Domingo 2º de Pascua - Ciclo B

8 de abril de 2018
Hacer visible nuestra fe
 
     La fe no es ciega; nace de la experiencia del amor de Dios. Bien sea experiencia propia o ajena. Pero esa experiencia no tiene por qué ser algo extraordinario, y mucho menos un privilegio individual. La experiencia del amor de Dios se percibe -se debería ver- en la vida diaria de las comunidades cristianas.



Un discípulo desconfiado


     Tomás, entre todos los discípulos, era el que con más decisión se había mostrado dispuesto a acompañar a Jesús a la muerte: «Vamos también nosotros a morir con él», había dicho en una ocasión a los demás discípulos (Jn 11,18). Tenía valor para enfrentarse a la muerte y era generoso y leal, hasta el punto de estar dispuesto a dar la vida; pero, sin embargo, no creía que el amor pudiera vencer a la muerte. Y, por lo que parece, tampoco confiaba mucho en la palabra de sus compañeros: «Como no vea en sus manos la señal de los clavos y, además, no meta mi dedo en la señal de los clavos y meta mi mano en su costado, no creo», respondió cuando le dijeron que habían visto vivo a Jesús (él no estaba con la comunidad cuando Jesús se presentó otra vez en medio de ella). Y para creer el testimonio de sus compañeros exige tener el privilegio de experimentar personal e individualmente la presencia de Jesús resucitado.


Un privilegio excepcional

     Jesús le concede esa experiencia, pero en medio de la comunidad. Porque es en ella en donde él se va a hacer presente de ahora en adelante. Será la comunidad cristiana el lugar en el que se podrá sentir la presencia de Jesús resucitado: para Tomás, las pruebas de que aquel que estaba vivo era el mismo Jesús fueron las señales físicas de su amor (las heridas de las manos y del costado de Jesús); en adelante serán otras señales de ese mismo amor las que hagan visible su presencia: el amor, al estilo de Jesús, practicado por los que han recibido la misión de ser testigos de su resurrección.
     La reacción de Tomás -«¡Señor mío y Dios mío!»- es una afirmación de lealtad con Jesús y una confesión de fe en lo que él ha enseñado con su entrega: que el ser humano llega a lo más alto, a participar del ser de Dios, no cuando alcanza el poder, sino cuando está dispuesto a servir, por amor, hasta dar la propia vida.


El sigue presente

     Pero esa experiencia es excepcional. Ese privilegio se le concede a Tomás quizá como reconocimiento a su disposición de acompañar a Jesús a la muerte y, sobre todo, para aprovechar la ocasión de anunciar que, en adelante, lo habitual será otra cosa: «¿Has tenido que verme en persona para acabar de creer? Dichosos los que sin haber visto llegan a creer».

     Esos somos nosotros. Pero el que hayamos creído sin haber visto físicamente a Jesús resucitado no quiere decir que no hayamos podido sentir su presencia en medio de la comunidad de los que le son leales y siguen creyendo que la meta de todo ser humano es llegar a ser hijo de Dios, como Jesús. Porque Jesús sigue vivo y activo en el centro de las comunidades cristianas. Y su presencia se nota, se debe notar, no en apariciones extraordinarias, sino en que estas comunidades reproducen en su vida las señales de la muerte de Jesús, y no en lo que aquella muerte tuvo de sufrimiento y de dolor, sino en lo que tiene de denuncia de un orden de muerte, injusto y homicida y, sobre todo, de entrega solidaria y de amor fraterno, de afirmación de la vida y de anuncio de liberación. La presencia del Hijo único de Dios en un grupo se nota en que los hombres y mujeres que forman ese grupo viven como hermanos. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos lo explica al describirnos la vida de la primera comunidad.

