Domingo 33º del Tiempo Ordinario - Ciclo B
15 de noviembre de 2015

  

 

 

  

En las manos del Padre...

y en nuestras manos

 

      No nos preocupemos más por la hora en que habremos de encontrarnos con el Padre. Él ha tomado en sus manos ese asunto, ¿a qué entonces tanta preocupación? Y sabemos que Jesús abrió la puerta de la reconciliación con Dios a la humanidad entera. Ocupaciones y asuntos mucho más cercanos ha puesto Él en nuestras manos: luchar en favor de la libertad de hombres y pueblos y contra toda esclavitud y opresión; y desenmascarar a quienes en nombre de cualquier Dios esclavizan y oprimen.

 

 

La salvación después del desastre

 
        La primera lectura, que pertenece al libro de Daniel, es el primer pasaje de todo el Antiguo Testamento en el que de manera explícita se habla de la resurrección de los muertos.
        Aquí, como en muchos otros lugares del A.T., después del anuncio de situaciones del desastre y de la llegada del fin (11,45), se presenta un oráculo de salvación. Lo que destaca en este texto es, precisamente, que la salvación trasciende la vida terrena de los hombres y alcanza a los que ya han muerto.
       A la salvación, que se describe como vida eterna, precede la resurrección e, implícitamente, un juicio en el que serán discriminados unos, que resucitarán a una vida que no acabará jamás, y otros de los que se dice que su despertar será para ignominia perpetua.
       En este texto se pudieron inspirar otros escritos posteriores que hablan de un castigo eterno, del infierno; sin embargo, la oposición vida eterna - ignominia perpetua no permite interpretar este texto en ese sentido (la oposición, para que fuera posible esa interpretación, debería haber sido vida eterna para la dicha - vida eterna para la desgracia).
       No obstante, la imagen del infierno tuvo bastante éxito; y todavía hoy hay quienes se valen de ella para seguir presentando una imagen terrorífica de Dios.
 
 

¿No más ofrendas?

 
       De este modo, obtener el perdón de Dios y con el perdón la salvación eterna resultaba un objetivo que a muchos de nosotros nos parecía inalcanzable cuando se nos aterrorizaba con la idea del infierno, justo castigo a nuestros inevitables pecados. Y, además, para que de ninguna manera pudiéramos dormir tranquilos, nos decían que era presunción -un gravísimo pecado de soberbia, insistían- el estar seguros de alcanzar nuestra salvación eterna.
       A quien se tomaba todo esto en serio -y eso sucedía en muchísimos casos y sigue sucediendo en determinados ambientes más o menos fundamentalistas- la vida estaba preñada de una angustia insoportable ya que cualquier despiste podía ser causa de eterna condenación en la otra vida. Y el miedo a pecar se convertía en falta de confianza en uno mismo, arruinaba la autoestima y, de camino, impedía el amor a Dios, es decir, hacía imposible la experiencia de sentirse amados por Dios, pues el amor verdadero es incompatible con el temor (1ªJn 4,18).
       Y, sin embargo, cuando se nos enseñaban todas estas cosas, la carta a los Hebreos hacía ya muchos siglos que estaba escrita y que formaba parte de los libros considerados por la Iglesia como inspirados por el Espíritu Santo. Y en esa carta se nos dice que el perdón de Dios a la humanidad y a cada uno de los hombres ya es un hecho. Ya no lo tenemos que pedir más, pues nos los consiguió el primer Hombre que supo entregarse por entero a la realización del designio de Dios, dándonos con su entrega, la capacidad de entregarnos nosotros también a la misma tarea: «Primero dice: "Sacrificios y ofrendas... ni los quieres ni te agradan". ... y después añade: "Aquí estoy yo para realizar tu designio"... Por esa voluntad hemos quedado consagrados, mediante la ofrenda del cuerpo de Jesús Mesías, única y definitiva». (Heb 10,8-10). Esto significa que el único medio válido para alcanzar la amistad con Dios es asumir y ser fieles al compromiso de trabajar para que su proyecto sea realidad entre los hombres; y, confiando plenamente en él, dejar de preocuparnos ya por el perdón de Dios: «Donde el perdón es un hecho, ya no hay más ofrendas por el pecado».
 
