Domingo 29º del Tiempo Ordinario
  22 de octubre de 2017
 

 ¡Y a Dios lo que es de Dios!

     Los fariseos, de boquilla, eran enemigos irreconciliables del César; pero llevaban en el bolsillo su imagen impresa en las monedas. Jugaban con dos barajas, eran unos fulleros. Y a Jesús, que los está desenmascarando y poniendo en evidencia, tratan de ponerle una trampa para enemistarlo con el pueblo o para hacerlo objeto de la persecución de los poderosos. Pero Jesús, con su respuesta los pone en evidencia a ellos. Y, quizá, también a nosotros.


Señor de toda la tierra


     Año 539 a. C.: Ciro conquista Babilonia y promulga un decreto que pone fin al exilio judío.
     Desde mediados del siglo VI, Ciro se había convertido en una amenaza para Babilonia; Nabónides, rey de Babilonia se alió con Egipto y Lidia, pero todo fue inútil. Las noticias de las victorias de Ciro frente a los aliados de Babilonia y el progresivo aislamiento de esta debilitada potencia llegaron a los exiliados. El profeta que conocemos como Deuteroisaíasel segundo Isaías,, entiende los hechos históricos a la luz de su fe y, así interpreta la aparición de Ciro en escena como una nueva intervención de Dios en favor de la liberación de su pueblo.
     El Señor aparece como único soberano del cosmos y de la historia: «Yo soy el Señor, y no hay otro»; por eso nadie debe extrañarse que escoja como su ungido a un pagano, a un gentil, aunque esta elección la realice para que redunde en beneficio del pueblo que él eligió como su propiedad particular cuando los sacó de la tierra de esclavitud (Ex 19,5; Dt 4,20; 9,26; Sal 33,12): desde entonces su acción estuvo siempre centrada en la liberación de su pueblo, acción salvadora que, precisamente por la elección de un pagano como instrumento de Dios para realizarla, ensancha el horizonte de su eficacia y se vislumbra que llegará a ser proyecto de liberación para todos los pueblos oprimidos, para toda la humanidad.
 
El tributo al César

     El César, el emperador de Roma, representaba para los israelitas piadosos del tiempo de Jesús, el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno.
     Desde el punto de vista político era la personificación del poder opresor de Israel; desde el punto de vista religioso, algunos emperadores de Roma se hicieron adorar como dioses: no había nada que repugnara más al monoteísmo israelita. Pero, además, su dominio político y militar sobre la tierra que Dios había dado como herencia al pueblo constituía una violación de la soberanía de Dios sobre su pueblo.
     Los romanos cobraban diversos tipos de impuestos: impuestos territoriales, sobre la renta, sobre los artículos importados o exportados y un impuesto personal al que se refiere el evangelio de este domingo. Éste impuesto lo tenían que pagar todos y cada uno de los judíos (excepto ancianos y niños) y su cuantía era de un denario, moneda de plata que equivalía al salario de un jornalero. Este impuesto era, sin duda, el que más humillaba a los judíos porque, afectaba personalmente a cada uno y porque pagarlo significaba reconocer personalmente la soberanía de un señor, de un dios falso -el César- sobre la tierra de Israel.
     En este contexto hay que leer la pregunta que los fariseos hacen a Jesús en presencia de los encargados de recaudar el impuesto, los funcionarios del rey Herodes.

