las más duras acciones de castigo por parte del ejército de ocupación. La fiebre nacionalista alcanzó allí una temperatura altísima, y la crueldad de la represión había hecho brotar el odio más amargo y el más fuerte deseo de venganza de toda Palestina.
          Ese era el ambiente que se respiraba en Nazaret, en cuya sinagoga sitúa Lucas la presentación oficial del programa de Jesús: a un pueblo oprimido Jesús le habla de liberación; a unos corazones rebosantes de rencor, Jesús les expone el plan de Dios: gracia y favor; sin venganza, sin castigo.

 

Primero la liberación

 
          Jesús se levanta y se dirige al encargado del orden de la celebración, y en el libro que este le entrega busca un pasaje con cuyas palabras quiere presentar su propio programa:
          «El Espíritu del Señor descansa sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado...» Jesús no actúa por propia iniciativa. Es el Espíritu del Señor -la potencia creadora de Dios, su energía vital, la fuerza de su amor- quien lo empuja a desarrollar una misión que le va a producir muchos quebraderos de cabeza, que se va a desenvolver en medio de la oposición de quienes no están interesados en que Dios sea padre, porque no quieren que los hombres sean hijos, sino siervos de Dios... y de ellos.
          «...a dar la buena noticia a los pobres, ... a poner en libertad a los oprimidos...» Al escuchar estas palabras los paisanos de Jesús seguramente que empezaron a asentir con la cabeza: los pobres, los oprimidos, eran ellos; a ellos se dirigía de nuevo la Palabra del Señor, como en los tiempos de los antiguos profetas; Dios volvía a manifestarse del lado de los de abajo y en contra de los opresores.
          Y aquel Jesús... -debían estar pensando mientras escuchaban la lectura del profeta Isaías- estaba haciendo honor a la tradición de su pueblo y al ejemplo de sus mayores: ¿no había sido José un luchador duro y valiente que había merecido el apodo de "El Pantera"
1?
          Jesús propone delante de sus paisanos un proyecto de liberación: los pobres, los cautivos, los ciegos, los oprimidos son los primeros destinatarios de su mensaje. En la rebeldía de aquellos galileos había mucho que aprovechar: su deseo de justicia su pasión por la libertad, su compromiso personal que los llevaba a jugarse y a perder la vida por la libertad de su pueblo (sabemos que fueron muchos los galileos que murieron a manos de las legiones romanas y según una hipótesis -imposible de comprobar definitivamente, pero bastante razonable- José, el esposo de María, pudo ser uno de ellos). Podemos suponer que, hasta ese momento, el éxito de Jesús en medio de sus paisanos parecía estar asegurado.
 

Liberación, no venganza

 
          Jesús siguió leyendo: «...a proclamar el año favorable del Señor.» Y ahí se detuvo. Y concluyó presentando su persona y su palabra como el cumplimiento de todo lo que acababa de leer: «Hoy ha quedado cumplido este pasaje ante vosotros que lo habéis escuchado».

         Las palabras de Isaías continuaban con una dura amenaza: «...a proclamar el año favorable del Señor, el día del desquite de nuestro Dios». Estas últimas palabras las debían estar esperando los paisanos de Jesús: el día del desquite, la dulce venganza, el momento de ver arrodillados ante ellos a los que los tenían ahora humillados, con la dignidad ultrajada...
         Jesús es el Mesías; y el que acaba de proclamar, sirviéndose de las palabras del profeta Isaías, es su proyecto: devolver la libertad a los que no la tienen porque, de una u otra manera, con cadenas o mediante el miedo, otros se la han arrebatado. Él viene a devolver la conciencia a los hombres que, ciegos por cualquier razón, no son capaces de reconocer la imagen y la presencia de Dios en el ser humano, en ellos mismos.
          Y acabar con la más cruel de todas las esclavitudes, el miedo a Dios, también es objeto de la acción liberadora del Mesías; a partir de ahora nadie tendrá motivos para temer a Dios, nadie podrá asustar a los hombres en nombre de Dios: de parte de Dios ya no se anuncia venganza ni castigo, sólo gracia.
            Hemos dicho que la profecía de Isaías termina con una amenaza, con el anuncio de «el día de la venganza de nuestro Dios»; Jesús censura y no lee esa frase con toda intención: con su misión comienza una nueva época en la que las relaciones de Dios con la humanidad se basarán exclusivamente en el amor. Como siempre había sido, aunque algunos hombres se habían empeñado en cargar sus propias venganzas en las espaldas de Dios.
 
