Sagrada Femilia
27 de diciembre de 2015

  

 

  

 

 

Semilla de una familia universal

 

   No le bastó con ofrecerse a todos como Padre y quiso ser también hijo y hermano. Y se hizo presente, como hijo de hombre, en una familia humana para enseñarnos a ser hombres y hermanos de los hombres. Hoy recordamos a aquella familia de Nazaret, que podría servir de ejemplo para las familias cristianas, comprometiéndose a colaborar en la conversión de la humanidad en una única y universal familia.

 

 

 

Valores humanos para la familia cristiana

 
    Pablo, en la carta que escribe a los a los cristianos de Colosas, les aconseja que vivan en sus comunidades una serie de valores que la Iglesia, al elegir esta lectura para la fiesta de la Sagrada Familia, los está proponiendo como adecuados para que la familia sea el lugar en el que primero se manifiesta la fuerza de la Buena Noticia. La lista de valores que propone Pablo no son específicamente cristianos, como no lo es la institución familiar; pero todo lo verdaderamente humano, todo lo que de positivo hay en el hombre, puede vivirse al estilo de Jesús.

  

Ternura entrañable, agrado...

 
    La vida se ha convertido, parece que de manera irremediable, en una permanente competición en la que no se permite ni un solo descuido. La ternura, en este ambiente, resulta ser debilidad -¡ay de aquél que siente compasión de su enemigo!-  A los varones siempre nos estuvo prohibido exteriorizar nuestros afectos: eso era cosa de mujeres. Ahora las mujeres luchan por situarse en un plano de igualdad; y algunas de ellas lo hacen identificándose con los valores de la sociedad machista y renegando de la ternura para hacerse duras y poder competir en una lucha en la que se consideran en desventaja. Sin embargo, si la ternura desapareciera de las relaciones familiares...
    Ni María ni José fueron, por los datos que poseemos, personas débiles; para comprobarlo es suficiente con leer el canto de María en casa de su prima Isabel (Lucas 1,46-55); Jesús tiene poco de persona débil. Pero hay momentos en los que la ternura en las relaciones de aquella familia, aunque no se mencione, se percibe claramente.
    Una manifestación de esta ternura, tan necesaria en las relaciones familiares, es el agrado, es decir, el deseo, el compromiso de hacer que los demás tengan una existencia agradable. La preocupación de José y María por Jesús y el tono respetuoso del reproche que le hacen por haberse perdido, así lo muestran.
 

...humildad, sencillez....

 
    Poco hay que decir de estas cualidades, pero, ¡cuánto pueden favorecer la armonía familiar!. La humildad, que consiste fundamentalmente en reconocer que todos somos iguales en lo esencial, perfectamente compatible por otro lado con la exigencia de que sea respetada la propia dignidad; sencillez, que añade a la humildad la transparencia, el no tener doblez. La humildad de uno hace que los demás confíen en sí mismos; la sencillez de los otros engendra confianza en los demás.
    Los relatos de la infancia de Lucas muestran constantemente el verdadero sentido de estas cualidades y su presencia en la familia de Nazaret.
 

Tolerancia... perdón

 
    Tolerancia no consiste en hacer la vista gorda ante los abusos o las injusticias; perdón no significa renuncia a que los propios derechos sean restaurados si han sido violados. Más bien equivalen a respeto a la diferencia la tolerancia; y el perdón al restablecimiento de la solidaridad en un proyecto de vida común.
    No cabe duda de que la radical diferencia de Jesús fue respetada en el seno de su familia humana; y si alguna de sus actuaciones se interpretó alguna vez como falta  -el quedarse sin permiso en Jerusalén, por ejemplo- seguro que no se hizo esperar el perdón.
 

...y por encima de todo...

 

    Cualquier amor sincero, pero sobre todo el amor al estilo de Jesús, da pleno sentido a la vida en común llenando de sentido la vida de cada uno: vivir consiste en buscar la felicidad de los demás. Que hace falta el amor en una familia y que lo había en la de Jesús... ¿lo dudará alguien?
    Pero, a la luz del evangelio, el amor de una familia cristiana no puede agotarse dentro de ella. La familia cristiana es la que ama al estilo de Jesús y la que, cómo él, sabe que -si es posible como unidad familiar-, debe ocuparse de las cosas del Padre.
    Hacerlo así supone la realización del último consejo de Pablo a los colosenses: «... y cualquier actividad vuestra, de palabra o de obra, hacedla en honor del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él».
 
 

Semillero de hombres libres

   

    Pero la familia de Jesús no se caracteriza sólo por ser modelo de valores humanos. En ella se fue haciendo adulto el proyecto de Dios encarnado en un niño nacido de mujer. Por eso, sobre los valores meramente humanos, se nos presentan otros, que no lo son menos pero que, a fuerza de no practicarlos, podrían parecer sobrehumanos. Porque aquella familia fue escuela, no sólo de buenas personas, sino germen y principio de una humanidad nueva integrada por hombres libres.

