Domingo 29º del Tiempo Ordinario - Ciclo B
18 de octubre de 2015

  

 

 

 

 

Servicio libre y liberador

                                                 

     En el mundo parece que no puede haber orden si éste no se impone mediante el poder. La historia, sin embargo, nos dice que el poder es causa de los mayores desórdenes: imperialismo, guerra, injusticia, esclavitud, tortura, violación de los derechos y la dignidad de la persona humana... El evangelio de hoy, además de denunciar la injusticia de los poderosos que e e e tiranizan  y oprimen a los pueblos, ofrece una alternativa al poder: el servicio y el don de sí mismo en favor de la liberación de todos.

 

 

 

 

El poder no lo da Dios.

 
      En algunos textos del Antiguo Testamento, se consideraba que el poder, el del rey de Israel sobre todo, lo otorgaba Dios a quien el monarca representaba (en realidad, estos textos son más una advertencia y una exigencia de fidelidad al proyecto de Dios que una legitimación del poder). Muchos otros pasajes, sin embargo, se muestran claramente contrarios al poder de unos hombres sobre otros.
      El relato en el que se cuenta la elección del primer rey de Israel (2º Samuel 8,1-22) es, por sí mismo, harto significativo: esta elección no se hace porque Dios lo quiere, sino en contra del deseo de Dios (quien, por cierto, respeta la libertad del pueblo que él hizo libre): «Haz caso al pueblo en todo lo que te pidan. No te rechazan a ti, sino a mí; no me quieren por rey.» Así habla Dios a un Samuel disgustado porque los ancianos de Israel, en nombre de todo el pueblo, le piden que les nombre un rey, «como se hace en todas las naciones». Dios, como vemos, accede, pero le hace saber al pueblo cuál será el comportamiento, cuáles son “los derechos” del rey:

      «A vuestros hijos los llevará para enrolarlos en sus destacamentos de carros y caballería, y para que vayan delante de su carroza; los empleará como jefes y oficiales en su ejército, como aradores de sus campos y segadores de su cosecha, como fabricantes de armamentos y de pertrechos para sus carros. A vuestras hijas se las llevará como perfumistas, cocineras y reposteras. Vuestros campos, viñas y los mejores olivares os los quitará para dárselos a sus ministros. De vuestro grano y vuestras viñas os exigirá diezmos, para dárselos a sus funcionarios y ministros. A vuestros criados y criadas, vuestros mejores burros y bueyes se los llevará para usarlos en su hacienda. De vuestros rebaños os exigirá diezmos. ¡Y vosotros mismos seréis sus esclavos! Entonces gritaréis contra el rey que os elegisteis, pero Dios no os responderá».

      A pesar de estas perspectivas, el pueblo insiste («No importa. ¡Queremos un rey! Así seremos nosotros como los demás pueblos. Que nuestro rey nos gobierne y salga al frente de nosotros a luchar en la guerra») y Dios indica a Samuel que acepte lo que el pueblo pide: «Hazles caso y nómbrales un rey». En realidad el autor de este fragmento no está haciendo otra cosa que relatar lo que está viendo, lo que está viviendo y poniendo en boca de Dios, en tono de advertencia, lo que le dicta su experiencia, lo que fue práctica habitual de muchos reyes de Israel y de los países colindantes cuyos comportamiento fueron claramente discrepantes con la voluntad del Dios de la Liberación.
      Los profetas, por su parte, son también extremadamente críticos con el comportamiento de los poderosos, a quienes acusan de ser los culpables de los males que aquejan al pueblo, en especial a los más débiles: «Pastores!, esto dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores? Os coméis su enjundia, os vestís con su lana; matáis a las más gordas... no recogéis las descarriadas ni buscáis las perdidas y maltratáis brutalmente a las fuertes» (Ez. 34,1-5).
 

El poder lo da...

 
      Ahondando en esta línea, el mensaje evangélico considera el poder como una de las realidades de la sociedad humana que muestran que ésta se ha organizado de espaldas a la voluntad de Dios, hasta tal punto que Lucas dice expresamente en su evangelio que para alcanzar el poder hay que adorar a Satanás, de quien el poder procede, no de Dios: «...el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo: - Te daré toda esa autoridad y su gloria, porque me la han dado a mí y yo la doy a quien quiero: si tú me rindes homenaje, será toda tuya» (Lc. 4, 5-6).
      El evangelio condena el poder, y los seguidores de Jesús deben rechazarlo porque impide la fraternidad entre los hombres y es causa de muchos sufrimientos. Por eso, a los que creen que el reino de Dios es como los reinos de este mundo y ambicionan los primeros puestos en el gobierno de ese reino, les dice Jesús: «Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las dominan, y que sus grandes les imponen autoridad».
      Los hombres, además de por los sufrimientos propios de la naturaleza humana, sufren porque unos se hacen sufrir a otros; la causa principal de este sufrimiento es la ambición de riqueza y de poder; y el mecanismo por el que se hace sufrir podríamos describirlo, simplificándolo, así: el que tiene ocasión roba a los más débiles los medios de subsistencia para, acumulándolos, conseguir poder; una vez conseguido el poder, es necesario robar la libertad de los sometidos para poder seguir robándoles (si parece simplista este esquema, analícese el neo-colonialismo y el imperialismo que todavía padecen los pueblos pobres de América, Asia y África, considerando que el sujeto que posee el poder no es tanto un individuo aislado cuanto una corporación, una multinacional o un imperio; y el ataque de los “mercados” a los sistemas sociales y democráticos).
 
