Domingo 22º del Tiempo Ordinario - Ciclo A
31 de agosto de 2014

 

 

 

La vida acabará venciendo

           

         No es literatura; ni romanticismo barato. Por el evangelio hay que estar dispuestos a jugarse la vida. Después de haber celebrado más de dos mil veces el Viernes Santo, no debería ser necesario decirlo. No basta con recordar la vida, pasión y muerte de Jesús; hay que cargar con la cruz y seguirlo. Aunque  jugamos con ventaja; pues sabemos que, ya desde ahora y para siempre, la vida acabará venciendo.

 

Texto y breve comentario
Primera lectura: Jeremías 20,7-9
    Salmo 62, 2-6.8-9
        Segunda lectura: Romanos 12,1-2
              Evangelio: Mateo 16, 21-27

 

 

 

 

Seducción y tentación

 
            Al hablar de su vocación y de su experiencia, Jeremías usa unas palabras extremadamente fuertes: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir, me forzaste, me violaste». El profeta experimenta, al mismo tiempo, atracción y resistencia ante la tarea que Dios le encomienda; se siente libre para aceptar la relación que Dios le propone, pero, a la vez, dominado por la fuerza de la palabra del Señor. ¿Y por qué esos sentimientos contradictorios? ¿En qué consiste esa propuesta?
            El profeta es el portavoz de Dios; su misión no es adivinar el futuro, sino iluminar el presente con la Palabra de Dios; y el presente, la realidad de cada día no está de acuerdo con lo que Dios quiere y, por eso, su palabra es conflictiva, choca con los intereses de muchos.
            Es incómoda para el que la escucha. Eso que decimos de que “nadie es perfecto” nos aparece con total claridad cuando la palabra de Dios ilumina nuestras vidas; en mayor o en menor grado, todos somos culpables o cómplices de la injusticia, al menos porque no hacemos todo lo que podríamos hacer contra ella. Y a nadie le agrada ver sus propios defectos.
            Y es incómoda para el que se pone incondicionalmente a su servicio. El que así lo hace no puede respetar nada que se oponga a esa palabra; no se puede callar ni ante el amigo, ni delante del poderoso, ni ante el piadoso, ni frente a la institución. Y eso acaba trayéndole problemas: «Si hablo es a gritos, clamando “¡violencia, destrucción!”, la palabra del Señor se me volvió escarnio y burla constantes... Mis amigos acechaban mi traspié: a ver si se deja seducir, lo violaremos y nos vengaremos de él...».
            Y el profeta, que es también hombre de carne y hueso, que gusta y necesita ser reconocido y aceptado por sus semejantes, siente la tentación de abandonar; pero la pasión por la verdad y por la justicia que tiene que anunciar y proclamar en nombre del Señor vence su debilidad: «Me dije: No me acordaré de Él, no hablaré más en su nombre; pero ella era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos: intentaba contenerlo, y no podía».
 


 La cruz... de la moneda

 
            Como en tantas otras cosas, Jesús se coloca en la línea de los profetas del Antiguo Testamento, llegando siempre mucho más allá de donde aquellos llegaron. Después de la confesión de Pedro, Jesús se pone a explicar a sus discípulos cuáles son las consecuencias prácticas que va a tener el que él sea un mesías muy distinto a lo que se decía en las enseñanzas oficiales: tiene claro que su mensaje va a topar de frente con los intereses de los privilegiados de aquella sociedad y sabe que estos se resistirán a perder sus privilegios; él, por su parte, está dispuesto a ir hasta el final, aunque sabe que el verdadero final no será el que decidan los señores de la Tierra sino el que tiene previsto el Señor del Cielo y la Tierra: «Desde entonces empezó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén, padecer mucho a manos de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día».  Jesús no anuncia un fracaso ni un éxito pasajero: el final que Jesús anuncia es la vida definitiva, la definitiva victoria sobre la muerte; eso estaba ya incluido en la afirmación de Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Pero ante la dureza del camino, Pedro pierde de vista la meta; y si su intervención anterior fue absolutamente positiva, ahora pierde los papeles y muestra el otro lado, la cruz... de la moneda. El no puede consentir que Jesús acabe de esa manera: en conflicto con los máximos dirigentes del pueblo, los miembros del Gran Consejo, la aristocracia económica (senadores), la jerarquía religiosa (sumos sacerdotes) y la crema de la intelectualidad (letrados)...; detenido, juzgado, ejecutado... Pero ¿habría perdido Jesús la cabeza? Y lo coge aparte, se separa del resto de la comunidad y... -¡menuda regañina!- trata de torcer su camino: «¡Líbrete Dios, Señor! ¡No te pasará a ti eso!».
            La dureza de la reacción de Jesús muestra hasta qué punto había sido profunda la metedura de pata de Pedro: «¡Vete! ¡Quítate de en medio, Satanás! Eres un tropiezo para mí, porque tu idea no es la de Dios, sino la humana». Exactamente lo contrario de lo que le acababa de decir (véase el evangelio del domingo pasado). La pretensión de Pedro equivale a las tentaciones del desierto: él, aunque lo hace con la intención de evitarle una muerte violenta, pretende desviar a Jesús de su camino (Mt 4,1-11); por eso Jesús lo rechaza con las mismas palabras con que despidió al diablo en aquella ocasión.
            La muerte de Jesús era inevitable. Y no porque Dios lo hubiera dispuesto así, sino como consecuencia del choque que se produjo entre la fidelidad de Jesús a su compromiso de servicio y de amor, y la obcecación de los dirigentes, dispuestos a todo con tal de salvaguardar sus privilegios. Y Pedro, con su actitud, estaba intentando quebrar la fidelidad de Jesús. Muy al contrario, lo que él debe hacer es seguir las huellas de su maestro.

