Domingo 11º del Tiempo Ordinario - Ciclo B
14 de junio de 2015

  

 

 

 

 

Hombres nuevos, nueva humanidad

 

         ¿Cambiar el hombre o cambiar el mundo? Las dos cosas. No es posible un mundo nuevo si los hombres siguen apegados a la vieja mentalidad. Leamos la historia y veamos cómo esa fue una de las principales causas del fracaso de muchas revoluciones. Pero, por otro lado, ¿de qué valdría un hombre nuevo que no fuera capaz de crear un nuevo orden social?

 

Texto y breve comentario de cada lectura
Primera lectura: Ezequiel 17,22-24
    Salmo responsorial: 91(92),1-2;13-16
        Segunda lectura: 2ª Corintios 5,6-10
            Evangelio: Marcos 4,26-34

 

 

Hombres nuevos

 
            El pueblo de Israel esperaba que Dios cambiara el mundo, y que lo hiciera de una vez: una intervención suya castigaría a los responsables de que el mundo estuviera tan mal organizado, especialmente a los que oprimían la libertad de la nación israelita, usurpando la soberanía de Dios sobre su pueblo elegido. A partir de ese momento, ya nada sería igual en el mundo: reinarían la verdad, la justicia, la lealtad... Y los pobres, los marginados y los débiles verían llegar, también para ellos, la abundancia el respeto, la dignidad.
            La primera de las parábolas de este domingo, sin desmentir lo más importante de la esperanza de Israel -la esperanza en una intervención de Dios en favor de un mundo en el que reinara la justicia- corrige un elemento importante: esa intervención no va a ser algo espectacular y definitivo. Dios va a reinar en el mundo, sí; pero empezando por el corazón de los hombres que deben aceptar, personal y libremente, su reinado.
            El sembrador de la parábola se limita a sembrar y sigue su vida; la semilla, independientemente de él, germina, crece, grana y entrega el fruto; entonces vuelve a intervenir el labrador para recoger la cosecha: es el momento de incorporarse a la comunidad, al reino de Dios en esta y en la otra vida.
            La intervención de Dios no será terrible, ni espectacular. En un primer momento su acción quedará oculta en la intimidad de cada uno de los que reciban su semilla, su mensaje; y será el cambio que se produzca en las que hagan germinar la semilla, es decir, el fruto, lo que revelará y hará pública la acción de Dios.
 
 

Humanidad nueva

 
            La esperanza de Israel alimentaba también el orgullo de un pueblo que, aún sabiéndose pequeño, aspiraba a las mayores grandezas. Esta esperanza queda expresada en la primera lectura en la que se anuncia que de un pequeño esqueje del pueblo, crecerá un árbol grande, más alto que ninguno, en el que podrán anidar todas las aves del cielo: «Cogeré una guía del cogollo del cedro alto y encumbrado... y lo plantaré en un monte elevado y señero, lo plantaré en el monte encumbrado de Israel... y llegará a ser un cedro magnífico; anidarán en él todos los pájaros, a la sombra de su ramaje anidarán todas las aves».
            También en esta ocasión el evangelio acepta sólo una parte de la esperanza de Israel: el reino de Dios quiere acoger en sí a todos los hombres; es una realidad que debe brotar y madurar en el corazón del hombre pero, cuando ya está maduro, tiene que salir al encuentro de otros hombres y, con ellos, realizar el proyecto de un mundo en el que reine la justicia, la solidaridad, el amor y la paz.
 

Grande..., el abrazo

 
            Dos elementos de la profecía de Ezequiel no se van a cumplir, sin embargo: la nueva realidad no será una continuación de la antigua y el poder, el dominio de unos sobre otros, no tendrá cabida en el nuevo proyecto.
            No es el cogollo de un viejo árbol lo que va a originar una planta nueva, sino una semilla. Así se indica la novedad radical del proyecto de Jesús: no será lo viejo lo que dé sentido a lo nuevo, sino al revés, será el mensaje de Jesús el que revele lo que había de válido en la vieja alianza.
            Por otro lado, en cuanto a su grandeza, la planta que nace de la semilla más pequeña de todas las que hay en la tierra, no será un cedro magnífico, plantado en un monte elevado y señero, sino un arbusto, plantado en el llano, en la huerta, que superará en altura ¡a todas las hortalizas! No es «altura» lo que Jesús espera de su comunidad, no es el poder lo que dará firmeza al reino de Dios; su grandeza estará, eso sí, en las ramas, como enormes brazos abiertos ofreciendo un abrazo, para que «los pájaros puedan anidar a su sombra». El proyecto de Jesús consiste, en un primer momento, en transformar al hombre, pero no puede quedarse en alumbrar un hombre nuevo, sino que los hombre nuevos deberán formar una nueva humanidad, un nuevo modo de organizar la vida colectiva, abierto ahora no a un sólo pueblo, sino a cualquier hombre en el que haya dado fruto la semilla que echó en él el sembrador; la universalidad estaba ya presente en los escritos de los profetas, pero en estos y, sobre todo, en sus intérpretes la salvación pasaba por la grandeza de la nación israelita, -el «monte encumbrado de Israel»- hacia la que serían atraídos todos los pueblos; en los evangelios la universalidad se alcanza a partir de la pequeñez de la semilla de mostaza.

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