Pascua de Resurrección
5 de abril de 2015

 

 

 

 

Testigos de la resurrección

 

     La resurrección de Jesús no es sólo un dogma, no es una verdad teórica que basta con aceptar intelectualmente. Fue - y tiene que seguir siendo- una experiencia tan profunda que cambió la historia y debe seguir cambiándola día a día. Aquel día empezó un mundo nuevo y una nueva humanidad, completándose la acción creadora del Padre y abriéndose la posibilidad de que todos vivamos como hermanos. Desde el momento en que asumimos como adultos nuestro bautismo nos convertimos en testigos de la resurrección de Jesús. Pero, cómo llevamos nuestro testimonio?

Texto y breve comentario de cada lectura
Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 10,34a.37-43
    Salmo responsorial 117(118),1-2.15b-17.22-23a
        Segunda lectura: Colosenses 3,1-4
         o en su lugar,     1ª Corintios 5,6b-8
             Evangelio: Juan 20,1-9

 

 

 

 

Una pizca de levadura

 
       Los primeros cristianos pasaban la noche del sábado al domingo de resurrección rezando y cantando al Señor, agradecidos por el nacimiento de un mundo nuevo. Una noche plena de significado -liberación de los israelitas de la esclavitud de Egipto, resurrección de Jesús- y, por eso, la noche en que se asumían -o se renovaban- los compromisos con Jesús o con su proyecto de liberación; de madrugada, al tiempo que se celebraba la resurrección de Jesús, eran bautizados los catecúmenos -los candidatos al bautismo- que habían completado su preparación durante las últimas semanas, lo que para nosotros es la Cuaresma.
       Aquella madrugaba comenzaba «el primer día de la semana», el día que se inició una nueva cuenta de los días porque un hombre nuevo y una nueva humanidad habían nacido del costado abierto del Nazareno. Surgía una nueva posibilidad: un modo nuevo de ser persona, comprometida en la tarea de transformar este mundo y de construir y consolidar un nuevo modelo de relaciones entre los seres humanos que de verdad se pudiera decir que procedía de Dios: unas relaciones construidas alrededor de un eje constituido por el amor y la vida, la verdad y la justicia; y por la libertad, la única tierra que produce amor y vida, verdad, justicia y paz.
       La tarea se presentaba difícil. La fuerza de este mundo era enorme y su violencia, extrema -mató a Jesús, intentando acabar con su vida-; y su podredumbre había penetrado hasta tal profundidad que en él nada, salvo sus víctimas, era aprovechable. Por otro lado, los primeros cristianos nunca se sintieron fuertes en la fuerza de este mundo; eran pocos y pequeños, pero sabían que, con la fuerza del Espíritu en medio de ellos, eran como la levadura, de la que sólo una pizca es capaz de hacer fermentar un quintal de harina amasado; pero había un peligro: la levadura del mundo viejo que terminaba: «¿No sabéis que una pizca de levadura fermenta toda la masa? Haced buena limpieza de la levadura del pasado para ser una masa nueva...» (1ªCo 5,6b-7a). Romper con el mundo que quiso matar a Jesús era el primer compromiso que asumían los que se bautizaban y que renovaban los ya bautizados.

 

Nace el hombre nuevo

 

       Aquel día, aunque había amanecido, María Magdalena (que simboliza a la comunidad de Jesús)  estaba aún en tinieblas, porque, muy a su pesar, estaba convencida de que la tiniebla había vencido definitivamente a la luz, de que la muerte había prevalecido sobre la vida, y de que el poder había vencido al amor. Cuando llegó al sepulcro no encontró al Señor: el sepulcro estaba vacío; sólo quedaban los lienzos con los que le ataron después de su muerte. María se asustó. Y fue corriendo a avisar a los discípulos. Su desconcierto revela el desconcierto de la comunidad que no esperaba realmente que se cumplieran los anuncios de Jesús acerca de su resurrección (p. ej.:14,18-19;16,23).
       Ante el anuncio de María, reaccionan los discípulos: Pedro, el que había negado a Jesús porque en el fondo creía que la muerte es más fuerte que el amor (Jn 18,16.25-27). Y con él, otro discípulo, del que no se dice el nombre, el mismo que había entrado con Jesús en la sala del juicio y lo había acompañado hasta la misma cruz (Jn 18,15; 19,26), dispuesto a dar la vida, por amor. Allí, al pie de la cruz, fue testigo de que, cuando la vida se entrega por amor es fuente de más y más vida. Por eso, al llegar al sepulcro, sólo él supo interpretar los signos que tenían ante sí y sólo él creyó. María Magdalena y Pedro seguían estando de parte de Jesús; por supuesto que para ellos la muerte de Jesús había sido un crimen; pero aún les faltaba -pronto la alcanzarían- la fe en la fuerza y en la victoria de la vida.
       Los distintos personajes de este relato representan las distintas maneras de recibir el anuncio de la resurrección por los miembros de la comunidad: es tan fuerte el dominio de la muerte en el mundo este, que resulta difícil creer en la victoria de la vida.
       La muerte de Jesús ha sido un hecho real, doloroso y trágico; pero ese hecho, en tanto que se refiere al Jesús de la historia, ya pertenece al pasado. Ha comenzado una nueva etapa -la definitiva- de la creación, de la que éste es el primer día.
 