 

Con la cruz a cuestas

 
            Y esa misma actitud, de fidelidad al compromiso, de firmeza en el conflicto y de confianza en el Padre, es la que exige a sus discípulos: deben estar dispuestos a entrar en conflicto con el sistema establecido, a ser considerados culpables de un delito grave, reos de muerte. Por eso, a continuación, Jesús se dirige a los discípulos y les dice que «el que quiera venirse conmigo, que reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y entonces me siga». No dice Jesús nada nuevo: se limita a recordar lo que ya había dicho en las bienaventuranzas (Mt 5,1-12).
            Renegar de sí mismo significa colocar en un segundo plano los propios intereses, renunciar al éxito y al triunfo, tal y como se entienden en nuestro mundo; renunciar, naturalmente, al deseo de hacerse rico: es la primera bienaventuranza.
            Cargar con la cruz equivale a la última, en la que Jesús promete la felicidad a quienes son perseguidos por su fidelidad: Jesús no está, por tanto, predicando la resignación ante los sufrimientos que nos pueda traer el vivir cotidiano. La cruz que hay que coger es la misma que llevó Jesús. El no se calló ante la injusticia, no se resignó ante el dolor humano. No. Y por eso lo mataron: por lo que habló, porque denunció la injusticia, porque condenó las desigualdades, por su lucha constante en favor de la felicidad de los pobres, los enfermos, los marginados, los desgraciados... y de todos los que quisieran aceptar su servicio. Por eso le hicieron cargar y, después, lo colgaron de la cruz. Esa fue su cruz; y ésa es la cruz que está esperando a sus seguidores.
            Ni Jesús buscó el sufrimiento ni quiere que lo busquemos nosotros; pero lo que él no hizo y lo que no quiere que nosotros hagamos es que nos arruguemos, asustados, cuando nuestra actividad en favor del evangelio se vea atacada por letrados, sumos sacerdotes o senadores. Jesús no nos invita a sufrir, sino a amar. Que mantengamos la fidelidad en el amor es lo que nos pide, aunque esa fidelidad nos pueda acarrear la persecución de quienes viven mejor en un mundo injusto e insolidario que en un mundo de hermanos.
 
 

Salvar la vida

            La  propuesta de Jesús -crear un mundo nuevo en el que todos los hombres vivan con la dignidad que les corresponde, pues todos son hijos de Dios-, no era compatible con la realidad de aquel momento histórico, en el que sólo unos pocos vivían de verdad y lo hacían a costa de la vida de muchos. Y no lo es con la realidad del momento presente. Querer salvar la vida en ese contexto significaba -y significa- ponerse del lado de los “vivos” para aprovecharse con ellos de la mala vida del resto; y perder la vida suponía -y supone también hoy- ponerse del lado de los marginados, de los pobres, de los excluidos en el reparto de los beneficios sociales... para que la vida llegue hasta ellos en plenitud. Está claro de qué lado están el Padre y Jesús; y de qué lado deben estar el resto de sus hijos. Ese es el sentido de las palabras de Jesús: «Porque si uno quiere poner a salvo su vida, la perderá; en cambio, el que pierda su vida por causa mía, la pondrá al seguro». No es un trabalenguas, ni una adivinanza: en su contexto es casi una obviedad; y también es la invitación a asumir un compromiso.
            Y esto no porque nadie -ni siquiera Dios-, lo imponga. Sino porque esa propuesta de un modo distinto de vivir y de entender la vida nos ha seducido; y no por la fuerza, o con engaños, sino ganándose nuestro corazón y liberando nuestro espíritu, conquistando nuestros afectos y convenciendo a nuestra razón, haciéndonos cambiar de mentalidad para que, como hombres libres, como hijos adultos, seamos «capaces de distinguir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, conveniente y acabado».
 
 

Después -y antes- de la cruz

 
            Jesús, ya lo veíamos, habla de su pasión y de su muerte, pero anuncia también su resurrección. Y lo mismo que nos invita a acompañarlo en el camino, que puede pasar por la persecución y muerte también en nuestro caso, nos promete que estaremos asociados a él también en el triunfo: quien esté dispuesto a jugarse la vida, que sepa que acabará ganando la partida final. Jesús recorrerá con él el camino que ya recorrió una vez, y al final «el Hombre va a venir entre sus ángeles con la gloria de su Padre, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta» (Mt 16,27).
            Pero, además de tener asegurada la vida para siempre, la propuesta de Jesús tiene valor ya, ahora, en el momento presente. No vale la pena gastar la vida en conseguir el mundo: «¿De qué sirve a un hombre ganar el mundo entero a precio de su vida?» La vida vale mucho más que todas las riquezas del mundo. “Renegar a sí mismo”, “elegir ser pobre”, aceptar la persecución, si esta llega, no es renunciar a la vida, es aprovecharla mucho mejor, es dedicarla al amor, es gastarla en la conquista solidaria de la felicidad, la más profunda, la más extensa, la más intensa: la felicidad que nace de la experiencia del amor compartido.
            Por eso la victoria se puede experimentar anticipadamente, no sólo después de la cruz, sino también antes; ése es el sentido de la promesa de las bienaventuranzas: «Seréis dichosos». ¿Vale la pena gastar la vida en otra cosa?