 

Un Mesías con otro estilo

 
          En tiempos de Jesús había varias maneras de entender la misión del Mesías: las dos principales consideraban que el Mesías tendría la misión de hacer que la gente fuera más buena, más religiosa, que estuviera más atenta a sus relaciones con Dios. Según otros, la tarea del Mesías sería devolver su poder, su grandeza y su orgullo a la nación israelita. Todos iban a quedar decepcionados con el Mesías Jesús.
          Si en la sinagoga de Nazaret había algunos que esperaban un Mesías ocupado preferentemente de las cuestiones religiosas, éstos fueron los primeros que debieron experimentar una gran frustración: las palabras de Isaías con las que Jesús presenta su proyecto no hablan de Dios más que en una dirección: de arriba abajo, de Dios hacia el hombre. Dios ha concedido la fuerza de su Espíritu al Mesías no tanto para que logre que el pueblo se preocupe de Dios, sino para mostrar a los hombres hasta qué punto y por qué son ellos objeto de la preocupación de Dios: a Dios le preocupa la felicidad de los hombres y, en especial, que los que por cualquier razón no son realmente libres puedan llegar a serlo, y así, puedan realizar plenamente su proyecto: ser imágenes suyas, ser hijos suyos; por eso los ciegos, los pobres, los presos, los oprimidos... constituyen la principal preocupación de Dios, y ellos ocuparán el centro de la atención del Mesías y -así debería ser- de los seguidores de este Mesías.
          Los que esperaban un Mesías nacionalista también quedaron decepcionados. Porque Jesús no sigue leyendo, no habla de venganza, sólo de gracia, no habla de desquite, sólo de perdón.
 
 

Liberación y perdón

 
          Liberación y gracia, libertad y perdón. Las dos cosas juntas. Los paisanos de Jesús se irritaron al escuchar hablar sólo de la gracia y reaccionaron irritados por la omisión de las palabras que se referían a la venganza: «extrañados del discurso sobre la gracia que salía de sus labios», y quedaron desconcertados al descubrir que el «hijo de José» no hacía honor a la memoria de su padre (Lc 4,23). Tanto se irritaron que intentaron despeñarlo por un tajo (4,28-29); «Pero él se abrió paso entre ellos y emprendió el camino» (
4,30).
          También hoy hay quienes se disgustan o se asustan cuando escuchan palabras como libertad, emancipación, compromiso por la justicia, lucha por la liberación, e intentan hacer callar a quienes pronuncian estas sagradas palabras. Aquellos, en nombre de la liberación, reaccionaron en contra de la gracia; éstos, en nombre, quizá, de la gracia, condenan la liberación; unos y otros se oponen y estorban el proyecto de Dios: liberación y gracia; gracia en la liberación.
 

Libres para ser hermanos

 
          Los antiguos profetas, al escuchar la voz de Dios, no pudieron sustraerse a lo que su entorno les decía, e incluyeron la venganza de Dios en el anuncio de liberación. Jesús, la buena noticia de Jesús, elimina el miedo a Dios, porque nos muestra su auténtico rostro y lo presenta más que como Señor o Rey, como Padre de todos que quiere que todos los hombres sean hijos suyos y vivan como hermanos.
 
          Por eso los seguidores de Jesús, con la fuerza del mismo Espíritu de liberación que descansaba sobre Jesús, deben constituir una familia, un cuerpo en el que todos sus miembros, independientemente del servicio que cada uno de ellos preste a los demás, tienen todos la misma importancia, la misma dignidad, merecen el mismo respeto y el mismo trato..., con una sola excepción: hay que tratar con más cuidado a los más débiles, del mismo modo que «Dios organizó los miembros del cuerpo procurando más cuidado a los más necesitados».
          Y, por la misma razón, en la comunidad de Jesús deben quedar superadas todas las desigualdades que, con diversos pretextos, los hombres han ido creando entre ellos: «...a todos nosotros, ya seamos judíos o griegos, esclavos o libres, nos bautizaron con el único Espíritu para formar un sólo cuerpo». Un sólo cuerpo, una comunidad solidaria en la que el bien de uno es el bien de todos y el sufrimiento de cualquiera es compartido por los demás: «...para que no haya discordia en el cuerpo y los miembros se preocupen igualmente unos de otros. Así, cuando un órgano sufre, todos sufren con él; cuando a uno lo tratan bien, con él se alegran todos».
Un amor de esta clase sólo era posible entre hombres libres. La liberación era necesaria para que fuera posible este amor.


1. Así le llaman algunos escritos rabínicos posteriores, sin que se aprecie en ellos ningún matiz peyorativo.