 

Servicio libre y  liberador

 
      La primera lectura corresponde al final de lo que se conoce como el cuarto canto del Siervo de Yavhéh, el último de una serie de poemas que se encuentran al final del Segundo Isaías. En estos poemas se habla de un personaje que en los escritos del Nuevo Testamento se identificará en unos casos con Jesús y en otros con la comunidad de sus seguidores o con alguno de ellos en particular. En este canto, el último de los cuatro, el autor ofrece una doctrina totalmente nueva que constituye un importante avance teológico. El sufrimiento asumido libremente, nos viene a decir, tiene un valor redentor, liberador, porque, a cambio del su entrega, el siervo obtendrá un peculiar botín: «Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos». Esta línea de pensamiento también la continúa y la lleva a su punto culminante el evangelio.
      El deseo de poder convierte a los hombres en competidores entre sí, hace que desconfíen unos de otros y les impide vivir como hermanos. Por eso Jesús propone a los suyos una alternativa radical.
      A Santiago y Juan que piden los cargos más importantes del reino Jesús les ofrece otra cosa: participar en su bautismo, dejarse sumergir por las mismas aguas que Jesús, es decir: participar en su destino que pasa por la entrega total de la propia vida, -vida que los poderes de este mundo tratarán de arrebatarle-, para que sea posible un mundo en el que los hombres sean y vivan libres, y se traten como hermanos, poniendo por obra la voluntad del Dios que se ofrece como Padre de todos.
      Jesús, en contra de lo que creían sus discípulos, no va a cambiar el mundo desde arriba, conquistando el poder y, desde él y con la fuerza que el mismo le podría proporcionar, efectuar las transformaciones que incluye en su proyecto; su camino es exactamente el contrario: entrará en conflicto con todos los poderes de este mundo -el religioso, el político, el militar, el económico-, y ese conflicto lo llevará a la muerte. Este hecho pondrá en claro una doble enseñanza, el carácter demoniaco del poder y el verdadero camino para liberarse de él: estar dispuestos a servir a los demás por amor, en conflicto con unas estructuras sociales dentro de la cuales la vida del hombre se convierte necesariamente en una dura competición o en la más dura esclavitud.
       A esta enseñanza sigue la invitación a dejarse la piel, si es necesario, en esta tarea.
 

No ha de ser así

 
      Los discípulos de Jesús, como hemos visto en domingos anteriores y como se confirma por el pasaje de este domingo, también son esclavos de la ideología que impone el poder, tanto los dos que tratan de adelantarse, como el resto, que se enfada al darse cuenta de que Santiago y Juan se les querían anticipar: todos buscaban los mejores puestos.
      Jesús no se limita a decirles que él no va a ser rey político de Israel. Ya les ha anunciado por tres veces que su camino pasa, sí, por Jerusalén; pero que lo que allí encontrará será el conflicto, la persecución y la muerte a manos de las autoridades políticas y religiosas de su país. Jesús va más allá y ofrece a todos una enseñanza fundamental acerca de cómo deben organizarse sus seguidores: el modelo de convivencia que se estructura alrededor del poder y de la imposición de la autoridad no es válido para sus seguidores. Y quede claro que no es ya el abuso sino el mero uso del poder lo que excluye el evangelio en las relaciones entre los cristianos. El poder y la autoridad han de ser sustituidos por otros valores, la igualdad y el servicio: «Al contrario, entre vosotros, el que quiera hacerse grande ha de ser servidor vuestro, y el que quiera ser el primero, ha de ser siervo de todos». Y esto del servicio tiene que ser un hecho, no un título honorífico más.
      No se trata de ejercer el poder de otra manera, sino de eliminarlo de las relaciones entre los hombres, empezando por las relaciones entre los seguidores de Jesús. No debe haber espacio para el poder en la comunidad cristiana en la que no tienen cabida las desigualdades, ni el dominio de unos sobre otros: «No os dejéis llamar 'Rabbi; pues vuestro maestro es uno solo y vosotros todos sois hermanos, y no os llamaréis “padre” unos a otros en la tierra, pues vuestro Padre es uno solo, el del cielo; tampoco dejéis que os llamen “directores”, porque vuestro director es uno solo, el Mesías. El más grande de vosotros será servidor vuestro» (Mt 23,8-11).
 

A derecha e izquierda

 
      Ni Jesús ni el Padre van a conceder privilegios a ninguno de los suyos. Cuando pase el trago que ha de pasar y sea sumergido en las aguas que han de sumergirlo, en el momento en el que se coloque sobre él el título de rey, cuando en la cruz lleve hasta el final su servicio por el rescate y la liberación de todos, en ese momento, a su derecha y a su izquierda, habrá sólo dos ladrones, compañía que servirá a los dirigentes para seguir engañando al pueblo, confundiendo a Jesús con un delincuente más. Pero ninguno de los doce, ninguno de los que pretendían conseguir tal colocación, estaba allí en aquel momento. De entre sus seguidores, sólo algunas mujeres -¡precisamente mujeres en aquella sociedad machista!- se habían atrevido a llegarse por allí, observando lo que sucedía desde lejos...
      No podemos escamotear este mensaje a la humanidad; la Iglesia no puede, de ninguna manera, esconder a los hombres que Dios nos quiere iguales, hermanos. Y para ello la Iglesia tiene que eliminar de su interior todo rastro de poder, todo rastro de dominio y, en consecuencia, todo lo que pueda parecerse, aunque sea de lejos, a la relación de amo y esclavo, de jefe y súbdito. El respeto a los derechos humanos en su interior, la igualdad de todos sus miembros -incluidas, claro está, las mujeres-, aunque los carismas -que los reparte el Espíritu con absoluta libertad, nadie más, no lo olvidemos-  sean distintos. Y el estar dispuestos a pasar el trago de ser considerados reos de muerte por nuestro compromiso personal y colectivo con la liberación de todos los hombres sometidos son exigencias del mensaje de Jesús de Nazaret.