Domingo 18º del Tiempo Ordinario - Ciclo B
2 de agosto de 2015

  

 

 

 

 

El pan lo primero, pero no sólo el pan

           

           

          Por supuesto que hay que acabar con la miseria. Pero no basta con saciar el hambre; no basta con alcanzar un mínimo de justicia. Aunque en las circunstancias actuales acabar con el hambre y la injusticia más cruel sería un logro importantísimo, el proyecto de Jesús es mucho más ambicioso: pretende que el hombre consiga llenar no sólo el estómago, sino también el corazón: plenitud de justicia, de amor y, por tanto, de vida.

Texto y breve comentario de cada lectura
Primera lectura: Éxodo 16,2-4.12-15
    Salmo responsorial: 77, 3-4. 23-25.54
        Segunda lectura: Efesios 4,17.20-24
            Evangelio: Juan 6,24-35

         

¿Pan o libertad?

 
            Cuenta el libro del Éxodo (primera lectura) que, pasado el mar Rojo, cuando comenzaron las primeras dificultades para encontrar comida, «la comunidad de los israelitas protestó contra Moisés..., diciendo: ¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos». El hambre restó valor a la libertad recién alcanzada y, al recordar el pasado, la humillación de la esclavitud pasó a un segundo término, desplazada por el recuerdo de las ollas llenas de carne y el pan en abundancia de que disfrutaban en Egipto. Entonces, sigue contando el libro del Éxodo, Dios hizo llover una sustancia blanca a la que los israelitas llamaron «maná» y que sabía a galletas de miel (Ex 16,31).
            Gracias a aquel alimento no se detuvo la marcha hacia la libertad. A los israelitas nunca les faltó la comida porque, aunque siguieron protestando (Ex 17,1-7), el Señor no abandonó nunca al pueblo que había liberado. La tentación de volver atrás se repitió (Nm <br>,1-9), pero Dios no permitió que el proceso de liberación, recién iniciado, fracasara y los sació con aquel pan llovido del cielo (Ex 16,4.15; Neh 9,15) para que la falta de alimento material no apagara el hambre de libertad.

           

El alimento que dura

           
            Al terminar el reparto de los panes y los peces, Jesús se marchó solo al monte para evitar que lo hicieran rey; pero al día siguiente la gente fue a buscarlo porque con él, pensaban, estaría resuelto el problema básico de su vida. Es una reacción comprensible en quienes no tenían asegurado el pan de cada día; pero Jesús sabe que para que el hombre crezca en plenitud y su vida se haga definitiva es necesario un alimento más completo que el solo pan.
            El reparto de los panes y los peces no es sólo un medio para resolver el hambre material, es un nuevo modo de entender las relaciones humanas, sustituyendo el egoísmo por el amor y la ambición por la solidaridad y, precisamente por eso, señala la solución definitiva a la falta de alimento. La gente, que había saciado su hambre con el pan, no supo descubrir la señal; por eso pretenden hacer rey a quien les había dado de comer y van tras él sin haber asimilado la lección. Jesús, al contrario que los pastores de este mundo, no se siente feliz viendo cómo lo sigue una multitud de estómagos satisfechos, prontos a renunciar a su libertad y a su responsabilidad a cambio de un pan y de unos pescados . Por eso, en lugar de halagar sus oídos, les pone ante los ojos las razones de su interés por él: «No me buscáis por haber visto señales, sino por haber comido pan hasta saciaros».
            Y puesto que su misión no consiste en resolver los problemas sin esfuerzo ninguno por parte de los interesados, sino en proporcionar los instrumentos para que quien esté dispuesto busque, encuentre y aplique las soluciones adecuadas, anima a aquella multitud a no esperar que se lo den todo hecho, sino a trabajar. Eso sí, indicando que el trabajo que realmente vale la pena es el que proporciona algo más que la pura satisfacción de las necesidades materiales, el trabajo que busca saciarse con el alimento que ofrece el Hombre que ha sido configurado por Dios con el don del Espíritu (el sello de Dios): el Hombre que, en cada gesto que realiza, pone en práctica y manifiesta el amor de Dios.
 