  
 

Dios en un hijo de hombre
 

 
    Nos sorprende y nos emociona pensar que Dios ha querido ser Padre en lugar de ser amo, como si, puestos a pensarlo, pudiera esperarse otra cosa de quien es todo y sólo amor; nos llena de alegría saber que es su vida la que nos mantiene vivos, como si pudiera haber verdadera vida fuera de El. La verdad es que a muy pocos les resulta difícil descubrir el bien y la belleza si nos llegan desde arriba: mirar hacia arriba, tender hacia arriba, subir, ascender... Arriba, donde siempre han estado los tronos de los poderosos y las cuentas de los ricos. Pensando así, nos habría sido muy difícil entender qué es lo que significa que Dios es Padre. Por eso, en Jesús, él se vino abajo, para que lo tuviéramos que encontrar, pequeño y sin fuerzas, como hijo, en una familia pobre y sencilla en la que, además, se fueron planteando los mismos problemas, y en muchos casos mayores, que los que tiene que afrontar la mayoría de las familias.
    En Israel se alcanzaba la mayoría de edad a los doce años. Desde entonces el israelita se consideraba miembro de pleno derecho de la comunidad religiosa judía (excepto para algunas cuestiones, como el servicio de armas) y quedaba plenamente sometido a la Ley de Moisés; por eso era a esta edad cuando los niños judíos acompañaban a sus padres por primera vez en la obligada peregrinación anual de Jerusalén.
    José y María eran dos israelitas piadosos, cumplidores de la Ley, observantes de las costumbres y normas religiosas, y en ese espíritu querían educar a su hijo, Jesús: «Sus padres iban cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús había cumplido doce años, subieron ellos a la fiesta según la costumbre...»
 
 

Un hijo independiente

 
    Quienes tengan una idea tradicional de esta institución, en la que todo gira alrededor de la autoridad del cabeza de familia, entenderán con dificultad la actitud de Jesús, que se queda en Jerusalén no sólo sin el permiso de José y María, sino sin decírselo siquiera: «mientras ellos se volvían, el joven Jesús quedó en Jerusalén sin que se enteraran sus padres».
    Para Jesús, las relaciones familiares son importantes. Al terminar este relato, Lucas afirma que, después de que sus padres lo encontraran «en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas», y después de algunas aclaraciones que José y María «no comprendieron», «Jesús bajó con ellos, llegó a Nazaret y siguió bajo su autoridad». Pero la familia ni tiene por qué ser un ámbito en el que la libertad y la independencia de todos quede subordinada a la autoridad de uno de sus miembros, ni puede convertirse en un obstáculo para quien aspira a romper todas las barreras que impiden a los hombres encontrarse y quererse como hermanos; la independencia de Jesús en este relato anuncia la que, de modo definitivo, mostrará cuando María y algunos de sus familiares pretendan acercarse a él quedándose fuera del grupo de los que lo escuchan: «Madre y hermanos míos son los que escuchan el mensaje de Dios y lo ponen por obra» (Lc 8,21).

  

Las cosas de mi Padre

 
    El sentido del episodio que acabamos de recordar está ya anunciado en el evangelio de este domingo: Jesús tiene otro Padre y, por tanto, su familia según la carne no es su única familia y, ni siquiera, la más importante: es el otro su verdadero Padre -«¿Por qué me buscabais? No sabíais que yo tengo que estar en lo que es de mi padre?»- y pretende que la humanidad entera se convierta en una gran familia en la que todos sean sus hermanos.
    El significado de este relato parece claro: su indiscutible origen humano no lo ata ni a una familia, ni a un pueblo -este episodio representa también la emancipación de Jesús respecto a Israel-, ni a una cultura, ni a unas instituciones religiosas; él está en relación directa y privilegiada con el Padre del cielo; por eso él es a partir de ahora el lugar de la presencia de Dios en la tierra. Su atención a los que sólo esta vez el evangelio de Lucas llama maestros, los expertos en la Ley de Moisés, no muestra más que el respeto a la experiencia de un pueblo que sintió intervenir a Dios en su historia para hacerlo un pueblo de hombres libres, experiencia que sirvió de preparación para otra que la va a superar y que está ya a las puertas: Dios va a intervenir de nuevo en la historia para ofrecer a todos los hombres la oportunidad de ser aún más libres, dándoles la posibilidad de ser hijos y la de ser felices viviendo como hermanos. Esa es la misión que trae a Jesús por esta tierra, y ante ella, todo lo demás pierde importancia: la familia, las instituciones religiosas, la propia persona, la misma vida.

     La Sagrada Familia puede ser ejemplo de las familias cristianas sólo si la miramos desde la perspectiva de Jesús. En ella el Hijo de Dios empezó a ser y aprendió a ser hijo de hombre, para enseñarnos a ser hombres libres y a vivir como hermanos.