Domingo 5º de Pascua - Ciclo B
3 de mayo de 2015

 

 

 

 

 

Este es el fruto que hay que dar

 
      Jesús se presenta como la vid verdadera. Él y los suyos, los que mantienen su adhesión a él, son el verdadero y único pueblo de Dios. Formar parte de este pueblo no es título que sirva de orgullo, sino exigencia y compromiso: de mantener la fidelidad a Jesús, de crecer en el amor, de construir la comunidad y de servir al mundo para que -en cada uno de nosotros y en el universo entero- sea una realidad la nueva humanidad que nace con Jesús resucitado. Éste es el fruto, una nueva humanidad.

 

 

 

La viña del Señor

 
      En muchos pasajes del Antiguo Testamento (el más conocido quizá es el de Is 5,1-7) se compara al pueblo de Israel con una viña que Dios cuida con esmero y en la que, sin embargo, cuando va a buscar fruto sólo encuentra la mayoría de las veces, uvas amargas: violencia, injusticia, desprecio y abuso de los débiles, opresión...
      Jesús, en el evangelio (Mc 12,1-12 y par.), denuncia a los dirigentes de la religión judía haciéndolos responsables de este fracaso: ellos habían pretendido apropiarse de la viña del Señor, del pueblo de Dios. Quizá empezaron por decir que sólo estando con ellos se podía estar con Dios y que, por tanto, sólo dentro de su institución era posible conseguir la salvación. En realidad, lo que habían hecho era convertir la religión en un negocio que les proporcionaba enormes beneficios económicos, privilegios, honores y poder. De este modo habían conseguido que las instituciones religiosas fueran, más que un medio para encontrarse con Dios, un obstáculo para llegar a él, porque a aquellos jerarcas ni les importaba el pueblo ni les importaba Dios: sólo sus propios intereses, su prestigio, su poder. Su último crimen fue matar al heredero o, utilizando la imagen del evangelio del domingo pasado, para seguir explotando al rebaño, mataron y pretendieron suplantar al verdadero pastor.
      En la larga conversación que mantiene con sus discípulos después de la última cena, Jesús les advierte que tengan cuidado para que no se repita esa traición a Dios y a su pueblo y, al mismo tiempo, les da, o mejor, les recuerda una magnífica noticia: él no va a dejar este mundo. Él no va a abandonar a los suyos, se quedará con aquellos que decidan poner en práctica el mensaje que él, de parte del Padre, les ha ofrecido. Y allí donde él esté, estará la viña, el pueblo de Dios: «Yo soy la vid verdadera, mi Padre es el labrador».
 

Una primera limpieza

 
      La frase con la que comienza este evangelio nos habla de la necesidad de estar unidos a Jesús para que demos fruto y este sea verdaderamente bueno. Pero no debemos perder de vista que para que esa unión sea realmente eficaz, debe estar precedida por una exigencia previa que en este texto se describe con la imagen de la limpieza, de la poda.
      En el evangelio se habla de dos limpiezas. Una, la primera, consiste en la ruptura con la injusticia de este mundo: «Vosotros estáis limpios por el mensaje que os he comunicado». El mensaje de Jesús no es sólo el proyecto de una nueva humanidad. Por serlo, es también crítica del presente, denuncia de la injusticia (a la que Juan llama pecado o pecado del mundo). Para poder aceptar el mensaje que Jesús nos comunica hay que cortar primero con esa injusticia, hay que romper con un modo de vida que tiene como consecuencia la esterilidad y la muerte. Para estar unido a Jesús es necesario haber roto con todo aquello con lo que Jesús entró en conflicto: una religión que hacía a Dios enemigo del hombre, un ordenamiento político opresor del hombre, una economía asesina de los hombres más débiles; es necesario haber dejado atrás el egoísmo, la ambición la complicidad con la injusticia, el desinterés por los semejantes.
      Pero el mundo este -este [des]orden- no va a dejar de buscarnos, de implicarnos en su sistema; y es posible que alguna vez los que ya estamos unidos a Jesús nos dejemos contaminar por sus valores, nos hagamos cómplices, en mayor o en menor grado de su injusticia... Porque el  incorporarnos a Jesús no nos saca del mundo ni nos libra de sus influencias. Los atractivos que éste presenta pueden ir adhiriéndose a nosotros, a poco que nos descuidemos; por eso aquella primera ruptura debe renovarse permanentemente. Será necesaria, por tanto, una segunda y permanente limpieza, que también corresponde al Padre: él se encargará de que nada vuelva a contaminar su viña: «Todo sarmiento que en mí no produce fruto, lo corta, y a todo el que produce fruto lo limpia para que dé más fruto».
 

