Domingo 2º de Navidad -  Ciclo B
4 de enero de 2015

 

 

 

 

Un amor que responda a su amor

 

         Dios por medio de Jesús, se reveló a sí mismo como vida que se comunica y se entrega en forma de amor leal, se manifestó como Dios creador, liberador y padre; y además, mostró cuál es su proyecto de hombre: un hijo, que se comporta como tal y que se va haciendo hermano mediante la práctica de «un amor que responda a su amor».


Texto y breve comentario de cada lectura
Primera lectura: Eclesiástico 24,-4.12.16
    Salmo responsorial: 147(147B),12-15.19-20
        Segunda lectura: Efesios 1,3-6.15-18
           EVANGELIO: Juan 1,1-18

 

 

 

Creados para ser libres

 

            La primera lectura es parte de un canto a la sabiduría divina que constituye el centro del libro del Eclesiástico, obra de un tal Jesús Ben-Sirá que se dirige a lectores de cultura y lengua griegas que estimaban el saber como el valor más preciado. Se trata de un himno largo en el que se propone el proyecto de Dios sobre la humanidad: a ese proyecto se le llama la «sabiduría» a la que se presenta, como si fuera una persona, hablando de sí misma.
            En un primer momento es sabiduría creadora: se trata de la sabiduría de Dios, que no puede quedarse encerrada en sí misma, la vida de Dios que no puede contenerse y necesita expandirse.
            En la primera parte de la lectura se nos presenta lejana -«habité en el cielo con mi trono sobre columnas de nubes...»-, pero muy pronto la distancia desaparece: «Eché raíces entre un pueblo glorioso, en la porción del Señor...». La sabiduría de Dios no sirve sólo para diseñar una bella naturaleza y para realizar hermosas obras de arte que muevan a la admiración y al reconocimiento de la grandeza de su autor; mucho después de crear el mundo y el hombre, quiso hacerse compromiso con la historia de los hombres. Y escogió para ello a uno de los pueblos más pequeños, a un puñado de esclavos a los que les consiguió la libertad y les propuso un modo de vida que permitiera que todos gozaran de lo mejor que puede ofrecer la naturaleza creada. La sabiduría creadora se manifestó así como sabiduría liberadora.
            Esa sabiduría Dios la comunica al hombre y, en este sentido, es, sobre todo, la Ley: «Todo esto es el libro de la alianza del Altísimo, la ley que nos dio Moisés como herencia para la comunidad de Jacob» (24,23; ver también 15,1). Para el hombre, la sabiduría consiste, por lo tanto, en saber escuchar lo que Dios tiene que decirnos y, de ese modo, en acertar con la manera de relacionarnos con Él y con los demás; el que lo haga así obtendrá, dice Jesús Ben Sirá, la felicidad y el éxito: «mi nombre es más dulce que la miel, y mi herencia mejor que los panales... el que me escucha no fracasará, el que me pone en práctica no pecará» (24,20.22). Y mientras el pueblo vive de acuerdo a la voluntad de Dios, la sabiduría reside en medio de él: «Entonces el creador del universo me ordenó, el que me creó estableció mi residencia: Reside en Jacob, sea Israel tu heredad».
            La sabiduría es, por tanto, el plan de Dios para que la humanidad encuentre el camino hacia la armonía, el bienestar y la paz; hacia la felicidad, en una palabra. Pero la de Jesús Ben-Sirá no era la última palabra.
 