No había pobres


     Entre ellos no había pobres. Fue una de las primeras cosas que cambió en la vida de los seguidores de Jesús, uno de los primeros frutos de su resurrección y del regalo que les envió desde la casa del Padre, el Espíritu: «Recibid el Espíritu Santo». Y, curiosamente, no fue un milagro -¿o tal vez sí?- lo que acabó con la pobreza. Jesús no les había dejado nada en herencia, nada de dinero ni de riquezas; sólo su Palabra y su Espíritu. Pero lo que de aquella herencia resultó fue un grupo de hombres y mujeres que se atrevieron a expulsar de entre ellos al dios que, quizá sin que se dieran cuenta, había gobernado hasta entonces sus vidas: «los que poseían casas o campos los vendían...»; se habían liberado del dominio del dinero, es decir, habían acabado con la ambición y el egoísmo y los habían sustituido por el amor, por la solidaridad: «...llevaban el producto de la venta y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno»: habían empezado a cumplir el mandamiento de Jesús.
     Para describir a la primera comunidad cristiana, el libro de los Hechos de los Apóstoles señala en esta ocasión otras dos características más: participaban de la misma fe, -«los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo»- y la proclamaban públicamente -«Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús»-. Son dos aspectos más de una sola realidad: ellos son la nueva humanidad nacida de la resurrección de Jesús y, por eso, son testimonio de que Jesús está vivo y presente en medio de ellos; los apóstoles se limitaban a decir con la boca lo que toda la comunidad predicaba con la vida: eran hermanos, hijos de un mismo Padre; la Palabra de Jesús estaba produciendo su efecto y mostrando que -como se puede leer en una de las lecturas de la Vigilia Pascual-, como la lluvia, jamás vuelve a Dios sin haber dado fruto (Is 55,10); la fe se traducía de manera espontanea en amor, haciendo verdad lo que más tarde escribiría el apóstol Juan: «Quien cree que Jesús es el Mesías ha nacido de Dios, y quien ama a quien da el ser ama también a todo el que ha nacido de él». Y el amor, lejos de agotarse en un sentimentalismo más o menos huero y vacío, comenzaba por lo más básico, por el compartir los bienes materiales y con ellos la vida física para terminar compartiendo la fe y la vida del mismo Padre Dios.


A quien perdonéis los pecados...

     Aquel primer día de la semana en el que Dios llevó a cabo la nueva y definitiva creación, Jesús, el Hombre nuevo, hizo un encargo a los suyos: «A quienes dejéis libres de los pecados, quedarán libres de ellos; a quienes se los imputéis, les quedarán imputados».
     La comunidad debe luchar contra el pecado, declarando libres de él a quienes lo abandonen y denunciando a quienes se obstinen en mantenerse en él. Pero, ¡atención!,  entendamos el pecado como lo hace el Nuevo Testamento: el pecado es el orden social injusto, que es fruto y a la vez causa del egoísmo, la insolidaridad, la violencia, el hambre y la miseria. Los pecados personales no son otra cosa que la complicidad con ese orden de injusticia y muerte.
     Jesús, al despedirse de sus discípulos, antes del encargo, les había expresado un deseo, que podría considerarse también una promesa, -«Paz con vosotros»-: la paz era la meta a la que había que empezar a llegar ya desde el principio. Además, Jesús los había constituido en continuadores de su misión -«Igual que el Padre me ha enviado a mí, os envío yo también a vosotros»-: Dios seguía comprometido con la humanidad, como lo había estado con el Hombre Jesús; y para que pudieran cumplir la tarea, les comunicó su Espíritu -«Recibid el Espíritu Santo-, la fuerza de Dios que penetra y transforma los corazones de los hombres en corazones de carne. Todo eso se estaba realizando en la comunidad de la que habla el libro de los Hechos de los Apóstoles. Aquella comunidad había logrado la armonía entre sus miembros, anunciaba la resurrección de Jesús y, al mismo tiempo, proclamaba con su vida que era posible vencer el orden de pecado que gobernaba el mundo; y aquella realidad era fruto de la acción del Espíritu. La primera batalla que ganaron al pecado fue vencer a la pobreza. No nos debe extrañar que así fuera; al contrario, el amor al estilo de Jesús, el que lo da todo, sin límites, tiene que manifestarse en todos los ámbitos de la vida humana, incluyendo -y en ocasiones empezando por- lo que quizá sea menos valioso, pero que es imprescindible, lo cotidiano, lo material: en aquella comunidad, la resurrección, la vida de Jesús estaba viéndose en la vida de los que había sido pobres que, gracias al amor solidario, ya empezaba a poder llamarse de verdad “vida”.
     Y así lo entendieron muchos que, al descubrir aquel estilo de vida, abrazaban la fe y obtenían la salvación al incorporarse a la comunidad: «El Señor iba agregando a los que día tras día se iban salvando» (Hch 2,47).
     Este es el camino normal para llegar a la fe en el resucitado. Y ésta es una de las señales imprescindibles para dar testimonio de la fe en la resurrección. Por eso, si para creer hay muchos que necesitan todavía apariciones milagrosas, puede que sea porque las señales que hacen visible la presencia de Jesús no se vean por ningún lado. Esas señales deben ser las que caracterizan la vida de la comunidad en la que deberá destacar, como signo de la salvación recibida del Padre, el amor fraterno porque «quien cree que Jesús es el Mesías ha nacido de Dios, y quien ama al que le da el ser ama también a todo lo que ha nacido de él» (1 Jn 5,1). Y ese amor hará visible la fe.

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