 

Un doble horizonte

 
       Los discípulos de Jesús estaban preocupados por el inmediato futuro. Cuando faltaba ya muy poco para que Jesús llevara a término su compromiso, todavía pensaban que su misión era restaurar el reino de David.
       Jesús, mirando al templo de Jerusalén había anunciado una ruina inminente: el templo de Jerusalén sería destruido (Mc 13,1-2); a los discípulos no les preocupó creyendo que, como muchas otras veces, el desastre sería anuncio una nueva acción salvadora de Dios para realizar la restauración, ahora definitiva, del reino de Israel, y preguntan a Jesús que cuándo sucederán esas cosas y con qué señal anunciará Dios su intervención salvadora en favor de la nación judía (Mc 13,3-4). En su respuesta, Jesús ensancha la mezquina perspectiva de los discípulos abriéndoles un doble horizonte. El primero es el que antes debe interesar a los discípulos, pues es el que Dios ha puesto en su mano: la liberación de la humanidad; el segundo, el que se refiere a la salvación eterna de cada uno de los seguidores de Jesús, lo mantiene el Padre como competencia exclusiva suya. Por un lado, les dice, Dios no va a intervenir para salvar a la nación israelita; no deben, por tanto, esperar señal ninguna que la anuncie (Mc 13,5-8.14-23); y, en segundo lugar, les comunica que con el desastre de la religión judía comenzará una nueva etapa de la historia, un proceso de liberación abierto a toda la humanidad (Mc 13,24-27).
       La ruina del templo no pertenece al plan de Dios, sino que es efecto de la infidelidad de Israel. Esta infidelidad -que ha llegado al colmo cuando los dirigentes y la mayor parte del pueblo han rechazado a Jesús- ha hecho ineficaz la fuerza salvadora de la antigua alianza, que por eso deja ya de tener vigencia; su ruina será un momento de gran angustia, pero éste no será el final, sino el comienzo de los dolores de parto que preceden al alumbramiento de una nueva humanidad; el nacimiento y la maduración de ese mundo nuevo serán consecuencia del anuncio de la Buena Noticia, que tiene que proclamarse a todas las naciones (Mc 13,9-13). Al momento de la ruina de Jerusalén y al comienzo de la entrada de los pueblos paganos en el reino de Dios se refiere la comparación de la higuera.
 

«...el sol se oscurecerá...»

 
       En el Antiguo Testamento, el sol y la luna representaban a las divinidades paganas (Dt 4,19-20; 17,3; Jr 8,2; Ez 8,16); los astros y las potencias del cielo, a los jefes de las naciones que justifican su poder en nombre de sus dioses y que se divinizan a sí mismos (Is 14,12-14; 24,21; Dn 8,10). Diversos pasajes describen la caída de los imperios usando imágenes de una catástrofe cósmica (Is 13; 34; Jr 4,20-26; Ez 32,1-8). Con este mismo lenguaje, Jesús anuncia cuál va a ser el efecto del anuncio del evangelio a los demás pueblos: «En aquellos días, después de aquella angustia, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo y las potencias que están en el cielo vacilarán ...» La traducción de todo este conjunto de imágenes podría ser, en síntesis, ésta: Los sistemas de poder establecidos en las naciones se asientan en la opresión de los pueblos y son justificados por las respectivas religiones paganas. Al igual que la predicación de Jesús descubrió la corrupción del sistema judío, la predicación del evangelio a todos los pueblos va a descubrir que esos sistemas son injustos, tiránicos y causa de sufrimiento y de muerte; entonces las divinidades paganas aparecerán ante quienes las veneran como dioses falsos y los poderes opresores que se apoyan en ellas irán cayendo.
       No se habla aquí de un momento final en el que toda injusticia será derrotada, sino de un proceso que se irá repitiendo a lo largo de la historia, consecuencia del avance de la Buena Noticia entre los hombres y los pueblos del mundo. Y, por supuesto, no se trata del anuncio de un portentoso y extraordinario milagro, ni de un cataclismo cósmico, sino del compromiso de Dios a favor de la libertad de los hombres y en contra de toda opresión y de la solidaridad del Padre con todos aquellos hijos suyos que se comprometen, como Él en la construcción de un mundo más justo y más humano.
 