Libres para ser hermanos

 
            Dios no se conformó con ser Dios de los hombres; ni siquiera con ser el Dios liberador. Según dice la Carta a los Efesios, Dios, antes de crear el mundo, antes de crear a los hombres, ya tenía un proyecto sobre ellos, que no se agotaba en la creación ni en obtener la liberación para aquel pequeño pueblo.
            La libertad, lo dice Pablo en la carta a los Gálatas, no es un fin en sí misma en el sentido de que un hombre, por el hecho de ser libre, no está todavía plenamente logrado como hombre (por supuesto que, si no es libre, no puede ni siquiera pensar en su realización plena). La libertad es una condición necesaria para alcanzar el grado máximo de humanidad: el que se consigue por medio del amor; cualquier tipo de amor, pero especialmente el que nos hace a todos hijos de un mismo Padre, el que nos convierte a todos en hermanos: «Nos eligió con él, antes de crear el mundo, para que estuviéramos consagrados y sin defecto a sus ojos, por el amor...».
            Consagrado significa separado. Consagrarse a Dios, se pensaba en la religión judía y prácticamente en todas las religiones, suponía separarse del mundo de los hombres, marcharse a un lugar apartado y vivir dedicado sólo a dar gloria a Dios. Para los cristianos, consagrarse a Dios consiste en separarse del mundo, pero no de los hombres; separarse de los valores que configuran el orden de este mundo: el egoísmo, la ambición, la injusticia, la desigualdad...; separarse de un mundo que vive a espaldas de Dios para dedicarse a poner en práctica la bendición que nos llega de Él, el Espíritu, su vida y su amor que nos hace capaces de vivir amando en medio de un mundo que odia el verdadero amor.
            El plan de Dios era, es todavía, muy ambicioso. Practicando el amor, el hombre debe llegar a ser hijo suyo; «...destinándonos ya entonces a ser adoptados por hijos suyos por medio de Jesús Mesías -conforme a su querer y designio- ...». Dios no se conforma con ser creador y liberador, quiere ser Padre.
            Pero ese plan, ¿es posible? ¿Es posible pensar que un hombre pueda llegar a ser hijo de Dios?
 
 

A su imagen y semejanza

 
            En el libro del Génesis (1,26) se dice que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. De esta manera, la Biblia da al hombre un valor que supera al de cualquier otro de los seres naturales: está destinado a reflejar en el mundo el ser del mismo Dios. Esto es lo que Dios esperaba del los seres humanos: que pusieran el mundo al servicio del hombre y que transmitieran la vida como expresión máxima del amor: «Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla» (Gn 1,28). Sólo que muy pronto hubo hombres que en lugar de parecerse a Dios dominando sólo la tierra, decidieron suplantarlo esclavizando y dominando a otros hombres e impidiéndoles realizarse como señores de la creación, como imágenes de Dios. De esta manera se inició un conflicto, que aún hoy perdura, entre la esclavitud y la libertad, entre la opresión y la dignidad de la persona, entre el egoísmo y la solidaridad, entre la muerte y la vida, entre la tiniebla y la luz.
             La luz, en el evangelio de Juan, es el resplandor de la vida de Dios, vida que, por amor, Dios ofrece, dispuesto a comunicarla y que, en el hombre que aún no la posee, se manifiesta como el anhelo de llenar de sentido y de felicidad su existencia.
             La tiniebla es la ideología que oculta al hombre esa oferta de Dios y le hace creer y aceptar que lo que da sentido a su vida es ponerse a sí mismo en el centro del mundo y hacerlo girar a su alrededor: la tiniebla se manifiesta en el ansia de poder, en el culto a la riqueza, en el endiosamiento del ser humano que se constituye en amo de sus semejantes y los pone a su servicio, convirtiéndolos, de hecho, en esclavos.
 

«...y la palabra era Dios»

 
             Luz y tiniebla, como bien se puede comprender, son incompatibles, y desde el principio la tiniebla intentó sofocar la luz: «esa luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la ha extinguido». Esa es la lucha de Dios en favor de la humanidad, lucha que, paradójicamente, se hace a veces en contra de los intereses de algunos hombres. Una lucha en la que Dios no impone nada, sino que, respetando la libre decisión del ser humano, se limita a ofrecer, por amor, su vida, su propia vida. Porque el proyecto de Dios consiste precisamente en que el hombre llegue a participar de su propia naturaleza divina: el amor (Dios es amor 1 Jn 4,8).
             Ese proyecto se hizo realidad, «se hizo carne», en Jesús de Nazaret. Y también en él se hizo carne el conflicto que enfrentaba a la luz y a la tiniebla: «el mundo no la reconoció... Vino a su casa, pero los suyos no la acogieron». Pero por primera vez en la historia de la humanidad hubo un hombre que no se dejó asustar por la oscuridad de la muerte, y llevando hasta el final su compromiso de amor, arriesgó la vida y se entregó a la muerte, haciendo así que brillara toda la luz de la vida: «y hemos contemplado su gloria -la gloria que un hijo único recibe de su padre: plenitud de amor y lealtad».
 
