Domingo 2º del Tiempo Ordinario
17 de Enero de 2016

  

 

 

 

 

Que no falte el buen vino nuevo

 

         Dios no quiere alejarse de nuestro mundo; si a veces su presencia se echa de menos la culpa no es suya, sino de quienes han olvidado que Él no puede estar allí donde no hay amor. El evangelio de hoy nos lo vuelve a decir: Dios hará que nuestro mundo sea una fiesta y, si nosotros colaboramos y lo aceptamos, hará que el vino -el amor- no se acabe.

 

 

Como un novio apasionado

 
            El objetivo último que Dios pretende que la humanidad alcance es la justicia y la paz, es decir, la armonía en las relaciones humanas para que los hombres puedan ver plenamente satisfechas sus necesidades, las verdaderas necesidades, desde las que son imprescindibles para conservar su vida -el alimento- hasta las que son propias de un ser que ha sido hecho para que refleje en el mundo la imagen de Dios -el amor. Por eso Dios manda al hombre que sea justo y le exige que respete los derechos y la dignidad de los demás seres humanos. Pero estos mandatos no salen de la mente fría de un legislador que exige que se respete el orden establecido y que está dispuesto a sancionar la más mínima trasgresión, sino que son fruto de un corazón lleno de amor, interesado en el bien y en la felicidad de aquellos a quienes ama. El profeta Isaías se contagia de ese sentimiento y así logra superar las dificultades propias de la misión profética para anunciar, de parte de Dios, la posibilidad de un mundo más justo, más humano: «Por amor de Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que rompa la aurora de su justicia y su salvación llamee como antorcha».
            Es frecuente en los escritos proféticos encontrar la descripción del amor de Dios a Israel como una historia de amor en la que un marido -Dios- se mantiene siempre fiel a su esposa -el pueblo elegido- que, una y otra vez, es infiel al amor de su Señor; Éste, a pesar de las infidelidades de su amada, está siempre dispuesto a renovar su amor. Las buenas relaciones de Dios con su pueblo quedan, pues, simbolizadas en un matrimonio, en una historia de amor.
            En la primera lectura se muestra este esquema: la situación de Israel (Sión, Jerusalén) se describe como una noche -la tiniebla es símbolo de la opresión y ésta se considera como la consecuencia de la infidelidad del pueblo en sus relaciones con el Señor-  que está a punto de terminar o, lo que es lo mismo pero descrito de modo más optimista, como un día que está para despuntar. El amanecer llegará con la salvación de Dios que consiste en el establecimiento de la justicia entre los hombres y la restauración de las buenas relaciones de estos con su Dios.
            Isaías, que ha descrito hace poco su misión como la proclamación de una buena noticia de liberación (61,1-3), vuelve a describir esa salvación usando ahora la imagen del novio enamorado que encuentra su alegría en el amor de su esposa :
«Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa la encontrará tu Dios contigo». El profeta anuncia una reconciliación más en esta historia en la que Dios siempre puso el amor y el pueblo, después de algún momento de euforia y de alegría, aportó siempre la traición. El cambio de nombre, «Abandonada» y «Devastada» por «Mi favorita» y «Desposada», expresa con toda claridad el sentido de la nueva relación y el compromiso de Dios de estar siempre cercano y presente en medio de su pueblo.
            En resumen: en la línea con otros escritos proféticos, el amor apasionado de un hombre  por su enamorada sirve de símbolo de la alianza de Dios con su pueblo, lo que, por un lado revela que las relaciones de Dios con la humanidad tienen siempre su origen en el amor de Dios; por otro lado, el escoger este símbolo para representarlas, pone de manifiesto la elevada consideración que el amor humano tiene en la Palabra de Dios.
 
 

Causas, responsables y víctimas

 
            La Historia de las relaciones de Dios con su pueblo son, decíamos, la historia de un amor repetidamente traicionado; ese punto de vista es indiscutible, de acuerdo con los escritos proféticos. Lo que también es incontestable es que en esas traiciones la responsabilidad de los dirigentes es (véase, p.ej.: Ez 34; Jer 23) mucho mayor que la del resto del pueblo; más aún, en muchos escritos proféticos se habla de un pequeño resto, pobre y humilde dentro de ese pueblo, que se mantiene fiel a la alianza con el Señor (Is 1,9; 4,3; 6,13; 10,20; Jl 3,5; Abd 17; Miq 5,6; Zac 8,11).
            En el evangelio de este domingo encontramos todos estos personajes: además de Jesús y sus discípulos, se menciona al responsable del banquete -el maestresala-, los servidores y María, la madre de Jesús. De la novia no se habla; al novio lo llaman al final para presentarle las quejas por haber servido al final el mejor vino. La atención del relato se centra en María, el maestresala y diez enormes tinajas de piedra que ocupan el centro del relato; y en la acción de Jesús. Y en el vino.
            Si interpretamos al pie de la letra el texto del evangelio, nos encontraremos con una papeleta de difícil solución: ¿no resulta un poco desproporcionado pensar que el Hijo de Dios se hizo hombre sólo para tener unos cuantos detalles amables y espectaculares como el de convertir el agua en vino en una boda en la que la poca previsión de los responsables o la mucha sed de los invitados habían hecho que se acabara la bebida? Y si aducimos que este y los demás milagros le sirven para probar su divinidad, ¿no habría resultado mucho más convincente si hubiera garantizado, no ya el vino para una fiesta, sino el pan para todos los hambrientos de la historia?
            Sin embargo, en una lectura menos superficial del texto evangélico, podremos descubrir que lo que Juan quiere  explicar con el relato de las Bodas de Caná es la superación de esa dinámica de amor-traición proponiendo un nuevo fundamento a las relaciones de Dios con la humanidad. Por eso comienza descubriendo las causas y desenmascarando a los responsables últimos del fracaso de la vieja religión para presentar a continuación el nuevo modelo de relación de los hombres con Dios que va a sustituir al antiguo.
 