 

Nosotros somos testigos

 
       La muerte de Jesús, decíamos, en cuanto hecho histórico, pertenece ya al pasado. Pero la muerte no ha sido todavía vencida del todo pues la injusticia, instalada en las entrañas  nuestro mundo, sigue siendo causa de la muerte de millones de víctimas inocentes: todos los muertos como consecuencia del hambre y la miseria que coexiste con un mundo escandalosamente opulento; todos los muertos, ahogados al cruzar el estrecho de Gibraltar, en las costas de Libia o el cauce del Río Grande; todos los muertos de todas las guerras, cuyos nombres en su mayor parte nos son desconocidos y, especialmente, todos los que han muerto asesinados como consecuencia de su compromiso con la justicia, la libertad y la fe en un mundo de hermanos. Pues bien, nosotros los cristianos somos testigos de que el amor seguirá venciendo y de que Jesús seguirá resucitando en aquellas comunidades y en aquellos colectivos en los que se imponga la justicia sobre la injusticia, la igualdad sobre los privilegios, el servicio sobre la opresión, el amor sobre la muerte y la vida sobre la violencia homicida.
       Los primeros cristianos pronto tomaron conciencia de que esa era una de sus tareas más importantes, es decir, dar testimonio ante el mundo de que Dios está del lado de la vida: «Nosotros somos testigos de todo lo que hizo tanto en el país judío como en Jerusalén. Lo mataron colgándolo. A éste, Dios lo resucitó al tercer día....».
       Ese testimonio favorable a la vida será también un testimonio de cargo, una denuncia del orden que acabó colgando a Jesús de un madero. Por eso, dar ese testimonio será, a su vez, causa de conflictos, de persecución y muerte: hace unos días se cumplía el aniversario del martirio de Óscar A. Romero; pronto (el 26 de abril) se cumplirá el de Monseñor Gerardi; y cada día podríamos evocar  decenas de aniversarios de hombres y mujeres que dieron su vida luchando por la justicia en nombre de su fe en Jesús o, lo que es lo mismo -aunque algunos no lo sepan y otros se empeñen en decir lo contrario- de su fe en el hombre. Pero esas muertes -que nuestra fe nos dice que no serán definitivas pues unidas a la muerte de Jesús están también indisolublemente unidas a su resurrección- actuarán como levadura que, tal vez sin que se aprecie de manera inmediata, irán abriendo paso al triunfo de la vida en este mundo.
 
 

No seamos triunfalistas

 
       El testimonio de tantos mártires, sin embargo, no nos debe llevar a un triunfalismo fácil que nos oculte lo que todavía nos falta. Porque en la comunidad cristiana de hoy, aunque ya estemos viviendo en pleno día, no han desaparecido totalmente las tinieblas. Es significativo que ante la terrible violencia que los países ricos ejercen contra los países pobres los cristianos no seamos capaces de dar un testimonio concorde. Por ejemplo, ante la terrible injusticia que supone la deuda externa; ante el tráfico de armas que enriquece aún más a los países ricos a medida que esquilma aún más a los pobres -¿nadie va a decir con claridad la relación que existe entre el hambre y la miseria de África y las guerras provocadas y alimentadas por los países que primero los colonizaron y exprimieron y ahora siguen expoliándolos vendiéndoles armamento y provocando conflictos que permiten a los países vendedores continuar el saqueo de sus riquezas y de sus recursos?- ¿Y ante la injusta organización mundial del comercio, que favorece a las empresas multinacionales tan descaradamente que hasta los mismos responsables de dicho desorden tratan de esconder la verdad del mismo apelando a la libertad (del dinero, por supuesto), a las leyes del mercado (nuevo dios de la [pos]modernidad) o a cualquier otra escusa para no decir lo que es verdad: que estamos volviendo a la ley de la selva, a la ley del más fuerte, a la ley, en definitiva, del más violento? ¿Nadie va a decir que mientras que se “globalizan” la información y las finanzas no se han “globalizado” los derechos a una vivienda digna, a un puesto de trabajo decente, a una educación y una sanidad básicas... y, ni siquiera, a un alimento suficiente para vivir? ¿Nadie dirá que la crisis, si no es que se ha provocado para ello, se está utilizando para arrebatar a los trabajadores sus derechos y para convertir la educación y la salud -es decir, la vida- en un negocio?
 

¿Dónde está nuestro testimonio?

 
       Ante toda esta realidad, ¿qué testimonio es el nuestro? ¿Cuál es nuestra fe en la fuerza del amor y de la vida? A veces nos mostramos tan prudentes que más bien parece que estamos intentando nadar y guardar la ropa, tratando de que no nos confundan con los rojos o los verdes, con los revolucionarios -a quienes se trata de presentar como violentos-  o con los pacifistas -a quienes se presenta interesadamente como ingenuos- que no profesan explícitamente nuestra fe. Sin embargo, haciendo gala de mucha  menos prudencia, no nos importa que nos confundan con los que son causa directa de estas injusticias porque, aunque no hay duda de que gobiernan el mundo en favor del dinero, no tienen empacho en hacerlo invocando hipócritamente el nombre del Dios y Padre que dio la victoria a Jesús sobre la muerte. ¿No será que aún queda en nosotros algo de levadura vieja, que aún nos quedan restos -o algo más- de los valores de este mundo? ¿No será que seguimos pensando que la resurrección de Jesús es un asunto que nada tiene que ver con esta vida? ¿Será que no hemos comprendido quizá del todo lo que significa ser testigos de la resurrección?

 

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