 

Capaces de hacerse hijos de Dios

 
             Jesús de Nazaret reveló que era él Hijo de Dios cuando demostró, de hecho, que es posible que un hombre entregue su carne y derrame su sangre por amor a sus semejantes. Entonces manifestó la gloria -el amor leal- de Dios y señaló hasta dónde puede llegar el hombre: hasta entregar la vida por amor. Y para que nadie se sintiera sin fuerzas para tal empresa ofreció el Espíritu, la vida de Dios que él poseía en plenitud. Y a todos los que aceptaron el ofrecimiento les entregó ese Espíritu suyo y «los hizo capaces de hacerse hijos de Dios».
             La comunidad a la que Juan dirige su evangelio es consciente de que en ellos se ha realizado algo verdaderamente trascendental: ellos, que han aceptado al hombre Jesús como el Hijo de Dios y como modelo de hombre, participan de la plenitud de la vida y de la gloria que el Hijo recibió de Dios; saben que han nacido de Dios, que han recibido el Espíritu y, con él, la capacidad de hacerse hijos de Dios. Son conscientes de que ser hijos de Dios es un proceso que se habrá de realizar progresivamente, pero que ya está en marcha; lo saben por experiencia, porque ellos están gozando de una vivencia realmente apasionante: constituyen, como grupo, la prueba más clara de que la entrega de Jesús no fue en vano, pues en ellos, hombres nuevos, está ya creciendo la nueva humanidad, la familia de los hijos de Dios. La abundancia de vida que ellos sienten bullir en lo más profundo de sus personas les descubre la verdad del Hijo de Dios; la felicidad que les proporciona compartir tal amor ilumina su existencia, la vida tiene un sentido: «La prueba es que de su plenitud todos nosotros hemos recibido: un amor que responde a su amor». Y mediante la práctica del amor leal, que se va haciendo fiel hasta la muerte, se van haciendo hijos de Dios.
 

Resumiendo:
 
            La Palabra a la que se refiere Juan en su evangelio integra aquella sabiduría creadora de la que hablaba Jesús Ben-Sirá; «Mediante ella existió todo, sin ella no existió cosa alguna de lo que existe»; pero no es la primera creatura, pues, cuando todo comenzó, «al principio, ya existía la Palabra». Tampoco es la Ley, que ahora queda integrada y superada en el mandamiento nuevo: «porque la Ley se dio por medio de Moisés; el amor y la lealtad han existido por medio de Jesús Mesías.»
            Esa Palabra hecha carne lleva a término la actividad de la sabiduría liberadora o salvadora, puesto que es la primera realización completa del designio divino del que habla Pablo, que, al tomar carne de hombre, ha revelado definitivamente el ser de Dios: «A la divinidad nadie la ha visto nunca; un Hijo único, Dios, el que está de cara al Padre, él ha sido la explicación.»
            Y, finalmente, es la garantía de que ese proyecto es posible y se va a seguir realizando siempre que haya hombres que lo acojan: «a cuantos la han aceptado, los ha hecho capaces de hacerse hijos de Dios: a esos que mantienen la adhesión a su persona».
            La prueba de todo ello, es la comunidad que habla en el evangelio de Juan y que presenta su experiencia, su vida, como prueba de la verdad del mensaje del evangelista.

            ¿Qué prueba podemos aportar nosotros hoy?