Domingo 3º de Pascua - Ciclo B
19 de abril de 2015

 

 

 

 

Testigos... ¿de qué?

 

      Testigo es aquella persona que puede dar fe de algo porque lo ha experimentado personalmente. Testigo es el que ha visto u oído, el que ha sentido, el que ha vivido. Nosotros, dice el evangelio, debemos ser testigos; pero, testigos ¿de qué?

      Si se trata de un proceso judicial, se presentan siempre dos tipos de testigos: unos los presenta la defensa y tratan de exculpar al acusado; otros son llamados por la acusación y su objetivo es probar su culpabilidad. Por un lado el cristiano, el seguidor de Jesús debe ser testigo de cargo, debe denunciar el pecado y la muerte; pero la denuncia no se agota en sí misma sino que su objetivo consiste en abrir el camino para un testimonio favorable a la vida y al amor.

 

 

Testigos de cargo

 
        Cuando el pecado lo reducimos a un asunto meramente individual, no se puede entender el mensaje de Jesús y lo que significa la fuerza redentora y salvadora de su muerte y su resurrección.
        Pedro, en un discurso que pronuncia después de curar un inválido que pedía limosna a la puerta del templo de Jerusalén, es decir, a la puerta misma del centro del poder religioso de Jerusalén, después de afirmar que la pasión del Mesías entraba dentro del plan de Dios, exhorta a sus oyentes a que se arrepientan y se conviertan para que se borren sus pecados; pero antes ha denunciado qué pecado era el que habían cometido quienes lo escuchaban: ellos han sido culpables de la mayor injusticia al llevar a la muerte «al autor de la vida».
        Aunque Pedro los excusa en parte (3,17), los términos en los que describe el pecado de dirigentes y pueblo muestran que se trata de algo que va más allá de la mera consecuencia de la limitación humana: traición (usando las mismas palabras con que en el evangelio de Lucas se describe la traición de Judas), deslealtad (con los mismos términos con los que se contó la negación del mismo Pedro) y doble complicidad con el asesinato (al pedir la libertad de un asesino y procurar la muerte de un inocente). No se trata, por tanto de la trasgresión más o menos inadvertida de una norma, sino que revela una decisión interesada, consciente y libre con una finalidad  claramente definida: oponerse al proyecto de aquel a quien decidieron eliminar, impedir que el autor de la vida comunicara  la vida en plenitud a la humanidad toda, oponerse al nacimiento de un mundo nuevo en el que ellos dejarían de ser unos privilegiados para que todos -también ellos, si quisieran-  gozaran del privilegio de ser hermanos.
        En realidad, al acusar a todos los israelitas («Pedro, al ver aquello, dirigió la palabra al pueblo») y en especial a los jefes, no es el pecado personal lo que Pedro denuncia, sino la estructura de pecado que configuraba aquella sociedad.

 

Testigos de la muerte

 
        Pedro, en este discurso, está dando testimonio de la muerte de Jesús, señalando que fue el asesinato de un inocente «Vosotros renegasteis del Santo, del Justo, y pedisteis que os indultaran a un asesino; matasteis al autor de la vida...».
        En el testimonio de los apóstoles ocupa el lugar más destacado el anuncio de la resurrección. Pero ese testimonio no puede olvidarse de la muerte de Jesús. La resurrección de Jesús no es la de alguien que murió de muerte natural: sólo teniendo a la vista la cruz entenderemos plenamente el sentido y apreciaremos en todo su valor la resurrección.
        Nosotros, los cristianos, no podemos permitir que se olvide que Jesús fue asesinado, aunque nos olvidemos de quienes fueron y, como él los perdonó,  perdonemos de corazón a sus asesinos.
        Pero, nosotros, ¿cómo podemos continuar realizando esta tarea de testigos de estos hechos? ¿Los hemos visto? ¿Los presenciamos nosotros personalmente?
        No es necesario. Porque si tenemos ojos en la cara, si nuestros oídos no están cerrados a los gritos de los que hoy sufren y padecen la injusticia y la opresión, si, tal vez, también nosotros sufrimos la violencia asesina de este mundo injusto, podemos seguir siendo testigos del crimen que acabó con la vida de Jesús pues él está presente, identificado con ellos, en todos los que sufren injusticia y en todos los que mueren como consecuencia de ella.
        Testigos de la muerte de los inocentes y, por tanto, testigos de la acusación contra todos los verdaderos responsables del hambre en el mundo, de la violencia entre los hombres, de las desigualdades entre los pueblos, de la guerras, injustas todas, crueles todas, todas cínicas. Sin excluir el perdón, es necesaria la denuncia. Porque es necesario conocer el mal para poder combatirlo.
       

