Domingo 28º del Tiempo Ordinario - Ciclo A
12 de octubre de 2014

 

 

 

 El traje de fiesta

   

         Trajes desde luego, no nos faltan; ni dentro ni fuera de las iglesias; ornamentos litúrgicos, trajes de primera comunión, vestidos de novia; camisas de un color, chaquetas de otro... ¡Si por chaquetas fuera...! Pero puede que estemos equivocándonos de traje, o quizá, confundiendo la fiesta.
         La parábola que leemos en el evangelio de este domingo no habla de ropa.  Además de ser una nueva denuncia  de los responsables religiosos y políticos del pueblo de Israel, contiene una advertencia para los cristianos: no se puede jugar con dos barajas. No se puede pretender formar parte del reino de Dios y conservar el modo de pensar de este viejo mundo; no se puede decir que Dios es nuestro Padre sin trabajar para organizar el mundo de tal modo que los hombres podamos vivir como hermanos. Ese es el vestido de fiesta que se nos exige: no un traje que nos separa a unos de otros, sino una ropa que nos iguala como hijos y como hermanos.

 

Texto y breve comentario de las lecturas
Primera lectura: Isaías 25,6-10a
    Salmo Responsorial: Sal 22,1-6
        Segunda lectura: Filipenses 4,12-14.19-20
            Evangelio: Mateo 22,1-14

 

 

 

 

Un suculento festín

 
            El Antiguo Testamento, y en concreto el libro de Isaías, usa la imagen  de un banquete para simbolizar la situación de intensa alegría de quienes viven con Dios: «El Señor... ofrece a todos los pueblos un festín de manjares suculentos... aniquilará la muerte para siempre. El Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros...». Si comer juntos es, entre nosotros, expresión de una vida que se comparte, participar de un banquete que ofrece el mismo Dios, sentarse a la mesa con Él, significa compartir la misma vida de Dios. Esa es la imagen que elige Isaías para describir la salvación que Dios ofrece, metáfora que recoge después el Nuevo Testamento.
            Esa salvación no es sólo para después de la muerte. Lo que representa la imagen del banquete del reino no es sólo la situación de los que ya participan de la resurrección de Jesús. No se habla sólo de los que han muerto y están para siempre junto a Dios, no se habla sólo del cielo. El Apocalipsis, último libro de la Biblia, describe con palabras de Isaías el mundo nuevo que nace del amor de Dios: «Y vi bajar del cielo, de junto a Dios, a la ciudad santa... Y oí una voz ... que decía desde el trono: Esta es la morada de Dios con los hombres; él habitará con ellos y ellos serán su pueblo... Él enjugará las lágrimas de sus ojos, ya no habrá más muerte ni luto...», (Ap 21,3-4). Esta ciudad santa no es el cielo, sino que baja de allí; sigue siendo el mundo de los hombres, pero renovado, del que ha desaparecido todo tipo de oprobio y en el que la presencia de Dios, que es Padre, da pleno sentido a la existencia.
            Tampoco esa salvación está reservada para algunos privilegiados. Ya en el texto de Isaías se anuncia que todos los pueblos podrán participar del banquete que Dios ofrece a la humanidad entera. A todos se va a manifestar Dios, y a todos quiere darles a conocer el contenido de su proyecto.
 
 