Yo soy la vid

 
      Los profetas, al denunciar los frutos amargos que ofrecía aquella viña, anunciaron también -este era, sin duda, su principal objetivo- que Dios volvería a ocuparse de aquella parcela y la restauraría en su antiguo esplendor; los que confiaron y mantuvieron firme su confianza en Dios pudieron ver cumplida y superada esta esperanza. En la larga conversación que Jesús mantiene con su discípulos después de la última cena, se presenta a sí mismo como la vid verdadera. Si el domingo pasado se presentaba como el modelo de dirigente, ahora se muestra como el auténtico y verdadero pueblo de Dios: él y los que se mantengan unidos a él constituyen la nueva humanidad.
      La imagen del Antiguo Testamento se modifica ahora parcialmente: ahora no es una finca, no es una viña, sino una única planta, una sola cepa. También ésta representa al pueblo de Dios, al nuevo pueblo que nace de la misión y de la persona de Jesús; y ahora la relación de los miembros de este pueblo no es sólo la proximidad -no es la pertenencia a una nación, o a una raza, ni siquiera el compartir una misma cultura o el ser fieles de la misma religión- sino el compartir la misma vida, la que tiene su origen en Jesús. Y si la savia procede de tal tronco, los frutos no podrán ser amargos. El labrador sigue siendo el mismo, sólo que ahora su nombre es otro, “Padre”: «Yo soy la vid verdadera, mi Padre es el labrador».
      Desde ahora, allí donde esté Jesús, estará la viña, el pueblo de Dios. El acceso a Dios de los seguidores de Jesús no estará ya mediatizado por ningún tinglado humano, pues el Padre y Jesús vivirán allí donde se viva y se practique el amor: «Uno que me ama cumplirá mi mensaje y mi Padre le demostrará su amor: vendremos a él y nos quedaremos a vivir con él» (Jn 14,23).
 

Señales de comunión

 
      Que estamos unidos a -o en comunión con- Jesús se deberá notar fundamentalmente por dos cosas. La primera ya la hemos comentado: es haber quedado limpios por el mensaje. Si se quiere estar en comunión con Jesús no se puede estar en comunión con todo aquello que lo llevó a él a la muerte: el egoísmo y la riqueza, la ambición y el poder, el gusto por los honores y las desigualdades; es, por tanto, necesario que mantengamos una permanente vigilancia para que esos valores no nos contaminen.
      La segunda es dar fruto. Porque, por supuesto, el grupo de Jesús, las comunidades cristianas y la gran comunidad universal no son una realidad puramente espiritual ni una escuela de perfección individual: su vocación es ser un ámbito de libertad donde los hombres puedan vivir como hermanos, y su tarea ofrecer a todos los hombres ese modo de vida como alternativa al modo de vivir que impone el orden este. Por eso Jesús quiere que se nos conozca y se nos reconozca como seguidores suyos; sólo así podremos dar el fruto que él espera de nosotros: vivir y proclamar su mensaje y así actuar como testigos ante los que aún no lo conocen ni a él ni al Padre, para que puedan llegar a conocerlo y a quererlo y, entrando en comunión con él y con todos los que participan de esta comunión, se incorporen a esa vid verdadera en la que, después de dejarse limpiar de los valores de este mundo mediante la aceptación del mensaje del evangelio, puede injertarse todo el que quiera trabajar para que todos los hombres vivamos como hermanos.
 

Estos son los frutos

 
      El fruto que Jesús espera de nosotros es, por tanto, una realidad que presenta dos aspectos distintos, uno es el crecimiento personal, el ir haciéndose cada vez más hijos de Dios mediante la práctica del amor fraterno; el otro es el crecimiento de la comunidad.
      El fruto es, en primer lugar, el amor; la fe en Jesús, el estar unido a él, tiene que traducirse y expresarse necesariamente en la práctica del amor fraterno:  «Éste es su mandamiento: que creamos en la condición de su hijo, Jesús Mesías y nos amemos unos a otros como él nos dejó mandado». El fruto es el amor y todo lo que ese amor produce: relaciones fraternas que no nacen de leyes o de normas que se imponen desde fuera, sino que brotan de lo más profundo del corazón como respuesta al amor del Padre que nos permite ser hijos suyos al dejar que vivamos unidos a su Hijo. Y respuesta solidaria al amor de Jesús que entregó su vida para que pudiéramos vernos favorecidos por ese infinito cariño de Dios.
      Y el fruto es también una nueva humanidad, una comunidad en la que todo se ordena al bien de la persona humana que crece y se realiza -comunidad y persona- practicando y recibiendo amor. El fruto consiste, pues, en la construcción de la comunidad: «Las comunidades gozaban de paz... se iban construyendo, progresaban en la fidelidad al Señor y crecían alentadas por el Espíritu Santo». Es poner a caminar a la nueva humanidad que nace del costado del crucificado y de la fe en el resucitado: nueva humanidad que es como una gran familia que comparte el mismo alimento, que vive de la misma vida; una familia que, al tiempo que crece y se enriquece internamente, no está cerrada a nada ni a nadie sino que ofrece sus frutos a quien esté dispuesto a alimentarse de ellos.
      El fruto, en este sentido, es el servicio a los hermanos y -con los hermanos- el servicio a la humanidad, especialmente a los más desfavorecidos por ese orden injusto y pecador del que Jesús nos vino a salvar. El fruto consiste en ser cada vez más ese hombre nuevo del que Jesús es modelo y empujar a nuestro mundo para que llegue a ser el cielo nuevo y la tierra nueva que ya había anunciado el profeta Isaías.