Testigos de la vida

 
        Nuestro testimonio no puede limitarse a la denuncia rencorosa o apenada de la muerte de Jesús, porque faltaríamos a la verdad y anularíamos la esperanza: Jesús murió; pero el Padre, se había comprometido desde muy antiguo a conservar la vida de quien la iba a dar para instaurar su reino [el reino de Dios] en medio del desorden de los reinos del mundo este: «Así estaba escrito: El Mesías padecerá, pero al tercer día resucitará de la muerte». Dios no se mantuvo neutral ante la muerte del inocente, sino que, fiel a su palabra, se puso de su parte y malogró los planes de sus asesinos «...matasteis al autor de la vida a quien Dios resucitó; nosotros somos testigos».
        Somos testigos también de la vida de Jesús. Y no sólo porque sabemos que resucitó; también porque lo hemos sentido caminando a nuestro lado, levantándonos cuando caíamos cansados, estimulándonos cuando perdíamos la ilusión. Y lo hemos visto en las victorias -pequeñas, insignificantes, si se juzgan por su valor económico- de los pobres: en aquellos huelguistas que lograron que se les hiciera justicia, en los rebeldes a la fuerza que consiguieron que sus agresores firmaran la paz, en aquella botica popular que ha aliviado algunos dolores y salvado algunas vidas, en el hambre derrotada gracias a aquellos pozos que dan agua para regar los campos que hasta hace poco fueron baldíos, en la sed apagada gracias al agua que se pudo recoger en aquellas tuberías, en aquella niña liberada de una esclavitud enmascarada, en las fábricas, abandonadas por sus dueños y puestas a trabajar de nuevo mediante una gestión solidaria de los trabajadores, en las casa reconstruidas después del terremoto, en la escuela levantada para acoger a los niños que fueron soldados a la fuerza, en el no a la guerra de los pueblos frente al belicismo asesino de sus gobiernos, en la acogida a los inmigrantes, especialmente a los que más lo necesitan, a los sin papeles... En todos estos lugares, en todas estas situaciones que muchos de nosotros conocemos y en las que tenemos alguna parte, está manifestándose la resurrección de Jesús, porque la muerte ya está empezando a ser vencida.
 

Testigos del amor

 
        Ya hemos dicho en otras ocasiones que la muerte de Jesús es redentora no por ser muerte, sino por estar llena de amor. Es el amor el que salva y es el amor de Jesús, que encarna el amor de Dios y que llega a su máxima expresión en la muerte de Jesús, lo que derrota al pecado y abre la posibilidad de un mundo nuevo, justo y fraterno .
        La resurrección es la prueba de que Dios estaba presente en aquella muerte no como quien la quería, sino como el que la anulaba, el que la vencía; por eso, la resurrección es la garantía de que el perdón que brota del amor del crucificado llegará a cualquiera que, por muy grave que haya sido su culpabilidad o complicidad con la injusticia, reconozca su culpa, repare el mal que ha hecho y dé sinceramente su adhesión al proyecto de Jesús; también de esto es de lo que todos nosotros, desde los primeros discípulos hasta los últimos incorporados a la comunidad cristiana, debemos dar testimonio.
        Pero ese testimonio requiere, además, una garantía: la vida de los testigos, aval necesario para que su testimonio pueda ser creído. Y lo que debe caracterizar esa vida no es otra cosa que la práctica del amor, porque esa es la única señal -la única indudable, por encima de todos los títulos académicos o jurídicos- de que conocemos a Dios: «esta es la señal de que conocemos a Dios, que cumplimos sus mandamientos... en uno que cumple su mensaje, el amor de Dios queda realizado de veras». (1ª de Juan 2,7-8). Poco después (3,11), Juan aclara a qué mensaje se refiere: «porque el mensaje que oísteis desde el principio fue este: que nos amemos unos a otros»: Juan está hablando de una exigencia, el amor fraterno, que esta presente desde el principio en el plan de Dios y que ahora culmina en el mandamiento nuevo (3,16) practicado no de boquilla, sino con obras y de verdad (3,18).
        El perdón que Dios ofrece no es, pues, un asunto puramente individual; todos los pecados pueden ser perdonados, desde los que son más una manifestación de la limitación humana hasta los que constituyen una expresa y querida responsabilidad o complicidad en un orden social injusto. Y el objetivo último de ese perdón, que no es otro que la superación y la sustitución de ese orden injusto, se puede resumir en el saludo de Jesús: «Paz a vosotros», la paz abarca desde la armonía que debe regir lo más profundo del corazón de cada ser humano -armonía interior- hasta la que -construida sobre el fundamento del amor fraterno- debe caracterizar el modo de vida y las relaciones entre «todas las naciones». El perdón que Dios ofrece, al que debe preceder la enmienda -es decir, la ruptura con la injusticia personal y estructural- y al que ha de seguir el restablecimiento de la justicia y la práctica del amor, está destinado a hacer posible un hombre nuevo, una nueva comunidad, un nuevo pueblo y una fraterna humanidad nueva.

               De todo eso nosotros somos testigos.