 

La llegada del Hombre

 
       Aunque es su arma más importante, el poder nunca ha podido mantenerse apoyándose exclusivamente en la pura violencia; siempre ha necesitado, por una parte, la complicidad de muchos que, a cambio de algunos privilegios, venden su dignidad, renuncian a su libertad y colaboran de muy diversos modos en el sometimiento de la mayoría; por otra parte, dentro de esa mayoría, muchos están cegados por el poder y no ven lo que les pasa: son esclavos, aunque se creen libres; y son cómplices de los esclavizadores, aunque la palabra «libertad» no se les cae nunca de la boca.
       Y los que consiguen tomar conciencia de la situación son marginados, perseguidos, eliminados...
       Entre estos últimos tenemos que estar los cristianos. El mundo nuevo que ya empezaron a anunciar los profetas será un regalo de Dios que habrá que ir conquistando mediante el compromiso fielmente mantenido de luchar contra todo aquello que ofende la dignidad de quienes son imagen de Dios y contra todo lo que estorba las relación de fraternidad entre quienes son hijos de Dios. Por eso entre los marginados, perseguidos y eliminados por el poder habrá siempre algunos seguidores de Jesús.
       A todos ellos, seguidores y no seguidores, a todos los que vayan cayendo, víctimas de la violencia despiadada -aunque muchas veces disimulada- del poder, a todos ellos -«el que no está contra nosotros está con nosotros»-, para llevarlos junto al Padre, los irá recogiendo Jesús, el Hombre, el primero que de forma totalmente consciente entregó su vida en manos de los poderosos para demostrar que Dios no está con ellos, sino con quienes sufren sus injusticias. Los llevará al cielo, que no habrá sido un pretexto para dar la espalda a los problemas de los pobres y los oprimidos, sino, muy al contrario, el final de un camino de solidaridad, la culminación de un amor que ha llevado a la entrega de la propia vida por la liberación de los hermanos.
       Cuándo llegará ese momento no es asunto que deba preocuparnos, de eso se ocupa nuestro Padre Dios: «en lo referente al día aquel o la hora, nadie entiende, ni siquiera los ángeles del cielo, ni el Hijo, únicamente el Padre». No hay razón para la evasión, para eludir nuestro compromiso con este mundo. No está justificado el desinterés por esta historia presente. Salvo que no nos fiemos del Padre, salvo que pensemos que el asunto de nuestra salvación definitiva no está en buenas manos.
 
 

Hace ya 26 años

 
       El día 16 de noviembre de 1989. Mañana se cumplirán 26 años de su martirio. Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Joaquín López y López, Amando López y Juan Ramón Moreno, junto con la Sra. Julia Elba Ramos y su hija Celina, fueron asesinados dentro del campus de la UCA. Los asesinos también incendiaron y saquearon el Centro Monseñor Romero. Un vehículo de la Primera Brigada del ejército, con altavoces, circuló por los alrededores del arzobispado anunciando: "¡Ellacuría y Martín-Baró ya cayeron! ¡Seguimos matando comunistas!"
       Ya hace 26 años que pasó Jesús a recogerlos. Ellos fueron, y siguen siendo para nosotros, modelo de esos seguidores de Jesús que mantuvieron fielmente su compromiso de luchar contra todo aquello que ofende la dignidad de quienes son imagen de Dios y contra todo lo que estorba la fraternidad de quienes son hijos de Dios. Les constó la vida. Como a Jesús. Pero precisamente por eso, sabemos que su muerte, ni fue en vano, ni fue definitiva: siguen presentes con Jesús, en medio de la comunidad cristiana.
       Ellos habrán experimentado ya que su vida estaba en buenas manos. Por eso, ellos siguen inspirando, desde la casa del Padre, a los que trabajan, a los que intentamos trabajar, por la justicia y la paz, por la paz verdadera.

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