 

No tienen vino... ¡ni agua!

 
            La religión judía había llegado, en tiempos de Jesús, a una degradación total. La relación de Dios con su pueblo, que los profetas habían descrito como un enamoramiento apasionado o como la ternura de un esposo con su esposa (además de la primera lectura, Is 62,5, véanse también 54,1-8; Jr 2,2; Ez 16,8.60-63; Os 2,16.20-22) se había convertido en una serie de ritos y ceremonias, repetidos una y mil veces y orientados a resolver la permanente duda que la doctrina oficial creaba en la conciencia de los creyentes: ¿estaré en buenas relaciones con Dios? Esta era una de las más tremendas realidades de la religión de Israel: sus dirigentes y sus pensadores -los sumos sacerdotes, fariseos y letrados- presentaban la imagen de un Dios más que justo, justiciero, dedicado en exclusiva a vigilar si sus fieles siervos cumplían las muchas leyes que, según decían los dirigentes, Él les había dado; y con la constante amenaza de un implacable castigo. Pero como eran tantas las leyes y como, además, cualquiera podía cometer pecado y caer en impureza sin ni siquiera darse cuenta, las gentes vivían constantemente en la incertidumbre de no saber si estaban o no en amistad con Dios. La solución era participar cuantas más veces mejor en las ceremonias que se celebraban en el templo para pedir perdón al Señor y realizar en casa una y otra vez los ritos y lavados de purificación prescritos en las leyes religiosas. Este modo de entender la práctica religiosa lo describe -y lo critica y desenmascara- el evangelio de este domingo colocando en el centro del relato esas seis tinajas de unos cien litros de capacidad cada una -¡seiscientos litros nada menos!-, destinadas a contener agua sólo para uso religioso, «para las purificaciones de los judíos». Y lo peor es que las tinajas ¡estaban vacías! Aquella religión no servía ni siquiera para lograr lo que sus dirigentes decían que era el objetivo de la práctica religiosa: conseguir y conservar la pureza, hacer al hombre aceptable a Dios. Todo esto hacía imposible el amor en las relaciones del hombre con Dios: en la Antigua alianza, es decir, en la religión judía, presentada en el evangelio como una boda según la costumbre de los profetas, se había terminado el vino, esto es, el amor (Cant 1,2; 7,10; 8,2). Y sólo María, que representa a aquel pequeño grupo que se había mantenido fiel al Señor -el resto de Israel-, toma conciencia del problema, mientras que la jerarquía religiosa -el maestresala- no se da cuenta del enorme desastre que estaba provocando y del que era responsable: dejar que se acabara el vino en una fiesta de bodas, dejar que se acabara el amor en las relaciones de los hombres con el Dios del amor y la misericordia.
 

El vino de calidad

 
            Jesús, que no pertenece a aquella boda, pues sólo estaba allí como invitado, va a ofrecer un anticipo del cambio que él, de parte de Dios, propone. Podría parecer que, al mandar llenar de agua las tinajas, va a devolver su contenido a la vieja religión judía. No es así: el agua se convierte en vino pero ¡una vez fuera de aquellas tinajas! Las tinajas, llenas o vacías, ya no sirven para restablecer la amistad del hombre con Dios. Jesús va a devolver a los hombres la posibilidad de establecer con Dios una relación de amor, más allá de todas las limitaciones que les imponía el sistema religioso. La tarea que afronta Jesús y que en este momento está en sus comienzos no consiste en una reforma religiosa, sino en abrir otro cauce de comunicación entre Dios y el hombre, basado en el don de su propio Espíritu, su vida misma que hace a los hombres hijos de su Padre y hermanos suyos, capaces de amar con su mismo amor. Es la suya una nueva y definitiva alianza basada en la fuerza del Espíritu de amor que sustituye y declara caducada la vieja alianza que por culpa de los dirigentes había perdido su fuerza liberadora y su contenido de amor y misericordia para quedar reducida a una ley fría -de piedra- y al miedo al castigo. Por una vez el vino nuevo será, como reconoce y lamenta el maestresala, de más calidad que el añejo. Y para siempre el amor sustituirá a la ley y la alegría de la fiesta ocupará el lugar del temor al castigo.
            Así deben ser nuestras relaciones con Dios: experiencia y práctica de amor que nos hace vivir nuestra existencia como una fiesta, desbordante de gozo y amistad, en la que Dios se regocija con la alegría de sus hijos. Y que a nadie le parezca poco. Si alguien desea encerrar en leyes y estructuras prefabricadas y controlar exigiendo obediencia a quien ha adoptado el amor como norma de vida, le va a resultar muy difícil. Pero es que esas leyes y estructuras ya no son necesarias, son totalmente superfluas; pues si una ley es justa, si favorece el bien del hombre, lo que en ella se exige quedará más que cumplido por el que acepta la nueva alianza, pues éste, con la fuerza que le da el vino nuevo, el Espíritu de Jesús, tratará de llegar mucho más lejos que lo que una ley puede exigir: a dedicar y, si es necesario, a entregar la vida por la felicidad de todos y cada uno de los miembros del género humano. Y viendo este modo de vida, el Padre se mudará y vivirá para siempre en la casa de sus hijos (Jn 14,23).

 

 

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