Domingo de la Santísima Trinidad
15 de junio de 2014

Dios: vida, amor y libertad para los hombres

 

 

     El nuestro es un Dios que, porque da la vida, es Padre; porque entrega su vida para hacer hermanos es Hijo: y, como vida que se entrega para que los hermanos se quieran, es Espíritu. Un Dios que ha querido manifestarse como Hombre entre los hombres y que ha querido que el hombre pase, como Hijo, a formar parte de la divinidad. Un Dios que es amor, sólo amor, en sí mismo y en sus relaciones con el hombre. Un Dios al que damos gloria cuando hacemos que su misericordia reine entre nosotros. Un Dios que se define a sí mismo por su relación con la humanidad: Padre de los hombres, hermano de los hombres y vida, amor y libertad de los hombres.
     Esto es lo que celebramos este domingo.

Texto y breve comentario
Primera lectura: Éxodo 34,4b-6.8-9
    Salmo responsorial: Daniel 3,52-56
        Segunda lectura: 2ª Corintios 13,11-13
            Evangelio: Juan 3,16-18

 

 

 

 

 Dios nos habla

 

      Los cristianos conocemos a Dios porque él ha querido hablarnos. Una de las peculiaridades del cristianismo es que nuestra fe no nace del deseo o de la necesidad del hombre de llegar hasta Dios, sino de la decisión de Dios de ponerse en contacto con los hombres: su Hijo, «la Palabra hecha carne», es la prueba, aunque esta aproximación había empezado mucho antes.

      Dios había estado intentando ponerse en contacto con la humanidad durante mucho tiempo, desde que intervino en Egipto mostrándose como un Dios amante de la libertad de hombres y pueblos. Su intento de darse a conocer se vio una y otra vez frustrado; y su mensaje fue unas veces desoído y otras involuntaria o voluntariamente manipulado. Hasta el punto de que se le llegó a presentar como un Dios caprichoso y arbitrario, dispuesto a imponer durísimos castigos a los hombres por violar leyes insignificantes, o un Dios cruel que ordenaba pasar a cuchillo a poblaciones enteras, incluidos los ancianos y los niños... (véase, por ejemplo, Jos 6,21; 8,2.22-29).

      Sin embargo, frente a estas imágenes de Dios y frente a los crueles dioses de los países vecinos que gozaban con el castigo, que no perdonaban el más mínimo error de sus fieles, que para calmar su ira necesitaban ver correr la sangre de víctimas humanas ofrecidas a ellos en sacrificio... frente a todas estas imágenes de Dios, el Señor Dios de Israel se presenta a sí mismo ante Moisés como un Dios «compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel, que conserva la misericordia hasta la milésima generación». Y esto lo hace después de que, en el camino que los llevaba desde la esclavitud de la que Dios los liberó hasta la tierra que les había prometido, los israelitas hubieran consumado la primera gran traición contra Él construyéndose y dando culto a un becerro de oro (Éxodo 34,6-7).

      Las imágenes falsas de Dios no son fruto de la casualidad. Los poderosos, para legitimar su poder y la manera de ejercerlo, para conseguir que el pueblo se doblegara sin rechistar a sus caprichos y que aceptara el sometimiento, la explotación y la miseria sin atreverse ni siquiera a realizar sólo un gesto de rebelión, para poder justificar una organización social en la que unos pocos -uno sólo, algunas veces-, eran los dueños y señores de todos los demás, los poderosos -insisto, aunque ahora no esté de moda hablar así- necesitaban una imagen de Dios con estas características, para que les sirviera como medio de legitimación de su poder y como instrumento de control ante posibles reacciones del pueblo frente a su desgobierno.

      Pero el Señor escogió a Israel para ir rompiendo esa falsa imagen, para darse a conocer como un Dios al que le preocupan asuntos tales como la libertad de los hombres, -como muestra su activo compromiso en la liberación de los esclavos hebreos de Egipto- y la justicia en las relaciones sociales: por eso la mayoría de sus mandamientos se refieren a las relaciones interpersonales, porque creer en el Dios liberador exige organizar la sociedad tomando como eje el respeto a la libertad y a los derechos de los demás. Y no sólo el respeto: el amor, la compasión, la misericordia que debe superar, como en el mismo Dios, al castigo en una proporción de mil por cuatro: «que conserva la misericordia hasta la milésima generación... y castiga la culpa de los padres con los hijos y nietos, hasta la tercera y cuarta generación». Así es Dios, así se presenta Él; y así debería haberse configurado la sociedad israelita para servir de modelo a todas las naciones, para ir preparando a la humanidad para recibir la gran noticia: que en Dios no hay otra cosa más que misericordia.

 

No viene a juzgar
 

      A Dios se le ha presentado con mucha frecuencia como juez. Y es cierto que en la Biblia hay pasajes en los que se atribuye a Dios esta función. Lo que sucede es que, en lugar de ver en qué sentido o de qué manera Dios realiza esta tarea -Dios es juez justo porque, comprometido con la justicia, se pone del lado del pobre y del humilde (p. ej.: Sal 82; 94,2)-, lo que hemos hecho es aplicarle a Dios el paradigma de juez que tenemos los hombres o, con más frecuencia, el modelo de juez que interesaba justificar a las clases dominantes. Por eso se olvidaban frases como la que ya hemos citado de la primera lectura de este domingo -«Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad» (Éx 34,6)- para poner siempre en primer plano aquellas expresiones que, hablando de castigo, de infierno o de cosas por el estilo, provocando miedo y temor, servían para dominar cualquier tipo de rebeldía, convirtiendo a Dios en justificador de los que de tejas abajo se habían arrogado el papel de dioses/jueces de sus semejantes. Sobre todo cuando estos jueces decían que su función procedía del mismísimo Dios o que ellos mismos eran dioses (Nabucodonosor, a los tres jóvenes que no quieren adorarlo, los condena y los manda arrojar al infierno, a un horno ardiendo). Y es importante constatar que no ha sido una sola, sino muchas las religiones que, a lo largo y ancho del mundo y de la historia, han presentado y siguen presentando así a Dios.