 Fariseos y herodianos

     Los fariseos eran furibundos enemigos de los romanos y de sus partidarios; los herodianos eran los partidarios de Herodes y de sus sucesores, reyezuelos que debían su trono y su corona a los romanos, con los que, por tanto, colaboraban. Los fariseos odiaban a los romanos y enseñaban que pagar los impuestos al imperio era una ofensa al Dios de Israel, único Señor al que los israelitas debían someterse. Herodes, al contrario, era rey vasallo de los romanos y recaudaba para ellos los tributos.
     Entre ellos se odiaban, pero algo los unía: eran cómplices de la injusticia instalada en aquella sociedad. Los fariseos aportaban la justificación ideológica reduciendo el problema a un asunto puramente religioso que se resolvería con una intervención airada y terrible de Dios, que castigaría severamente a los culpables; los partidarios de Herodes representaban el descarado uso de la violencia para mantener sometido al pueblo. Los primeros mantenían vendados los ojos de la gente; los segundos se los cerraban del todo si alguno se atrevía a quitarse la venda. Unos y otros vivían sobre las espaldas del pueblo pobre y humillado, pueblo al que Jesús estaba abriendo los ojos y en el que suscitaba un intenso deseo de liberación. En la escena que nos relata el evangelio de hoy aparecen unidos contra un enemigo común: los dos grupos tenían sobradas razones para querer mal a Jesús, a los dos grupos les resultaba una amenaza la actividad concienciadora y liberadora de Jesús. A los fariseos les había dirigido acusaciones gravísimas (ver Mt 23); de Herodes, Jesús había dicho que era un ser insignificante, un “don Nadie”, que diríamos nosotros (Lc 13,32). Se odiaban, sí; pero decidieron hacer una tregua entre ellos para ponerle juntos una trampa a Jesús.

Cazadores cazados

     Querían cazar a Jesús, ponerlo entre la espada y la pared. Si decía que no había que pagar impuestos a los romanos, éstos se encargarían de él; si, por el contrario, decía que sí se debían pagar, se granjearía la enemistad del pueblo, cansado de que unos y otros se repartieran los frutos de su trabajo. Si decía que no, se enfrentaría a los señores que en ese momento dominaban su país; pero si decía que sí, estaría traicionando al Señor, único dueño de aquella tierra. Si decía que sí, se jugaba su prestigio y su coherencia ante la gente; si decía que no, se jugaba la libertad y la vida.
     Jesús, al responder como lo hizo, puso en evidencia a sus interlocutores: no eran de fiar pues lo que decían con sus palabras lo desmentían sus obras. Especialmente los fariseos, que llevaban la voz cantante (los partidarios de Herodes iban como simples acompañantes, tal vez para intimidar más: «Se retiraron entonces los fariseos a elaborar un plan para cazar a Jesús con una pregunta. Le enviaron a sus discípulos con unos partidarios de Herodes...»).
     Jesús no responde directamente a su pregunta sino que, mostrándose mucho más astuto e inteligente que ellos, les pide que alguno le enseñe «la moneda del tributo». Y resulta que la moneda que llevaban en el bolsillo, la moneda que le enseñan era ¡una moneda del César! Si ellos odiaban tanto al imperio de Roma, si consideraban que el emperador usurpaba el lugar que sólo a Dios le corresponde, ¿qué hacían con la moneda del César en la faltriquera?

 Una respuesta arriesgada

     Jesús no tuvo miedo. A pesar de la trampa que escondía la pregunta, no eludió la respuesta; y arriesgó su vida colocándose  claramente en contra de la dominación de los romanos; pero al mismo tiempo  puso en evidencia a aquellos hipócritas: ellos, con la boca estaban en contra de los invasores, pero con la bolsa, estaban de su lado; renegaban de la presencia romana en Palestina diciendo que sólo tenían un único Señor, pero daban culto a la imagen del César grabada en las monedas a las que eran tan aficionados (Mc 12,40; Lc 16,14).
     La respuesta de Jesús «Pues lo que es del César, devolvédselo al César; y lo que es de Dios, a Dios», no es una propuesta de docilidad y obediencia a las autoridades civiles y a las religiosas; al contrario, las palabras de Jesús constituyen una llamada a la rebeldía más radical, a la ruptura total con un sistema opresor e injusto. Y una denuncia, una dura acusación contra el sistema religioso.
     «Lo que es del César devolvédselo al César» no significa “pagad los impuestos y obedeced a las autoridades”, prescindiendo de su origen y su legitimidad (más adelante lo acusarán ante el gobernador de Roma de aconsejar que no se pagaran los impuestos: Lc 23,2); y tampoco se trata de poner al mismo nivel los dos poderes, el político-militar y el religioso, exhortando a respetar cada uno de ellos en su propio ámbito. Al contrario, en las palabras de Jesús hay una clara invitación a romper con el César y con lo que éste representa, rechazando las ventajas que una buena relación con él pudiera reportarnos: devolved al César sus monedas, pero no como señal de sumisión, sino como manifestación de rechazo, como expresión de no querer nada en común con lo que el César y el imperio representan, a saber, injusticia, opresión, dominación, poder, violencia...
     La primera parte de la repuesta de Jesús es, pues, una incitación a la insumisión total, una exigencia de ruptura con la injusta opresión del imperialismo. No se puede odiar con la boca y amar con el bolsillo; no se puede desear la libertad y sacar ventajas de la esclavitud; hay que romper radicalmente -de raíz- con la opresión y con los opresores y construir un mundo sobre cimientos de justicia, libertad y respeto a la dignidad de la persona.