 

El pan de la vida

 
            Cuando oyen a Jesús hablar de trabajo piensan en seguida en la antigua Ley de Moisés: Dios les había dado a los israelitas en el desierto el maná, pero también les impuso una ley que debían cumplir; ése fue el «trabajo» que Dios exigió a sus antepasados, y ahora esperan que Jesús les dé una lista de leyes que ellos están dispuestos a aceptar a cambio de que Jesús les asegure el pan. Pero Jesús no les da leyes; les pide algo más: «Este es el trabajo que Dios quiere, que prestéis adhesión al que él ha enviado». Jesús les pide la adhesión a su persona y a su proyecto: que lo acepten a él como «el verdadero pan del cielo..., el pan que baja de Dios y da vida al mundo».
            Jesús no pretende resolver ningún problema particular; él ofrece una respuesta global a la vida del hombre y se da como alimento para que esa vida crezca y se fortalezca y los hombres puedan saciar todas sus aspiraciones: acabar con el hambre, por supuesto, pero también satisfacer el deseo de amar y sentirse amado; ver cumplida la urgencia por la justicia, y también la necesidad de ternura, sentirse en armoniosa y fraterna relación con sus semejantes y también, como hijos, con el Padre Dios.
            El trabajo que Jesús nos pide a sus seguidores es que nos tomemos en serio todo esto; que nos pongamos de su parte, que aceptemos plenamente su proyecto de hacer de este mundo un mundo de hermanos, que dejemos que el Padre nos selle con su Espíritu y nos dé con él la fuerza que nos permita ser capaces de hacer de nuestra vida un don continuo en favor de la vida del Mundo, de tal modo que, sin rendirnos jamás en la lucha por la justicia, sin olvidar que la primera que hay que satisfacer es el hambre de alimento, nunca perdamos de vista que las hambres del hombre no se sacian sólo con pan y ni siquiera con sólo justicia: el hombre necesita plenitud de libertad y de amor, de todo amor, hasta del amor de Dios.
            A medida que nuestro mundo se vaya gobernando por la solidaridad y el amor, la vida del hombre irá alcanzando su pleno sentido, la presencia del amor de Dios se irá haciendo cada vez más patente y, así, se irá revelando el pleno sentido de las palabras de Jesús: «Yo soy el pan de vida. Quien se acerca a mí nunca pasará hambre y quien me presta adhesión nunca pasará sed».

 

Una ruptura necesaria

 
            La adhesión a Jesús no tiene por qué identificarse con una cultura o una determinada tradición religiosa; los paganos, para hacerse cristianos, no tuvieron que hacerse primero judíos, como pretendieron algunos al principio. Pero sí que es incompatible con determinados valores y actitudes contrarios al modelo de hombre y de humanidad que Dios quiere, valores ajenos a la vida de Dios (Ef 4,18).
            Es incompatible, en primer lugar, con un modelo de hombre centrado en sí mismo, ajeno a los problemas y a las necesidades de los demás; es incompatible con un tipo de hombre que se siente o se quiere superior a sus semejantes, que se atreve a someter a servidumbre a sus hermanos, que se cree con el derecho de corromper y comprar a quien le venga en gana porque considera legítimo hacer todo lo que pueda costearse y pagar con su dinero.
            Es incompatible también, con una persona que siente miedo o desprecia a otros seres humanos porque son distintos a él, en cultura, en posición social, en el color de la piel...
            Y es incompatible con los modelos de sociedad que hunden sus cimientos, favorecen y hacen posible esas maneras de ser persona.
            Comer el mismo pan significa compartir la misma vida; compartir el pan que baja del cielo supone participar de la misma vida de Dios; y participar de la vida de un mismo Padre es ser hermanos; pero para poder comer y compartir ese pan y esa vida primero hay que romper con todo lo que nos impide hacer de nosotros mismos, de nuestra vida, un don, un compromiso con la justicia, con la libertad y con la vida de los demás.

 

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