      Pues no. El Dios cristiano, el Padre, que se ha manifestado en Jesús de Nazaret, es un Dios que no quiere juzgar, que no amenaza, que no condena. Aunque algunos -dicen ellos que en su nombre- acudan con demasiada facilidad a la condena y se empeñen en mantener la amenaza de un infierno cruel.

      Pero para nosotros los cristianos sólo hay un camino para conocer a Dios: Jesús de Nazaret. Sólo en él tenemos la garantía de poder conocer a Dios tal y como Dios se ha querido dar a conocer (Jn 1,18).

Dios es amor...
 

      El Dios de Jesús es un Dios que sólo es Padre, que sólo es vida, que sólo es amor, que sólo salva.

      Es misericordia solamente, solamente amor. Cualquier otro dios habría hecho saltar el mundo en pedazos para vengar el atrevimiento de sus habitantes: colgar de una cruz a su Hijo. Pero, en ese caso, ese otro dios no habría sido sino la proyección ampliada del poderoso más fuerte y violento de este mundo. El Padre de Jesús, sin embargo, es mucho más grande que cualquiera de los hombres que se engrandecen a costa de la dignidad de sus semejantes: porque su grandeza no nos empequeñece, sino muy al contrario, nos hace más grandes, más parecidos a Él. Porque su grandeza es el amor, y su manifestación por medio de Jesús es sólo comunicación de amor, no tiene otro -no cabe otro- contenido: «Porque así demostró Dios su amor al mundo, llegando a dar a su Hijo único...».

      Lo que sucede es que el Padre no impone la salvación que nos envía por medio de Jesús, sólo la ofrece. Porque su salvación es efecto de su amor. Y el amor respeta siempre la libertad; no sólo la respeta: la busca, la potencia. Y en el uso soberano de esa libertad, el hombre podrá aceptar o rechazar la salvación que el Padre le ofrece.

 

...sin medida

 

      Esta es la primera cualidad de Dios que los cristianos tenemos que tener en cuenta cuando queramos hablar del Padre, de nuestro Dios: Dios es amor. Pero una vez más tenemos que cuidarnos de no hacer a Dios a nuestra medida: su amor no es como el nuestro, casi siempre mezclado con egoísmo, casi siempre más preocupado por ser correspondido que por alcanzar su objetivo: la felicidad de la persona amada.

      Su amor es infinito, sin medida y no espera ser correspondido... al modo humano.

      La calidad del amor que Dios ofrece se pone de manifiesto en la entrega de su Hijo y en el objetivo que busca alcanzar: la salvación de la humanidad: «Porque así demostró Dios su amor al mundo, llegando a dar a su Hijo único, para que todo el que le presta su adhesión tenga vida definitiva y ninguno perezca». Una salvación que no es sólo una promesa para la vida futura, sino también una posibilidad para ésta: es la posibilidad (que está en nuestras manos convertir en realidad) de llegar a ser hijos de Dios, la posibilidad de convertir este mundo en un mundo de hermanos. Es el amor del Padre, que por amor da la vida, y que quiere que sus hijos sean muchos y se le parezcan amando como Él ama, practicando el amor fraterno. Porque así es como Dios quiere que le correspondamos.

 

Padre, Hijo y Espíritu

 

      Ese es el Dios cristiano. Esta es la salvación que él ofrece. Por eso, no debemos creer que ésta -la salvación- consiste, al menos en primer lugar, en "estar bien con Dios" sino más bien el ordenar el mundo de tal manera que los hombres estemos bien unos con otros: el resultado de la salvación de la que habla Juan es la solidaridad del Espíritu Santo, la comunión que crea la acción y la presencia del Espíritu en la comunidad. La salvación que Dios ofrece es que todos lleguemos a formar, ya, desde ahora, una sola familia, ese único cuerpo del que hablábamos el domingo pasado.

            La revelación de un Dios Padre, Hijo y Espíritu nos dice, además, que Dios no es un ser solitario, perdido en la lejanía del cosmos, sino una comunidad de amor que necesita que su amor se expanda y se comunique incesantemente. Por eso Dios sale al encuentro de la humanidad. Dios no nos busca para que le demos gloria; o, si lo queremos decir de otro modo, Dios recibe gloria cuando reproducimos entre nosotros su propio ser, cuando nos queremos, cuando dejándonos llevar por la fuerza de su Espíritu, ordenamos nuestra convivencia de tal manera que unos seamos para los demás cauces de su amor. Damos gloria a Dios, porque es eterna su misericordia, sí. Pero eso significa que aceptamos su amor de Padre y, como buenos hijos, lo convertimos en amor a los hermanos; asumimos como propia la tarea que empezó el Hijo, convertir este mundo en un mundo de hermanos; hacemos en nosotros eficaz la acción del Espíritu queriéndonos como hermanos y comprometiéndonos en la construcción de un mundo solidario en el que gobierne como ley única, el amor y la misericordia.

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