El proyecto es una fiesta

 
            El proyecto de Dios es una fiesta. El evangelio concreta más y nos dice qué clase de fiesta se celebra:  un  banquete de bodas: «Se parece el reinado  de Dios a un Rey que celebraba la boda de su hijo»; el novio es el Hijo de Dios y la novia toda la humanidad. La imagen no significa otra cosa que esto: Dios quiere que su amor, que llega al mundo a través de su Hijo, inunde la humanidad para ser el medio ambiente  natural en el que se desenvuelva la vida de los hombres y, de esta manera, la alegría abunde y se desborde, la felicidad esté al alcance de todos y esta tierra deje de ser un valle de lágrimas, -¡que no es eso lo que Dios quiere!-, y se convierta en una permanente fiesta.
            Los que fueron llamados primero, el pueblo de Israel, rechazaron la invitación. Jesús está hablando precisamente con los responsables del fracaso de la primera fase del plan de Dios, los sumos sacerdotes y senadores, los dirigentes religiosos y los terratenientes: ellos, en lugar de poner todo el esfuerzo en enseñar que vivir de acuerdo con la voluntad de Dios consiste en practicar la solidaridad y la justicia, deslumbraron al pueblo con grandes templos y solemnes ceremonias, lo embrollaron con innumerables y complicadas leyes y lo asustaron con la amenaza de terribles castigos; así lo mantuvieron en la miseria material y espiritual, en una permanente minoría de edad y en situación de total dependencia; y así, a cambio de esta triste vida de la gente ellos pudieron gozar de inmensos privilegios.
            Ni entraron ni dejaron entrar; ni aceptaron la invitación, ni permitieron que el pueblo tuviera noticia de la fiesta que Dios preparaba. Y a los que iban de parte de Dios a recordarles que la invitación seguía en pie, o los despedían con una excusa, o los quitaban de enmedio para que no molestaran, para que no pusieran en peligro sus privilegios: «Pero los convidados no hicieron caso: uno ser marchó a su finca, otro a sus negocios; los demás echaron mano de los criados y los maltrataron hasta matarlos». Hay dos grupos que rechazan la invitación: el primero parece que tiene asegurada la vida y se siente seguro: terratenientes, negociantes..., gente de dinero, más preocupada por defender sus intereses que por interesarse por la vida de todos. La respuesta del segundo grupo denota miedo a que la situación cambie, además de mostrar lo poco que aprecian y respetan la vida ajena: seguramente descubren que aquella boda podía acabar con sus prerrogativas y maltratan, hasta matarlos, a los criados. Matan a los mensajeros, pero en realidad, son enemigos del rey que los convida y del reino que les propone.
            En el reino de Dios, abierto en principio a todos, no parecen caber los que aseguran su vida defendiendo exclusivamente sus intereses privados ni, por supuesto, los que perciben el mensaje del reino de Dios como un peligro para sus privilegios a los que, de ninguna manera, están dispuestos a renunciar.
 
 

La fiesta se mantiene

 
            Pero el proyecto no iba a fracasar porque algunos lo rechazasen; la fiesta no se iba a suspender porque los primeros invitados fueran unos groseros o unos criminales. Y la invitación se extendió, como estaba previsto de antemano, a todos los que quisieron aceptarla: «Id ahora a las salidas de los caminos», y a todos los que encontréis, invitadlos a la boda». A todos. Sin exigir nada a ninguno. Todos, «buenos y malos», fueron invitados a participar de la fiesta. Si Israel había desaprovechado la ocasión de experimentar el proyecto de Dios, éste no quedaría abandonado, sino todo lo contrario, sería ampliado, como ya habían anunciado los profetas. Para participar en él no eran necesarios ni estudios, ni títulos, ni pertenecer a una raza o religión, ni siquiera haber sido “buenos”en el pasado.
            Éstos últimos aceptan la invitación. Se trata de gente que vive a la intemperie: son convidados «a la salida de los caminos», gente inquieta, caminantes que buscan una meta. Se incluyen en este grupo todos los que son conscientes -porque lo padecen o porque se sienten solidarios con quienes lo sufren- del dolor y el sufrimiento que hay en este mundo, y de la necesidad de buscar una tierra nueva para acercarla al cielo.
 
 

