Domingo 22º del Tiempo Ordinario - Ciclo B
30 de agosto de 2015

  

 

 

 

Sobre todo: el bien del hombre (*)

 
      La tradición es un elemento muy importante en la vida de los pueblos; hay que cuidarla pues ella contiene una gran riqueza cultural y constituye un importante factor de identidad social. Pero las tradiciones contienen también elementos negativos y no se pueden convertir en norma intocable de conducta.
     En todo caso, también por encima de la tradición, está el bien del hombre.

 

 

No era cuestión de higiene

 
      Los fariseos y algunos teólogos llegados de la ciudad santa de Jerusalén, se muestran inquietos porque los discípulos de Jesús comen el pan sin lavarse las manos. Su preocupación no es una cuestión de higiene sino un asunto de carácter religioso. La pureza -un concepto que entre nosotros va perdiendo su sentido moral y que hasta no hace demasiado tiempo se refería casi exclusivamente al comportamiento sexual- abarcaba toda la vida la religiosa de los judíos, en especial la de los fariseos. Prescripciones entorno a  pureza e impureza se encuentran ya en el Antiguo Testamento, especialmente en el libro del Levítico (11-16.18), pero los fariseos aumentaron después esas abundantes prescripciones apoyándose en tradiciones que, según ellos, tenían el mismo valor que los escritos bíblicos.
      Los discípulos de Jesús ya habían comenzado a liberarse de la esclavitud de las leyes y de las tradiciones religiosas (Mc 2,18.23-24) y van actuando cada vez con más libertad. Los fariseos, reforzados por la presencia de los letrados de Jerusalén, vuelven a atacar dispuestos a no perder ninguna ocasión para desprestigiar a Jesús. Pero, una vez más, Jesús va a descubrir el verdadero rostro de estos hombres que se consideraban y se presentaban como piadosos.
      El asunto no es de menor importancia: los fariseos están acusando a Jesús de no inculcar en sus seguidores la consideración que merece la santidad de Dios; Jesús va a mostrarles que se reconoce y se da gloria a la santidad divina cuando se reconoce y se respeta la dignidad humana.
 
 

Preceptos humanos

 
      Los profetas habían denunciado muchas veces el uso que se hacía de la religión para tranquilizar la conciencia: se rezaba mucho al mismo tiempo que se practicaba mucho la injusticia. Acusaban al pueblo, y especialmente a sus dirigentes, de reducir toda la religión a ceremonias, a gestos exteriores que escondían un corazón vacío de amor a Dios e incapaz de amar al prójimo. Dios, dicen los profetas, no acepta esta clase de culto (véase Is 1,10-18; 58,1-12; Jr 7,1-28; Am 5,18-25; Zac 7). Jesús escoge uno de esos párrafos de los profetas para ponerlo ante los fariseos como juicio definitivo de su manera de entender las relaciones del hombre con Dios: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan es inútil, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos» (Is 29,13). Los textos citados anteriormente son aún más tajantes y expresan con la máxima claridad la necesidad de que el culto a Dios se cimente en la práctica de la justicia y la solidaridad; pero el texto que cita el evangelio de Marcos pone el dedo en la llaga y al descubrir la causa del mal: la religión ha quedado vacía porque algunos hombres han conseguido sustituir las exigencias de Dios por tradiciones puramente humanas a las que se les quiere atribuir origen divino, es decir seres humanos usurpando funciones divinas: de nuevo la tentación del paraíso, «seréis como dioses».
 

Pretextos divinos

 
      Jesús va a mostrar con un ejemplo que estas tradiciones invalidan los mandamientos de Dios y, además, perjudican a la mayoría de los hombres, aunque benefician a unos pocos, precisamente a los que las defienden. En los diez mandamientos de Moisés se mandaba cuidar a los padres, de modo que, en su ancianidad, no pasaran necesidades («honra a tu padre y a tu madre» significa fundamentalmente «atiende, sustenta a tu padre y a tu madre», no permitas que sufran la deshonra de una vida miserable; véase Ex 20,12). No hay nada tan humano como ese mandamiento divino. Pues bien: una de esas tradiciones que Jesús, con palabras de Isaías, llama preceptos humanos permitía la siguiente barbaridad: si uno calculaba el dinero que podía costarle atender a sus padres durante toda su ancianidad y ofrecía esa cantidad como limosna para el templo, ya no tenía obligación de cumplir el que, según el catecismo, es el cuarto mandamiento de la ley de Dios: «Si uno declara a su padre o a su madre: "Esto mío con lo que podría ayudarte lo ofrezco en donativo al templo", ya no le dejáis hacer nada por el padre o por la madre, invalidando el mandamiento de Dios con esa tradición que os habéis transmitido». Con el pretexto de honrar a Dios dando una limosna al templo se deshonra a los hombres con los que, desde un punto de vista humano, tenemos una relación más estrecha y unos deberes de solidaridad y de justicia más exigentes y, además, incluidos en una norma que forma parte de la Ley mosaica.
      En realidad, esa práctica no es más que la manifestación de una soberbia egolátrica y egoísta que se enmascara tras una falsa religiosidad: el hombre sustituye a Dios justificando, en nombre del mismo Dios, que prevalezca en las relaciones humanas un desorden contrario a la voluntad y al designio del Señor de la Liberación.
 