 ... y lo que es de Dios, a Dios

     La segunda parte de la respuesta de Jesús es aún más dura: «...y lo que es de Dios, a Dios». Estas palabras no son un apoyo al argumento de autoridad, en este caso religiosa; no constituyen tampoco una invitación a cumplir determinados deberes religiosos; ésta no es la cuestión aquí: recordemos que no se trata de “dar”, sino de “devolver”. Algo habían robado a Dios aquellos que trataban de quitarle a Jesús la vida o el cariño de los pobres: precisamente la libertad y la dignidad del pueblo, al que dominaban con ementiras y engaños que, decían los muy cínicos, tenían su origen en el mismo Dios. Unos y otros, los fariseos y Herodes, se habían enseñoreado del bien más apreciado por Dios: su imagen cincelada en el corazón de cada persona humana desde el primer instante de la creación. Y a Dios debían devolver ese señorío, pues, en Él, el apelativo de “Señor” equivale a «liberador».
     Si recordamos
el evangelio de hace dos domingos, comprenderemos con total claridad que es a esto a lo que se refiere Jesús: allí, los dirigentes de Israel estaban representados en los arrendatarios de una viña que se negaron a pagar la renta convenida y mataron al heredero con la intención de quedarse con la viña: «Este es el heredero: venga, lo matamos y nos quedamos con su herencia». El heredero es Jesús, cuya muerte están buscando en extraña alianza los fariseos y los partidarios de Herodes; la herencia -la viña- es el pueblo, al que los dirigentes explotan en su propio beneficio. Y el pueblo no debe tener más señor que el Señor que no domina, sino que hace libres; a Él se lo están intentando arrebatar y a Él lo deben devolver.

 Sed coherentes
    
     Sed coherentes con vuestras denuncias, dice Jesús a sus interlocutores, condenad con los hechos lo que condenáis con la boca. Pagad el tributo, no al imperialismo, sino a la lucha por la justicia; liberaos del dominio del dinero pues sólo así podréis sacudiros el dominio de los violentos, dueños del dinero; y colaborad activamente en la liberación de vuestra tierra.
     Este pasaje del evangelio también se escribió para nosotros «los que en Tesalónica  -en España, en Ceuta y Melilla, en Guatemala y Bolivia, en Afganistán y en Irak, en la República Centroafricana y el Palestina- forman la Iglesia de Dios Padre y del Señor Jesús Mesías». No es difícil encontrar cristianos que denuncian la injusticia, que se lamentan del hambre en el mundo, que condenan la guerra y la violencia..., y que inclinan la cabeza ante el euro o el dólar.
     La comunidad cristiana debe vivir de tal modo que no tenga necesidad de someter su libertad a las fuertes presiones que siempre ejerce el poder del dinero, o el dinero a través del poder. Si esta libertad se hubiera alcanzado, no habría miedo a condenar la fabricación de armas atómicas o de cualquier otra clase; no habría que callar ante las múltiples violaciones de los derechos de los pobres, no se aceptaría que la megalomanía de los poderosos de este Mundo, de esta Iglesia despilfarrara, dicen que para dar para dar culto a Dios, miles de millones que hacen falta para dar alimento a los hambrientos.
     En otras palabras: muchas de las contradicciones de los cristianos y de la Iglesia se empezarían a resolver si, de una vez, devolviéramos los euros o los dólares al César.