La cuestión del traje

 
            Para incorporarse al banquete había, -hay-, un requisito usar un traje propio para esa fiesta. No es un traje de etiqueta, de esos que sirven para que los ricos y los poderosos manquen distancias con los pobres y la gente del pueblo. Al contrario: el traje no es para distinguirse, sino para sentirse unidos en una tarea común; porque el proyecto sigue en pie, Dios sigue interesado en convertir este mundo un mundo de hermanos.
            Ese mundo, es cierto, es una utopía (utopía: lo que no existe en ningún lugar); pero tarea nuestra es buscar un espacio para ese ideal, para esa gran fiesta a la que todos estamos convidados y hacer que lo que no está en ninguna parte, vaya llegando a un sitio (ya ha llegado y está presente, aunque no se note demasiado, allí donde dos o tres personas, al menos, se comprometen seriamente a cambiar su manera de vivir y ofrecen su estilo de vida según el evangelio a quienes puedan estar interesados en una existencia verdaderamente humana).
              Pero, -¿habrá que decirlo una vez más?- Dios no lo va a hacer sin contar con nosotros. Dios no nos va a cambiar milagrosamente para que hagamos las cosas bien; por medio de la Buena Noticia de Jesús, nos descubre en qué nos hemos equivocado y cuál es el camino acertado para conseguir desterrar de este mundo todo lo que es causa de dolor y sufrimiento (la injusticia, la explotación del hombre por el hombre, el sometimiento de los débiles al capricho de los fuertes, la ambición, la manipulación de las conciencias, la equivocada idea de que para que nosotros seamos grandes los demás deben quedarse por debajo), y para dar entrada a nuevos valores (la pobreza revolucionarla  -o la riqueza compartida, que es lo mismo- que consolará a los que sufren y dará la tierra en herencia a los sometidos, la solidaridad, la honradez, el compromiso en favor de la paz...) valores que, a medida que se vayan viviendo, irán realizando el proyecto de Dios, haciendo de este mundo el reino de Dios, y convirtiendo la vida de los hombres en una fiesta.
 
 

Nadar y guardar la ropa

 
            Uno de los que aceptaron la invitación, dice el evangelio, se presentó en la sala del banquete sin el traje de fiesta: «Cuando entró el rey a ver a los comensales, reparó en uno que no iba vestido de fiesta, y le dijo: Amigo, ¿cómo es que has entrado aquí sin traje de fiesta? El otro no despegó los labios. Entonces el rey dijo a los servidores: Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque hay más llamados que escogidos».
            No se trata del traje de etiqueta que se exige en las fiestas de las que se quiere excluir a la gente sin clase. El traje de fiesta simboliza, en primer lugar, una nueva mentalidad cuyo núcleo consiste en la convicción de que sólo el mensaje de Jesús puede salvar -resolver definitivamente sus problemas-, a la humanidad. En segundo lugar, el traje de fiesta representa el compromiso práctico y efectivo con ese mensaje. No se trata de aceptar simplemente la doctrina de Jesús, sino de ponerla en práctica, de intentar vivirla. Y no sólo como plan de vida individual, sino como proyecto transformador de la convivencia colectiva (es una fiesta a la que todos están llamados a participar). Finalmente, el traje representa la fidelidad mantenida a ese compromiso que no puede ser flor de un día ni entusiasmo pasajero que pronto se acaba. El traje de fiesta simboliza, pues, el nuevo modo de vivir, es decir, el compromiso de trabajar en la construcción del reino de Dios, el esfuerzo por convertir este mundo en una inmensa fraternidad, la lucha por eliminar el mal y por conseguir que la vida de los hombres sea una permanente fiesta.
            El invitado que se presentó sin el traje adecuado representa a quienes pretenden “nadar y gardar la ropa”: apuntarse a las ventajas  del Reino de Dios sin abandonar sus privilegios, estar junto a Dios sin comprometerse con la felicidad de los hombres; simboliza a quienes se sienten orgullosos de ser hijos de Dios pero no toleran la igualdad que se deriva del hecho de que todos somos hermanos, a quienes quieren hacer de sus vidas una fiesta permanente, pero sin comprometerse a luchar para que los que pasan por este mundo sufriendo y llorando se incorporen también a la alegría y al gozo. Es lógico que aquel invitado fuera excluido del grupo; de todos modos, y aunque en este episodio no se diga expresamente, las tinieblas a las que el rey manda que tal invitado sea arrojado no tienen que ser definitivas. La puerta quedará abierta y expedita siempre; y la condición para poder entrar por ella en cualquier momento será la misma: vestirse con el traje de fiesta: asumir el compromiso de trabajar para que este mundo sea un mundo de hermanos.
            No es, pues, cuestión de vestimenta, sino de cambio de mentalidad, de cambio de actitud ante el amor de Dios y ante la infelicidad y la felicidad de los hombres. Y no sólo en teoría, sino en el compromiso, en la vida.