 

Lo malo es... la mala idea

 
      Jesús se dirige después a toda la multitud y vuelve a la cuestión de la pureza para decir que ésta no está en las cosas ni en las acciones en sí mismas, sino en el corazón del hombre.
      Nada de lo que hay en la creación es impuro. Es la buena o la mala intención del hombre, al hacer uso de las cosas, lo que hace que algo sea agradable (puro) o desagradable (impuro) a Dios.
      Después, al completar la explicación para sus discípulos, que tampoco parecían muy capaces de entender, pone como ejemplo algunas de las acciones que son desagradables a Dios; en todas ellas hay un denominador común: son acciones que hacen daño a la vida, a la dignidad o a los derechos del hombre: «Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre; porque de dentro, del corazón del hombre, salen las malas ideas: incestos, robos, homicidios, adulterios, codicias, perversidades, fraudes, desenfreno, envidia, insultos, arrogancia, desatino. Todas esas maldades salen de dentro y manchan al hombre».
      Entre nosotros también se invoca demasiado la autoridad de la tradición y se olvida, también demasiado, el valor del corazón; nos preocupa mucho hacer lo que siempre se ha hecho, sin pararnos a averiguar si eso es lo que conviene al hombre, y nos privamos de demasiadas cosas que no harían más que aumentar el caudal de alegría de nuestro mundo porque las tradiciones exigen que nos privemos de ellas. Las tradiciones, repitámoslo, pueden tener valor, pero, por el simple hecho de ser tradición  no pueden ser normativas; la norma es el querer hacer, de corazón, lo que Dios quiere, y lo que Dios quiere es el bien del hombre. ¿No sería oportuno revisar muchas de nuestras tradiciones, leyes y manifestaciones de la religiosidad llamada popular, en las que no parece haber ningún inconveniente para que participen con ostentación muchos enemigos de la vida, la dignidad y los derechos del hombre?



El hombre... sin más

 
      Las leyes acerca de la pureza otorgaban a los israelitas un estatuto de superioridad respecto al resto de los hombres: los demás, los paganos eran impuros, profanos, por lo que no podían, por ejemplo, acceder a determinadas estancias del templo de Jerusalén.
      Lo que este pasaje plantea en el fondo es precisamente si es posible establecer una división entre lo profano y lo sagrado, especialmente en relación con el hombre [inmediatamente después de este pasaje trata el evangelio el tema de la situación del mundo pagano (7,24-31) y sus posibilidades de liberación (8,1-8)].
      La respuesta -negativa, por supuesto- parece clara: no hay hombres profanos; no hay fieles e infieles por razón de raza, nacionalidad o confesión religiosa; lo único que hace al hombre infiel a los ojos de Dios es, de nuevo, su mala idea, su intención perversa, su comportamiento contrario a los derechos y a la dignidad de sus semejantes. Y lo que hace al hombre fiel a Dios es su lealtad con el hombre, con la persona humana. Y, por supuesto, esto vale tanto para el varón como para la mujer a la que, en determinadas circunstancias, los fariseos consideraban también impura.
      En el momento histórico presente, en el que tantos fundamentalismos -incluidos algunos dentro del campo católico- y fanatismos religiosos dividen al género humano, este mensaje debería ser central en la predicación de las Iglesias y en el testimonio de las comunidades cristianas: no es la religión en la que estamos inscritos lo que nos hace agradables, fieles a Dios; no son nuestras tradiciones religiosas lo que nos acercan a él, sino las intenciones que determinan nuestra relación con los demás: lo que en un sentido positivo llamamos un corazón verdaderamente humano es lo que nos acerca a Dios... ser varón, ser mujer, ser humanos como Dios quiere, sin más. Y sin menos.
 

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(*) Uso “hombre” como término que incluye a toda la especie humana. Tratando de buscar un lenguaje que no sea sexista, pero que no recargue el discurso con constantes repeticiones, creo que se debe recuperar el uso de este término con sentido específico, como sinónimo de “persona”, dejando para cada uno de los géneros los términos de “varón” y “mujer”.

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